The strongest warrior of humanity - Capítulo 94
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94: capitulo 94 una herida que jamás sanará 94: capitulo 94 una herida que jamás sanará Punto de vista de Gojo Akinori Veamos… las cosas ya habían ocurrido desde ayer, cuando Shiro salió corriendo del comedor.
No pensé que mis palabras la afectarían tanto.
Mientras caminaba por el pasillo, preparaba mis cosas para irnos.
Natsuki nos había mandado llamar y dijo que Carlos no regresará por un tiempo… y eso solo me llevó a una conclusión.
Tal vez vuelva cuando llegue el festival anual.
Sonreí levemente.
—Si eso es lo que vas a hacer… entonces espero que te vuelvas mucho más fuerte.
Tengo altas expectativas en ti.
Como su compañero de habitación, tengo que ayudarlo… y además resolver mis problemas con Shiro.
¿Es mejor disculparse?
Bueno… yo soy alguien que nunca se disculpa.
Desde que mi padre me habló sobre mi talento, jamás creí que llegaría tan lejos, incluso cuando estuve al borde de la muerte.
Aún recuerdo cuando decía… “No… yo ganaré.” Coloqué mis dos brazos sobre mi pecho, mirando hacia arriba.
Debería buscar el libro que mi hermana me dio hace mucho tiempo, pero desde que se fue de casa… no supe más de ella.
Es como si hubiera sido borrada.
Muchos no saben nada de mí… y menos de mi familia.
Mi padre fue quien unió a las Doce Grandes Familias, y él es el líder.
Todos le temen por sus hazañas.
Suspiré mientras murmuraba en voz baja: —No quiero ser el heredero.
Lo detesto.
¿Por qué el destino me eligió a mí… y no a mi hermana mayor?
Ella tenía todo: potencial, fuerza… lo necesario para liderar.
Pero las cosas cambian drásticamente.
La extraño.
Mi madre siempre me dijo que no debía preocuparme por nada en este mundo… pero yo crecí con ella.
Ambos sabemos lo que pasó aquel día.
Cuando mis amigos… Levanté la vista hacia el cielo.
Un dolor me atravesó el pecho.
Ese recuerdo… como si fuera el último que podría conservar.
Y entonces, resonó en mi mente.
—Oye, Gojo —preguntó un chico—, ¿no tienes planes para hoy?
—Bueno… la verdad no.
¿Qué harás tú?
—Yo pensaba ir al Templo de la Calamidad.
—¿Estás diciendo que quieren ir allá ustedes?
Sabes las consecuencias que podría haber ahí adentro —dije mientras lo miraba con desconfianza.
—No dudes, Gojo.
Solo iremos tú, yo… y nuestros cuatro amigos más.
Negué con la cabeza.
—No tienes remedio, Lucas.
No sé qué tramas, pero está bien.
Iré solo por esta vez.
Lucas se emocionó al instante.
Ambos salimos de nuestras clases.
Eso fue cuando tenía ocho años.
En ese entonces, mis padres me daban clases sobre cómo usar nuestra magia y sobre los tipos de maná.
Fue en esa época cuando Lucas, Arlette y el resto fuimos al templo.
No había nadie vigilando… y eso se me hizo extraño.
Demasiado extraño.
—Bien chicos, vamos a entrar, ¿sí?
Fue entonces cuando noté que Lucas había traído a una chica.
Su nombre era Arlette, una de las Doce Grandes Familias.
Era popular dentro de la academia… pero lo que ella y yo vimos dentro de ese templo… nunca nos atrevimos a decirlo en voz alta.
Ni siquiera le pregunté su nombre.
Entramos todos.
El interior estaba oscuro, completamente silencioso.
No se veía nada.
Pero al pisar el suelo… un pasadizo secreto se abrió bajo nosotros.
Todos dudamos en bajar.
Pero como siempre, yo… —No se preocupen, niñitas.
Yo me encargo —dije con falsa valentía mientras descendía.
Tenía confianza.
Estaba seguro de que si bajábamos… nada malo podría pasarnos.
Qué ingenuo fui.
Porque cuando la vi… Una criatura monstruosa, enorme, estaba allí.
Observándonos desde lo alto, oculta entre las sombras.
Garras afiladas.
Ojos penetrantes.
Una mirada retorcida… vacía, hambrienta.
Esa cosa tenía algo que… que me heló la sangre.
Solo éramos unos niños.
Niños que no sabían en qué maldito lugar se habían metido.
Y entonces… Empezó a atacar.
Nosotros tuvimos que huir… pero esa cosa nos perseguía.
El sonido de sus garras chocando contra el suelo retumbaba detrás de nosotros como un eco de muerte.
No tuve más remedio que atacar: activé mi magia de fuego, llamas, creando una enorme ráfaga incandescente; luego la combiné con magia de viento, formando una gran flecha de fuego que iluminó el túnel oscuro.
Me tomó unos minutos creer lo que había hecho.
Lucas me miró con los ojos muy abiertos y dijo: —¿En verdad tenemos que luchar contra esa cosa?
—Así es —le respondí, aunque mi voz temblaba—.
No tenemos otra alternativa.
No somos fuertes, tenemos defectos… somos imperfectos.
Pero sabes, Lucas… no podemos dejar que esa cosa salga.
Sé que aún somos unos simples niños… pero, pase lo que pase, debemos darlo todo.
Lo miré con determinación; nuestras miradas se cruzaron, compartiendo el mismo miedo y la misma decisión.
Entre los tres creamos una idea, un plan torpe, desesperado… pero era lo único que teníamos para derrotar a ese ser horrible.
Pero él… desapareció entre las sombras.
Ese monstruo… era más inteligente de lo que pensamos.
Porque se llevó a dos de nosotros.
Ellos… fueron devorados.
La sangre… el ruido húmedo… Los gritos desgarradores resonaron entre las paredes, rebotando una y otra vez como un recuerdo que jamás podría borrar.
Yo… Lucas… y Arle nos quedamos paralizados por el miedo.
Ninguno de nosotros podía moverse.
Pero entonces… —¡Gojo, cuidado, arriba de ti!
La bestia cayó desde el techo con un rugido, clavando sus garras donde yo había estado un segundo antes.
Por reflejo lancé mi magia conjurada: llamas ardientes envolvieron su cuerpo, quemándolo.
Y entonces se me ocurrió una idea.
Grité a Lucas y a Arle que usaran magia de fuego, lo más potente que pudieran.
Mientras ellos preparaban el hechizo, avancé hacia adelante, distrayendo al monstruo.
Una batalla estalló entre ambos.
Esquivaba.
Bloqueaba.
Retrocedía.
Atacaba.
Pero un solo golpe… Uno solo bastó para dejarme fuera de combate.
Sentí mi cuerpo impactar contra el suelo.
Lucas y Arle gritaron mi nombre, pero mi visión se volvió borrosa.
La sangre no dejaba de salir de mi torso derecho, caliente, espesa, resbalando por mis dedos.
El monstruo se acercó a mí.
Lo vi levantar su garra, listo para acabar conmigo.
Pero alguien se interpuso.
Lucas.
Usó una magia demasiado potente; las llamas lo envolvieron por dentro y por fuera.
Arle corrió hacia mí, desesperada, gritándome con voz fuerte para mantenerme consciente.
Pero el monstruo… No sé cómo… logró sobrevivir.
Se lanzó directo hacia Arle, hacia donde ella me sostenía.
Ella pensó que ese sería su final.
Pero Lucas… Lucas dio su vida para salvarnos.
El ser le arrancó un brazo.
El grito… El grito fue tan desgarrador que aún lo escucho.
La sangre nos salpicó a mí y a Arle.
Y con eso… Algo dentro de mí se rompió.
Algo dentro de mí despertó.
Un poder abrumador emergió de mi interior.
Una luz plateada y brillante estalló alrededor, envolviéndome como una esfera ardiente.
El espacio… El tiempo… Ambos se detuvieron.
Golpeé al monstruo con una fuerza imposible, enviándolo muy lejos, atravesando las ruinas del templo.
—¡Gojo, despertaste!
—escuché la voz de Arle, temblorosa.
Pero al mirarme… se congeló.
Una mirada siniestra, fría y vacía se mostraba en mi rostro.
Yo di un paso adelante.
Luego otro.
Y caminé… directo hacia aquella criatura.
Listo para luchar yo solo contra ella.
Me moví deteniendo el tiempo.
Usé destellos de luz temporal: cada ataque, cada golpe del monstruo se volvió lento, suspendido en un silencio agónico.
Mientras todo estaba congelado, yo caminé con normalidad hacia él… sin sentir nada.
Le arranqué un brazo de un solo movimiento, quemándolo por completo para que no pudiera escapar.
El olor a carne carbonizada llenó el aire.
Pero yo… apenas lo registré.
Sabía perfectamente lo que había despertado.
El poder del Infinito.
Mis emociones desaparecieron.
Mis ojos estaban apagados.
No porque quisiera… sino porque no pude hacer nada para salvar a los chicos.
Lucas había perdido demasiada sangre.
Cuando lo miré, sus ojos se estaban apagando lentamente.
Nuestras miradas se cruzaron una última vez.
Un dolor profundo me envolvió.
Quería caer.
Quería culparme.
Quería retroceder el tiempo que tanto controlaba… pero no podía.
—Lo siento, Lucas… —murmuré con la voz quebrada.
Él me miró… aún con vida, apenas.
—No… te disculpes, Gojo —dijo con dificultad—.
Solo vive… y sal con Arle del templo… Pero primero acaba con ese ser.
No lo hagas por nosotros… hazlo por ti.
Él sabía el peso que iba a cargar.
Un peso donde mi poder y mi culpa serían un caos para todos.
Pero cuando giré mi cabeza para verlo de nuevo… Una sonrisa salió en su rostro.
Pero no era una sonrisa real.
Sus ojos brillaban en la oscuridad.
Lucas… había muerto.
Mi garganta se cerró.
Bajé la mirada.
Y un grito desgarrador salió de mí, rompiéndome por dentro.
El monstruo intentó retroceder… pero yo no lo permití.
Lo masacré sin contenerme.
Cada golpe era un lamento.
Cada destello de luz era un grito por los que ya no estaban.
Las personas que una vez fueron mis amigos… murieron frente a mis ojos.
Solo pude mantener a Arle a salvo, destruyendo por completo a ese miserable monstruo.
Ella se acercó a mí lentamente.
Su voz temblaba.
—¿Estás bien?
La miré.
Caminé hacia ella.
Me derrumbé por dentro.
—Lo lamento mucho… les fallé… no logré… Ella me abrazó con fuerza.
—No te culpes —susurró—.
Hiciste lo que pudiste.
Intentaste salvarnos a todos… y lo sé.
Sus palabras se clavaron en mi pecho.
Aun así dolían.
—Ahora… solo debemos salir de aquí.
Antes de irnos, me arrodillé frente al cuerpo de Lucas.
Mis manos temblaron mientras cerraba sus ojos.
—Fuiste el único amigo que siempre estuvo conmigo.
Mi mejor amigo.
No voy a olvidarte, Lucas… Este recuerdo… este dolor… será nuestro adiós.
El brillo del Infinito alrededor de mí se apagó lentamente.
Regreso a la actualidad Ahora lo entiendo… Sé cómo se siente estar solo, Shiro.
Nunca pensé que ella también pasara por lo mismo.
Debo encontrarla… hablar con ella.
O dejar que me golpee… o que me robe dinero, como siempre hace.
Así es ella: problemática, impulsiva, molesta… Pero en el fondo no es mala persona.
Solo… no sabe cómo demostrarlo.
Tal como yo.
Por eso ella y yo siempre molestamos a Carlos… y él termina regañándonos como un padre cansado.
Pero en fin… —Espero que regreses pronto, Carlos.
Si no, me quedaré con tu colección de trofeos —dije con una sonrisa malévola, disfrutando la idea.
Di un paso y entonces… Una presencia apareció detrás de mí.
Un susurro seco, casi burlón: —¿Así que queriendo robar la colección de trofeos de Carlos, eh?
—¡AHHH!
—grité cayendo al suelo de espaldas, como si hubiera visto un fantasma.
Shiro estaba ahí, cruzada de brazos, con esa sonrisa desagradable que solo ella puede hacer.
—En serio, Gojo… me haces reír.
¿Tanto te asusta que aparezca detrás de ti?
¿Acaso me ves como un monstruo?
—¿Monstruo?
No, peor… —dije levantando la vista con una mueca burlona—.
Pareces un retrete del baño del fondo, de esos que nadie quiere usar.
La vena en la frente de Shiro se marcó como si fuera a explotar.
—¿Qué dijiste, idiota?
Y sin darme tiempo, me estampó un golpe directo en la cabeza.
—¡AY!
¡¿Por qué siempre me pegas?!
—me quejé rodando por el piso.
Ambos no nos soportábamos… o al menos eso pensábamos.
Pero en ese momento, cuando la vi reír… No sé qué le haya pasado antes, pero me alegró verla sonreír de nuevo.
Shiro me fulminó con la mirada.
—Ey, ¿por qué me ves así?
Me repugna tu cara, idiota.
¡Levántate!
Tenemos que irnos.
—Sí, sí, ya voy… —respondí mientras me ponía de pie.
Y así, como dos niños pequeños, corrimos, peleamos, nos empujamos y discutimos mientras avanzábamos por el pasillo.
Pero por dentro, estaba feliz.
Las cosas… parecían arreglarse.
Me pregunté cómo les había ido a los demás.
Miguel fue el primero en acercarse.
—He aprendido mucho —dijo con orgullo—.
¡Vendré el siguiente fin de semana para que puedas ver mi gran mejoría!
Sonreí de verdad esta vez.
—Esa es la actitud, Miguel.
Sigue así y créeme… llegarás más alto de lo que nadie jamás ha podido llegar.
Miguel asintió firme, con una mirada llena de confianza.
—Tienes razón, Josué.
Dio media vuelta y antes de alejarse, levantó la mano en despedida.
—Hasta luego, Santo de la Espada.
Lo vi marcharse.
Un pequeño respiro… una ligera paz… Y luego Shiro volvió a empujarme.
—¡Oye!
¡Camina, inútil!
—¡Ya voy!
¡Deja de empujarme!
Los dos siguieron discutiendo mientras el día seguía su curso.
Como si fueran hermanos.
Como si nada malo hubiera pasado.
Como si por un momento, el peso del pasado… fuera un poco más ligero.
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