The Witch 3: The Reckoning - Capítulo 15
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15: Una nueva luna 15: Una nueva luna (15 de febrero, Seomyeon, Busan) Salió de la tienda a paso seguro, con zapatillas de tacón medio y un vestido negro hasta justo encima de sus rodillas; quienes la vieron salir se quedaron asombrados en silencio de que no se inmutara ante el frío a esas horas de la noche.
Nagong ya estaba esperándola del otro lado de la acera, con una sonrisa socarrona, vestida en camisa verde con parches y unos jeans; llevaba el cabello atado en una larga coleta, y se la colocó a un hombro para cuando la joven llegó a ella: — Se ve que vivir entre humanos te dio buenos gustos.
Ja-yoon, con una mirada digna a través de sus gafas, ignoró el comentario: — ¿La conseguiste?
La pelifuego sacó entre dos de sus dedos una tarjeta blanca con un código en el reverso, y el título al anverso que decía, en letras estilizadas doradas: “Gala de Beneficencia Hoffenstein 2021” “20/02/2021 – 19:30” De un sólo movimiento telequinético, Ja-yoon le quitó el objeto, cuando la otra pretendió hacer finta de no dárselo, y lo guardó en un bolso de filos plateados que llevaba al brazo.
Salieron del sitio como si nada del tumulto, para pronto caminar juntas por el parque, atravesando la penumbra de juegos infantiles abandonados, bancas con parejas.
O peatones solitarios de muy mal ver: — No intentes nada estúpido.
— ¿Aún nerviosa, Ja-yoon?
— Dime si la otra esbirro ya hizo lo que le pedí.
— Ji-won se encargó de todo.
Acabó con los espías del barrio en silencio, no hizo distinción.
— Sabré si usaste IA.
La joven extendió una mano hacia Nagong, quien le pasó su teléfono.
He allí que vio las fotos de cerca, de cada cuerpo que dejó atrás la mencionada miembro del equipo Stabber.
Asimismo, tomó fotos de sus símbolos; algunos no tenían, cosa que reconoció como agentes del NIS regular, mientras otros eran de bandas delictivas, la Gombumun, o cinco de Yongsadan.
Sonrió por ver no solamente esto, pegando una risotada, sino también a unos portando parches visibles; estos eran una flor de siria con el rostro estilizado de un tigre al estilo oriental, fauces abiertas, ojos saltones: — Incluso la maldita Horang está siguiendo de cerca todo.
— Sí, pero fue muy fácil lidiar con ellos.
Ante ellas se apareció, saliendo entre los árboles, una chica de cabellos desparpajados, largos hasta a base de la cintura.
Su mirada era como la de una loba hambrienta, manos en los bolsillos de un abrigo impermeable que le quedaba flojo.
— ¿Qué haces aquí, Ji-won?
Tú, idiota.
Deberías estar en la base.
— Me aburro bastante con el imbécil del demoledor.
Además, dejaste salir a Ryo-dan, ¿por qué yo no podría?
—buscó en su ropa, como si recordase algo— Por cierto, aquí tienes— Le dio a Nagong una especie de manojo, compuesto por cables húmedo de color amarillento, que le puso a la mano.
Ja-yoon se dio cuenta inmediatamente de que eran secciones de nervios humanos.
— Por si la nueva jefa quiere pruebas de mi trabajo.
Aquí está.
Nagong guardó los restos en un bolsillo de su camisa, de forma casual, al punto que ni siquiera los miró.
Ja-yoon continuó revisando por su lado el celular de su nueva asociada, con las imágenes del bote en que habían llegado, primero intacto a orillas de un puerto industrial semiabandonado, luego hundiéndose en el mar, cerca de esa misma orilla.
Vio fotos de Ark-1, de ella misma bajando de allí, luego fotos de Nagong, amarrada y con collar inhibidor, llena de golpes: — Jang se lo tragó, cree que las perdí.
Con justa incredulidad, Ja-yoon suspiró, antes de devolverle el celular: — Como sea, debemos regresar.
Ya debió llegar con la información.
Ji-won se acercó entonces de imprevisto a la joven, sacando de otro bolsillo una funda hermética con un polvo grisáceo dentro.
Ella le tomó de la muñeca: — ¿Qué crees que haces?
—preguntó, mirando el contenido— Aleja eso de mí.
— Es el polvo que dejé del patrullero vietnamita.
Otra prueba de que cumplí mi misión.
— Deshazte de él.
Lo que haya pasado en Geoje, se queda allí, ¿te queda claro?
— Claro.
Ji-won obedeció, y tras tirarlo al lado de un arbusto, apartó la vista, sobando su muñeca tras ser soltada de un empujón.
— ¿Cuál fue tu razón para ponerles nombres que sí usen?
— Cuando estaba con Nobleman y Ginmeori, usábamos sobrenombres que nos pusimos el uno al otro.
Pero a estas alturas sería muy infantil.
— Respuesta correcta —dijo Ja-yoon— Aunque tú sigues usando el tuyo.
— Tengo mi nombre, lo elegí yo igual que tú lo hiciste.
— ¿Y cuál es esa identidad que inventaste?
— Cuando todo esto termine, te lo digo.
— Si es que llegas.
— Lo haré.
Había tensión, casi como estática, en aquella calma brisa nocturna, recubierta de nubes.
A su paso, todas las cámaras de seguridad ya se encontraban apagadas, aunque allí, en el Bujeon-cheon Plage Park no había muchas.
Por eso andaban por allí, después de todo.
El aire de Busan, para los simples mortales pasando a su ladi, era un filo gélido que cortaba, incluso a través de la lana de sus abrigos de gamuza o relleno.
Aquel lado de los parques en el calmo arroyo se antojaron un laberinto de senderos verdes, separados por límites geométricos de piedra gris, cortados por caminos, flanqueados por árboles de cerezo desnudos.
Sobre las tres chicas, aquellas ramas esqueléticas parecieron los dedos negros de sus creadores, arañando con odio un cielo teñido de violeta eléctrico.
Ji-won fue la única en mirar con curiosidad, de arriba a abajo, las farolas blancas de diseño vanguardista proyectando su luz blanca, aséptica, sobre el pavimento y la hierba.
A medida que avanzaron a los límites, y por tanto a su destino, las pantallas LED de los rascacielos circundantes de Seomyeon, incluyendo un edificio llamado “Lotte Hotel” proyectaron sus reflejos intermitentes de color azul y magenta sobre los estanques congelados, creando una atmósfera de sombrío neón.
Ja-yoon pudo notarlo, la fascinación de aquella esbirro, por ahora al menos, de Nagong, y concluyó, correctamente, mediante una pregunta a ella: — ¿Jamás has visto la ciudad de esta forma, verdad?
Ella negó con la cabeza: — Al usarnos, nos transferían en un furgón blindado.
Entrábamos, hacíamos el trabajo, salíamos.
Nada más.
Y de ahí, el interior del sitio.
— ¿Dónde era eso?
Ji-won estuvo por responder, pero Nagong la miró para que cerrase la boca, y esta hizo caso, tragando saliva: — Nunca supe en realidad.
Nagong—nos ayudó a salir.
Convenciendo a Jang.
— Ah, ok.
Ja-yoon sabía que todo estaba rodeado de mentiras, pero era cuestión de tiempo, para que todo cayese en su lugar.
Volviendo al silencio, oían el rugido distante del tráfico de la intersección de Seomyeon, llegando como un murmullo sordo, roto solo por el crujido de la grava bajo las botas de Ji-won, y el eco rítmico de los tacones de Ja-yoon.
Ante los ojos de aquella chica de cabello desaliñado, dos moscas pasajeras fueron paralizadas, seccionadas, y se convirtieron silenciosamente en polvo rojo y negro, como si no hubiese gravedad.
Ja-yoon lo vio por lo que era, una suerte de “auto terapia” para el manejo de la ira, innata en todos ellos.
Revisó su bolso, y sacó de él una bolsa de papel grueso y negro, el logotipo dorado de la boutique brillando bajo la luz artificial.
A su lado, Ji-won, con su cabello moviéndose con el viento, parecía una visitante de otro mundo.
Observó ahora, con un enfoque anormalmente grande, párpados entrecerrados, las cámaras de seguridad que las seguirían en cada esquina del tramo, de no estar sin energía.
En instantes, cayeron como cubitos sin peso, terrones, y luego se volvieron arena de sí mismas, a un lado y al otro de ellas.
Se detienen en un puente de madera que cruza el arroyo canalizado.
Ja-yoon se detiene un momento, y se apoya en la baranda, mirando su propio reflejo en el agua oscura, donde las luces de la ciudad se distorsionan.
Nagong y Ji-won casi pasan de largo sin notarlo: — ¿Qué haces?
¿Te arrepentiste del vestuario?
—preguntó la pelifuego.
—En este lugar —dijo Ja-yoon, sin mirarla— la gente cree que el lujo los protege.
En serio creen que poder pagar su estatus con filantropía falsa, o los cargos de sus familias y amigos, los hace intocables.
—Son presas, igual que esos seres despreciables de allá.
Nagong observó a un grupo de jóvenes que ríen a lo lejos bebiendo, ajenos a que muy pronto la vida que conocían podría verse sacudida por cosas oscuras de cuya existencia no eran capaces ni de imaginar.
— Sólo míralos, se creen mejores que alguien por tener todo regalado.
Por un momento, la joven, todavía fija en su reflejo, vio a la “Koo Ja-yoon” que sus padres amaron, y no juzgaron.
Y aunque la sombra que proyectare al lado de la farola más cercana fuese la del monstruo, esa que fue allí estaba, esperándola.
Ella suspiró, se acomodó el cabello, antes de pasar el puente, y responderle, mirando a esos mismos chicos brevemente: — Viven demostrando cosas que nunca han sido ante otros.
En eso no son tan diferentes ni a ti ni a mí.
La joven le pasó de largo, y Nagong, tornando los ojos, boca entreabierta en disgusto, la siguió junto a Ji-won.
“Si tan sólo pudiera detenerme un rato.
Ir con ellos y tomar unas cervezas.
Tienen cosas más interesantes qué contar seguro.
Ay, qué sed.” Siguió, a las otras dos, fastidiada.
La oscuridad de la noche bajo los pináculos resecos fue transformándose, de mera contaminación lumínica a la decoración que sólo los rayos fugaces de una débil luz de luna podían ofrecer.
Para Ja-yoon, conforme salieron de allí, adentrándose entre los edificios más viejos, significó un recordatorio, un cronómetro que le indicaba la escasez real de tiempo entre sus manos.
Para Nagong, fue una señal para acelerar sus esfuerzos, allanar el camino para la confrontación final, la resolución que había tardado en definirse por demasiados años.
Para todas, se iba agotando el tiempo.
Cuando llegaron de vuelta a la nave abandonada, Ja-yoon deslizó apenas la oxidada puerta con la mente, apenas sí para que sus figuras delgadas entrasen de lado, sin detenerse.
Ark-1 había estado vigilante, sentada en la cima de un montón de cajas, y abrió sus ojos para ver físicamente a su hermana.
Bajó con pasos de ligereza psíquica al suelo, admirada por el vestido que veía a Ja-yoon llevar, tan fuera de contexto, pero tan destellante, glamoroso.
Le levantó el brazo a la joven, con los labios en o por el asombro grato, mirándole los costados, el largo de la falda, volteándola lento.
— Wow, ¿y este vestido?
–dijo ella.
— Hasta pareces una de ellas.
La polémica estrella en ciernes.
Qué gran cuento.
Era Nagong que, reunida con su equipo, las miraba de reojo.
Los otros también las veían con frialdad, a excepción de una, quien se bamboleó con una sonrisa de oreja a oreja.
Esta recién se aparecía por el medio del lugar, desde unas escaleras al cuarto de control.
— Aw, pero qué hermoso vestido, Koo Ja-yoon.
— Si, está—muy candente.
—escupió el gordo.
Ji-won se le posó por detrás, con los brazos apoyados sobre sus hombros, antes de frotarle un puño en la coronilla: — Tú cállate, demoledor.
—dijo, con media sonrisa— Dije que sólo me vieras a mí, ¿entiendes?
Eres mi sirviente.
Él se la quitó de encima con un empujón.
Un brillo burlón encendió los ojos y sonrisa de Ji-won, al decir este: — Antes muerto.
Nagong lo miró con desdén antes de responderle con una sonrisa y voz dulce a Ryo-dan: — Oye, Ryo-dan— Aquella muchacha tenía el cabello corto, las puntas enrolladas hacia dentro, flequillo sobre la frente, rostro triangular de ojillos brillantes.
Encogida de hombros, respondió: — Ah, sí, ¿Nagong?
— ¿Obtuviste los servidores?
Ella asintió: — Sí, sí.
Están guardados en el camión.
Ni idea de cómo se conectan.
—miró a Ja-yoon— Koo Ja-yoon seguro sabe.
Ja-yoon esbozó una sonrisa gélida, la misma que Nagong conoce tan bien desde los tiempos de Nobleman, en Jardín-01.
Disimula, pero siente frío en las manos, traga saliva con nerviosismo, y se acomoda el cuello de la camisa: — Aishhh.
Estúpida, al menos debiste instalarlos —miró a los dos Stabber restantes— ¿Y ustedes qué?
¿Seguirán jugando a las cartas?
Estos dos se miraron, las barajas aún sobre una caja, sobre la que se medio sentaban.
Tenían la misma cara, claramente gemelos, cada uno con un tatuaje de patrones afilados a un lado opuesto del rostro.
La cabeza la llevaban rapada, y se pasaron la mano por ella a la misma vez: — Ehm, bueno— — Nadie nos dijo que hiciéramos nada.
— Tsk.
— Aunque instalemos eso para mañana, sin claves de acceso, no podremos conectarnos a la red del Centro de Convenciones.
—les recordó Ja-yoon— Esa es la idea, ¿recuerdan?
No seré yo quien se ensucie esa noche.
— ¿Segura de que no vas a atacarlos?
Ellos son responsables de lo que nos hicieron, no está mal.
—cuestionó Ark-1.
Ja-yoon respondió: — Los depredadores más peligrosos son los que saben sentarse a la mesa.
Si haces que la comida se entregue a sí misma sin pelear, ya has comido.
— Hm, ya.
Ya entiendo.
— Bueno, hablando de las claves —interrumpió Ryo-dan— Tengo un respaldo al que puedo acceder ahora.
Subió, y Ja-yoon la siguió al cuarto de control, alcanzándola para hablar en voz baja antes de abrir la puerta.
Allí estaba, un sujeto de traje, a quien habían amarrado de panza con cables de acero a la mesa de centro.
Balbuceaba, con su cabeza sangrando, y heridas en las extremidades; miraba al bombillo zumbante, desorientado.
Ryo-dan se sentó sobre una caja larga justo al lado, y en sus flancos, tenía ordenados diversos implementos.
Todas eran herramientas recogidas de aquel mismo lugar, cono destornilladores, una sierra, varios tipos de cuchillos, o un martillo, por ejemplo, además de clavos oxidados.
Todos y cada uno ya habían sido manchados con sangre: — El único problema —dijo Ryo-dan— Es que no he podido hacer que hable.
— No hablará si lo dejas delirando —respondió Ja-yoon, cruzando los brazos— Tienes que ofrecerle algo más, saber lo que quiere más que nada.
— ¿Huh?
Oye, no me digas cómo hacer mi— Ja-yoon le puso la mano al hombro, y sus miradas se encontraron.
La sonrisa de Ryo-dan se comenzó a desfigurar al sentir la fuerza en aquellos dedos, y el brillo oscuro en aquellos ojos.
Agachó la vista, en tanto la joven le ordenaba, señalando un par de herramientas con el mentón: — Prueba con eso, e inmediatamente después, usas eso.
Estará bien despierto, y no se desmayará de inmediato.
Tras buscar las palabras, Ryo-dan agachó la cabeza y asintió, en tanto se apartaba: — Sí, sí Ja-yoon, quiero decir—sí, jefa, sí— Tomó aire, y motivándose a medio sonreír de nuevo, tomó las herramientas que Ja-yoon ordenó, antes de volverse a sentar.
Ryo-dan se bamboleaba pronto de lado a lado, y movía alegremente las piernas allí sentada, en tanto estiró con su telequinesia el brazo del hombre.
Sacó de su bolsillo el taser, con el símbolo de la policía, y lo conectó al metal de la mesa, provocando chispas, choques en el cuerpo que hicieron al desgraciado contorsionarse entre quejidos y gritos ahogados, espabilándolo de golpe.
Luego, con la tomó un cuchillo oxidado, de los que se usan para descabezar pescado, tarareando el coro de su imaginaria melodía, en tanto lo levantó y cortó de un tajo.
Los dedos del tipo salieron despedidos por el aire, quien pegó un chillido, babeó y lloró por su vida: — Por favor.
—suspiró, y tomó aire apenas— Déjenme ir.
Yo no sé nada, lo juro.
Ryo-dan se detuvo un momento para contemplar, conteniendo una risa.
Observó los dedos esparcidos en el suelo como si fueran piezas de un rompecabezas que no le importaría rearmar mal.
La sangre brotó rítmicamente desde la mano cortada, por el borde de la mesa de acero.
—¿Ya ves lo qué dice?¡Sigue con lo mismo desde que vino!
—lo remedó— “No sé nada, no sé nada, no me apuñales”.
Ryo-dan le sacó la lengua y miró a la joven, fingiendo un puchero de decepción: —.
¿Crees que miente, jefa?
—se volteó a él— ¡Yo sé que mientes!¡Te mataré, mentiroso!
Levantó de nuevo el cuchillo, haciendo temblar de miedo al hombre, pero en un instante, la chica quedó paralizada por la mente de Ja-yoon.
Ella, en cambio, no se inmutó por el olor metálico de la sangre ni por los sollozos de su víctima, quien negaba con la cabeza.
Suspiró, aburrida: — Pensé que habías salido a hacer algo útil, pero veo que sólo te gusta jugar como una novata.
— ¿Eh?
Se acercó unos pasos más hasta la mesa, sus tacones resonando contra el hormigón, un sonido que para el prisionero, de frente afiebrada, goteando sudor pesado, hacía el mismo tic tac que el segundero de un reloj de ejecución.
La joven sacó su móvil del bolso, y se puso a buscar algo: — Hasta ahora, lo que no miente es su miedo —dijo Ja-yoon con voz gélida— Pero miente sobre su importancia.
Le mostró al tipo la pantalla, donde salía su propio currículo, y fue scrolleando fotos suyas, donde saludaba a gente de traje como él, o haciendo reverencia a jefes en entradas u oficinas.
Algunas de las imágenes, incluso, eran del feed de seguridad de algún edificio, o de una casa, donde se le veía usando tarjetas de acceso, tipear contraseñas en su laptop, o inclusive abriendo cajas fuertes y puertas varias con la voz.
Este la miró con los ojos desorbitados, cuando aparecían en video una mujer, y unos chicos, a quienes saludaba o abrazaba feliz: — ¿De dónde—de dónde sacaste todo eso?
Bajó el teléfono, para buscar algo más sin mirar siquiera: — Kang Suk-ho, Director de Logística “temporal” del Centro de Convenciones de Busan, o quiero decir, un lamebotas logístico de Yongsadan en Busan, y de Baek Jeong-na.
Alguien tan patético como usted no llegaría a su hogar en un Mercedes S-Class si no tuviese las llaves del reino.
Se inclinó sobre él.
El corazón del sujeto, podía sentirlo, latía a mil, lleno de un miedo ajeno, su visión cada vez más nublada por el dolor y un sudor que se enfrió repentinamente.
Ja-yoon le retiró suavemente un mechón de pelo de la frente, un gesto casi maternal que, ya con lo que estaba en juego muy claro, resultó infinitamente más aterrador que las herramientas de Ryo-dan.
—Escúchame bien, director Kang —susurró Ja-yoon—.
Sé que no nos conocemos, pero nosotros a tu familia la conocemos bien.
Su hija mayor, ella estudia en la Universidad de Yonsei.
— ¿Uh?
Le mostró fotos del feed de seguridad de aquella institución, y fotos desde lejos de la muchacha, teñida de rubio, hablando alegre con sus amigos mientras llevaba un par de libros entre manos.
Se aseguró de mostrarle los detalles de la foto, para que supiera sin lugar a duda que eran de aquel mismo día, en la tarde.
— Le gusta el piano, ¿cierto?
Me enteré de que mañana tiene una audición para la orquesta nacional.
Si me das el protocolo de bypass para la red de fibra óptica de la Gala Hoffenstein, ella llegará a ese recital.
— Aw, ¿de verdad?
—exclamó Ryo-dan, agitando antebrazos de la emoción— ¡Wow, a mí me encantan las sonatas de piano!
—y sobreactuando emoción, le dijo a Ja-yoon— ¡¿Y qué tal—si vamos para allá a disfrutar de las audiciones?!
Oí que es muy buena.
Miró al tipo, con una sonrisa abierta, de oreja a oreja.
Dobló rodillas, apoyando en estas una mano: — En serio, literalmente la oí de cerca.
—se topó bajo la oreja— Ella toca muy bien con esos dedos—largos y ágiles que tiene.
Imitó un toque de teclas, mientras el hombre sollozaba, negando ahora con más énfasis, ojos cerrados en lamentación.
Ja-yoon miró aquel divertimento de reojo, y sintiendo la repulsión, el odio bullendo desde su interior, mantuvo una calma gélida.
La señaló con la mano: — Como ves, si no nos ayudas, mi amiga aquí presente tiene mucha curiosidad —hizo cara de falsa preocupación— por saber si el talento viene de mentes brillantes, o si reside únicamente en los tendones de los dedos.
— Por favor, no le hagan eso a mi hijita.
Ten piedad.
“¿Y qué piedad han tenido esbirros como tú?” pensó Ja-yoon.
— Me pregunto —dijo con falsa intriga Ryo-dan, enderezándose— Si los intestinos de los niños son más flexibles que los de los adultos.
Tal vez hay preguntarle a su esposa e hijo cuando salgan de la escuela a las 5:34 de la tarde.
— No, no, no, ¡ya basta!
— imploró el tipo.
El hombre se quebró al fin, intentando inútilmente juntar las manos, impedido por la tensión de los cables.
No fue el metal hiriendo su carne, sino la laceración incurable que albergaría su alma misma, la mención y amenaza virulenta de su normalidad, lo que lo destruyó.
Entre estertores y llanto, escupió la verdad: — Te lo diré todo, sólo prométeme que no les harás nada.
— Gusanos como tú deberían morir aplastados.
Pero seré generosa contigo; a partir de hoy, me serás leal a mí, y sólo a mí.
Lo que viene—sería mejor para ti no estar presente.
Si cooperas, recibirás tu recompensa.
Le mostró una página encriptada, un formulario listo para transferir 4,5 millones de dólares en una cartera cerrada.
Los ojos del hombre mostraron un brillo inusitado, aunque breve, y este, reuniendo sus pocas fuerzas, fue respondiendo en voz baja: — Sí, sí.
El acceso maestro—no trata sólo de claves numéricas.
Ryo-dan se le acercó en son de burla para oírlo, y encendió el taser sobre su ojo, asustándolo: — ¡Espera, espera!
—alzó la voz— Sin el token físico, no podrán verificar su ingreso al sistema, dispararán—la alarma.
— ¿Y dónde lo encuentro?
—preguntó Ryo-dan.
— Está en mi caja fuerte.
— Sabemos que no hay nada así en tu casa.
— No.
Esta caja no la conoce nadie, y la custodian agentes de Yongsadan.
Iban a dármela el 19, la dirección la tengo encriptada en mis notas —gimió el hombre— Si sospechan que algo anda mal, o no voy, matarán a mi familia de todas formas.
— Pronto saldrás de aquí.
Llamaré a alguien para que te arregle.
Dirás que te robaron el teléfono.
Ja-yoon, paso seguido, tomó el móvil del hombre, y lo guardó.
— Vamos, dime qué más.
—dijo Ryo-dan— tienes la boquita algo tensa.
Este tomó aire en boquidos entrecortados, antes de concluir: — El comando de voz sirve para iniciar el sistema, y luego ingresas mi número de serie en la invitación virtual —señaló el teléfono.
Ryo-dan le acarició el cabello al tipo, cual si este fuese un cachorrito, antes de burlarse diciendo: — Gracias, papi.
Ja-yoon se limpió una mota inexistente de polvo en su vestido nuevo.
Miró a Ryo-dan: — Graba su voz.
Que recite el código de seguridad completo diez veces.
Y desinfecta esa herida, el alcohol está por allá.
Dando vuelta en retirada, susurró en su oído, con falsa e incisiva alegría: — Buen trabajo.
Ryo-dan se puso feliz, y le dio un puñetazo al hombre, dejándolo inconsciente.
Ja-yoon descendió las escaleras, bajó con su hermana melliza.
Ark-1 portaba una expresión grave en el rostro, al tiempo que su vista se quedó posada en sus zapatos.
Había movido varias cajas nuevas dentro del lugar en el entretiempo, y en ese momento recién se había sentado: — ¿Revisaste lo que había dentro?
— Es lo que habías pedido a esos tipos.
Vinieron y lo dejaron aquí, pero no me has dicho quiénes son.
— Escoria mafiosa, un grupo ruso para ser exacta.
—respondió, mirando la entrada cerrada— No te debes preocupar por ellos, no dirán nada a nadie, y me serán de utilidad más adelante.
— Tú y tus aliados.
Parecían muy preocupados de que alguien los viera con esto en específico.
— Y ni que fuera para menos.
Son armas prohibidas en la mayoría de los países.
Ambas sentían esa pesadez en sus auras, las corrientes perturbadas, y en tanto un tinte azulado recorría la de la muchacha pálida, la de Ja-yoon ardía en su núcleo sutil con una flama rojiza.
— Dime, ¿qué es lo que te pasa?
—preguntó esta.
Ark-1, ahora cubierta por la penumbra de la nube sobre el traslúcido panel de a bodega, entrelazó sus manos.
Su visión remota volvió por un momento por encima, para ver aquella luna en nacimiento, donde el eco invisible del sufrimiento de aquel hombre apenas filtraba, en su oscuridad.
Luego fue al cuarto mismo, donde Ryo-dan había envuelto la mano mutilada en vendas de forma cruda, y finalmente regresó a su cuerpo.
— ¿Era necesario?
—preguntó Ark-1.
Su aura estaba teñida de un azul melancólico— Podrías haberlo manipulado, como haces con todo el mundo.
Habría sido menos—doloroso.
Ja-yoon suspiró, dejando su bolso sobre una caja.
Se sentó a su lado, y comenzó a desabrocharse las zapatillas, sintiendo por fin el cansancio de los días de infiltración sobre similares calzados.
Estaban detrás de ellas, alineados al lado de un par de mantas raídas: — Lo oíste todo.
Ese hombre, por más familia que tenga, no es inocente.
— Pero no estuvo involucrado en el PROYECTO: ARCO.
— Fue un facilitador.
Yongsadan llevó órganos a sitios de experimentación durante años gracias a su participación burocrática.
Sabía lo que se hacía con ellos, y de dónde venían.
— Y no hizo nada.
— Exacto.
Y quienes no hacen nada al respecto son peores que quienes hacen daño con el bisturí.
— Sabes lo que pienso de tu hipocresía, al pagarles con lo mismo.
— Y sabes que es necesario.
—la miró con sentenciosa y firme melancolía— Ellos no tuvieron misericordia de ti, hermana.
Tú tampoco debes dárselas.
Ark-1 bajó la vista, pesarosa: — Lo sé.
En realidad, no sé si podría.
— Oye, anímate —le acarició el hombro— ¿Sabes?
Necesito que ese hombre esté vivo y funcional para que pueda encontrarse con esos agentes.
—dio una ojeada al cuarto superior— La brutalidad de Ryo-dan es—eficiente, pero indiscreta, así que ¿por qué no vas a unirle los dedos, hmh?
Vio de vuelta arriba.
Ryo-dan los había puesto en un frasco lleno de alcohol, a regañadientes.
— Eso haré.
—se encogió de hombros, sonriendo a labio cerrado— Si ya lo hice por ti—puedo hacerlo por cualquiera, ¿no te parece, hermanita?
El contraste entre la chaqueta jean desgastada, y el vestido de seda de Ja-yoon fueron en ese instante la imagen perfecta de su dualidad.
Ark-1 se bajó de la caja, yéndose a prisa para ayudar a curar a aquel sujeto a quien ni siquiera conocía personalmente, al que además resintió por su complicidad.
— ¡Dejé las suturas—!
— ¡Sí, ya las vi, descuida!
La joven la vio irse, subiendo las escaleras, y para cuando entró al cuarto, Nagong, quien había estado atenta en su teléfono, se le acercó, comentando: — Más noticias.
El Director Jang ya envió su equipo de limpieza a Busan.
Pero es algo extraño—siento un grupo de auras—anormal—que se acerca por el sur.
Están a varios kilómetros de aquí.
La joven sabía a qué se refería, cuando empleó su visión remota en el puerto: — Son uno punto cincos, van enmascarados, pero a la vez—tienen otra cosa, fluyendo en paralelo, en su interior.
—miró a Nagong, sin inmutarse— No me digas que son ellos.
— No debe ser coincidencia esa sensación rara.
Jang dijo que los había resucitado, pero no me esperaba que fuera con ese método.
— Usé esa mentira con mi hermana una vez.
No voy a caer yo en ella.
— Es cierto.
Existe una versión mejorada del suero, el que tus Towoo le dieron al tal Yongdu.
Es obvio, lo preparó todo pensando especialmente en ti.
— Me enfrenté a Tyrant en Japón.
Estos no serán igual de fuertes.
Ja-yoon se tensó igualmente, pues toda variedad desconocida de enemigo podía llegar a ser, si no letal, sí muy molesta para los planes en su mente.
— No quiere que el resto de la Alianza piense que es débil.
Lidiará con esto de la forma más discreta que pueda.
— Si no fuese así, habría pedido agentes metahumanos de Estados Unidos directamente.
Lo sé, y es nuestra mayor ventaja.
Nagong compartió lo que tenía su tableta, mostrando unos perfiles, y documentos, que Ja-yoon revisó, mientras iba diciendo: — Son peligrosos, estos revividos.
Si lo que decía este archivo que robé es correcto, son seres que no tienen conciencia, ni sienten nada, y se regeneran, más rápido que cualquiera.
Sólo se quedarán quietos si cumplen sus directrices de eliminación.
—Que vengan —respondió Ja-yoon— Nunca podrán encontrarnos a tiempo.
Cuando lleguen a la gala, todo habrá terminado.
— Suenas demasiado confiada.
— Ya tengo mi as bajo la manga, y cuando se lleve a cabo la liberación, el internet y la opinión pública serán el peor enemigo de la familia Baek.
Nagong enarcó a ceja, dejando salir una risa: — ¿Eso será todo?
¿Solamente harás que los investiguen y los metan en prisión?
Creí que querías matarlos a todos.
Con a cara bien plana, Ja-yoon mintió: — Sí, ¿por qué no?
En serio, me duele que me creas tan—rústica.
Sólo por haber vivido en un pueblo miserable.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com