The Witch 3: The Reckoning - Capítulo 23
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23: Destino Determinado 23: Destino Determinado (25 de febrero, periferia rural de Jeonju, 02:48 AM) Ja-yoon recorrió la carretera una vez más entre las montañas, una vez más subida a uno de los viejos autobuses blancos que venían de la ciudad.
Ella se mantuvo sumergida en los recuerdos, mirando a la nada de las laderas boscosas donde una vez Jardín-01 estuvo al acecho, esperando su retorno.
Su viaje de vuelta a Corea, a casa, no se sintió como la gloria de una victoria, sino el peso de un funeral postergado.
El ronroneo del motor no tuvo en su embotamiento diferencia alguna con su recorrido por el Mar Amarillo subida a un ferry, salvo el olor a salitre.
En ese recorrido pasado, y en el presente, jamás soltó el maletín reforzado que enfundó en un bolso pesado, y descansó entre sus rodillas y brazos reposados.
Dentro, las dosis de la cura brillaron con esa luz ambarina, destilada agonía materna de un linaje condenado, convertido en la salvación filial. Cuando salió del sitio de Shanghái, la rebelde Hae-jun ya había desaparecido en la noche, y sus hombres sin una guía le juraron fidelidad por su poder.
Revisando las bases de datos y mensajes encriptados de Yongsadan, supo que otros supervivientes de la segunda generación, o también usaban la confusión para escapar, o se alzaban contra sus opresores.
Muy pocos de ellos mantuvieron su forzosa lealtad a la facción formal, aunque imaginó que, como Nagong, tuvieron su propio interés en mente.
Y mientras el conflicto desmanteló lo que quedaba del orden anterior en la agencia —y deudas de sangre se cobraron en cada sitio y oficina-fachada de Hoffen—, ella se movió como un fantasma.
Para el mundo, y para su tranquilidad, los superterroristas nivel Omega no pudieron ser ni interceptados ni mucho menos identificados entre los escombros de Seomyeon.
El rostro de Ark-1 era conocido por los medios en Vietnam, pero nada la había relacionado con el trágico incidente en el mayor puerto de la nación peninsular.
Una vez se bajó en el pueblo, su primera acción fue buscar pistas sobre lo que la había pasado a sus padres en los últimos dos años, bolso a espaldas.
Y cómo no habría hecho tal, si para los Koo, ella simplemente había sido su hija; no supo qué pensar, a pesar de entenderlo, cuando no vio carteles de “Se busca” con su rostro en ellos.
No es que los hubiesen arrancado, sino que, a juzgar por su recorrido exhaustivo en medio de la madrugada, jamás los había habido.
Ellos no la habían buscado luego de irse de aquel hospital, ni siquiera Myung-hee.
Fue por eso que la Yongsadan nunca volvió para terminar el trabajo; los Koo fueron sabios, no se expusieron a ello.
Suspiro con pesaroso alivio, rodeada de los bajos edificios que había conocido, confortándola.
La nieve comenzó a caer sobre los campos, primero en copos delicados, luego en una lluvia lenta que cubrió la zona rural entera bajo el manto blanco.
Desde el centro del pueblo, caminó y caminó seguida por la nevada, adentrándose desde la vera de la carretera y cruzando el puente sobre el río congelado, hasta que tomó el camino de tierra hacia la agazapada nostalgia.
Ja-yoon se detuvo al llegar frente a la fachada de madera, mirando la silueta de la casa donde creció; un territorio que no era suyo, pero aun así, el único lugar sagrado en su mundo.
— Todavía huele a las vacas —susurró Ja-yoon, con un risa triste.— Pero—casi ya no queda el rastro.
—y pensó— “Te dije que no las vendieras, papá.” Y por un momento, sus ojos perdieron la frialdad de Shanghái, Jeju, y la odisea que había emprendido.
Entró por una ventana, tras desasegurarla con su telequinesia, alterando su peso específico para sortearla sin hacer ningún ruido.
Desde dentro, se enfocó en la cerradura de la puerta, que Ja-yoon conocía de memoria, y esta cedió sin quejidos.
Dentro, el calor de la calefacción había persistido.
Avanzó por el comedor, guiada por otro aroma, y al llegar a la cocina, había sobre el mesón un plato de galletas artesanales con trozos de KitKat, rellenas de Nutella.
Estaban tapadas con un paño y una nota escrita a mano en una cartulina, pegada con cinta a la pared hace tiempo; era la letra de Sung-hwan: “Por si vuelves tarde, Ja-yoon.
No pases hambre”. A Ja-yoon le quedó claro que, efectivamente, habían visto las noticias aquella noche, y la gala Hoffenstein que las precedió.
Apretó la mandíbula, y tragó saliva apartando la vista; tomó aire, para desterrar el peso.
El contraste le fue insoportable; ver la pureza de ese gesto frente a la memoria, el reguero de cadáveres que acababa de dejar atrás.
Subió las escaleras, llegando a puertas de la habitación principal en la que los dos ancianos dormían, sintiendo la respiración pesada de quienes han envejecido esperando lo imposible.
Ja-yoon se acercó al lado de la cama de la madre, desempacando el maletín con suavidad antes de abrirlo en el suelo. “No te dejaré más peso.
Esta vez—lo haré yo”.
Con la precisión de un cirujano y la ternura de una hija, Ja-yoon extrajo la jeringa neumática con el vial.
El siseo del inyector fue apenas un susurro; la totalidad el fluido penetró a través de la yugular, y Mi-young apenas dio un leve quejido entre sueños.
Pronto la medicina haría efecto en la mujer, barriendo la degeneración celular en su cerebro, e incluso el cansancio de muchos años.
— Gracias por todo, mamá.
Te amo.
No despertaría joven, pero despertaría sana, y tendría vida en sus ojos una vez más; eso era lo único que importaba.
Ja-yoon observó por última vez el ceño atribulado de sus padres, y vio en él los años de lo que su propio padre biológico nunca pudo ser; un refugio, todo lo que había necesitado.
— Que vivan felices.
Es lo que quiero.
Bajó de nuevo a la sala, y dejó el maletín con cinco dosis más, aquellas que ya no tendrían destinatario alguno, pues habían muerto.
Debajo dejó ropa nueva que había comprado, y algunas herramientas para reemplazar las viejas, así como todo el efectivo que había logrado sacar.
Suspiró, asintiendo con serena certeza.
Tomó una agenda del velador al lado del sofá, y en una hoja con la fecha de aquel día, se puso a escribir instrucciones sobre ubicaciones seguras, carteras de criptomonedas y una billetera virtual.
Esto, para que Myung-hee los ayudase en caso de que sucediera un imprevisto, una posibilidad en medio de la inestabilidad reinante, y de que alguien decidiese vengarse de la caída de Jang.
Pero, más vital, más necesario que nada, escribió aquella carta que antes no se atrevió a mandar, tras un sollozo silenciado, sentada en la penumbra.
El dolor de su alma fue grande al saber que no podría ser la dedicatoria de amor que merecían: “Para Koo Sung-hwan, y Koo Mi-young:Supongo que a estas alturas ya queda muy clara la realidad de mi estancia en esta casa; que mi llegada repentina nunca fue el accidente que les hice creer.
Nunca me encontraste por azar en aquel campo, Koo Sung-hwan, yo encontré tu hogar en la librería del laboratorio donde nací; fueron el escondite del que mis creadores nunca sospecharon en esos diez años.
Mientras ustedes me criaron, yo tracé el plan para destruir a quienes me hicieron nacer como una bruja en este mundo; los que me quisieron asesinar.
Nadie me buscó hasta que yo quise exponerme para atraerlos a mi trampa, la identidad que ustedes me fabricaron sirvió de máscara hasta entonces.
Ambos me dieron todo lo que unos padres darían a su hija, por el pesar que sentían al perder a los suyos propios, y merecen que al menos me disculpe por usar eso a mi favor.
No fue tanto su ingenuidad, como su disposición a no querer saber, lo que facilitó mucho mi trabajo; y por todo lo que me dieron, les tendré una deuda eterna.
Consideren el contenido de la maleta que dejo y la medicina que inyecté en la sangre de Mi-young para curarla como un pago final por servicios prestados.
No me gusta dejar deudas pendientes, ni cosas sin completar, así que eso he hecho, y lo seguiré haciendo; queda poco para que todo termine.
Con esto, el favor de haberme alimentado y dado un techo quedará saldado con creces; si lo desean, podrán irse a vivir a cualquier lugar que deseen, y pagar cualquier deuda.
Ahora que mis enemigos han caído y mi objetivo está por culminar, ya no tengo motivos para mantener esta farsa ni para seguir con un afecto que nunca tuvo lugar en mis planes originales. No vuelvan a buscarme, ni permitan que Do Myung-hee pierda el tiempo intentándolo.
Mi camino sigue muy lejos de este pueblo y su presencia solo sería una molestia que no estaré dispuesta a tolerar.
Aprovechen la salud, y la calma que le he devuelto para vivir sus años restantes de vida en paz.
Por mi parte, no volveré a molestarlos nunca más.
Adiós.” Cerró el cuaderno entre quejidos, lo dejó sobre el velador con el pulso tembloroso, dejando caer un par de lágrimas como gotas de agua.
Se quedó encogida, con las manos sobre los ojos, remordiéndose el labio; sabía que el tiempo apremiaba, sabía que no debía vacilar.
Reunió las fuerzas que su mente todavía tenía para lidiar con la situación.
Levantó la vista a la ventana.
A través del paisaje, la montaña, de la nieve, vio que un par de drones sobrevolar el área.
Acercó su visión remota con cautela, y en efecto, tenían el logo del tigre.
”Nobleman tenía razón.
Cero-Cinco tenía razón.
Jamás iba a poder volver.
No deben venir aquí a investigar, ni Horang, ni Gombumun, ni nadie más.” Ja-yoon se levantó y caminó hacia la puerta.
Se detuvo ante una fotografía enmarcada de su familia en un paseo por el bosque.
Otra charada suya más, pero igual sonrió con el corazón constricto: “Los amo—más que a mi propia vida.
Y por eso, hoy debo dejar de ser—su hija.” Moviendo la puerta con su mente, caminó con la mirada perdida hacia la noche fría.
Mientras iba alejándose, sintió las corrientes de su aura, cerrándolas en un vórtice que se comenzó a auto consumir en las tinieblas.
Con su percepción extrasensorial, buscó potenciales fisgones, sin encontrar a nadie.
Se detuvo por un momento al tener un espasmo, y dejar manchada carmesí la nieve bajo sus zapatos.
Sonrió, cuando sintió que sus órganos comenzaron a licuarse dentro de ella, como si se estuviesen derritiendo en ácido.
Suspiró de alivio, cuando sus músculos comenzaron a sufrir roturas, fibra por fibra, y sus huesos se sintieron como vidrio.
Mientras la cura hacía su efecto en su madre, la más única y verdadera que jamás tuvo, Ja-yoon tuvo certeza de que todo lo que había hecho valió la pena.
Siguió andando, con cada vez mayor esfuerzo.
A medio camino entre casa y ninguna parte, el vial dorado que se supone era para sí misma cayó a la nieve, dejado atrás.
No miró atrás; cuando ya no estuvo allí, hubo pasos ansiosos, y una mano para agarrarlo.
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