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The Witch 3: The Reckoning - Capítulo 3

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3: Escala en Fukuoka 3: Escala en Fukuoka Convulsas fueron sus pesadillas, y sintió que los vientos del primer círculo del infierno la habían arrastrado por cavernas infinitas sin ninguna razón, incapaz de hallar el descanso.

Luego sintió hundirse en el agua, un océano invertido de pura emoción, de pensamientos urgentes, y la desesperación de la presa luchando contra el depredador para proteger algo mucho más allá de su propia vida.

Finalmente volvió a sobrevolar cielos indefinidos, llenos de maliciosas sombras sonrientes, de enormes fauces, y ojos incandescentes lejanos, llenos de un hambre inhumana.

Eso la sobresaltó, su grito final, llamándola.

Los ojos de Ark-1 se abrieron de golpe, igual que sus labios, buscando aire con angustia.

Miró a sus lados, y solamente había penumbra en paredes grises, herrumbrosas, demasiado estrechas ya para lo que en tan poco había llegado a ser.

Se halló a sí misma sentada sobre frío metal, como cuando la cámara era todo su universo, y el resto ilusión; todavía llevaba puesta la misma ropa con que había perdido el sentido, demostrando que, en efecto, cada hecho que vivió hasta entonces pasó en realidad.

Dos estanterías pudo ver erguidas a cada lado de su campo visual; no eran como las del supermercado, sino que eran angostas, oxidadas desde hacía años, quizá, junto con cajas polvorientas sobre ellas, además de bolsas plásticas, más de las cuales estuvieron desperdigadas por el suelo.

Suelo terroso, resquebrajado, sucio de polvo y tierra.

Lo que la alarmó fue ver sus manos encapsuladas en una especie de doble cono trunco, de color negro, con luces rojas lineales recorriendo sus filos inferior y superior.

No pudo evitar estremecerse, con la respiración pesada, antes de intentar forzar aquel grillete de grosor considerable; tiró con ambos antebrazos hacia afuera, tensando cada músculo de su cuerpo.

Hizo todo el esfuerzo del que fue capaz, al punto de que las venas de su cuello se tornaron visibles, su rostro pálido enrojeció, e incluso, en un último impulso, sus encías le sangraron.

Fue inútil.

Sin importar cuánto gruñese, o se agitase a sí misma y a la silla, que chirrió de lado a lado con cada debate de su esbelto cuerpo, sus ataduras no cedieron.

Ni la que agitó entre manos, ni menos la cadena amarrada alrededor de las patas del mueble, y también de sus pantorrillas, adoloridas por la tensión continua de sus intentos.

Sintió, por un instante, que pronto volvería a aquella camilla fría.

El mero pensamiento sólo la angustió más, y miró frenéticamente en búsqueda de una posibilidad, por más mínima que fuese.

Hasta que sintió aquello, lo mismo que antes de perder el conocimiento; fue como un deja vu, de dos huracanes mansos, dos torbellinos suaves como arroyos, unirse en una cinta sin final.

Para cuando su mirada volvió a los ojos físicos, los goznes chillaron con dolor, una puerta gris lejos a la derecha, junto a la pared frontal, donde sólo había un ducto tapado con una lámina metálica.

Se puso tensa al verla allí de pie, manos sueltas, justo delante de aquel cuadrado sujeto por tornillos viejos, y al oír su voz: — Hola, hermana.

—dijo, sonriendo— Por fin te despertaste.

Ark-1 entreabrió los labios, con una mirada inconscientemente suplicante, adelantando sus manos atrapadas.

— Con las cosas que pasaron hace dos días allá, no puedo tomar riesgos.

Fuiste muy lenta en decidir.

Los flashes de aquellos dos que se habían vuelto más que nadie antes volvieron a la muchacha, quien bajó el grillete sobre sus muslos.

Suspiró, con un nudo en la garganta, ya con la cabeza gacha, y respondió, llena de pesar en el pecho: — Es porque no quería irme.

Quería quedarme con ellos.

Ja-yoon apartó la mirada, manteniendo la sonrisa a duras penas, y se rascó la nuca: — Ah.

Bueno—eso es obvio.

—y volvió a mirarla— Aun así, tú y yo sabemos que no podías hacer eso.

— Al menos—quería enterrarlos.

Eso—hacen los humanos.

— Tú lo dijiste.

Los humanos normales lo hacen.

No somos como ellos.

Oír eso le hizo tener un vuelco de enojo en el corazón; la muchacha miró a Ja-yoon, con poca simpatía: — Pues deberíamos serlo.

Sería mejor —y se miró— que ser así.

La aludida dio una chiflada desdeñosa, cruzándose de brazos: — Dices puras tonterías.

—y la aleccionó, levantando suavemente su mentón— Sabes que somos más que un cuerpo; es como la ropa que llevamos encima.

Puedes sentirlo, lo que hay más allá, ¿o no?

— Sí—Ja-yoon—tienes razón.

Lo he sabido toda mi vida.

— Claro —respondió, casi susurrando, y le dijo— Está bien, después de todo, nunca nos hemos conocido como se debe.

— Lo que dijiste —interrumpió Ark-1— Eso sobre buscar a—nuestra supuesta madre.

¿Realmente es cierto?

— Hmh.

— No puedo creerte.

Ja-yoon enarcó la ceja, soltando los brazos, suspirando antes de cuestionar: — ¿Y eso por qué?

— Si mi—familia—no te importó ni un poco, y fuiste capaz de matar a tu aliada ¿por qué creería que a ti te importa alguien?

En especial ella.

El cuello se le tensó a la joven, evitando por muy poco hundirse en recuerdos poco agradables, y manteniendo la compostura, respondió con un suspiro de falso hastío: — Huh, y dale otra vez con eso— — Me pusiste este inhibidor—porque no confías en mí.

Temes lo que puedo hacer.

— Te amarré a esa silla porque flotaste fuera de control antes de irnos de Jeju.

No podía dejar que pase durante el viaje, ¿no crees?

Ark-1 abrió los ojos de la sorpresa: — ¿Cómo?

— Deberías haberte visto.

Nunca pensé que nuestro vínculo tuviera la fuerza para hacer eso.

Aunque debo admitir que me costó mucha energía.

— Fue tu culpa, entonces, que pasara eso.

Forzaste algo que es débil entre ambas.

Ja-yoon se aclaró la garganta, sabiendo perfectamente que era verdad, y se sacudió levemente la realización de la cabeza, antes de seguir: — Como sea, sólo venía para ver cómo estabas.

Pronto debo ir a un lugar, y no quiero que te muevas de aquí mientras vuelvo, ¿está bien?

— ¿A dónde irás?

—preguntó, con genuina curiosidad— ¿Y dónde estamos?

Dijiste que dejamos Jeju, ¿verdad?

Entonces, ¿a dónde nos trajiste?

Y de forma que ninguna de las dos esperó, el estómago de la muchacha gruñó quejambroso.

Ark-1 se puso roja involuntariamente, avergonzada por aquella demostración de debilidad a una “buena por conocer”, responsable por cruzar su camino con el de los Towoo.

Ja-yoon miró hacia arriba, conteniendo a duras penas una risa antes de tragar saliva, calmarse, y decir con sonrisa divertida, mirada halagüeña: — Eres todo un personaje, ¿lo sabías?

—y metió las manos a los bolsillos— Mira, si te portas bien y me esperas, traeré mucha comida japonesa para ti, ¿trato hecho?

Comenzó a retirarse, y ya medio saliendo por la puerta, Ark-1 pronunció lento, como si no quisiera que el término se escapase de su memoria: — Síndrome de Estocolmo.

— ¿Uh?

— Eso no funcionará conmigo; los que me crearon no lo lograron.

Tú tampoco podrás.

— No es un secuestro.

Podrías salir de este sitio caminando, sin usar ningún poder.

— Dime dónde.

— Si demuestras que no vas a tratar de matarme, quizá te dé un paseo por el parque —dijo con optimismo, cual vieja amiga— Seguro nunca has visto las hojas en otoño; creo que te van a gustar.

Finalmente se fue, pasando los dedos por el filo de la puerta sin cerrarla.

“¿Japón?” pensó Ark-1 “¿Por qué habrá querido venir aquí a esconderse?” Oyó otra puerta más lejos ser corrida con fuerza, antes de quedarse nuevamente en el silencio.

Una vez dejó pasar la cantidad de tiempo necesaria en aquel aislamiento, en base a su experiencia previa, se deslizó mediante la silla con un nuevo impulso, como si intentase brincar.

Su primer intento fue tímido, pero el segundo fue más fuerte, aunque la silla apenas sí se moviera más hacia adelante; así lo fue haciendo, tumbo a tumbo, dando quejidos incómodos en su lento avance.

Quizá llegó a un metro de distancia, cuando la pata de la silla, tras golpear el resto de un sartén roto, se zafó de su base, aflojando la cadena y arrastrando a la muchacha de lado contra el piso.

Su mejilla impactó dolorosamente, y se ensució de tierra.

Tuvo que escupir un pedazo de diente, además de pelusa.

Su siguiente método fue impulsarse con las piernas y los hombros, cual si fuese un gusano, hasta sentir que, tras unos cuantos movimientos, la silla, y una de sus piernas, amarrada todavía por las cadenas, se atoraron tras unas rejas de estufa quemadas.

Su garganta comenzó a quemarle, y sintió una preocupante falta de aire; se miró la pierna atascada, sin embargo, para, tras tomar una bocanada a labio abierto y hacer mueca de fuerza mostrando dientes, dar un tirón, agitando hacia arriba primero, luego hacia abajo, a cada lado.

El último tirón, y sintió que su tobillo hizo un crack, lo que la llenó de un dolor como nunca había sentido, haciéndola gritar con toda la fuerza de sus pulmones; sólo ese chequeo de realidad la hizo darse cuenta del nivel de vulnerabilidad en que estuvo dentro de ese lugar con Ja-yoon.

Aquella agonía, aun así, la suplió de una oportunidad única.

La posición de su pie, girada hacia abajo, fue perturbadora de ver, a pesar de cuán acostumbrada estuvo a ver cuerpos quebrado, por ella misma o no, desde su infancia, hace muchos de lo que, le había enseñado Dae-gil, se llamaban años.

Temblando, con la respiración entrecortada, pegó un par de chillidos a diente cerrado mientras haló su delgada pierna a través de las cadenas, ayudándose con los codos al suelo; despacio, con bramidos fruto del latiente sufrimiento en su tobillo, finalmente logró sacar el pie de su cautividad.

El siguiente problema del que era consciente en su dislocación desguinzada, que enrojecida comenzó a hincharse, fue la cuestión de cómo reposicionarlo en su lugar.

En circunstancias normales, simplemente habría forzado un movimiento potente, y los huesos y carne volverían a su lugar antes de curarse.

Trató de hacer eso mismo, pero apenas comenzó, el dolor la hizo chillar, sudar frío y retorcerse entre bramidos.

Se acercó arrastrándose hacia la estantería más cercano a la puerta abierta, procurando mantener el pie herido elevado sobre el suelo cuyo sólo frío se sentía como infierno.

Con el grillete, se levantó de torso al segundo estante, apoyándose de la rodilla derecha, y respiró profundamente por la nariz con los ojos cerrados antes de bufar, para alzarse más en el tercero.

Apoyó la otra rodilla, y sintió un dolor eléctrico que la encogió de hombros, ya con el grillete firmemente asentado; gruñendo, respiró con la boca abierta, frente sobre el filo del estante.

Un último esfuerzo, tras un buen rato de estar en esa postura, y se paró en un solo pie, dando un par de saltitos con la base de los dedos para acomodarse.

El grillete comenzó a resbalar del siguiente estante, así que actuó con toda la rapidez que su delgado pero grácil cuerpo sin dones le permitió, dando otro par de saltitos hacia atrás, lastimándose el pie con piedrillas y vidrios pequeños.

Apretó los dientes en un gruñido nuevo, pero ya con la espalda apoyada; la agonía de su condición, humanizada por el inhibidor, se le fue tornando insoportable, aunque, todavía con eso, no maldijo su suerte.

En cambio, pego los brazos adelante al torso, y se preparó para saltar hasta el marco de la puerta.

Su pie ya se manchaba con sangre cuando pegó varios brincos, mordiéndose el labio antes de llegar a su destino, casi pegándose en la nariz, esquivando por muy poco el choque.

Sintió que al golpearse el pecho se quedó ahogada, y por reflejo tosió varias veces, dando fuertes arcadas, todavía soportando su peso, medio apoyado en su otra pierna doblada.

Usó ese apoyo para, de a poco, deslizarse en un giro hacia el otro cuarto, que resultó ser una estación de cocina.

Se echó sobre el mesón polvoriento más cercano, y lo usó para avanzar, lenta y tormentosamente, agachada para no irse hacia atrás ni pegarse con los flojos armarios de arriba, saqueados completamente.

Fue quitando las puertas cuadradas caídas, así como las bolsas llenas de basura y desechos pestilentes, hasta que terminó el mueble.

Otro brinco, estando ya mareada, sobre el marco que daba al pasillo previo al comedor de lo que obviamente era un diner al estilo americano.

Se mantuvo con un hombro a la pared, hasta que, ya agotada, se dejó caer hacia adelante sobre la mesa más cercana, sobre los brazos doblados, antes de acomodarse y tirarse hacia atrás sobre un asiento tipo sillón en forma de U.

Descansó la espalda, y girando la cadera, acomodó la base de los dedos del pie dislocado, tiritando al contacto con el filo encauchado del mueble; apretó la mandíbula y los párpados con mucha fuerza, tomando aire unas tres veces antes de hacerlo.

Empujó, y en otro crack, más ahogado, el pie volvió a una posición aparentemente más normal.

Ark-1 pegó un alarido horripilante en la penumbra del lugar, cuya luz se filtraba a través de las hendijas entre las tablas puestas por fuera de los ventanales.

El grito se tornó en quejidos entrecortados, y entre espasmos de sufrimiento físico, se echó por instinto a lo largo del asiento, y cuando asentó la cabeza, tomó aire con el hilillo de un quejido, antes de dejar salir un lamento sonoro, entre lágrimas.

No recordaría cuánto tiempo se quedó echada allí, pero lo cierto es que, cuando volvió a abrir los ojos, ya la luz filtrada era dorada.

Entendió de inmediato que las ventanas daban, en líneas generales, al oeste, antes de levantar el torso sobre el espaldar, y doblar la pierna “buena” sobre una rodilla; allí seguían los fragmentos que se habían clavado en la planta, así que, resignada, se dispuso a quitarlos.

Uno por uno, los desclavó, tiritando por el ardor cálido cada vez que, con una agitada, se arrancó un vidrio; de las piedrecillas y plásticos diminutos se deshizo más fácilmente, pues cayeron contrayendo su pie una y otra vez.

Miró el suelo que le quedaba por recorrer con mucho detenimiento.

El tramo a la puerta principal le pareció relativamente corto, y sobre todo directo, así que calculó la mejor ruta sin pisar más basura cortopunzante, de la que, por suerte había poca, antes de pararse, apoyada en el respaldo.

Fue más despacio, y fijándose en cada pisada, esporádicamente usó su pie todavía hinchado, para tener mejor estabilidad, mientras de lado usaba el grillete para apoyarse en los asientos.

Con eso, al fin llegaría a la puerta corrediza, que como escuchó y vio desde distancia, continuó entreabierta.

Asomó su mirada al exterior.

Allí había una carretera secundaria, a la que le crecía hierba por los lados, flanqueada a su vez por casas de uno o dos pisos, protegidas por muros de bloque gris con perforaciones en forma de flor de 6 pétalos.

Algunos árboles sobresalían de varios predios; se sorprendió al ver que estos, tal y como en sus libros didácticos, de verdad tenían las hojas rojizas o naranjas en otoño.

Se deslizó cojeando con dolor por la apertura, y comenzó a alejarse del lugar con lenta dificultad.

Pasaron los minutos en aquel andar, sin encontrar absolutamente a nadie en las calles; ya imponiéndose el atardecer, sopló un viento reconfortante, frío, que calmó su tobillo, al tiempo que le refrescó el rostro.

Aprovechó para respirar profundamente, apoyada al muro de una casa en particular, olvidándose del mismísimo mundo, de la propia tibieza de los rayos del sol terminando la jornada.

Sintió que, si algo quería tener en la vida, era momentos como aquel, donde el silencio no era miedo, sino paz.

Eso, al menos, porque no podía percibir la cámara de vigilancia observándola desde lo alto de un poste eléctrico.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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