The Witch 3: The Reckoning - Capítulo 9
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- Capítulo 9 - 9 El verdadero objetivo
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9: El verdadero objetivo 9: El verdadero objetivo Cuando llegaron al lugar, en la calle Đ.
Phước Tường 1, no pudieron creer que, incluso comparado con las demás alrededor, aquella fuese una verdadera casa.
La fachada estaba percudida, la pintura descascarada, y su segundo piso de madera, a simple vista, pareció amenazar con caerles encima.
El estado del tramo no era mucho mejor, asfaltado hace quizá 20 o más años, se hallaba cubierto de tierra, de lodo seco, con aceras erosionadas, rotas por el paso del tiempo.
El camión con cajón de madera montado cerca era un ejemplo de otras razones.
Ark-1 fue la primera en bajar del auto, cargando entre brazos cajas, latas, botellas y recipientes varios con comida comprada en tiendas y supermercados.
Ja-yoon fue detrás de ella con más bolsas, incluyendo envases de comida todavía caliente; este había abierto la puerta tras desatascar la cadena puesta por dentro.
Fue sorprendente la cuando la muchacha pálida vio el interior, aunque su melliza fue incapaz de ocultar el disgusto en el rostro: — Aquí nos vamos a quedar.
— Oh, ¿y por cuánto tiempo viviremos aquí?
La decoración interior del primero piso consistía en un tapiz de patrón floreado vetusto, amarillento, columnatas recubiertas en placas de madera reseca, con un comedor pequeño en el centro.
Ark-1 puso todo sobre la mesa de madera sólida, y las igualmente rústicas sillas, mientras que Ja-yoon, con su suspiro, puso lo suyo en la “sala”, o más bien, los sillones de cemento cubiertos por cojines desiguales sacados de un vertedero.
El hombre, por su lado, permaneció fuera de la vivienda, al volante, y miró a la joven a través de la ventana enrejada, asintiendo; ella devolvió el gesto, antes de voltear hacia la cocina, al fondo.
— ¡Ey, no pongas eso ahí, guárdalo en esos cajones!
En eso, el tipo arrancó con prudente celeridad, desapareciendo para hacer lo que le habían dicho, mientras Ark-1 se adelantó a ordenar todo.
En ese momento, comenzaron a guardar todas las provisiones en los armarios de abajo, y en los de arriba, aunque los estantes de estos estuviesen apolillados, su aserrín desgranándose.
Fue sólo tras un silencio largo que la muchacha pálida preguntó: — ¿Y bien?
¿Te sientes—mejor?
Ja-yoon dejó por un segundo la mano en la caja de harina que acababa de poner.
Ark-1 sintió en ese instante el malestar persistente, el peso, la opacidad que se negaba a abandonar el aura de su hermana.
Esta pudo sentirse observada, y se cerró de inmediato: — No importa.
—y siguió colocando— Hay que hacer el siguiente movimiento.
Regrese ese animal o no.
— ¿Crees que no nos delatará?
— ¿A quién?
Está en la misma posición que nosotras.
Y quiere ese supuesto tesoro.
— Pero si—¿viene con matones a robarnos?
— Los eliminamos, y tú lo dijiste.
Jamás va a ganarte.
— Entonces —se giró a Ja-yoon— ¿Por qué quisiste venir aquí?
— Porque es el único lugar en el sudeste de Asia al que la Yongsadan preferiría no venir.
Como te dije, Baek, su facción, hizo cosas a espaldas de los americanos, y hay más de ellos vigilando aquí.
Pero el director de la agencia, Jang, él quiere volver a tener su favor; mantendrá manos fuera, al menos por ahora.
— Es—algo muy complicado.
Ja-yoon sonrió, acabando de poner todo lo suyo: — Sí —se bajó del mesón al suelo— Las cosas en este mundo nunca son totalmente blancas o negras.
Supuestos aliados mañana se vuelven en tu contra, y los enemigos— Miró afuera, viendo que el hombre volviera: — En fin.
Considera esta mi primera lección para ti.
Ark-1 solo se quedó mirándola con preocupación, al tiempo que se fue alejando a las escaleras de madera que subían.
Sin aviso, sintió intermitencia en el flujo de sus energías, y la vio bambolearse, antes de desplomarse a medio camino.
Dejó caer las cajas de fideos picantes entre sus manos, corriendo en un instante a donde estaba, levantándola entre sus brazos con el ceño ansioso.
Miró a su alrededor, sin saber qué hacer, así que revisó todo el lugar con su visión remota.
— Allí.
Subió al segundo piso, básicamente un pasillo cuadrado exterior y pared externa de tablas sobre un muro bajo de cemento, en el que las habitaciones podían hallarse hacia la pared interna pintada de gris.
La tercera puerta, a la vuelta de la esquina izquierda, allí se hallaba el baño, así que fue pronto, pateando la puerta y dejando a Ja-yoon en la tina, mientras que abrió el botiquín para tomar un frasco de pastillas “ibuprofeno” y “azitromicina”, moliendo un puñado en la mano.
Echó el polvo en un cuenco con un poco de agua, dándoselo a beber; chorreó por los lado, pero suficiente fue ingerido.
Sus ojos estuvieron ya entreabiertos, pero sus párpados temblaron, lo poco de su mirada en blanco, y de nuevo la sangre por la nariz.
Esta vez hubo quien lo limpie por ella; usando algodones y gasa, la muchacha hizo tapones para colocarlos en las fosas nasales.
Abrió la camisa, y revisó el medio de su pecho, notando que la cicatriz tenía aberturas amarillas con bordes rojos.
Atrajo hacia sí una botella de alcohol.
Con este humedeció más gasa, y una toalla limpia de color rojo.
Se dedicó a limpiar, por varios minutos, mientras su hermana tembló, emitiendo quejidos de dolor.
También comenzó a lavarla con una esponja húmeda con jabón; sus manos, brazos, seguido de sus piernas, sus pies.
Lo bueno, pensó, es que ambas llevaban puestas pantalonetas playeras: — Ja-yoon, ¿por qué—?
— Porque— La voz débil, entrecortada, salió de los labios de Ja-yoon, tornándose a ella con la vista pesada, borrosa.
— Porque es necesario.
Y en ese instante, Ark-1 sintió en su aura nuevamente el vacío gélido, la oscuridad absoluta, pero el surgimiento de algo que le revolvió el corazón.
La tiniebla sin final, inundada de un mar cerúleo de aflicción emocional, que de haber sido físico, las habría ahogado a ambas, junto a la ciudad entera, en sus amargas olas.
No pudo evitarlo, y tras alzar de un impulso la mano, tomó con ella la de Ja-yoon: — ¿Cómo?
— El pendrive.
Hay un lugar aquí cerca, lo veo —dijo débilmente, y tosió sangre— mira las ubicaciones, debes ir—al almacén.
— ¿Almacén?
¿Cuál almacén?
No lo entiendo— — El suero.
Ellos tienen más suero.
Pronto.
Ark-1 sintió un sobrecogimiento en el corazón, frío en los brazos y la espalda, apartando la mirada a un lado: — ¿Sólo te dueles tú misma?
—musitó— ¿Llegas a tanto sólo para vivir—sufriendo?
¿Por qué hacerte esto?
La voz de Ja-yoon se tornó más amarga, serpentina, y soltó con violencia la mano de su hermana, mirando al lado contrario: — ¿Y qué diablos—te importa a ti por qué hago esto?
De todas formas—tú lo necesitarás también.
— Huh…
La muchacha, que quedó con la mano colgada del borde de la tina, se levantó con resignación, antes de darle la espalda para marcharse.
Ja-yoon balbuceó algo más, lo más fuerte que pudo, su voz palideciendo antes de apagarse: — No encontrarás—a nadie bueno en ese lugar.
Ark-1 paró un instante antes de responder: — Eso tendré que verlo.
Cerró la puerta con seguro mediante la mente, antes de bajar y salir del lugar.
Visualizó, y a dos cuadras apenas, lo halló, así que, tras cerrar la puerta principal con cadena detrás de sí, se marchó a ese lugar.
No era realmente un cibercafé, sólo una tienda de fotocopias, con una refrigeradora, cabinas telefónicas, y un solitario computador; tenía suficiente dinero en un bolsillo, dejándolo en el mostrador.
Ingresó la memoria, y buscó lo que le describió su hermana; entre las ubicaciones, las coordenadas que siguieron antes, la de la propia casa, hasta que halló la de un edificio verdoso, con herrumbre en la base y pequeñas ventanas en los flancos superiores.
“Planta de Procesamiento” era el nombre inicial de la imagen, así que quedó claro para Ark-1 a dónde ir.
Se levantó con apuro, pendrive al bolsillo, y del refrigerador, una botella de agua de litro para calmar su sed.
Abrió y bebió un gran sorbo, antes de dejar más dinero en el mostrador; salió a pasos largos de ahí.
Se fue alejando, sin tiempo para oír a la casera del local, extendiendo unos billetes en su mano: — ¡Oiga, no se vaya!¡Olvidó su cambio!
Ugh, en fin —puso las manos a la cintura y se dio vuelta— Seguro ya volverá.
Huh, ¿por qué tendría tanta prisa?
Andó en chancletas como la mayoría de los peatones, todos en ropas veraniegas a pesar de ser noviembre; la humedad que se pegaba a su propio rostro, haciendo sentir el sudor de su frente como raudal, le explicó aquello sin mediar palabra.
Miró a mujeres mayores barriendo las hojas de la acera, a unos niños jugando a patear una pelota de trapo con calzado raído, a una madre llamando a su hijo con un grito poco agraciado desde su ventana enrejada.
“Parece que—eso también es parte de la vida.
Ese juego se ve divertido.
Esas “tareas” ¿serán como las pruebas que me hacían?
Espero que no electrocuten al chico.” Perdiéndose entre las calles, pasó tiempo hasta que se acercó a un suburbio sin ningún árbol alrededor, una zona de construcciones apiñadas, siempre en dirección al mar.
Fue barrio adentro que los callejones fangosos se tornaron irregulares, y en la oscuridad, con las manos en los bolsillos, dos figuras delante, dos detrás, la interceptaron: — Hola cariño, ¿estás perdida?
— Sí, parece perdida, creo que es una turista, jefe —señaló otro— Mírela, tiene ropa ridícula.
Cada uno sacó un punzón, o un cuchillo, o una navaja suiza: — Oh sí —asintió el siguiente— Vean esa carita de tonta, y su—perfecta piel blanca.
Los maleantes se rieron, y uno relamió los dientes con su lengua: — Ven conmigo, amor, la pasaremos bien.
— Tengo prisa —dijo ella sin emoción— Quítate.
— No fue una invitación— El sujeto se acercó a centímetros de ella, con una sonrisa maliciosa, dispuesto a tocar su cuerpo con las manos.
La muchacha sacó la mano para tomarlo por la camiseta, pero antes de que concretara su ataque, se escuchó el silbido hueco de un disparo silenciado.
Los otros se alarmaron al ver al potencial violentador con un tiro borboteando sangre detrás de su cabeza; el cuerpo cayó de lado, ante el labio fruncido de Ark-1 y la sorpresa en la mirada de todos.
Una sombra en el techo, los disparos de los rufianes que sacaron de inmediato sus armas, la atenta mirada de ella.
La forma, que se había agazapado, pegó un salto entre casas en el estrecho pasadizo.
Y tal como distinguió las esencias de ellos, diferenció muy bien esta; no era uno de los suyos esta vez, definitivamente no era Ja-gyeong.
Debería tener cuidado de hacer más ruido, y decidió quedarse quieta para ver hasta dónde llegaría; dos rufianes doblaron la esquina, y con su mente los vio saltar a una escalera tras una cerca, para subir a la casa donde la sombra había ido.
Pudo ver su rostro, el de su “salvador” agitado, pero determinado, pistola abajo, y por ello sus enemigos sonrieron, confiados: — Bien, ahora tírala.
La persona la dejó caer, pateándola hacia ellos, y levantó las manos.
El otro dijo: — No me arriesgaré.
—se acercó, y le encañonó la frente— Hoy nadie saldrá con vida— La persona le dio un pisotón con el talón, y este gritó soltando su arma.
Sacó un cuchillo de cocina serrado de su remera, y lo clavó varios veces en el vientre del atacante.
El de atrás disparó cuando su compañero cayó de rodillas, entre gorgoteos ahogados; la forma, con cierta dificultad, levantó al bulto por la camisa para usarlo de escudo.
Entonces decidiría aquel correr en dirección al entrometido adversario, e intentar una puñalada, sólo para ver su codo atravesado por una hoja de metal, que al tratar de desatascar en grito ahogados, dio tiempo al oponente de sacar una navaja de afeitar entre los dedos, y degollarlo por detrás.
Los dos cuerpos convulsos se removieron desangrándose, y uno trato de alcanzar su pistola.
La forma tomó el arma en su pequeña pero bronceada mano, ultimándolos de un tiro a la cabeza.
Bufó, y haciendo un buen esfuerzo, empujó a cada uno de vuelta al callejón; los contó: — Uno, dos, tres—¿y el otro dónde—?
El último había quedado con el cuello girado, colgando hacia atrás de rodillas, a la salida de la esquina derecha.
La muchacha, a su parecer, siguió allí de pie donde estaba, sin moverse un milímetro; pero esta persona se alarmó, frunciendo el ceño.
Ark-1 volvió a mirarla, con una sonrisa, y diciéndole en un idioma que reconoció como coreano: — 감사합니다 — ¿Cómo?
— Cảm ơn bạn.
Gracias.
— Ah.
Claro.
La muchacha pálida pudo ver el rostro de quien se reclinó desde aquel techo, con una mano en la cornisa.
En forma de corazón, bronceado por el sol, mentón pequeño, pequeños ojos almendrados, y un cabello sujeto en una trenza triple gruesa, corta hasta la base del cuello.
Su remera azul estaba suelta, y llevaba la pantaloneta azul ceñida, calzando un par de tenis.
— Te llevaré de vuelta a tu hotel, extranjera, o donde te quedes.
No deberías andar por aquí sola.
— No, la verdad— La chica se había desvanecido, sólo para aparecer detrás de ella.
Lo que no sospechó es que Ark-1 estuvo sintiendo su aura todo ese tiempo: — Sentí que debías ser una chica.
— ¿Sentiste?
¿Qué, tienes—poderes o algo así?
— Fue sorprendente.
Para ser una humana normal, eres hábil peleando.
Caminó a un lado, y se le puso en frente: — Pues sí, no soy nadie especial.
Ven, te llamaré un Uber.
— No puedo.
—interrumpió— Debo llegar a un lugar.
—le hizo ademán a la chica— Es cerca de aquí, y debo ir rápido.
— No, esa idea es pésima.
Sólo hay una cosa por esta zona, y en serio, no es buena.
— ¿Hablas—de la Planta?
La chica se tensionó, poniéndose pálida por las sorpresa.
Sus labios se entreabrieron: — ¿Q—Qué dijiste?
— Es a donde voy, algo llamado la planta.
La chica se interpuso en su camino, con el cuchillo en la mano, y un tono de amenaza: — ¿Y por qué la buscas?
— Debo conseguir algo allí, es importante para mí.
— Dime qué es —dijo, con molestia— Dímelo ya, o si no te mato aquí mismo, ¿qué es lo que quieres?
Ark-1 se hizo para atrás, no sólo por la reacción repentina, sino por la igualmente explosiva alteración del aura de la chica.
Notó que su interlocutora, encima, no era más que una adolescente la cual, a su juicio, no debería estar allí, ni tener ese nivel de pelea: — No puedo decirte.
Aunque me ayudaras, no te conozco.
— Tu decidiste.
Lo lamento.
Lanzó un derechazo con el puñal, dispuesta a clavárselo a Ark-1 en el cuello.
Era muy lenta para ella, sin embargo, fácil de ver venir, y la detuvo por la muñeca sin ninguna dificultad, cual mano de bebé.
Aunque la reacción de la chica fue empujar con todas sus fuerzas, ayudada por su otra mano, no pudo mover el filo más cerca.
Apretó los dientes, los párpados con cada empujón, pero nada cambió: — Detente.
No quiero hacerte daño.
— ¡Nadie más usará lo que esa gente vende para beneficio propio!¡Jamás dejaré que otro niño sea secuestrado!
— ¿Niños?
¿De qué secuestros hablas?
“Ja-yoon.
¿Qué no me dijiste esta vez?” Vinieron a ella las imágenes grises de su confinamiento, toda una vida, y esa distracción la aprovechó la chica para soltarse y responderle, tras alejarse unos pasos: — Ese sitio es donde llevan a muchos niños.
Son criminales, una mafia muy poderosa, y ellos —tuvo reticencia, sus labios temblaron— Ellos los abren, sacan corazones, hígados, riñones—y algo que le dicen médula espinal y— Ark-1 se quedó helada, miró abajo, pensando, y dejó salir: — Médula ósea.
— Sí.
No son seres humanos.
Son monstruos, y yo —se sentó contra la pared, temblando— fui su víctima, una vez.
Volvió a mirar a la chica, apretando los puños con indignación, preocupada: — ¿Cómo escapaste?
— Era niña cuando pasó.
Me quisieron llevar en un tren, no sé a dónde.
Mi mamá me buscó, y me pudo encontrar.
Gracias a ella fui rescatada, un detective la ayudó.
Él se volvió—mi papá.
La muchacha se acercó, acuclillándose frente a la chica, quien había abrazado sus piernas.
— ¿Y por qué no le pediste ayuda a él?
Ark-1 le puso la mano en una rodilla, mientras respondía, mirando a donde, claramente, había que ir: — Él tuvo problemas luego de aquel caso, y casi lo dieron de baja de la fuerza.
Hay gente más arriba—lo encubren todo.
Estoy segura.
Eso fue algo que la muchacha pálida entendió perfectamente.
Cosas como la Yongsadan, o los experimentos de Head One, o el tyrant.
Nunca había escuchado mención de tales cosas en público, y quienes estaban detrás hacían lo que querían sin consecuencias, e iban a donde querían sin límites.
Autoridades colaboraban con ellos, y sus nombres nunca eran mencionados en la vida de la gente común.
“Gente de arriba” debía ser justamente eso, pensó.
— Tienes razón.
Yo te creo.
Dices que tu mamá te fue a salvar—¿por qué no le pediste ayuda a ella?
La chica se entristeció: — Siempre quise ser una buena hija.
No decepcionarla.
Estudiaba mucho para darle una mejor vida algún día.
La noche del rescate, ellos la mataron, antes que papá y la policía llegaran.
— Oh.
— Quiero salvar a esos niños.
Y que los responsables de matar a mi mamá paguen sus crímenes.
Ark-1 no tenía palabras de consuelo, pues ella misma tenía el duelo atenazándola.
Y de repente tuvo una idea: — ¿Tú viniste sola, no es así?
¿Y sabes quizá—cómo es el lugar por dentro?
— En realidad, no.
La muchacha se levantó, y le tendió la mano: — Déjame ayudarte.
— ¿Por qué?
Tu sólo eres otra clienta de esas personas.
— No es así.
Vine a conseguir una medicina para mi hermana.
Ella me dijo que la encontraría ahí.
Dijo que eran gente mala—y si es así, pienso detenerlos.
El rostro de la chica buscaba iluminarse, y miró a los lados, donde los muertos pronto comenzarían a apestar, y sacándose un par de pellejos de las uñas, finalmente decidió: — Eres una metahumana.
Y eres fuerte.
Tu ayuda me serviría mucho.
La chica le tendió la mano de vuelta, y Ark-1 la levantó bruscamente: — Wow.
Qué brazo.
— Es un trato —Ark-1 sonrió, y luego se puso seria— Y si alguna lo rompe, que mate a la otra.
— Oye, está bien.
No será necesario.
— Eso espero.
Ark-1 fue la primera en avanzar en la dirección del sitio, a zancadas que la pusieron a buena distancia, antes de que la chica exclamara: — Espérame.
Finalmente pudo darle alcance a dos bloques delante, corriendo.
Una vez estuvieron de nuevo lado a lado, le preguntó: — No me has dicho cómo te llamas.
Quiero saber con quién trabajo, ¿entiendes?
— Ark-1, es mi número.
— Eso no es un nombre.
— Es que—no tengo ninguno.
— ¿Ok?
Bueno, yo soy Mai.
— Mai es un nombre bonito.
Y bien, ¿sabes algo más de esa gente de ahí?
Gracias por decirme las cosas claras hasta ahora.
— Sí, de nada.
Bueno, sé que un jefe de ese grupo va a supervisar el lugar hoy.
A esta hora ya debió haber llegado.
— Quizá se vaya pronto, debemos apurarnos.
— Tranquila, no se irá tan rápido.
A estos infelices no les gusta levantar sospechas en los lugares donde operan.
Se quedará un par de horas, al menos.
Llegaron al sitio, que observaron desde la esquina de la calleja.
Sin aviso, Ark-1 avanzó hacia la entrada, custodiada por dos matones con subametralladoras.
Ella titiriteó sus cuerpos para que dispararan las armas contra sus propias cabezas, y dobló ambas puertas hacia adentro de golpe con las manos.
Mai se quedó tiesa en su lugar, aterrada por lo que vio: — Esto es— Los gritos los pudo escuchar dentro, junto a los disparos: — ¡¿Pero qué—?!
— ¡¿Quién es la chica?!
— ¡¿Cómo entró?!
— ¡Acaben con ella!
La muchacha, dentro de aquel sitio, vio las jaulas, donde tal cual dijo Mai, halló a muchos niños, hacinados en jaulas de perrera, etiquetados a fuego en el antebrazo, con un número.
Esto le revolvió el estómago, y le causó tanta ira, que incluso después no recordaría con precisión las cosas qué hizo con los traficantes de adentro; varios dejaron de moverse, antes de que sus cráneos fueran cavados a golpes, sus cuerpos aplastados contra el techo, sus columnas giradas en hélice, o su sangre y vísceras transformadas en torbellinos.
Llegó a los quirófanos sucios de baldosa, camillas de metal, las carcasas que había allí, la inocencia mancillada, convertida en mercancía que no tardó en convertir en cenizas, cuando hizo chispear cables, y reventó tanques de oxígeno sin tocarlos.
Sus ojos quedaron desorbitados por el horror, y un deseo de venganza que ni siquiera sintió tener derecho de abrogarse.
Tímidamente, Mai entró al sitio, rápidamente, y allí sacó una ganzúa para abrir los candados.
Los niños estaban temblando, llorando, gritando y chillando llenos del más puro e irracional miedo, cubiertos por el carmesí de la masacre desplegándose a su alrededor, de los gritos y chillidos agónicos, cada vez más lejanos, más dispersos, de personas crueles.
Abrió las jaulas, tras tironear las gruesas cadenas con esfuerzo, en medio de los ruegos desesperados: — ¡Quiero ir casa!
— ¡Sáquenos!
— ¡¿Dónde está mi mamá?!
— ¡Ayuda, por favor!
A la propia adolescente le temblaron las manos, liberándolos, y ellos al tener las rejas abiertas, no salieron corriendo, demasiado perdidos, o nublados por su experiencia como para siquiera dar las gracias.
Como si eso a Mai le hubiese importado recibir; su consuelo apenas alcanzable fue ver que salieran de allí.
Un hombre de traje y mostacho largo se arrastró, extendiendo el brazo en pare, bañado en cortes sangrantes y golpes severos hasta en la cara, lejos de una Ark-1 que caminó lento hacia él, en la habitación superior que daba a la vista de ese ghetto: — Oye, espera, espera.
¿Por qué me haces esto, ah?
—rogó el sujeto en voz fina, y gritó en desespero— ¡¿Por qué mierda vienes a joderme el negocio?!¡Envié todos los lotes de médula que me pidieron!
— ¿Dónde están los sueros reguladores?
— ¿Qué?
No, no entiendo— — Sé que los guardas aquí en algún lado.
Este, haciendo cara angustiada, negó con la mano y la cabeza: — Nunca he oído hablar de eso, lo juro— Ark-1 lo tomó de la pantorrilla.
Esta no se la pisaría, como hizo con Yongdu, un rostro que vio en el jefe de aquellos delincuentes, sino más bien la aplastaría con la mano.
Este pegó un aullido que lo hizo temblar, pero nada lo preparó para lo que vino.
La muchacha, pintarrajeada el rostro de rojo, dio un tirón con fuerza y la arrancó toda la pierna.
Tiró el apéndice hacia atrás sobre su hombro, sin dejar de mirar al pobre desdichado, teniendo espasmos en un estanque creciente de su propia orina y sangre: — Si me dices dónde tienes el suero, te daré una dosis, y vivirás.
— Ugh.
Ugh.
Ghgh— La mirada del criminal se posó en una cajonera ancha, desvencijada, a su derecha.
Con su telequinesia, la muchacha buscó, rompiendo por partes, arrancando cajones, hasta que dio con una compartimento interno con panel, que arrancó de tajo.
Flotando frente a ella, lo que buscaba.
Un estuche con el sello redondo de un dragón chino, y dentro 24 viales.
Los tomó en mano, u preguntó, dándole un pisotón en el pecho al despojo carente de toda condición o dignidad humana: — ¿Quién te dio esto?
Dímelo.
— Ughg—no—no.
La muchacha presionó el pie a su pecho, fisurando costillas.
Este tosió, pegando una risa ahogada: — Mo—moriré—igual.
— Habla.
Sacó un vial, y lo puso a su cuello, asintiendo.
El tipo, viendo que la chica era tan tonta como para cumplir su promesa, asintió entre quejidos.
Su respuesta fue: — Tsk.
—tosió sangre— Yu—Yu—Zh—Zhongren.
Ark-1 hizo gesto de inyectar el vial, presionándolo sin accionarlo, gracias a su telequinesia.
El tipo se percató: — ¿Heh?
Su propia pistola, tirada lejos en el piso, voló a la mano de la muchacha, quien se puso de pie y disparó con furia todo el cargador, gruñendo y pegando un grito alto al final.
Gente como él le negaron la vida, y se la iban a negar a niños que, como ella, fueron despojados de una dignidad que, contrario a sus atacantes, merecían más que nadie.
La cabeza quedó hecho pulpa por las rondas EM, y sólo así ella pudo irse de allí, crispada, ansiosa, y llena de preguntas sobre por qué tal nombre la hizo reaccionar así.
Bajó por entre el pasillo, oscurecido por una noche recién caída, sin mirar a las habitaciones donde los cuerpos mutilados mancharon paredes y techos comenzaron muy previsiblemente a atraer moscas.
Ya de vuelta en planta baja, un par de tricimotos de policía la esperaba y habían arrestado a Mai, presionándola contra un capó: — Tiene derecho a guardar silencio.
— ¡Maldito, quítame las manos de encima!
Los niños estaban apiñados en esa zona de afuera, con un pozo de palanca en el centro, y los vecinos se reunieron temerosos en torno al sitio: — ¡Oigan, ustedes!
Los materiales de las jaulas detrás de ella comenzaron a retorcerse bajo su fuerza invisible, desatornillándose y fragmentándose en pedazos astillados.
Lanzó todos como un cerco empalante en torno a los oficiales aterrorizados, quienes temblaron al ver los metales a punto de aniquilarlos; miraron con hórrido asombro.
Mai misma fue liberada en un santiamén, cuando sus esposas se deshicieron en polvo, y ella se vio las muñecas, incrédula; cayó de rodillas, sin palabras en su boca.
— ¡Dejen a Mai en paz.
Ella fue quien descubrió este lugar!
¡Vendían órganos de niños, y nadie hizo nada!
La gente la grabó con sus celulares, y otros miraron para otro lado, o agacharon la cabeza.
— Es imposible que nadie supiera nada.
Son cómplices, porque hicieron silencio.
Sólo diré una cosa más.
—miró a los niños un instante—Si ellos no vuelven a casa a salvo—con su familia—vendré, y mataré a todos—como hice con ellos.
Señaló su reguero de cadáveres en el interior, y bajó el brazo, respirando con pesadez.
Disparos de un francotirador desde dos techos distintos, detenidos por una barrera psíquica a su alrededor.
Los celulares en el siguiente momento se hicieron polvo.
Al siguiente, el metal se convirtió en una licuadora, que lanzó proyectiles giratorios para decapitar a los tiradores, y luego convertir a los otros policías en nubes rojas.
La muchedumbre también escapó entre gritos histéricos; los niños se quedaron traumatizados, abrazados entre ellos, rogando, pero con Mai, todavía en shock, acercándose a ellos: — Niños, tranquilos.
Mírenme, soy Mai, vine a rescatarlos.
No lloren, voy a devolverlos a su hogar, ¿sí?
Se congregaron, poco a poco, en torno a ella, quien comenzó a consolarlos.
En ese momento, Ark-1 supo que lo había arruinado, pero con la esperanza de que aún pudiese salvar la ubicación del escondite, aprovechando las sombras.
Sintió que a su alrededor no hubiese nadie más con intención hostil, y saltó sobre las casas sin despedirse de la chica.
“Espero que logres lo que quieres, Mai.
Lo que haces por ellos es algo bueno.” Destruyó cada faro, cada sensor, cada cámara a distancia, para reanudar sus pasos, sobre casas y copas de árboles, hasta que dio un gran salto hacia la casa segura.
Entró levantando una laja del techo de fibrocemento, muy despacio, atornillándola una vez descendió con suavidad sobre el segundo piso, en una de las habitaciones.
Salió y fue corriendo al baño con los viales.
Ja-yoon se hallaba aún en la tina, cuando Ark-1 inyectó el suero en su cuello, espabilándola en un boquido de aire.
Todavía respirando con cierta dificultad, tomó aliento para decir a su melliza al verla, preocupada: — Lo hiciste bien.
Sí serviste de algo, al final.
— De nada, Ja-yoon.
—dijo sin emoción, y se puso de pie— Deberías ir a acostarte en una cama, se veían cómodas.
Voy abajo, cocinaré algo.
— ¿Segura—qué puedes hacer comida?
— Vi a Kyung-hee hacerla.
No parecía difícil.
Y luego de desaparecer por el pasillo, Ja-yoon se sentó, y revisó un celular, guardado bajo la tina.
Miró algo en las noticias del buscador, y una de las cosas que vio, la dejó sonriendo: “Bien hecho, hermana.
Ahora sabrán que hablamos en serio.”
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