Timekeepers - Capítulo 28
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Capítulo 28: Adiestramiento.
Junio fue un mes exprés, y julio llegó tan rápido al punto de retorno a mi adiestramiento. No sé si en realidad no quiero regresar al instituto, pero no me siento con ganas de abandonar mi hogar. Mi madre sonríe mientras preparo mi equipaje para regresar al instituto. Guardo mis prendas del diario, mi uniforme del equipo y mis zapatos.
Me despido de mis padres y subo mi equipaje al vehículo. Por esta ocasión volaré en el jet privado de mi familia. Un fuerte abrazo de mi padre me da la calidez de mi hogar junto a un beso de mi madre en la mejilla. La despedida siempre es dura para ellos, tener que alejarse de mí por seis meses. Aunque, siempre me visitan cada mes.
¿Debería… quedarme? Aunque quisiera… aunque quiera hacerlo, no puedo. Ellos me buscarán y me llevarán por la fuerza…
Me mantengo de pie frente a la puerta sin poder abrirla.
Solo es un año más… solo uno. No temas, Eric. Además, ¡Verás a tus amigos!
Tras eso, logro tomar fuerzas y subo al vehículo de mi padre con el chófer y arranca el motor. En cuanto salimos de casa, puedo ver la calle de mi vecindario tan solitaria como siempre. Una calle adoquinada bordeada de muchas casas lujosas y modernas. La vegetación es abundante y los árboles soon altísimos.
El cielo nublado me despide de la ciudad junto a una llovizna ligera que me da ese adiós tan melancólico. En cuanto llego al aeropuerto de ‘El Lencero’, el chófer baja mis cosas y se regresa a la ciudad. Los trabajadores me asisten y llevan mi equipaje hasta el avión mientras yo subo y me siento en un lugar junto a la ventanilla.
Pruebas iniciales, solicitud de incorporación a la pista y autorización, es lo que puedo escuchar desde la cabina. En cuanto nos dan luz verde nos emparejamos con la pista y tras darnos permiso de despegue, nos vamos de la ciudad.
Con mi música en los audífonos me relajo lo suficiente y cierro mis ojos. Según mis cálculos no deberían ser más de 50 minutos de viaje. Sin darme cuenta me quedo dormido. Lo que para mí parece un parpadeo es en realidad un gran recorrido, ya que la azafata me despierta gentilmente para indicarme que estamos por aterrizar y es necesario que abroche mi cinturón nuevamente.
Miro por la ventana luego de abrochar mi cinturón y veo que realmente estamos llegando. Un aterrizaje suave en la pista es lo último en mi viaje, o al menos eso pensé, pues había olvidado que aún tenía que viajar nuevamente en auto para llegar al instituto.
Por fortuna, mi padre ha realizado movimientos y ahora tengo un chófer designado en esta zona. En cuanto bajo del avión, el chófer ya me esperaba de pie. En realidad, es una mujer. Una mujer muy atractiva de piel clara, ojos marrones y cabello rubio, casi castaño. Ella me ve y se me acerca.
“Mucho gusto, usted debe ser el joven Eric”, dice, con una voz dulce y un rostro alegre.
“Sí, así es, un placer”, respondo.
Ella toma mi equipaje, arrastrando la maleta y cargando la otra.
“No, por favor. Yo puedo llevar la otra”, le digo, tomando la maleta que ella se ha colocado en su hombro.
“No hay problema, señorito. Es mi deber”, dice.
“Sí, pero no me siento cómodo”, respondo con una sonrisa.
Ella asiente y caminamos rumbo al vehículo.
“Es un placer conocerlo. Me llamo Estrella, seré su chófer en esta zona. Como realmente no tengo nada que hacer aquí mientras usted esté en el instituto, creo que puedo ayudarle con pedidos o mandados que requiera mientras se encuentre en el instituto”, dice.
“Eso suena genial”, respondo, subiendo mi equipaje al maletero.
Tras eso, subimos al vehículo y nos dirigimos al instituto. Mientras viajamos, ella me mira por el retrovisor en diferentes ocasiones.
“¿Ocurre algo, Estrella?”, pregunto.
“No, nada. Es que, me lo imaginaba más amargado o pesado”, responde.
“¿Eso es porque soy hijo de papi? No te confundas. Soy hijo de familia rica, pero me han educado correctamente”, respondo entre risas.
“Eso lo puedo ver”, dice mientras sus mejillas se ruborizan.
Estrella no es una mala persona, en realidad me recuerda mucho a Sergio. Sé que son sexos diferentes, pero se siente cómodo viajar con ella. Durante el camino ella me cuenta que es de esta región, jamás pudo estudiar la universidad, aunque realmente quiso, por lo que ahora se dedica a trabajar.
Tiene un hermano menor al que tiene que ayudar a cumplir sus sueños, sacrificando los de ella misma. A mí me queda un año en este instituto, cuando salga de aquí me aseguraré de que papá le dé un bono extra que le ayude a dejar de trabajar y estudiar.
Tras casi hora y media de viaje logramos llegar al instituto. Bajo del vehículo, el calor de la ciudad me recibe como era de esperarse junto al bello sonido de las cigarras en los árboles.
“¿Ya se ha adaptado al clima, señor?”, pregunta Estrella, al cerrar el maletero.
“En primera, no me digas señor, soy un joven que podría tener tu edad. Y en segunda, sí, me he adaptado ya a este calor”, respondo.
“Tengo 20 años, no creo que tengas mi edad”, dice.
“Incluso es peor, aunque sea tu jefe no te dirijas a mí como alguien superior, háblame como amigos”, digo.
Ella sonríe y subimos el equipaje hasta la entrada principal del instituto, allí, ella me da un abrazo y se despide mí.
“Mucha suerte, Eric. Cualquier cosa que necesites puedes decírmelo con tu padre”, dice.
Ella se da la vuelta y sale del instituto mientras yo tomo mi equipaje y me dirijo a mi dormitorio. No es tan agradable ver el instituto sin tantas personas, usualmente vería a una enorme cantidad de alumnos por doquier, pero, pareciera que soy el único aquí.
Ojalá los chicos ya estén aquí, sería divertido verlos.
Emily me dijo que seguramente llegaría por el atardecer, así que, será mejor que vaya acomodando mis cosas en mi dormitorio. Saludo al guardia de los dormitorios, entro al edificio y llego hasta mi habitación. En cuanto abro la puerta puedo ver que nuevamente han limpiado minuciosamente por todos lados. La cama está bien tendida mientras que el suelo brilla de lo limpio que está.
“Siempre que entro a este dormitorio tengo la esperanza de ver el dormitorio de mi casa…”, digo, caminando lentamente.
“Al menos sé que podré ver a mis amigos aquí”.
Dejo mis cosas en el suelo y cierro la puerta, veo que sobre mi escritorio han colocado nuevamente mi horario escolar junto al calendario. Asimismo, puedo ver un panfleto debajo de estos dos.
“¿Qué es esto?”.
El panfleto es un aviso de adiestramiento militar. Comenzará el día de mañana a las 7 de la mañana. Tendremos que desayunar a las 6 para estar listos para el entrenamiento. Llevar únicamente una playera de algodón ligera, el resto de ropa será proporcionada en el momento.
“No creo que sea tan difícil, ¿verdad?”.
Me pregunto esto, con algo de preocupación. Suspiro y me siento sobre mi cama, escribiéndole a mis padres que ya he llegado, y luego procedo a guardar en mi ropero nuevamente mis cosas. Enciendo el aire acondicionado y en cuanto acomodo todo me dirijo al comedor para ver qué hay de nuevo.
Al pasar por el campo, me doy cuenta de que hay vehículos militares. Cerca de cinco camiones pesados y tres vehículos de asalto terrestre. En el campo de fútbol han instalado muchas barricadas, objetivos de tiro, muros de casi tres metros de alto y a ras de suelo han dejado camas de alambre de púas.
“Parece que será duro”, digo, tragando saliva mientras sudo frío.
¿Realmente será sencillo? ¿Soportaremos este entrenamiento? ¡Sé que yo sí lo conseguiré! Pero los chicos… no quiero ver a Emily sufrir.
Sigo caminando mientras observo todo lo que han puesto y me topo con un militar de frente al chocar con él.
“Lo siento”, digo.
“No hay problema, solo ten más cuidado”, responde.
Este mide más de dos metros, es musculoso y tiene un rostro robusto e imponente. Lleva un pantalón de camuflaje mientras que porta una playera negra ajustada. Él se dirige hacia el campamento militar, por lo que sigo mi camino.
Todavía alcanzo desayuno, pero ya está disponible el almuerzo. Ordeno el almuerzo que lleva milanesa de res, ensalada, una guarnición de arroz, un tazón de sopa de verduras y agua de sabor.
Solo somos dos personas en el comedor. En cuanto almuerzo, regreso a mi dormitorio y me dispongo a ver algo de televisión.
Por la noche, Emily ya ha llegado, todos nos reunimos nuevamente en el comedor y es allí donde todos nos sentamos en una mesa a cenar juntos.
“Nos van a dar una paliza”, dice Rodrigo.
“No creo que sea tan malo”, respondo.
“¿Bromeas? ¡¿Acaso has visto a un militar de ellos?! ¡Miden más de dos metros y su entrenamiento no luce nada fácil!”, exclama Sandra.
“Voy a morir aquí”.
“Basta. No tiene caso llorar antes. Es mejor prepararnos para mañana. Lo mejor será que vayamos a dormir muy temprano para tener fuerzas el día de mañana”, dice Diana, terminando lo último que quedaba de su bebida.
“En eso estoy de acuerdo”, dice Emily.
“Pues vamos a nuestros dormitorios, recuerden que hay que desayunar muy temprano”, digo.
Así, regresamos a nuestros dormitorios al terminar la cena.
La mañana siguiente me levanto a tiempo, me doy un baño y luego me dirijo al comedor donde desayuno junto a mis amigos. En cuanto terminamos, todos fuimos al baño para hacer nuestras necesidades previas al entrenamiento, si algo he aprendido es que es mejor comer con tiempo, ir al baño e hidratarte muy bien antes de cualquier entrenamiento.
Cuando la hora llegó nos acercamos al campo donde toda la generación escolar se ha agrupado. Hay muchos soldados por todos lados y algunos profesores, entre ellos puedo ver al director, quien lleva ropa táctica al igual que todos.
“Buenos días”, dice uno de los soldados con una voz imponente que hace eco en todo el lugar. Parece ser el de mayor rango, incluso lleva muchas medallas en su uniforme y una boina verde. Su piel es ligeramente morena, ojos marrones y cabello castaño. Él tiene músculos enormes y cicatrices en sus manos y una en su rostro que atraviesa desde su frente hasta sus labios.
“Es un boina verde…”, digo perplejo, al ver esto en persona.
“Soy el comandante Chávez. Seré el principal encargado de adiestrarlos. Desde este momento quiero decirles que no vamos a ser frágiles ni ligeros. Vamos a entrenarlos desde capacitación física para que sean veloces, fuertes y ágiles. Hasta entrenamiento militar en combate cuerpo a cuerpo y combate armado” su voz es imponente; muy grave y con gran fuerza. Habla con ligeras pausas.
“Mi colega, el teniente Núñez será el encargado en darles el entrenamiento de armamento. Antes de iniciar, pasarán a la mesa detrás de mí por sus uniformes tácticos, deberán ponérselos aquí mismo lo más rápido posible. En cada misión que cumplan con nosotros será obligatorio llevar esta ropa compuesta por botas, pantalón y camisa. Aunque no se use en el entrenamiento, deben saber que usarán chaleco antibalas”.
“¿Alguna duda?”, pregunta.
El silencio invade todo el lugar, nadie responde nada.
“¡Dije que si hay alguna maldita duda!”, exclama.
“¡No, ninguna!”, respondemos.
“¡Bien! Ahora, diríjanse a la mesa detrás de mí”, dice.
Todos caminamos a la mesa y uno por uno recibe su uniforme. En cuanto recibo el mío me quito mi pants y me coloco el pantalón, las botas y la camisa. Todos estamos tan asustados que ignoramos por completo que nos estamos casi desnudando en público.
En cuanto estamos listos regresamos a nuestros lugares.
“Ya que están aquí, vamos a comenzar el entrenamiento. Primero, vamos a hacer estiramientos”, dice.
En todo momento, el comandante es tan imponente, su voz es muy fuerte, un grito de él podría dejarte sordo si lo escuchas muy cerca. Comenzamos con estiramientos de brazos, piernas, torso, dedos y calentamiento de cuello y músculos lumbares.
Cuando el calentamiento terminó, muchos realmente parecían agotados. Dudo que puedan resistir el entrenamiento.
“¡Bien! ¡Ahora, vamos a salir a correr! Como sé que la mayoría son hijos de papi que no corren ni para intentar fornicar con la mujer más sensual del mundo, necesito que aquellos que sean los más débiles vengan al frente y guíen a la brigada”, dice.
Nuevamente, nadie dice nada. Todos se quedan callados, no entiendo por qué no quieren hacerlo.
“¡¿Acaso tengo que buscar yo a los débiles?! ¡¿No son sinceros como para aceptar que son un estorbo?!”, exclama.
Rápidamente, cinco chicos y dos mujeres pasan al frente.
“¡Miren eso! Dos jovencitas… espero que sean más fuertes que esta bola de inútiles”, dice, acercándose demasiado a las chicas.
“¡Síganme el ritmo! ¡Aquellos que se queden más de diez metros tendrán que volver a hacer el recorrido la misma cantidad de veces que lo hagamos todos!”, exclama.
“¡Vámonos!”.
Con eso, comenzamos a trotar partiendo del campo de fútbol. Nos dirigimos hacia la explanada principal, pero la rodeamos por los pasillos exteriores en medio de los dormitorios y una biblioteca adicional.
“¡Que se vean esos ánimos, mocosos!”, exclama.
“¡Canten conmigo! ¡Jajaja!”.
“¡Ay, ay, ay! ¡Señor instructor!”, exclama, con un tono militar.
Nosotros repetimos esto al unísono.
“¿Por qué cuando corro no siento el dolor?”, exclama, con ese tono militar mientras seguimos avanzando tras él y nosotros repetimos lo mismo.
El comandante no parece cansarse aún y cuando va cantando. Los chicos del frente comienzan a rezagarse mientras que las chicas siguen el ritmo. Afortunadamente salí a correr en vacaciones e hice ejercicio, de lo contrario esto me habría tomado por sorpresa.
Llegamos hasta las canchas de basquetbol al aire libre al fondo del instituto, detrás de mi edificio. Pasamos sobre estas y el comandante nos lleva en medio de los árboles, una zona en la cual nunca habíamos entrado. Entre ramas y arbustos, maleza y basura orgánica en el suelo, seguimos trotando hasta llegar a un río de aguas residuales donde avanzamos a la orilla de este.
Finalmente, llegamos a un muro donde giramos a la izquierda y tras subir una pendiente, vemos el edificio de clases, lo rodeamos tomando la ruta más larga y nos incorporamos al pasillo principal rumbo al campo, donde nos detenemos un momento.
“¡No se detengan, sigan el recorrido!”, exclama.
“¡Pérez! ¡Lleva a estos gusanos al frente! ¡Yo voy a ver a los rezagados!”, exclama con euforia.
“Es hora de torturarlos, jeje”, dice, con una mirada malévola mientras sonríe.
Él realmente disfruta hacernos sufrir.
Un nuevo soldado, de piel clara se con una boina roja se nos aproxima poniéndose al frente. Por otro lado, el comandante se regresa por la misma ruta con un rostro eufórico, es como un niño en un parque de diversiones.
Al final damos cinco vueltas a todo el instituto. Yo termino respirando ásperamente mientras que algunos caen al suelo desmayados. El comandante nos alcanza con al menos veinte estudiantes de los cuales puedo distinguir a algunos conocidos entre ellos. Tres mujeres entre ellos.
Emily se pone encuclilla mientras respira con aspereza y su sudor chorrea por todo su cuerpo.
“¡Sigan adelante que aún les faltan cinco vueltas más!”, exclama el comandante, reuniéndose con nosotros mientras que los otros chicos siguen de frente.
“¿¡Y a ustedes quién les dio permiso de descansar?! ¡Los quiero firmes!”, exclama.
Rápidamente, todos nos ponemos de pie y nos formamos nuevamente, aún y con una respiración agitada, el corazón saliéndose de nuestros pechos y nuestras piernas temblando, permanecemos de pie.
“¡Siguen los ejercicios de fuerza!”, exclama.
“¡Todos! ¡Quiero cincuenta flexiones a mi ritmo!”.
Como un rayo, nos ponemos pecho tierra listos para hacer lagartijas, pero, la verdad es que aún no nos hemos repuesto del trote. Mientras estoy allí, miro al director sentado en la mesa donde nos dieron los uniformes. Sin embargo, sin previo aviso, la sombra de un hombre enorme se para sobre mí y me pisa la cabeza forzándome a mirar hacia abajo, “¡No te di permiso de alzar la mirada, recluta!”.
“¡Denme mis cincuenta, maldición! ¡Y va una! ¡Y van dos! ¡Tres!”, exclama, contando mientras todos realizamos las flexiones.
Cuando finalmente llegamos a las cincuenta dejo caer mi cuerpo al suelo, miro a mi alrededor, pero veo que muchos ni siquiera consiguieron llegar a las veinte o treinta flexiones.
“Todos los debiluchos que no pudieron llegar a las cincuenta deberán darme cincuenta más, y aquellos que vuelvan a fallar deberán darme otras cincuenta. Los demás, vamos para acá”, dice.
Nos levantamos y cuando camino con todos los demás veo que Eduardo se ha quedado en el suelo. Fue uno de los que no pudo continuar con el ejercicio y, por ende, ahora sufrirá una tortura.
El intenso sol nos agobia a todos, estoy seguro de que terminaría con cáncer de piel si no fuera por el bloqueador que me coloqué antes de salir de mi habitación.
El teniente nos ordena acostarnos en el suelo y comenzar a hacer abdominales, pide cien. Entre quejidos y respiraciones agitadas, todos llevamos a cabo el entrenamiento que nos han obligado a hacer. Las abdominales no fueron tan difíciles para mí, pero muchas mujeres perdieron aquí y ahora son forzadas a repetir el ejercicio. Emily apenas y puede moverse, está aturdida por el dolor.
“De pie, ahora siguen más ejercicios, pero como hay más princesas en esta sección, me quedaré con los que no han avanzado. El capitán Torres les dará las indicaciones”, dice el teniente.
Los que conseguimos terminar las abdominales nos levantamos, me acerco a Emily y la ayudo a levantarse al igual que a Sandra y Diana. Realmente están tocadas, y es el primer día. Son veinte días de adiestramiento, no sé si podremos tolerarlo.
Tras eso, realizamos burpees, saltos de tijera, levantamiento de sacos de arena y ejercicios de sprint.
Mis piernas tiemblan… mis brazos me duelen… ¡Mierda! ¡Es demasiado explosivo! ¡Creí estar preparado, pero no es así! ¡Mierda! ¡No puedo mantenerme de pie sin trastabillar! ¡Lo único que me da algo de orgullo es que soy el único que no se ha desmayado o vomitado al menos una vez!
Emily ya vomitó una vez, Sandra se desmayó. Diana vomitó y se desmayó al igual que Karla. Rodrigo únicamente perdió el conocimiento por un segundo, realmente no cuenta como desmayo, supongo.
Caminamos juntos hasta una línea roja pintada en el césped y finalmente, llegamos al circuito.
“El circuito es sencillo, como primera instancia deben correr lo más veloz que puedan hasta llegar a los obstáculos de cuerdas. Deben pasar por encima de estos sin caerse, si se caen deberán darme cien flexiones y tres vueltas a todo el instituto”.
“Luego de pasar los obstáculos de cuerdas, deberán trepar ese muro con cuerdas lo más rápido que puedan. Luego, saltar desde ese muro y caer sobre el suelo sólido y evitar hacerse daño, recuerden que para evitar lastimarse deben flexionar sus piernas hasta arriba y luego rodar al frente”.
“Posteriormente, correrán en ese pasamanos y lo atravesarán. Finalmente, pasarán debajo de las trampas de alambres y saldrán al fondo para cruzar el camino de llantas poniendo un pie en cada llanta. No hace falta repetir lo que pasará si fallan en una sola parte del circuito, ¿verdad?”, dice el comandante.
“¡No!”, exclamamos con lo último de nuestro aliento.
“¡Adelante! ¡Jajaja! ¡Ya van aprendiendo! ¡Irán de tres en tres! ¡Ya, ya, ya!”, exclama, dando varias palmadas.
Puedo ver como delante de mí uno tras otro fracasa en el intento. Algunos fallan en el primer tramo, otros en la caída del muro, pero nadie logra salir ileso de la trampa de alambres.
“¡Van ustedes, mariquitas! ¡Ya!”, exclama.
Con esa indicación, dos chicos más y yo salimos del punto de partida con una gran velocidad. Uno va a mi izquierda y otro a mi derecha. El de mi lado izquierda no puede pasar las cuerdas y se cae, mientras que el otro y yo seguimos avanzando rápidamente sin preocuparnos por nada.
Cuando caemos del muro, rodamos correctamente y evitamos hacernos daño por la caída. Con el pasamanos casi puedo ver que el chico que va a mi lado está por caerse, sin embargo, logramos llegar a las trampas de alambre juntos.
Nos arrastramos por el suelo mientras ensuciamos nuestros uniformes con el suelo sin miedo a nada, solo debíamos evitar tocar los alambres.
¡Ugh! ¡Falta poco! ¡Solo un poco más! ¡Carajo! ¡Vamos, Eric! ¡No te rindas, mierda!
Tras mucho esfuerzo, logro salir de la trampa de alambres mientras que el otro sujeto en cuanto se pone de pie su pierna se atora con las púas y cae al suelo rasgando su pantalón.
“¡Ayúdame!”, exclama.
“¿Eh?”.
¿Debería… ayudarlo? Pero… si lo hago seguramente me van a castigar. ¡Mierda! Prefiero que seas tú antes que yo…
Cierro mis ojos y evito mirar hacia el chico, continuando con el circuito. Paso sobre el camino de llantas y en cuanto llego al final, comienzo a caminar. Mi mente se nubla, no veo nada, el sonido se ha enmudecido a mi alrededor.
¿Voy a… desmayarme?
Estoy por caer al suelo, cuando el comandante me toma de la camisa y me coloca suavemente en el pasto.
¡Ugh! Mierda… ya no puedo más… necesito un descanso…
Abro mis ojos y veo al comandante mirándome fijamente a los ojos.
“Bien hecho, recluta. El único capaz de soportar este entrenamiento, espero que no sea la única vez”, dice, sin mostrar una sola sonrisa o un rostro alegre.
Emily se acerca a mí y me ayuda a ponerme de pie, sin embargo, ella está tan débil como yo como para tener la suficiente fuerza para levantar a alguien más. El comandante nos levanta con una sola mano y nos coloca un ventilador cerca.
“Fue muy difícil…”, dice Emily con una voz débil.
Sus piernas tiemblan como gelatina. Ella realmente ha terminado mal con este entrenamiento. Sé que es para nuestro bien, pero es un infierno. Cuando todos terminan el circuito, dos soldados llegan con un par de neveras repletas de bebidas frescas.
“¡No puedo más! ¡Soy una bola de esmegma!” Rodrigo llega a nosotros trastabillando y finalmente cae sobre nuestros pies mientras respira ásperamente.
“¿Rodri? ¿Estás bien?”, pregunto.
“Alguien… alguien dígale a Alicia que la amo… que me perdone por todo, pero no creo sobrevivir a este entrenamiento”, responde él mientras hunde todo su cuerpo en el pasto.
Está exagerando.
Diana termina el circuito y se deja caer sobre su trasero a un lado de nosotros.
“Es… inaceptable, debería ser ilegal este adiestramiento”, dice mientras su cuerpo se tambalea de un lado a otro.
Tras ella, llega Sandra quien en cuanto logra sentarse comienza a acariciar sus piernas y sus lágrimas comienzan a derramarse.
“¿Sandy? ¿Estás bien?”, pregunta Emily con un rostro lleno de preocupación.
“Mis piernitas… me duelen mis piernitas… ya no puedo, solo quiero irme a dormir”, responde ella con una voz infantil y un puchero.
“Hidrátense como se debe. No es recompensa, es un trato que hemos hecho con su director. Así que deben hidratarse, hay un descanso de diez minutos, pueden ir al baño o lo que gusten. Los quiero aquí en diez minutos para el entrenamiento de tiro, a quien no esté lo obligaremos a realizar toda la rutina nuevamente”, dice, con una voz imponente, pero sin un rostro expresivo.
El comandante se retira rumbo al campamento donde toma una botella de agua y la bebe hasta la última gota. Luego, se quita la camisa y puedo ver en su brazo derecho a la altura de sus bíceps, el tatuaje de un murciélago.
“Es un… es un GAFE1…”, digo, con un rostro lleno de sorpresa.
“Eso explica por qué no se inmutó con ningún ejercicio… increíble…”.
Mirando a detalle ese contexto, tiene sentido su rudeza, su personalidad y su resistencia inagotable. Es fascinante.
“Eric, ahorita vengo. Voy al baño”, dice Emily, logrando ponerse de pie y dirigiéndose a los sanitarios.
Verla caminar es gracioso, camina como un pequeño pato. Contoneándose de un lado a otro con las piernas abiertas por el cansancio. Si miro a cualquier lado puedo ver a la mayoría tirados en el suelo. No me burlo, realmente fue pesado este ejercicio. No lo había notado, pero todo mi cabello está empapado en sudor al igual que mi torso. Cuando terminemos aquí me daré un buen baño y me acostaré a dormir.
Los diez minutos pasan, Emily regresa y yo ya puedo moverme nuevamente. El dolor está presente en todos mis músculos, pero no me impide moverme. El comandante regresa del campamento acompañado de tres soldados más que cargan maletines enormes. En cuanto llegan con nosotros, sueltan los maletines en el suelo y este retiembla.
“En estos maletines hay suficientes pistolas para cada uno. No vamos a hacer pruebas de tiro aún, pero sí les enseñaremos a cómo usarlas, como sujetarlas, como se compone cada una de estas amigas de bolsillo”, dice el comandante, abriendo los maletines.
En cuanto los abre, podemos ver una enorme cantidad de pistolas que únicamente podría haber visto en videojuegos.
“Ninguna está cargada, sabemos lo idiotas que son los jóvenes y no queremos accidentes. Pero, tomen una cada uno”, dice.
Rápidamente tomamos un arma y la observamos con cuidado.
“Estas hermosuras son Beretta 92FS. Munición de nueve milímetros, un peso de 950 gramos sin carga y más de 1 kilogramo con munición. Pueden dar hasta 17 detonaciones. Cuando tengan sus primeras misiones, créanme, no querrán alejarse estas bellezas”, dice.
“En este adiestramiento aprenderán a usar pistolas y rifles de asalto de tiro manual, nada de fusiles automáticos ya que no los necesitan. Sabemos de sus condiciones y darles un arma es únicamente para su seguridad en caso de emergencia”, dice, mirándonos a todos.
“Para mí todos ustedes son simples humanos, no me dan miedo, al final estamos hechos de lo mismo. Pero ustedes siempre tendrán una ventaja sobre simples mortales como nosotros. En fin, miren con atención sus armas”.
El comandante comenzó a explicarnos las partes de la pistola, desde el seguro y gatillo hasta su composición interna. Lo grandioso fue como la desarmó por completo y la armó nuevamente en menos de dos minutos mientras nos explicaba a detalle cómo usarla y sus partes, para terminar la explicación con un disparo al suelo.
Con la detonación, todos damos un brinco hacia atrás. Algunas chicas cubren sus rostros mientras que otras únicamente cubren sus oídos.
“Algo a lo que deben acostumbrarse es al estruendo. Esta es una pistola, su sonido no es tan intenso como un rifle de asalto, pero ambos pueden poner en peligro su vida. Ahora, aquí tienen una pequeña cuchilla. Abrirán sus armas, y las reconstruirán en el menor tiempo posible”, dice.
¿Eh? ¿Cómo?
Levanto mi mano algo molesto.
“¿Sí, recluta?”.
“Comandante, con todo respeto. No creo que sea correcto hacer eso, apenas y logramos ver como hizo eso”, digo.
“El recluta… ¿cuál es tu nombre?”, dice.
“Jaeger”, respondo.
“¡El recluta Jaeger parece pedir a gritos que él y todos sus compañeros repitan toda la rutina desde el trote hasta el circuito final! No sea tonto, recluta Jaeger. No tenemos tiempo”, dice, con un tono sarcástico.
“Si quiere entrenar a profundidad, puede inscribirse a la academia militar, sino entonces evítese problemas”.
“Tomen sus armas… y comiencen… ¡Ya!”, exclama.
Ni siquiera me deja tomar nuevamente mi pistola, pero, rápidamente me emparejo a los demás y comienzo a desarmar mi arma. El comandante nos observa mientras puedo escuchar la maquinaria de su cronómetro.
Según recuerdo… debo retirar esta sección de aquí… con cuidado o todo se caerá en el suelo…
“¡Mierda!”, exclama alguien en el fondo, parece que su arma se ha destruido por completo y las piezas se han caído justo como preví.
Tras casi quince minutos, logro armarla nuevamente.
“¡Listo!”, exclamo.
El comandante marca la vuelta en su cronómetro y me mira con un rostro serio, tan serio como el de un asesino.
“Recluta Jaeger… 15 minutos con cuarenta y siete segundos… primero en terminar”, dice.
Él mira mi arma correctamente ensamblada y por primera vez lo veo sonreír.
“Eso es todo, recluta. Por hoy hemos terminado”, dice.
Lo miro fijamente y asiento, entonces me acerco a los maletines a dejar mi arma, pero, es entonces que el comandante me detiene.
“En cuanto terminen, pueden retirarse. Lleven sus armas con ustedes y practiquen en su habitación, de lo contrario, no podrán aprobar el adiestramiento a menos que logran armar su arma en menos de un minuto, resistan toda la rutina sin trastabillar ni rezagarse o vomitar y aprendan a tolerar el estruendo de sus armas”.
El comandante coloca una mano sobre mi hombro, así, me retiro a mi habitación para darme un baño. Dejo la pistola en mi escritorio y me ducho, me pongo ropa limpia y me dirijo al comedor.
“Tsk. Fue demasiado intenso, ya comienzo a sentir el dolor en todo mi cuerpo… mañana será peor”, digo.
“Pero al menos… al menos ha terminado por hoy”.
Caminando rumbo al comedor, veo a todos moviéndose de forma extraña al igual que yo. No pueden dar correctamente los pasos, otros van sosteniéndose de los muros para caminar y no caerse.
Nos han destrozado…
Mis piernas… siento como si mis músculos fueran a romperse en cualquier momento… apenas y puedo seguir de pie… ¡Carajo!
Aprieto mis puños por la impotencia.
¡Creí estar preparado realmente! ¡Mierda! Esto es algo humillante… ¡Tengo que mejorar! ¡Debo hacerlo!
Sigo caminando mientras pienso en todo lo que ha pasado hoy. Observo como los militares comen en su campamento mientras otros están usando computadoras robustas.
No puedo quejarme… ellos pasaron por este entrenamiento por meses o años. Es digno de admirar.
Tras pasar los campos deportivos, llego al comedor, veo que el menú ha cambiado. Verduras, frijoles, carne de res, pasta y agua simple. Eso es lo que hay en el menú. Muchos ya están sentados en sus mesas y miran sus platos con asco.
“No parece tan malo”, digo, recibiendo mi bandeja y dándome cuenta de que realmente luce mal.
La carne parece en mal estado, es horrible. Los frijoles huelen extraño y las verduras están crocantes, casi crudas.
“No debo juzgar a un libro por su apariencia… no debo…”.
Coloco mi bandeja en una mesa y en cuanto me siento en esta siento como todo mi cuerpo puede descansar nuevamente.
“Ah… genial”, digo, sonriendo por lo agradable que ha sido la sensación.
“Hora de comer…”
En cuanto pruebo la comida, me doy cuenta de que realmente sabe mal, no solo es su apariencia. Tengo tanta hambre que no me importa el sabor y continúo devorando mis alimentos sin dejar nada.
Tras eso, regreso a mi habitación y me encuentro a Emily rumbo al comedor.
“Eric… ¿ya comiste?”, pregunta.
“Sí, la comida no sabe bien…”, respondo.
“Lo supuse… con los militares aquí debieron cambiar el menú y todo para hacerlo acorde a sus estándares…”, dice ella, con un rostro inexpresivo.
“Descuida, con el hambre que cargas seguro te sabrá perfecto”, digo, con una risa burlona.
Ella hace un puchero y me da un puñetazo en el pecho.
“Comeré y regresaré a dormir, tú ya ve a descansar, Eric. Fuiste el único que resistió todo el entrenamiento”, dice ella.
“Está bien, provecho, Emi”, digo.
Ella me sonríe y me acaricia la mejilla.
“Gracias, mi vida. Descansa” me dice con una sonrisa angelical.
Ella sigue su camino rumbo al comedor. Camina despacio y puedo ver que, aunque intenta dar los pasos correctamente, se le dificulta mucho. Espero que mañana todo sea más ligero
Al día siguiente todo fue peor. Con el dolor en todo nuestro cuerpo, fue realmente complicado trotar. Pero, el dolor se fue durante el ejercicio, el problema principal fue nuestra resistencia. Entre el agotamiento del día anterior y el canto durante el trote, esta vez me cansé muy rápido. Logré terminar el circuito, pero realmente terminé peor que ayer. Luego de eso, llegó la prueba de armas. Nuevamente desarmamos nuestras armas y luego las rearmamos otra vez. Esta vez logré hacerlo en solo cinco minutos. Memoricé como hacerlo ayer, hoy ha sido fácil.
Los demás me han seguido, parece que de igual forma ha sido fácil para ellos el armado. El comandante nos mira con un rostro inexpresivo y da un fuerte aplauso al vernos terminar.
“¡Bien! Eso es lo que quiero ver… ¡Actitud y facilidad de aprendizaje!”, exclama.
“¡Descansen!”, exclama, dándose la vuelta y reuniéndose con su equipo.
Esta vez caigo al suelo completamente agotado. No puedo esperar a que este estúpido adiestramiento termine. Realmente estoy sufriendo al igual que los demás.
Los días avanzaron y en un parpadeo logré resistir todo el entrenamiento diario sin problemas. Comencé a generar mucha masa muscular y mis manos se llenaron de callos. Emily y los demás también han logrado soportar el entrenamiento. No solo hemos hecho lo mismo a diario. El comandante implementó nuevos ejercicios e incrementó la cantidad de repeticiones de cada uno. No fue fácil, pero todos tuvimos resultados rápidamente. No lo sé, pero creo que la comida tiene algo realmente bueno que nos da fuerza a diario.
Nuestra fuerza, agilidad y tiempo de reacción mejoró rápidamente. A diario trastabillamos, hacíamos ejercicio hasta vomitar o perder el conocimiento, pero lo conseguimos. De igual forma logramos el ensamblaje de nuestras armas en menos de dos minutos, y finalmente llegó el día del entrenamiento de tiro.
El sol nos golpea con tanta fuerza mientras la ausencia de aire te hace sentir dentro de un enorme horno. Todos estamos de pie frente al comandante y sus auxiliares en posición de firmes.
“En este momento vamos a comenzar con la capacitación armamentista. Solo serán dos armas, la propia pistola que cada uno lleva en sus bolsillos de pierna y estas bellezas de rifles FX-05”, dice el comandante, sujetando un rifle negro, con culata retráctil, mira, cartucho externo, cañón corto y empuñadura.
“Tal vez sean tan idiotas que ni siquiera sepan que esta belleza de arma fue diseñada en México. Así es, van a usar armas mexicanas, así que trátenlas con amor”.
“Primero, todos párense sobre esta línea roja marcada en el suelo y tomen sus Berettas”.
Sin caso omiso, todos nos paramos en el lugar indicado y tomamos nuestras pistolas. El comandante comienza a darnos orejeras aislantes de ruido para protegernos del estruendo. Luego, comienza a explicar con voz alzada, la forma correcta de pararnos al sostener un arma. Piernas ligeramente flexionadas, espalda recta. Mano dominante sujetando el arma y el dedo índice en el gatillo mientras que el pulgar sobre el seguro, listo para retirarlo en cualquier momento.
La mano contraria será la que llevaremos debajo del cargador del arma, tomando esta como un soporte para disparar. Tras varios minutos explicándonos como sostener el arma correctamente nos indica que sujetemos la pistola con mucha fuerza, ya que, es muy seguro que perdamos el arma de nuestras manos por el retroceso.
Cuando se aseguran de que todos estemos listos, nos dan la indicación de presionar el gatillo fuertemente una vez y retirar nuestro dedo lo más rápido posible. Cuando todo parece estar listo, el comandante ordena fuego y en un estruendo múltiple las pistolas son accionadas.
La vibración aturde mis manos, incluso mis muñecas me duelen un poco por el retroceso, no pensé que fuera tan fuerte. El comandante se acerca y nos observa, asegurándose que no haya habido ningún accidente. Tras eso, ordena fuego nuevamente.
Nuestros disparos se impactan contra una poderosa muralla instalada frente a nosotros. Estas se incrustan en el muro y al suelo caen escombros. Pasamos un rato allí hasta que gastamos el cartucho por completo.
“¡Recarguen armas!”, exclama el comandante.
¿Cómo carajos hago eso? ¿Retiro esto de aquí? ¿El seguro? Ah, ya lo veo, tiene un pequeño seguro del cargador.
En cuanto lo libero, el cargador cae al suelo y tomo el nuevo cargador de mi bolsillo, incrustándolo en la pistola, cerrando el seguro y cortando cartucho.
Los demás ven como lo hago y rápidamente hacen lo mismo, así, estamos listos para una nueva lección. El comandante, nos mira con una muy ligera sonrisa y toma su botella de agua.
“¡Descansen! Hay un receso de veinte minutos”, dice.
Todos guardamos nuestras armas y buscamos la sombra de los árboles mientras bebemos agua.
“¿No les duelen sus manos? Las mías casi se fracturan”, dice Sandra.
“Dilo por ti, pero esto está de pelos”, dice Rodrigo con un rostro lleno de emoción.
“Es normal, no sujetamos las pistolas con la fuerza necesaria ni como era correcto, pero, todo salió bien”, digo.
“Faltan cinco días para que inicien las clases nuevamente. Mañana comenzaremos el entrenamiento de combate, ¿no?”, dice Emily.
“Sí, eso es verdad”, respondo.
“Honestamente ya no espero nada sencillo”, dice Diana.
Como era de esperar, no se trató de nada ligero. En la mañana realizamos ejercicio físico. Luego, realizamos pruebas de tiro nuevamente, las pruebas tomaron cerca de dos horas, seguido de ello, comenzamos el entrenamiento de combate cuerpo a cuerpo.
El comandante y algunos militares más nos enseñaron llaves, desarmes de pistolas, navajas, y otros tipos de armas para casos que pudieran presentarse. Hay mujeres entre ellos, que se encargan de enseñarle a las mujeres. Pensé que sería más sencillo con ella, pero desde donde estoy puedo ver cómo está torturando a las chicas de la misma forma que el comandante a nosotros.
Más tarde, recibiríamos capacitación sobre como luchar a puño limpio y usar todo el cuerpo para defendernos. Los puntos débiles para golpear, los puntos letales y los puntos que nos darían una victoria inmediata sin matar a alguien. Con sacos de boxeo comenzamos a practicar nuestros golpes sin el uso de guantes.
Muchos comenzamos a sangrar de los nudillos, no me sorprende, golpear en repetidas ocasiones un saco de arena tiene estos resultados. Entre el dolor y el cansancio comienzo a rendirme, sin embargo, el comandante se para detrás de mí.
“Ni se te ocurra, cadete. Si lo haces, te arrestaré tres noches”, dice.
“… Está bien…”, digo, manteniéndome de pie un poco más.
Respiro hondo, tomo impulso y sigo golpeando el saco. Así, el día termina. Desde entonces, hemos practicado a diario nuestra forma de pelear. Dos días después habíamos mejorado mucho nuestra técnica de disparo, por lo que comenzamos la capacitación del uso de rifles y el uso de tácticas militares en el campo de batalla, con simulaciones, de asalto a puntos objetivos, rescate de rehenes y enfrentamiento en campo abierto o cerrado. El disparo de los rifles fue más pesado que lo que pensaba, algunos compañeros incluso sufrieron la dislocación de sus hombros.
El rifle pesa aproximadamente cuatro kilos, puedo tolerarlo, pero, con el retroceso es muy difícil de controlar. Debo poner mucha fuerza en mis brazos y piernas para no sufrir algún daño.
Por otro lado, el día final del entrenamiento, el comandante nos ordenó formar una rueda en el suelo del gimnasio para realizar combates cuerpo a cuerpo con los demás estudiantes. Todos los enfrentamientos fueron amistosos, pero, el comandante nos ha ordenado no contenernos, el combate termina cuando él diga que se acabó.
Uno de los dos chicos que están luchando cae al suelo con la nariz rota.
“Fue suficiente, gran demostración. Siguen atacando algo lento, pero al menos podrán defenderse de un criminal promedio”, dice el comandante.
“Regresen a sus lugares. Veamos… Sigues tú, recluta”, dice, señalándome.
Me pongo de pie y camino hasta el centro de todos donde nos encontrábamos sentados. Luego, señala a otro chico y se para frente a mí.
“Inicien”, dice el comandante.
Con su indicación levantamos nuestra guardia y nos acercamos rápidamente, sin temor ni nervios. Así, le lanzo un golpe en la cara que el intercepta con su brazo izquierdo. El chico me lanza un gancho con el brazo derecho, pero logro dar un salto atrás, evitando ser alcanzado por su golpe. Entonces, corro hacia él y doy un enorme salto en el aire dando una vuelta y golpeándolo con una patada voladora en el rostro.
Aunque el chico intentó evitar el golpe, mi ataque fue brutal y logré dejarlo tendido en el suelo. El comandante no ha dado ninguna indicación, por lo que mi compañero se intenta poner de pie. Es entonces que rápidamente pongo mi pie en su espalda para detenerlo.
Él me sujeta de los pies y me derriba, provocando que caiga sobre mi espalda. Ese chico intenta hacerme una llave, pero lo sujeto del cuello con mis piernas mientras él libera un grito enmudecido al ser asfixiado.
El chico comienza a forcejear intentando liberarse.
¡Vamos! ¡Ríndete! ¡Comandante, deténgalo!
Mi corazón late con fuerza, mi cuerpo comienza a temblar y mi respiración es áspera. Es evidente que la adrenalina ha golpeado repentinamente todo mi cuerpo, el chico no se rinde.
¡Ya quédate quieto, carajo!
“¡Alguien pare esto!”, exclama una chica entre la muchedumbre, sin embargo, ni un solo militar intentó hacerlo.
Todos comenzaban a murmurar mientras yo seguía perdido en mis pensamientos. Sin más, comienzo a golpearlo en las costillas con mi pierna derecha mientras que con la izquierda lo golpeo en el rostro. Con las patadas, puedo escuchar el crujido de los huesos de su caja torácica. Él grita al sentir el dolor y tras varios golpes en el rostro parece quedar inconsciente.
Rápidamente me pongo de pie y lo tomo del cabello observando su rostro bañado en sangre. Perdido en mi interior, lo golpeo con fuerza con mi mano derecha y un chorro de sangre salpica mi puño. Entonces, como una explosión que me toma por sorpresa, el comandante me detiene, “¡Fue suficiente!”.
Su voz entra en lo más profundo de mi mente y logro detenerme. Observo a mi alrededor como todos me miran con miedo. Emily ni siquiera me mira, ha cubierto sus ojos. Miro mi mano manchada de sangre.
Emily… no… yo… ¿qué rayos pasó? ¿No es esta la segunda vez que pierdo el control de mis emociones? Mierda… ¿Ella me tiene miedo? Es imposible… ¿no? Crucé la raya… yo… casi lo mato… ¡Maldición!
El comandante levanta al chico y lo pone a un costado de todos. Por supuesto, un compañero con poderes de sanación se encargó de curarlo.
“Eso es lo que espero de todos cuando digo que no se contengan. Ninguno de los dos cedió, bien hecho. Este fue un combate amistoso, pero allá afuera sufrirán combates que serán a muerte y por lo que veo, Eric sobrevivirá”, dice el comandante, sentándose nuevamente.
“Él realmente parece un monstruo”, escucho a mi alrededor.
“Eric, a tu lugar. Ahora, ven linda”, dice, señalando a Emily.
Me siento en el suelo justo donde estaba, mis manos están manchadas ligeramente de sangre, en cambio, mi pierna izquierda tiene una gran mancha en el pantalón. Ni siquiera puedo mirar a los demás. Mis manos tiemblan, estoy realmente lleno de adrenalina aún, pero también tengo mucho miedo.
Realmente pude haberlo matado si el comandante no me hubiera detenido. Esto me recuerda al primer enfrentamiento que tuve con David.
¿Qué diablos es lo que me pasa?
En ese momento, un aroma conocido llega a mi nariz y puedo ver a alguien de piel blanca y uñas ligeramente largas con esmalte rosa sujetando mis manos.
“Tranquilo, Eric. Lo hiciste genial, no tienes que sentirte mal, seguramente él te habría hecho lo mismo en tu lugar”, dice Sandra.
Ella muestra una sonrisa amable mientras me mira con empatía.
“Sí… tienes razón. Gracias, Sandy” le respondo con una sonrisa mientras ella limpia la sangre de mis manos y pasa un pañuelo en mi pantalón donde la sangre se ha impregnado.
Cuando ella termina de limpiarme, miramos a Emily en guardia contra Rodrigo.
¿Rodrigo? ¡Es imposible! ¡Ella es una mujer! ¡No puede hacer eso!
“Oye, Emily. No te preocupes, no te haré daño”, dice Rodrigo, cruzando sus brazos.
“El comandante dijo que no nos contuviéramos”, responde ella, poniéndose en guardia.
En cuanto el comandante ordena que inicien el combate, Emily ataca a Rodrigo velozmente y lo derriba con una pierna provocando que este caiga al suelo con un rostro de miedo.
Rodrigo levanta sus brazos con miedo mientras la mira de pie, “¿Emily?”.
“¿No vas a contenerte? Entiendo…”.
Rodrigo se levanta y entonces ataca a Emily con gran velocidad. Ella esquiva todos sus ataques sin problema alguno. Rodrigo intenta derribarla dando una patada giratoria en el suelo, pero ella brinca, golpeándolo en la cara.
Rodrigo cae sobre su espalda en el suelo y Emily lo sujeta de la camisa. Ella está a un solo golpe de terminar el combate, sin embargo, Rodrigo logra enganchar sus piernas con las de ella y la derriba sobre este. Así, Rodrigo le aplica una llave en la que la toma con los brazos del cuello, asfixiándola.
Emily se muestra calmada, mantiene la respiración y con todas sus fuerzas golpea a Rodrigo en los testículos. Él libera un grito desgarrador que hace eco en el gimnasio. Así, Emily se pone de pie velozmente y le da una patada en el rostro provocando que este quede totalmente aturdido.
“Suficiente”, dice el comandante.
Emily ayuda a Rodrigo a ponerse de pie y lo lleva con Sandra quien curo los golpes que ha recibido. Cuando él logra reaccionar mira a Emily con miedo.
“No volveré… no volveré a hablar mal de las chicas”, dice mientras todo su cuerpo tiembla.
Emily sonríe y la sacude el cabello con su mano derecha.
Rodrigo se sienta en medio de Diana y Sandra y hace un gesto de impotencia, “no puede ser… me ganó una chica sin tanto esfuerzo”.
Emily me ha dejado sorprendido, puede que haya sido porque tomó a Rodrigo por sorpresa. Además, el comandante no dio indicaciones de que estuvieran prohibidos los golpes en genitales, así que ella tomó ventaja de esto. Pero, realmente me mostró que sabe pelear muy bien.
Ella me mira a la distancia, nuestras miradas se cruzan y sin decir nada, se acerca a mí y se sienta conmigo.
“¿Cómo me viste?”, pregunta con euforia.
“Lo… lo hiciste bien”, respondo, con un tono apagado y depresivo.
Ella pone su cara frente a la mía desde su asiento y me observa fijamente.
“¿Qué tienes?”, pregunta, llena de curiosidad. Su expresión demuestra preocupación ante la posibilidad de haber hecho algo mal.
“Nada… es que… pensé que tú te habías aterrado de mí”, respondo.
Emily sonríe y me un pequeño golpe en la cabeza.
“¿Lo dices porque cubrí mis ojos en tu combate? Sí, me dio un poco de miedo. Es que no me agrada la sangre… pero, no se trata de ti, como dijo el comandante, en un combate real lo mejor es garantizar tu supervivencia”, responde ella, colocando su cabeza sobre mi hombro.
“…”
“Está bien, perdón. Realmente pensé que me veías como un monstruo”, digo.
“Puede que sí, pero no como uno malo”, dice, con una sonrisa burlesca.
Abrazo a Emily con un brazo mientras continuamos observando los combates. Cuando terminó el día, todos regresamos a nuestros dormitorios, nos dimos un baño y por órdenes del director debimos usar nuestros uniformes del diario. Regresamos a la explanada principal donde los militares repartieron certificados de la capacitación militar, mientras que el director nos entregaba una credencial de servicio activo y Marco una pulsera negra de hule.
Cuando todos recibimos nuestras cosas el comandante toma el micrófono.
“Fue una buena experiencia verlos entrenar. Año con año es lo mismo, pero esta vez fue diferente. Pude ver determinación, algunos solamente tomaron motivación cuando usaron sus armas, otros desde el principio. Pero realmente veo buenos soldados aquí, estoy orgulloso de todos” el comandante se retira del micrófono y por primera vez lo veo sonreír. Una sonrisa pura y sin sarcasmos. Él es sincero en esta ocasión. No sé por qué, pero, eso me hace sentir bien.
Así, el director se aproxima al micrófono de igual forma.
“Ha sido un honor tener nuevamente a las fuerzas militares mexicanas un año más. Con la participación de la Fuerza Aérea, Naval y Terrestre. Con la combinación de sus conocimientos, aunque fuera poco el tiempo, estos jóvenes serán capaces de proteger a la humanidad y servir para nuestro país”, dice con un rostro lleno de orgullo.
“Ahora, se preguntarán que es esa credencial. Esa credencial les permite acceder al Centro de Inteligencia y Despliegue de Fuerzas Mutantes”.
“Esa pulsera debe ir en su muñeca izquierda, con ella obtendremos información de ustedes; pulso cardíaco, oxigenación, estrés, actividad. Asimismo, sirve para informarles cuando hay alguna misión de emergencia que deban cumplir”, dice el director.
Mientras todos estamos de pie, él sigue hablando sobre la importancia de haber realizado este curso. Nos desea suerte en las misiones futuras y tras eso nos podemos retirar. Todos los chicos y yo nos dirigimos al comedor para almorzar juntos mientras nos colocamos las pulseras, esta realmente parece un reloj inteligente muy sencillo.
No puedo evitar observar mi credencial, tiene una foto mía, tipo de sangre, clasificación de poder y un código de barras.
“¿Dónde estará el Centro de Inteligencia que mencionó el director?”, pregunta Diana.
“No lo sé, pero muy seguramente dentro de este mismo instituto”, responde Eduardo.
“¿No tienen miedo? ¿No les habló el director sobre la situación afuera?”, pregunto.
Todos me miran en silencio, como si hubiera dicho algo malo.
“Pensé que solo me lo había dicho a mí”, dice Emily.
“Igual yo”, dice Diana.
“Así que… nos lo dijo a todos nosotros… sigo creyendo que debería advertirles a todos, no solo a nosotros”, digo.
“Sí, y cancelar las misiones”, dice Sandra.
“Imposible. Yo lo cuestioné sobre eso, y dijo que ya lo había intentado pero el gobierno se negó. No hay forma de evitar hacerlas y fingir que se realizaron, ya que hay contacto directo con el ejército y estas pulseras, así que sabrán si mentimos o no”, dice Diana, bebiendo de su vaso de agua.
“De cualquier forma, dijo que no habría misiones difíciles, solo sencillas como escoltas o patrullaje. Las misiones código cero1 fueron prohibidas para el instituto de momento”.
“Bueno, al final, podremos defendernos en caso de que algo ocurra”, dice Karla, tocando sus bíceps derechos mientras muestra su puño.
Emily toma mi mano y me mira, dándome esperanza y un poco de fe, “todo estará bien, Eric. Relájate”.
Le regreso una sonrisa gentil y la beso en la mejilla, demostrándole que estoy confiando en lo que ha dicho.
Con esto, los militares al día siguiente comienzan a retirar su campamento y arreglan los daños causados en el campo de fútbol. Asimismo, se retiran por completo el domingo, dejando el instituto listo para las clases del martes.
En mi mente solo puedo imaginar que salgo del instituto y regreso a mi vida ordinaria. Llevo una vida tranquila con Emily a mi lado, junto a mi familia, y comienzo a trabajar en la empresa de mi familia. Emily tiene razón, todo saldrá bien, no debo agobiarme en absoluto por ello. Lo que ahora importa, es prepararme para este nuevo semestre y las misiones que se aproximan. Siento que algo está por ocurrir.
¡Hola a todos!
¡Aquí tienen el nuevo capítulo!
¡Espero que sea de su agrado!
¡Nos vemos la próxima semana con el capítulo 12: Primera misión!
¡Hasta pronto!
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