Traicionada por mi marido basura: Me entrego al diablo - Capítulo 1
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1: Capítulo 1: La otra mujer 1: Capítulo 1: La otra mujer POV de Claudia
23:00
He mirado el reloj sabrá Dios cuántas veces en las últimas tres horas.
Todavía llevaba el gorro de fiesta que Aurora —mi hija— me había puesto esa mañana, mientras observaba con ansiedad la carretera vacía con mi adormilada hija en brazos.
Ya era la última hora del sexto cumpleaños de Aurora, y mi marido, Miles Hoffman, aún no había llegado a casa.
Desde que su empresa tuvo éxito hace cinco años, apenas pasaba tiempo aquí, a menudo pasando noches en vela en la oficina, sepultado en el trabajo.
Con el tiempo, se formó un muro invisible entre nosotros.
Por mucho que intenté derribarlo, podía sentir cómo Miles se distanciaba lentamente en nuestros diez años de matrimonio.
Pero tenía la esperanza de que al menos se acordara del cumpleaños de nuestra hija.
Me mordí el labio y contuve el impulso de enviarle otro mensaje.
No había respondido a mis mensajes anteriores, ni a los de antes.
Solo es un adicto al trabajo que está casado con su empleo.
Al menos no es un infiel.
No responde a los mensajes de nadie que no traten de asuntos laborales.
Me consolaba con ese pensamiento.
Era el único resquicio de esperanza en este frágil matrimonio.
No podría tolerar la infidelidad, y Miles también lo sabía.
Después de todo, le había contado cómo sufrí de niña, atormentada por la amante de mi padre y la hija de esta, Clarissa.
Aún conservaba las cicatrices de su acoso y, en noches frías como la de hoy, dolían terriblemente.
Y como mínimo, con todos sus compromisos laborales, Miles no había tenido tiempo de crear una segunda familia secreta al margen de nuestro matrimonio.
Mi dulce hija nunca sufriría como lo hice yo.
Como si hubiera oído mis pensamientos, el angelito rubio que llevaba en brazos se removió y despertó.
También llevaba un gorro de fiesta torcido en la cabeza, y parpadeó con sus ojos suaves y adormilados, buscando en la carretera vacía alguna señal de su padre.
—Aurora, cariño, vamos adentro —dije con dulzura—.
Cada vez hace más frío.
Mi hija negó con la cabeza, pero sorbió débilmente por la nariz mientras seguía mirando la carretera vacía.
Sopló el viento frío, haciéndola tiritar.
La apreté más contra mí, con la esperanza de que no se resfriara.
—Mamá…, quizá Papá se ha olvidado de mí —susurró Aurora con tristeza, agachando la cabeza.
—Chis.
No digas eso —la corregí de inmediato—.
Papá prometió que vendría, ¿a que sí?
Aurora parecía haber aceptado ya la ausencia de su padre.
Vi cómo se dibujaba en sus labios una sonrisa fina y afligida.
—Papá también dijo que asistiría a mi obra del colegio.
Pero mintió, Mamá… no vino —dijo, mencionando en voz baja la función en la que había interpretado a la Bella Durmiente—.
A lo mejor ha vuelto a mentir esta vez.
Mañana iba a tener una charla muy seria con Miles.
Una cosa era decepcionarme a mí, pero jamás debía decepcionar a nuestra hija.
—Le daré un coscorrón si se atreve a mentir otra vez —declaré con una sonrisa exagerada y orgullosa, como una mamá osa—.
¡Y luego te levantaré para que tú también le des en la cabeza!
Por fin, Aurora sonrió y una risita traviesa se escapó de sus labios.
—Mamá, eres mala.
—¡Hum!
¡Puedo ser mala si él se porta mal contigo!
Por un breve instante, el ambiente se volvió más cálido.
—Mamá, cortemos el pastel solo nosotras —decidió Aurora—.
No pasa nada si Papá no está.
Aún te tengo a ti.
Me dolió el corazón al oír sus palabras.
Aurora era una niña sensata.
Quizá había crecido comprendiendo que su padre no siempre estaría ahí para ella.
Sin embargo, yo sabía —en el fondo— que su ausencia le dolía.
¿Cómo lo sabía?
Porque me veía reflejada en ella.
La sonrisa triste y a la vez reconfortante que lucía era la misma que yo ponía a su edad.
Aurora había heredado la misma sensatez que yo tuve, una sensatez nacida de tener un padre que rara vez volvía a casa.
—Claro que sí, cariño.
Mamá incluso te dejará comer dos trozos de pastel —le prometí, abrazándola con fuerza.
Aurora sorbió por la nariz y asintió.
Era lo mejor.
Miles no iba a venir a casa esta noche, y yo no iba a seguir arriesgando la salud de mi hija.
El aire se enfriaba por momentos.
Pero justo cuando iba a entrar, oí el ruido del motor de un coche, seguido de unos faros que me apuntaban directamente.
—¿Es Papá?
—preguntó Aurora, esperanzada.
Miré por encima del hombro por instinto y vi el coche de Miles entrar en el camino de acceso, deteniéndose justo delante de mí.
Él fue el primero en bajar, con una sonrisa de disculpa.
—Pensé que no llegarías a tiempo —confesé.
Sentí una punzada de vergüenza en el pecho por haber dudado de Miles.
Después de todo, había demostrado una vez más que, en efecto, era un padre responsable.
—Lo siento, Claudia.
Surgió algo urgente en la oficina —dijo—.
Pero al menos he llegado a tiempo, ¿verdad?
Todavía queda una hora para que cambie el día.
Esa sonrisa de disculpa me derritió el corazón al instante.
Sí, tenía que admitirlo: era mi debilidad esa sonrisa sincera.
Fue una de las razones por las que le abrí mi corazón en un principio.
—¡Papá!
—exclamó Aurora, feliz.
—Vaya, mi angelito —dijo Miles con calidez, abriendo los brazos—.
Papá ya está aquí y te ha traído un regalo.
Le entregué a Aurora con cuidado, y a ella le brillaron los ojos de emoción al oír la palabra «regalo».
—¿Qué regalo?
Papá, ¡quiero…, mmm…, un castillo!
—dijo ella con entusiasmo.
—El castillo puede esperar.
Te he traído un regalo aún mejor —dijo Miles mientras se giraba hacia el coche e hacía un gesto—.
Ya puedes salir.
Fruncí el ceño.
Su forma de decirlo me dio un mal presagio.
Su regalo no era un objeto, era una persona.
¿Nos había contratado una niñera?
Al principio no me esperaba nada.
Pero, cuando la puerta del coche se abrió, mi corazón dio un vuelco.
Del coche bajó una mujer terriblemente familiar, que llevaba en brazos a una niña que parecía tener más o menos la edad de Aurora.
En cuanto la vi con claridad, el corazón empezó a latirme como un tambor de guerra; mis instintos me gritaban que luchara o huyera.
Tenía el pelo largo, castaño y ondulado, la piel ligeramente bronceada y llevaba un vestido demasiado provocativo para una fiesta de cumpleaños infantil.
Me sonrió.
Pero yo conocía la crueldad que se ocultaba tras ella, porque siempre ponía esa maldita sonrisa cuando me torturaba.
Sí, esa mujer no era otra que Clarissa, mi media hermana.
La que había convertido mi infancia en un infierno en vida.
Había heredado la sonrisa torcida de mi padre y el corazón negro como el carbón de su madre; ambos, cuidadosamente ocultos bajo un rostro de apariencia dulce y amable.
Cada vez que me sonreía, se me erizaba la piel de miedo y asco, y me entraban unas ganas irrefrenables de frotarme la piel hasta despellejarme después de haber estado en contacto con ella.
—Cuánto tiempo sin vernos, hermana —dijo Clarissa con fluidez, sin dejar de sonreír—.
No es demasiado tarde para celebrar el cumpleaños de mi sobrina, ¿verdad?
—Ah, y he venido con mi hija, Lara.
No tenía ni idea de que Clarissa tuviera una hija.
Pero cuando bajé la mirada hacia la niña que sostenía en brazos, mi corazón se hundió aún más en el abismo.
Porque el parecido entre la hija de Clarissa y mi marido… era inconfundible.
Tanto Lara como Miles tenían el mismo pelo rojo y rizado, los mismos ojos verdes y las mismas pecas.
A diferencia de Aurora —que era prácticamente una copia perfecta de mí—, Lara era una copia perfecta de Miles.
Lara me miró y parpadeó con inocencia, pareciéndose a cada segundo más a la hija de Miles.
Se me revolvió el estómago al notar el parecido.
Cuanto más los miraba, más ganas me daban de vomitar.
Tragué saliva con dificultad, sin poder creerlo.
Clarissa percibió mi malestar como un tiburón que huele la sangre en el agua.
Su sonrisa burlona se ensanchó: —Mi hija cumplió seis años hace aproximadamente un mes.
Así que tienen la misma edad.
Clarissa bajó a Lara al suelo, y la niña fue directa hacia Miles y le cogió de la mano.
Con Aurora en un brazo y Lara aferrada a la otra mano, Miles parecía un hombre con dos preciosas hijas.
Seis años.
Esas palabras resonaban en mi cabeza.
El corazón me martilleaba con violencia mientras me giraba hacia él.
—¿Miles, qué significa todo esto?
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