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Traicionada por mi marido basura: Me entrego al diablo - Capítulo 16

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16: Capítulo 16: Coincidencia 16: Capítulo 16: Coincidencia POV de Claudia
Su postura era recta e impecable, como si hubiese calculado a la perfección la forma en que se sentaría en esa silla.

Sus ojos verdes eran fríos e intimidantes, pero sus cejas pobladas le daban un aspecto sereno.

Siempre pensé que era muy guapo —siempre y cuando no me mirara directamente a los ojos—, porque en el momento en que nuestras miradas se cruzaban, podía sentir la frialdad arraigada en sus huesos y percibir cómo me observaba cual rata de laboratorio.

Por supuesto, no era otro que mi ex y actual psiquiatra, el Dr.

Ray Gatlin.

Puesto que era el único cliente aparte de mí en este restaurante normalmente ajetreado, no podía confundirlo con nadie más; y no es que no fuera ya de por sí lo bastante llamativo.

Llevaba un rato con la mirada fija en el café que tenía delante, removiéndolo sin probarlo hasta que la taza, antes caliente, se quedó tibia.

Dudé si ir a saludarlo, pues pensé que sería incómodo acercarme a su mesa ahora que parecía estar esperando a alguien, probablemente a su cita.

Con su físico y su dinero, no le resultaría difícil encontrar una…

o más.

Justo cuando estaba a punto de marcharme del restaurante y buscar otro sitio, Don, el dueño, apareció de la nada y exclamó en voz alta: —¡Oh, Claudia!

¡Cuánto tiempo!

Casi pegué un brinco del susto y me giré por instinto.

Don no era un hombre alto, pero tenía una sonrisa amable, y sus poblados bigotes se ensanchaban cuando la mostraba.

—Lo siento, todo el mundo está de descanso, así que hoy estoy solo.

¿Por qué no tomas asiento y te traigo la carta?

—ofreció.

—V-vale, de acuerdo —respondí, a punto de sentarme lo más lejos posible de la mesa de Ray, hasta que, de repente, él levantó la cabeza y me clavó sus habituales, fríos y serpentinos ojos verdes.

—No sabía que también estarías aquí, Claudia —dijo Ray en tono amigable, aunque no esbozó ni una sonrisa que lo hiciera parecer simpático.

Lo único que hizo fue mirarme con intensidad, y sentí cómo se me humedecía la espalda con un sudor frío.

—¡Oh!

¿Se conocen?

—preguntó Don—.

Como ahora mismo solo están ustedes dos, ¿por qué no te sientas en su mesa?

—N-no hace falta, yo…, yo puedo buscar otra mesa—
—Ah, no hay por qué ser tímida.

Se conocen, ¿verdad?

¡Sería incómodo que se sentaran en mesas distintas!

—dijo Don, y consiguió sentarme frente a Ray, en la misma mesa—.

¡Voy a por la carta ahora mismo!

—¡E-espera…!

Don no me hizo caso y se fue corriendo directo a la cocina, como si huyera de algo peligroso.

—¿Qué le pasa?

¿Por qué parece tan asustado?

—murmuré, con la vista clavada en la cocina.

—¿Tanto te gusta que no puedes apartar la vista de la cocina?

—preguntó Ray con sarcasmo.

Fruncí el ceño ante su ridícula pregunta y decidí no responderle.

Aun así, giré la cabeza para mirarlo de frente.

Estaba impecable, como siempre, lo que lo hacía parecer inhumano.

Era más bien un robot sumamente disciplinado, programado para seguir un estricto conjunto de reglas que él mismo había creado.

Y, sin embargo, yo había salido con ese frío robot de metal durante casi un año, volcando todo mi amor en él, solo para darme cuenta de que Ray no podía sentir como un ser humano normal.

Podía actuar como un humano, pero sus ojos me decían todo lo que necesitaba saber: no sentía absolutamente nada por la gente que lo rodeaba, incluyéndome a mí.

Pero mi amor por Miles tampoco había sido correspondido.

De hecho, con él fue peor, porque acabé completamente arruinada tras dedicarle años de apoyo.

Quizá estaba destinada a la soledad.

Cualquier hombre al que me acercaba parecía destinado a destrozarme al final.

—No esperaba encontrarte aquí —dijo Ray con calma, sacándome de mi lamento—.

Es, en verdad, una…

coincidencia.

—Resulta que este es mi restaurante favorito —respondí con sinceridad.

—Resulta que también es mi restaurante favorito —dijo Ray.

—¿Ah, sí?

¿Y cómo es que no te he visto nunca por aquí?

Soy clienta habitual.

—Normalmente le pido a mi secretaria que me compre aquí el almuerzo —respondió él con tono monocorde.

—Ya veo…

¿Has quedado con alguien?

¿Una cita?

Porque si es así, creo que debería cambiarme a otra mesa.

Estaba a punto de levantarme cuando, después de quién sabe cuánto tiempo, Don salió de repente de la cocina con la carta en la mano.

—¿Adónde vas, Claudia?

¡Siéntate, siéntate!

Don estaba extrañamente autoritario hoy; nada que ver con su habitual carácter alegre.

—No estoy esperando a nadie —dijo Ray—.

Así que no hay problema en que te sientes conmigo.

Además, quiero saber si todavía recuerdas nuestro trato.

Mi cuerpo se tensó al instante.

Me senté, obediente, y pedí lo de siempre.

Cuando Don por fin se retiró a la cocina, murmurando para sus adentros, hablé en voz baja: —N-no recuerdo de qué trato hablas, Ray…

—Prometiste que volverías en cuanto terminaras de ver a tu hija en el hospital —dijo Ray.

Hubo un fugaz atisbo de ira en su gélida mirada, tan breve que creí haberlo imaginado—.

¿O es que lo has olvidado?

—C-creo que lo he olvidado…

—dije, bajando la mirada.

—Entonces, deja que esta grabación te lo recuerde —dijo Ray mientras sacaba el móvil y ponía una grabación.

~
—No intentes pasarte de lista conmigo, Claudia.

Eres mi prisionera hasta que yo diga que este trato ha terminado.

En cuanto hayas visitado a tu hija, ven a buscarme.

Si intentas huir después de esto, me aseguraré de que te arrepientas el resto de tu vida.

…

—V-volveré.

Lo prometo.

~
Me quedé mirándolo con absoluto asombro mientras reproducía la grabación.

Finalmente, levanté la cabeza y lo miré directamente a los ojos: —¿P-por qué estabas grabando nuestra conversación?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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