Translator Device - Capítulo 21
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21: CAPÍTULO 20: Amenaza 21: CAPÍTULO 20: Amenaza El sol del inicio del otoño trataba de filtrarse a través de las nubes negras.
La casa de ladrillos, con sus líneas arquitectónicas modernas y sus grandes ventanales inclinados, parecía un refugio acogedor ante el inminente aguacero.
En el patio trasero de la casa de Matías, en Viña del Mar, la piscina descansaba bajo una lona azul burbujeante, esperando la próxima temporada estival.
Dentro, Pamela, con los ojos pardos brillantes y soñadores, no despegaba la vista del computador.
—¡Hermano, apareciste!
—exclamó en medio de la videollamada—.
Todo Chile, no, ¡toda Latinoamérica está revolucionada!
Has salido en noticieros, blogs y canales de YouTube.
Dime la verdad, ¿eres el pololo de Ye In?
—Pame —respondió él con calma, iluminado solo por el brillo de la pantalla—, no le hagas caso a los faranduleros.
—¡Yo vi las fotos, eras tú!
—insistió ella con la energía de una adolescente—.
Además, ella te nombró hace poco en un programa, ¡dejó la escoba!
Hermano, ¡dime la verdad!
—Qué porfiada eres, hermanita —Matías sonrió y señaló un punto fuera de cuadro—.
Hey, convéncela tú.
De pronto, Ye In apareció junto a él y le sonrió a la cámara.
Su traductor se sincronizó al instante: —Hola, Pamela.
Tenía muchas ganas de conocerte.
Del otro lado se escuchó un golpe seco.
Matías estalló en carcajadas.
—¡Se desmayó!
◇ ◇ ◇ El ambiente en el restaurante familiar de Seúl estaba cargado de olor a fritura, especias y ajo.
Los murmullos de los comensales se mezclaban con el chisporroteo de la carne.
Estos locales tienen un detalle curioso: en vez de sillas, usan tubos huecos acolchados donde se guardan las chaquetas para que no se impregnen de olor.
Los coreanos son sumamente cuidadosos con los olores fuertes, a pesar de que su comida es, por definición, una explosión aromática.
—Perdón por el atraso —dijo Matías sentándose a la mesa.
—Descuida, recién llegué —respondió Miguel.
Casi al instante, una mesera se acercó con su libreta.
—Dame el menú número dos —pidió Miguel en coreano.
—Lo mismo para mí —secundó Matías, también en el idioma local.
—Has avanzado harto en el hangugeo—comentó Miguel, gratamente sorprendido.
—Solo lo básico, para no morir de hambre si el traductor se queda sin batería.
La comida llegó rápido: dos cuencos de ramyeon con fideos rizados nadando en un caldo intenso de soya, ajo y ají, coronados con un huevo crudo.
El picor era de esos que te dejan el rostro encendido.
—Me encanta comer contigo —soltó Matías entre bocado y bocado.
—¿Tanto me quieres?
—No, imbécil.
Es que eres de los pocos que conozco que no sorben los fideos.
¡Dios!
Cómo hacen ruido al comer en este país, ¡puaj!
—Ella, la siútica —se burló Miguel sorbiendo un fideo con fuerza exagerada—.
¿Y qué era eso tan importante que tenías que contarme?
—¿Tienes algo que hacer este sábado en la noche?
—¿Por qué?
¿Me tienes una cita?
—preguntó Miguel bebiendo agua.
—Sí, con Kimy, de B6.
Miguel escupió el agua como un géiser en erupción.
—¿Hablas en serio?
—Sí.
El otro día quedamos en salir y a Ye In se le ocurrió invitarte.
¿Quieres ir?
—¡¿Que si quiero?!
—Miguel se arrodilló en el suelo del local con los brazos al cielo—.
¡Gracias, Dios!
¡Gracias por hacerme amigo de Matías!
—¡Tranquilo, galán!
—pidió Matías muerto de la vergüenza—.
A Kimy no le interesan los tipos, solo vas de violinista para que no se sienta sola.
Y ojo: no puedes decirle a nadie ni publicarlo, ¿oíste?
—Descuida, seré una tumba.
◇ ◇ ◇ Esa tarde, la brisa movía las hojas en las áreas verdes de la Korean Business School.
En una de las mesas de hormigón, Matías repasaba apuntes con sus compañeros de posgrado.
—Buena sesión.
—comentó Juan, un colombiano muy extrovertido, algo delgado y de ojos verdes.
— yeah, very productive —dijo David, el gringo, con marcado acento tejano; y agregó: —Your research on perfumes was excellent, Mati.
—A propósito —preguntó Sofía, una española de pelo castaño rizado, acomodándose las gafas—, ¿qué perfume usa Ye In?
Todos rieron.
Matías puso los ojos en blanco.
—Ya les dije que ese tema no se toca —respondió, aunque pensó: “En realidad, no tengo idea”.
No quería mentirles, pero prefería que la información no se filtrara por accidente.
— Sofi, the agency’s statement denied everything.—Dijo el gringo con ingenuidad.
—Sabéis que todo eso está pauteado, joder —replicó la española—.
Ya, Mati, dinos la verdad.
—¿No se cansan de preguntar siempre lo mismo?
—¡No!
—respondieron todos al unísono.
Una sombra interrumpió la charla.
Era Mina, la estudiante más popular de la facultad, una chica de cabello castaño rojizo y expresión coqueta.
Se acomodó un mechón tras la oreja y miró directo a Matías.
—yein-ui namjachinguseyo?
—preguntó con suavidad.
—¿Qué dijo?
—Matías encendió su traductor.
—Que si eres el novio de Ye In —tradujo Juan, embobado con la presencia de Mina.
—No, no lo soy —contestó Matías con frialdad.
Mina sonrió, intrigada por el uso del traductor.
—¿No hablas coreano y conquistaste a Ye In?
Aparte de guapo, algo más debes tener.
Nos veremos luego.
Se alejó caminando lentamente.
— First Ye In and now Mina…—suspiró el gringo—.
What is it about you Latinos, man?
Matías le puso una mano en el hombro con una sonrisa pícara: —Gringo…
no lo entenderías.
Al final de la jornada, Matías se dirigía a su casillero.
En el pasillo se encontró con Yang Mi.
—Hola, Yang Mi.
Qué agradable verte —saludó él en coreano.
—Hola, Mati.
Cada día pronuncias mejor.
Él activó el dispositivo para continuar.
No se sentía listo para conversaciones largas.
—Hago mi mejor esfuerzo.
— ¡Fighting!
— dijo ella empuñando sus manos.
—¡Ah!, ahora entiendo esa palabra — dijo Matías riendo.
—Por cierto, ¿Qué harás el sábado?
Quería ir a cenar con Miguel y me gustaría que nos acompañes —dijo ella con entusiasmo—, a menos que tengas cita con mi prima.
—Ehh…
lo que pasa —Matías se rascó la cabeza— es que Kimy nos invitó a salir y Ye In invitó a Miguel.
Saldremos los cuatro.
Yang Mi bajó la mirada al instante.
—Ah, ya veo.
—Pero no te preocupes, Kimy no busca nada con hombres.
Miguel solo va para que ella no se sienta sola, como un favor.
—¿Preocupada yo?
¡Pff!
¿Por qué debería estarlo?
—dijo ella con un nerviosismo evidente—.
Miguel es solo mi amigo.
No seas tonto, Mati.
—Tranquila, a mí me gustas para él.
Yo te lo cuido —le lanzó Matías mientras se alejaba.
Las luces fluorescentes se reflejaban en el suelo marfil, creando un túnel de brillo encandilador.
El pasillo olía a cera y a libros viejos.
Al llegar a su casillero, Matías notó que un trozo de papel sobresalía de la ranura.
Lo tomó y activó la cámara del traductor sobre las palabras impresas en coreano.
La pantalla mostró la traducción: «Aléjate de Ye In o la verás destruida».
—El sasaeng —susurró Matías, sintiendo un frío repentino en la nuca.
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