Translator Device - Capítulo 38
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Capítulo 38: CAPÍTULO 37: La nueva
Los pasos de Ye In resonaban en el silencio, un ritmo constante que la impulsaba hacia adelante. Cada paso era un pequeño acto de desafío contra la creciente sensación de pavor que la envolvía. Detrás de ella, una figura se acercaba. No podía verla claramente, solo la silueta imponente que se cernía en la distancia; sus pasos resonaban con un ritmo más pesado, más deliberado. Un escalofrío le recorrió la espalda al pensar en quién podría ser, pero la idea de quedarse quieta era peor. Continuó caminando, acelerando el paso, su corazón latiendo con fuerza.
De repente, el sonido de sus zapatillas pareció ahogarse, reemplazado por un eco más profundo, como si sus propios pasos se estuvieran amplificando. Levantó la vista, su mirada fija en la pared delantera. El aire se volvió denso, cargado de una energía extraña.
Como un fantasma, con la velocidad de un animal de presa, un hombre fornido atrapó a Ye In por la espalda. Ella quería gritar, pedir auxilio, pero no podía; la mano del sujeto en su boca como mordaza se lo impedía. Quería correr, pero la fuerza del atacante era tal que la suya parecía la de un enclenque.
—¡Te atrapé, Ye In! Nadie te ayudará —le dijo el hombre, susurrándole al oído con voz grave y gutural—. ¿Qué harás?
Ye lo miró por el rabillo del ojo; la mirada del hombre era fija, decidida. Y de un movimiento audaz, levanta su brazo izquierdo y lanza un golpe de codo certero en las costillas del atacante. Este suelta un poco la presión que ejercía con sus brazos y Ye In, zafándose, gira y, aprovechando la elasticidad que años de baile le dio, le lanza un certero golpe de pie en la mandíbula, derribándolo al piso.
—¡¿Quieres más?! —gritó Ye In en posición de ataque.
—¡Bien hecho, Ye In! —decía Ahn Myong desde el piso, sobándose la mandíbula.
—Estoy agotada, Ahn Myong —decía sudando—. ¿Es necesario que entrenemos tanto?
—Le prometí a Matías que te enseñaría defensa personal y ¿sabes qué? No es solo por él —decía levantándose—. Han pasado tres meses desde que te raptó ese imbécil y aún no me perdono no haber estado ahí para ayudarte; además, no solo te servirá para defenderte, también para tus futuros papeles de acción, ¿no?
—Okey, está bien —decía Ye In sin mucho entusiasmo.
—Recuerda —aconsejaba Ahn Myong pasándole una botella de agua—: El atacante siempre cree tener el control; si haces algo que escape de este, lo confundes, lo haces dudar y pierde unos valiosos segundos que puedes aprovechar.
La puerta de la sala de ensayos de B6, que ellos usaban como dojang, se abrió de pronto.
—¡Matías! —gritó Ye In, llena de felicidad—. Viniste a verme.
—Estás toda despeinada. ¿Ahn Myong te está tratando muy mal?
—Al contrario, me dio una buena paliza, aprende rápido.
—Así es la talentosa Ye In, todo lo hace bien.
—Lo sé —dijo Matías sonriendo—. Eso me deja tranquilo.
—Los dejo solos, un gusto verte, Matías —se despidió Ahn Myong.
Era la segunda vez que Matías veía la cara del mánager desde que supo de su existencia.
—Pensé que no te vería hoy—. Le dijo Ye In.
—Como sabes, hoy comienza mi último semestre y debo ponerme al día con los ramos que no terminé mientras me recuperaba —le decía Matías, ordenándole el pelo—, así que debo aprovechar a verte cuanto pueda; los estudios me consumirán mucho tiempo.
—¿Por qué eres tan lindo? —decía ella tomando su cara.
—Holas, niños, ¿todo bien? —interrumpió Kim Seung.
—Hola, Seung.
—Hola, señor Kim —saludó Matías—, ¿alguna novedad sobre el cómplice del sasaeng?
—Aún no, la policía trabaja en ello, pero tranquilo; con todo lo que pasó, seguro que ella está muerta de miedo en Alaska.
—¿Ella? —preguntó Matías, sorprendido.
—¿No te lo dije? Lo único que se sabe es que es mujer.
—¿Y lo del antifan? —preguntó Ye In.
—¿Antifan? ¿Qué es eso? —preguntaba Matías al escuchar por primera vez esa palabra que su traductor no detectó.
—Son quienes se centran en criticar y hablar mal de las celebridades, nada de qué preocuparse, solo son haters sin vida. Hace unos días apareció alguien así, pero recibe más críticas de las críticas que me hace a mí.
“¿Tendrá algo que ver con la cómplice?”, se preguntaba Matías.
—Matías —decía el señor Kim metiendo sus manos en los bolsillos—. El medio más importante de Corea quiere hacerte una entrevista, es una buena oportunidad.
—Olvídelo —contestaba sin pestañear—. Ye In es la famosa, yo solo soy su pareja y un simple estudiante. Ustedes tienen permiso para hablar lo que quieran de mí, pero déjenme fuera de su mundo.
—Te advertí que perderías tu tiempo, Kim Seung —dijo Ye In riéndose.
A esa misma hora, a unos kilómetros de distancia, la luz del sol se filtraba a través de una ventana ancha. En el borde del marco, había un par de zapatillas de caña alta, impecables. Dentro de la habitación, tras un vidrio esmerilado, se vislumbraba una figura femenina absorta en una tableta.
«Ella es una falsa, no merece la fama que tiene y su novio es un extranjero tercermundista. ¡Eso es una vergüenza!», escribía en un blog bajo una foto de Ye In.
—Ahora, revisemos las redes sociales de Matías —decía con inquietante tranquilidad—. Ha actualizado pocas fotos en su Instagram y en su Twitter solo hay comentarios basura, como él. Mmm, así que es muy aplicado, le gusta la playa, la cerveza, bebe vino solo cuando come carne, le gusta el rock clásico, los gatos y odia la mentira… te crees perfecto, ¿no?
Dejó la tableta sobre la cama y agregó, con la misma turbadora calma: —Ella me quitó lo que más quería, le quitaré lo que más quiere: a su Matías.
Horas después, Matías caminaba por el pasillo de la facultad sintiéndose analizado. Ya todos sabían que era el novio de Ye In, y aunque ser el punto de atención de cientos de ojos le molestaba, debía aguantar estoico.
—¡Matías! ¡Qué alegría volver a verte!
—decía Sofía besando su mejilla—. Nos tenías preocupados, ¡joder!
—También me alegra verlos, leí todos sus mensajes.
—Yo no estaba asustado, parcero, sabía que estarías bien —dijo Juan dándole un abrazo.
— I knew you’d bounce back, too, man—. decía David estrechando su mano.
—Lo sé, gringo —respondió Matías.
Al rato, Matías estaba sentado en su puesto, concentradísimo en un libro de cálculo.
—No entiendo esta fórmula.
—”S” es el monto e “I” es la tasa periódica. ¡Es fácil! —decía Juan.
De pronto, por la puerta entró el profesor acompañado por una chica muy hermosa. El blanco de su vestido era impecable; caía en capas suaves con pliegues casi infantiles. Las zapatillas Converse del mismo color terminaban de aterrizarlo todo, volviéndola real, cercana. En sus manos, una tablet cubierta con un protector rosado.
—Oh, my god —decía Juan abriendo los ojos—. Acaba de entrar una chica muy linda.
—¿Sí? —decía Matías sin despegar la vista del libro—. Más lindo sería que pudiera entender esto.
—Chicos, hoy se nos une una nueva alumna, trátenla bien —anunció el profesor—. Bienvenida. Toma asiento donde quieras.
—Gracias, profesor —decía ella dando una suave reverencia.
Ella miró de reojo todos los asientos, y luego avanzó.
—Hola, ¿me puedo sentar aquí? —dijo ella distrayendo a Matías.
Él levantó la vista y vio a la chica coreana frente a él. “Cresta, de verdad era muy bonita”, pensó.
—¿Está ocupado este puesto? —preguntó ella de nuevo.
—No, no está ocupado, soy todo tuyo; digo, es todo tuyo —se apresuró Juan.
Matías encendió su traductor y le dijo:
—No, no está ocupado, puedes usarlo, bienvenida.
—Mi nombre es Kang Jin Ah.
—Mi nombre es Matías Castillo, mucho gusto.
—Es un placer conocerte, Matías-seonbae.
—No es necesario que uses honoríficos conmigo, solo dime Matías.
—Ese es un Translator Device —dijo ella apuntando el aparato de Matías—. Tengo el mismo, sincronicémoslo para hablar más fluido —sacó el suyo del bolso.
—Yo también tengo uno, sincronicémoslos también —dijo Juan.
—Claro —dijo ella riendo.
Dos metros más allá, David y Sofía miraban la escena.
— He won her over in less than a minute—. decía David.
—Y ese gilipollas de Juan otra vez se enamoró de la chica equivocada.
La calle estaba bañada por el sol de la tarde, dibujando un juego de brillos y sombras en el adoquinado. Un aire de relajación caminaba junto a la multitud, una mezcla de turistas y locales. A cada lado, edificios de ladrillo y piedra estaban adornados con luces de neón y carteles coloridos que anunciaban tiendas y restaurantes. Se sentía una mezcla de bullicio y tranquilidad, el tipo de ambiente que solo se encuentra en Itaewon. Vibrantes letreros de neón de restaurantes y bares prometían momentos especiales. “Sam Ryan’s”, con su fachada de madera rústica, se erguía como un faro de entretenimiento, con el reclamo de “Beer Pong” llamando la atención de los más jóvenes. Justo al lado, “Itaewon Pub” desprendía un aura de camaradería, su entrada invitando a compartir risas y copas. El restaurante “Jungla”, con su exuberante vegetación artificial, ofrecía un oasis de frescura en medio del ambiente urbano. Sus ventanas amplias dejaban entrever un interior acogedor, un lugar donde los sabores locales y las conversaciones animadas probablemente florecían. Los letreros en coreano, salpicados de inglés, reflejaban la naturaleza cosmopolita de este rincón de Corea.
Matías caminaba por estas calles estrechas que, guardando las distancias, le traían un fugaz recuerdo de algunos lugares de Valparaíso. También recordaba algunas anécdotas de cuando había llegado por primera vez a Corea y quiso conocer la vida nocturna. Cierta vez, no pudo ingresar a una discoteca, no por producto de la xenofobia al verle extranjero, sino por la etiqueta; él no estaba vestido ad hoc al estilo del local. Si bien es cierto que hay locales que impedían el ingreso a extranjeros, la mayoría de estos eran por la barrera idiomática; su personal no estaba preparado para dar una buena atención a quien no hablara hangugeo.
—Veamos qué se supone que es un antifan —se decía Matías revisando su smartphone.
Repasó distintos sitios donde explicaban la irracional actitud de estos sujetos; algunos artículos nombraban la vez que un cantante recibió una caja que contenía bolsas de sangre y una foto apuñalada de un miembro del grupo Super Junior.
Otro artículo hablaba de que era común que los antifan enviaran ramos de crisantemos blancos que están asociados a la muerte en Corea. El artículo más trágico hablaba de que un miembro de TVXQ bebió un jugo de naranja que contenía superpegamento, provocándole heridas en el esófago.
—¡Esta gente está enferma! —exclamaba Matías justo al tiempo que la vibración del smartphone anunciaba una llamada entrante.
—Hola, Mati, ¿Dónde estás? —preguntaba Ye In.
—Voy camino a la casa de Juan, hoy tenemos sesión de estudio. ¿Nos veremos más tarde?
—No podré, Matías, esta tarde parto a filmar un comercial en Busan, vuelvo el lunes; sé que nos vemos hace días, pero te lo compensaré.
Luego de colgar, Matías pensaba: “Otra semana más sin verla”. Los estudios de él y la vida ajetreada de Ye In muchas veces no se compatibilizaban.
Al rato, una puerta se abría en un pequeño edificio de departamentos.
—Matías, llegaste, te estábamos esperando —decía Juan con entusiasmo.
Al entrar al diminuto departamento, Matías se fijó en que Jin Ah, la chica nueva, estaba junto a David y Sofía.
—¿Y ella? —preguntó, curioso.
—Le dije que nos juntaríamos a estudiar cálculo y me pidió unírsenos —decía Juan, y luego susurrando agregó—. No me le iba a negar a ese bizcocho, ¿no?
“Qué bien puesto tiene el nombre este tipo, es un don Juan”, pensó Matías riendo.
—Ya, chicos, continuemos —dijo Juan. La mesa de centro estaba llena de libros y fotocopias y los traductores de todos sincronizados; Matías hizo lo mismo con el suyo.
—No esperaba verte acá —dijo Matías.
—Soy buena en cálculo, pensé que podía ser un aporte —contestó Jin Ah.
—¿Buena? —¡Joder! —exclamaba Sofía—. Es un genio Matías; en quince minutos con ella aprendí más que con el profesor en todo el semestre.
—That’s true —.confirmaba David.
—Me van a hacer sonrojar —decía Jin Ah con timidez, provocando la risa de todos.
Unas horas más tarde, Matías y Jin Ah bajaban por las mismas calles, pero esta vez los neones encendidos y el aroma de comida hacían más intenso el ambiente de distensión.
—Fue una buena sesión de estudios —decía Jin Ah.
—Y entretenida, me reí mucho —contestaba Matías.
—Sí, pero te seré honesta —decía arrugando el entrecejo—. A veces no entiendo el humor de ustedes, no distingo cuándo están bromeando o hablando en serio.
—Créeme, a veces nosotros tampoco lo sabemos.
—Juan me contó que tu novia es Ye In; no sabía que tú eras ese novio que la salvó.
—La salvó la policía; a mí solo me llegó un tiro.
—No te ofendas —decía Jin Ah mostrando la palma de su mano—, pero yo solo supe de ella porque salió en las noticias; no me gusta el k-pop o la farándula.
—A mí tampoco me gusta, supe que ella era famosa muy tarde, cuando ya estaba enamorado —decía Matías.
—Qué romántico —susurró Jin Ah.
Al rato juntos estaban sentados en una parada de autobuses en una gran avenida.
—¿Y qué música escuchas? —preguntó Matías, más que por interés, como una pregunta al azar para continuar la conversación.
—Soy muy variada, pero por mis padres crecí escuchando rock clásico en inglés; esa es la que más me gusta.
—¿En serio? —respondió ladeando el cuello.
—¡¿Qué?! ¿No me veo como una rockera? —preguntó Jin Ah riendo.
—No juzgo un libro por su tapa —dijo Matías—, solo me sorprendió.
En realidad, ella no daba esa imagen; su atuendo muy a la moda coreana reflejaba otro tipo de intereses.
—¿Y qué se siente ser el novio de una celebridad? —preguntó ella.
—No me siento el novio de una celebridad —dijo él—, pero reconozco que, debido a su apretada agenda y mis estudios, no nos vemos tanto como quisiera.
—Un estudio de la Universidad Stanford —exponía ella como en una cátedra— dice que las parejas que no se ven tan seguido suelen ser más exitosas y tener relaciones más duraderas.
—Oye, más despacio, cerebrito —bromeaba Matías.
—Es que soy muy aplicada —respondía riendo y sonrojándose.
El sonido del cierre de puertas y el motor arrancando del vehículo público llenó el ambiente.
—Se ha demorado en pasar tu bus —decía Matías.
—Eeeh, no sé mentir, odio la mentira —le dijo ella ruborizada—. La verdad es que han pasado tres, no te lo dije porque estaba muy entretenida hablando contigo.
Más allá, en medio de la oscuridad de unos arbustos, una mano sosteniendo un smartphone grababa a Matías y Jin Ah, conversando al menos en la parada del autobús.
El lunes siguiente, los pasos de Ye In entrando en la oficina de Kim Seung resonaban en el lugar; la relación entre ellos era más distendida. Ella antes lo veía como el CEO en las alturas del edificio y ahora, que dejó el grupo B6, los hechos ocurridos y que cada día se consagraba como una actriz, su trato era más de socios de un mismo proyecto.
—Hola, Kim Seung.
—Hola, Ye In, ¿Cómo te fue en Busan?
—A la talentosa Ye In siempre le va bien —contestó en tercera persona.
—Lo sé —dijo riendo, y agregó—: Ye in, te llegaron cinco nuevos contratos para publicidad, tres entrevistas y un guion para ser parte de una nueva serie dramática.
—Me parece genial, pero —dijo ella encogiéndose de hombros—, ¿no podemos parar un poco? Hace días que no veo a mi novio.
—Créeme que te entiendo —respondía el señor Kim—, pero hay que aprovechar esta racha, ¡piensa positivo! Así podrás ahorrar más dinero para cuando se casen.
“A este ritmo no tendré novio para casarme” —pensó Ye In.
—Tenemos un problema —decía Sun Mi entrando rauda a la oficina—. Miren por la ventana. Alguien arrendó uno de esos camiones de mierda para joder.
Ye In y el señor Kim se acercaron al ventanal, y abajo, estacionado frente a la agencia, había un camión con enormes pantallas LED a cada costado. En las pantallas se veía el video de Matías conversando con Jin Ah en la parada de autobús; las letras en coreano, de un amarillo intenso y borde negro, decían con claridad: «Ye In, tu novio te está engañando, ¡Te lo mereces, perra!»
—Es el antifan —decía Ye In.
—Dudo que sea solo una persona —comentaba Sun Mi—. El arriendo de uno de esos camiones cuesta mucho dinero.
“¿La chica del video será esa compañera nueva de la que Matías me habló?”, pensaba Ye In.
—Odio esos camiones, siempre usan identidades falsas para contratarlos —decía el señor Kim—. Redactaré una declaración y luego levantaré cargos con esa empresa.
—¡No, Kim Seung! —decía Ye In con firmeza—. No hagas nada, yo lo resolveré.
Más tarde, en el patio de la facultad, Matías caminaba sin prisa hacia la biblioteca cuando la voz de Jin Ah lo hizo voltear.
—¡Hola, Matías! Ayer encontré el paper de posicionamiento del que te hablé. Lo traduje y se los mandé a sus correos.
—Vaya, de verdad eres muy aplicada —respondió riendo.
De pronto, Jin Ha se percató de que todo en el lugar los observaba y murmuraba.
—¿Eh? —¿Por qué todos nos miran así? —preguntó.
—¿De verdad no lo sabes? —preguntó Matías, y sacando su celular le mostró el video de ambos en un canal de YouTube que, sospechosamente, solo tenía ese video y se había replicado en varios foros de farándula.
— Mira.
—¡¡Dios!!—¡Pero, pero esto es absurdo! — decía Jin Ha tomándose la cabeza — Tu novia, ¡Qué va a pensar tu novia!
—Relájate— la calmaba riendo— Ye In no es celosa, ella sabe que la amo y que cosa como estas solo son tonterías.
Justo al terminar la frase, el sonido de un griterío, como un tsunami, llegaba hasta sus oídos. Un grupo de estudiantes, como una sola masa, estaba al final del sendero. De pronto, la multitud aglomerada se abre, dejando ver a Ye In que caminaba a paso firme hacia los dos. Su cara refleja enojo, frustración y desconfianza.
—Así los quería ver— les dijo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com