Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Translator Device - Capítulo 5

  1. Inicio
  2. Translator Device
  3. Capítulo 5 - 5 CAPÍTULO 4 Almuerzo
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

5: CAPÍTULO 4: Almuerzo 5: CAPÍTULO 4: Almuerzo Matías buscaba en el supermercado un regalo para la señora Kim; ese día almorzaría en su casa y no quería aparecer con las manos vacías.

—Hay que llegar golpeando la puerta con los pies —solía decir su papá.

Había leído en un blog que la fruta es un regalo muy valorado.

También leyó que el papel higiénico era una opción popular, pero se imaginó llegando con un pack de rollos bajo el brazo y soltó una carcajada.

Gracias a su dispositivo y la ayuda de una empleada, encontró, presentadas en una canasta de mimbre, cerezas chilenas de exportación: grandes, rojas y con perfecta forma de corazón; y casi se le sale el suyo al ver el precio; con ese dinero compraba varios kilos en Chile.

Minutos más tarde, ya frente a la puerta de casa, sostuvo la bolsa un instante antes de tocar el timbre.

—Hola, señora Kim —saludó Matías.

El traductor convirtió su español a un coreano formal.

—Bienvenido —respondió ella con afecto, invitándolo a pasar.

Al entrar, se quitó los zapatos y se puso las pantuflas.

En Corea, este gesto no es solo por la higiene; es una señal de respeto, una forma de dejar fuera el caos y la suciedad del mundo exterior.

—Le traje un presente, fruta de mi país —dijo él con un dejo de orgullo.

—Muchas gracias, me encantan las cerezas —respondió ella probando una de inmediato con placer.

—Qué hermosa casa —comentó Matías, registrando el lugar en su memoria.

—Gracias, ha pertenecido a mi familia por generaciones.

El interior se sentía envuelto en una membrana de papel hanji que transformaba la luz en un resplandor crema.

El minimalismo dominaba el espacio; las columnas de pino rojo se alzaban como troncos vivos, exhalando un perfume a resina y tiempo.

Bajo sus pies, el suelo de papel aceitado devolvía un pulso de calor orgánico.

El sol caía sobre el patio interior, proyectando sombras geométricas bajo la curva del techo.

A Matías le trajo recuerdos de la casona colonial de su abuelo en el campo chileno.

—¿Y su marido?

—preguntó—.

Como no lo he visto nunca, pensé que hoy lo conocería.

—Es un trabajólico —explicó ella—.

Tiene un bazar en Namdaemun que es su vida.

—¿Ella es su hija?

—preguntó Matías tomando un portarretratos de una consola de madera.

La señora Kim entró en pánico, temiendo no haber escondido todas las fotos de Ye In, pero se alivió al ver que era una imagen de su hija a los cinco años.

—Sí, es mi hija —exhaló con alivio—.

Ahora debe tener tu misma edad.

—Qué linda —dijo Matías devolviendo la foto a su lugar.

—Sí, lo es.

Ahora, sentémonos a comer.

Frente a él, la mesa de madera había desaparecido bajo una constelación de pocillos de cerámica.

No era el plato único al que estaba acostumbrado, sino un ordenado caos de colores, texturas y aromas agridulces.

—¡Dios, cuánta comida!

—exclamó Matías mirando el festín.

Ella rio con picardía: —Soy feliz cocinando.

—Y yo soy feliz comiendo, señora Kim —respondió él con un guiño—.

Somos una buena dupla.

Matías usaba bien los palillos, pero a diferencia de los de madera, los de la señora Kim eran de metal, con grabados tradicionales.

—Te pareces mucho a mi hija en lo feliz que comes —comentó la mujer mientras le servía una porción de cerdo sobre su arroz.

—¿A qué se dedica ella?

—preguntó él.

La señora Kim evitó el contacto visual.

No quería mentir, pero tampoco decir toda la verdad.

—Ella trabaja en una de esas empresas de música pop —soltó sin mirarlo.

—No sé nada sobre música coreana —contestó Matías excusándose por su ignorancia—, pero un amigo me dijo que es un mundo difícil para las celebridades.

—Sí, no es tan grato… —dijo ella llevándose la mano a la frente, como si algo le molestara.

—Señora Kim, ¿se encuentra bien?

—preguntó Matías con preocupación.

—Descuida, solo debo tomar mi medici… No alcanzó a terminar la frase y cayó desmayada en el piso.

—¡Señora Kim!

—gritó Matías corriendo a su auxilio.

◇ ◇ ◇ En el salón de ensayos, la música hacía vibrar las paredes de espejos.

Ye In ensayaba una coreografía junto a las otras cinco integrantes del grupo B6.

Se movían con precisión mecánica; sus sonrisas eran pura estética: desaparecían apenas la música se detenía.

Al terminar, Ye In vio diez llamadas perdidas de su prima.

—¿Yang Mi?

¿Pasó algo?

—preguntó inquieta al devolver la llamada.

—Ye In, tu mamá tuvo un desmayo.

Ven al hospital.

Ye In salió disparada hacia los estacionamientos para que Ahn Myong, el chofer, la llevara a toda prisa.

Minutos más tarde, en un pasillo del hospital, Matías caminaba con dos cafés de máquina.

El aroma aséptico le resultó extrañamente familiar: era el mismo que había sentido al otro lado del mundo.

—Toma —le dijo a Yang Mi entregándole un vaso—.

Quién iba a pensar que eras la sobrina de la señora Kim, qué chico es el mundo.

—Y quién diría que tú eres el joven de quien tanto habla —respondió ella—.

Qué fortuna que estuvieras con ella, gracias por actuar rápido.

De pronto, un doctor salió de la habitación.

—Ahí viene el doc… No alcanzó a terminar cuando una sombra pasó veloz a su lado.

Era Ye In.

—Doctor Rhee, mi mamá, ¿cómo está mi mamá?

—preguntó al borde del llanto.

—Tranquila, Ye In.

Fue solo un síncope, está bien.

Pasa a verla.

Matías, a lo lejos, no entendió nada; el traductor no captó las palabras a esa distancia.

—¿Quién es ella?

—preguntó con confusión evidente.

Yang Mi lo miró extrañada.

“¿De qué planeta venía este tipo que no reconoce a una de las mujeres más famosas de Corea?”, pensaba, y luego dijo: —Es la hija de mi tía…

¿De verdad no la conoces?

—No, no la había visto nunca.

¿Qué dijo el doctor?

—Que mi tía está bien, solo fue un desmayo.

—Qué bueno —Matías suspiró aliviado—.

Ahora que llegó su hija, me retiro; las dejo solas para que la acompañen.

Yang Mi hizo una reverencia más profunda de lo habitual.

—Gracias, Matías, por ayudar a mi tía.

—No hay de qué.

Saluda a la señora Kim de mi parte.

Matías apagó su traductor y se alejó por el pasillo.

Al llegar al hall principal, una mano se posó en su hombro.

—¡Ibwa yo!

Matías volteó y vio a la hija de la señora Kim inclinada en noventa grados frente a él.

—Eomeonileul dowajusyeoseo gamsahabnida.

—Wait, wait, dame un segundo —balbuceó Matías encendiendo el traductor.

El pitido azul retumbó entre ambos.

—Perdona, no sé coreano.

Supongo que dabas las gracias; no te preocupes, no fue nada.

—Vaya, mi mamá tenía razón, ese aparato es genial —dijo ella con una sonrisa.

Ye In destacaba por su estatura; alcanzaba el metro setenta, una altura que, sumada a sus piernas largas y su porte, le daba una elegancia natural.

Su figura proporcionada la hacía destacar sin caer en esa delgadez extrema tan común en las celebridades.

Aquel día vestía un buzo de ejercicio, pero incluso así su figura y su rostro hacían que la ropa pasara a segundo plano.

Hay personas que simplemente no pueden verse mal: desde el traje más elegante hasta un saco de harina, siempre se ven bien.

—Ven, mi mamá quiere verte —lo invitó.

Entraron a la habitación moderna bañada en luz natural.

La señora Kim descansaba apoyada en almohadas.

—Acá está tu amigo —anunció Ye In.

—¡Señora Kim!

—exclamó Matías bromeando—.

¿Y ahora quién va a lavar todos esos pocillos?

Ella soltó una carcajada.

—Ay, Matías, siempre me haces reír.

—Así somos los latinos: alegres, porque siempre queremos ver sonreír a las personas que nos importan.

—Ya veo.

Muchas gracias por tu ayuda —dijo ella con una inclinación de cabeza.

—No es nada.

Siempre estaré para usted.

Ahora que llegó su hija me retiro, cualquier cosa me llama.

Tras cerrar la puerta, la señora Kim decía: —Él es un buen chico.

—Sí —decía Ye In— pero hablaremos de eso después; ahora debes cuidarte.

—Sí, tía —apoyaba Yang Mi—por suerte Matías estaba con usted.

—¡Ay!, solo olvidé tomarme la medicina —se defendía la señora Kim.

—Y no volverá a suceder —le dijo Ye In con tono firme— porque me quedaré un par de semanas en casa para cuidarte.

—Pero, hija… —¡Nada de peros!

—expresó con carácter— Me quedaré contigo y no se habla más del asunto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo