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Transmigrada a un mundo de bestias como la esposa perezosa del Señor Zorro - Capítulo 82

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  3. Capítulo 82 - Capítulo 82: Los dones del sistema.
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Capítulo 82: Los dones del sistema.

Sienna enarcó las cejas. —¿Qué, no quieres?

La vendedora se rio. —Dama Sienna, no puedo pagar regalías, no soy tan rica. ¿Qué tal un suministro de por vida de gratitud eterna, utensilios de cocina gratis y pulidor de sartenes?

Sienna se rio entre dientes, alejándose. —Aceptaré la gratitud. Nada de paneles holográficos, ni anuncios de televisión, ni anuncios en BestiaNed. Si esa sartén explota algún día, no quiero que la gente me eche la culpa. —Nunca había oído hablar de una sartén hecha de hierro de meteorito.

—Trato hecho —gritó la vendedora.

A su lado, Geo murmuró: —¿Sabes que definitivamente lo publicará en BestiaNed, verdad?

Sienna asintió. —La gente de aquí hace lo que quiere.

—La próxima vez, no daremos tu paseo por el centro comercial —añadió él.

—¿Por qué? —preguntó Sienna con una sonrisa—. Estoy disfrutando de esto. Además, tener reputación como la mujer que luchó contra hombres bestia con una sartén es mejor que mi antigua reputación. Creo que debería empezar mi propia marca de utensilios de cocina. ¿Tú qué crees?

Geo se puso las manos a la espalda. —La idea no es mala. Por supuesto, tienes que empezar con una sartén, que es por lo que se te conoce. Luego, puedes introducir cuchillos.

Ella frunció el ceño. —¿Por qué cuchillos?

Con una voz que gritaba «negocios», respondió: —Empuñas la sartén para la batalla, una hoja es otra arma que te viene como anillo al dedo. Después de la hoja, introducimos tenedores y cucharas. Puede que necesites golpear a alguien con todas esas cosas para atraer la atención y las ventas.

Ella se rio con picardía. —¿No tenemos un saco de boxeo real para eso? Invitaré a Sting. La gente asociará mis utensilios de cocina con la realeza y la victoria en las batallas.

A Geo le sorprendió oír lo hábilmente maquinadora que era. Quizá tenían más en común de lo que la pareja dejaba ver.

Mientras tanto, a sus espaldas, la vendedora de sartenes estaba esbozando diseños para el primer calendario interestelar de utensilios de cocina: Sienna y el hombre bestia dragón. Ella era la heroína y él era el villano.

***

Tan pronto como regresó a casa, Ali se lanzó a sus brazos. —Mamá, ¿adónde fuiste sin mí?

—A dar un paseo para perder unos kilos —respondió Sienna con una sonrisa cansada pero maternal, levantando a la niña en el aire—. Pero parece que los he recuperado todos en forma de una pequeña zorrita que cada día está más regordeta.

Ali soltó una risita adorable.

—¿Qué has estado haciendo esta mañana? ¿Aparte de olfatear la cocina en busca de comida? —le preguntó a su hija.

Ali torció los labios. —Mmm, me comí un pastelito pequeño. —Hizo un gesto con las manos para mostrar un tamaño que decididamente no era pequeño—. Era de limón, lo hizo la abuela Byra. Le puso mucha miel y plátanos… —entonces, abriendo mucho los ojos, susurró—. ¡Los amarillos!

Sienna se rio. Aparte de ella, y de algunos hombres bestia mono, al parecer, no mucha gente comía plátanos en este mundo. Ni siquiera a Ali le gustaba el sabor. —¿Estuvo bueno?

Ali asintió. —Guardé un poco para ti y para papá.

La señora Miller se acercó con un resoplido. —Era el pastel de dieta de tu mamá y te lo adjudicaste. ¿Cómo puedes guardarle un poco si era suyo? —Le pellizcó la nariz a la pequeña—. Pequeña glotona.

Ali hizo un puchero. —Mamá, la abuela Miller se metió conmigo —se quejó.

Sienna puso los ojos en blanco. —Vamos, mi pequeña comilona. Espera a que mamá desayune y luego podremos ir a empezar a plantar fresas.

Cuando se sentó a la mesa para comer, estaba sola. Su hija había salido corriendo a jugar con la abuela que, según ella, acababa de meterse con ella. Mientras Sienna disfrutaba de avena remojada con plátanos, frutos secos y miel, recordó algo importante: el sistema la había recompensado por completar la última misión y nunca lo había comprobado.

Agitó la mano y una caja cayó sobre la mesa. Dentro había una colección de regalos cuidadosamente ordenados, claramente hechos para complacer a mascotas juguetonas.

Sienna los fue sacando, uno por uno. El primero era un juguete chirriante con forma de estrella que brillaba débilmente en la oscuridad. «Ya sé quién va a reclamar esto». Ali se apoderaría de él en cuanto lo viera.

Pero podría usarse para tentar a Elias a que fuera a buscarlo, así que decidió esconderlo por el momento.

Luego vino el cubo rompecabezas que dispensaba golosinas al resolverlo. Sienna se rio, imaginando a sus tres zorros mirándolo como si fuera un estratega rival. Ali se esforzaría porque era una comilona. Eli jugaría con él para demostrar que podía ganar el juego. Elias lo hurgaría por curiosidad. El último era una cometa. La desplegaría fuera para ver qué era realmente.

El siguiente compartimento era más grande y tenía aperitivos. Barritas nutritivas, tiras de fruta deshidratada y paquetes de cecina. Probó una tira de fruta deshidratada y asintió con aprobación. —Sano y no aburrido.

En el fondo de la caja había paquetes de semillas de colores vivos. Esa parte sí que fue inesperada. El sistema no solo se ocupaba de las mascotas, parecía que también satisfacía sus necesidades. Cada paquete de semillas venía con un manual. Había judías para germinar que prometían un crecimiento rápido, coles rojas de hoja que eran resistentes a las mascotas y fresas, como si el sistema supiera que planeaba plantarlas.

Sienna sonrió. —Estas de crecimiento rápido probablemente serán mejores que las semillas que compré en el mercado. —Terminó su desayuno, se puso un vestido viejo y corrió al patio trasero, que los trabajadores habían preparado para la siembra.

Luego, acordonó una sección donde plantaría las semillas del sistema. Sienna se arrodilló en el jardín, hundiendo con cuidado las semillas especiales en la tierra. A su lado, Ali saltaba con picardía, cavando en la tierra con las manos y echándola a un lado.

Eli observaba con desaprobación, como un diminuto señor supervisando a sus sirvientes que no estaban haciendo un buen trabajo.

Terrones de tierra cayeron en el pelo de Sienna y ella suspiró. —Ali, cariño, no estamos jugando a ese juego. —Se quitó la tierra del pelo.

Mientras tanto, al otro lado del patio, los trabajadores se alineaban bajo la atenta mirada del abuelo Corven, plantando hileras de semillas ordinarias con precisión militar. El abuelo Corven ladraba instrucciones como un comandante, asegurándose de que cada surco estuviera recto.

Eli asintió a su bisabuelo con aprobación. Cuando miró lo que hacían su madre y su hermana, sonrió con ironía. A esas dos hembras también les hacía falta que el abuelo Corven les ladrara.

Las hileras torcidas de Ali destacaban como una risa en medio de la disciplina.

Pero tres horas más tarde, el trabajo estaba hecho, tanto el torcido como el recto. Y Sienna tenía una visita real poco amistosa en la puerta de su casa que había venido a buscar pelea para un segundo asalto.

Esa risa pícara que Geo había oído en el centro comercial regresó, y esta vez, era aún más pícara. Hasta Eli tenía miedo.

Todos los guardias se pusieron nerviosos cuando Sienna les dijo que dejaran entrar a la princesa en el recinto. El trío de las mayores, la abuela Byra, la señora Miller y la señora Abernathy, ya estaban temblando. Después de cómo habían tratado a la princesa la última vez que pasó por aquí, esta, definitivamente, no era una visita amistosa.

—Sienna, quizá deberías entrar en la casa —sugirió su madre.

—Y deberíamos cerrar bien las ventanas —dijo la abuela Byra.

Soren llegó corriendo, gritando el nombre de Sienna. —Hermana, hermana, quiere la abeja reina.

Sienna enarcó una ceja. —¿Mi abeja reina? ¿Te refieres a mi Trueno de Miel…, la que produce la miel que me da fuerza y alegría?

Soren asintió. —Dice que le pertenece por derecho real.

Sienna sonrió con ironía. —¿Derecho real? Más bien robo real. Salió del patio, con cuidado de no pisotear las semillas que había plantado.

Momentos después, la Princesa Evira irrumpió en el patio delantero con su séquito de guardias excesivamente ataviados. Su número era el doble que el del día anterior. La joven de dieciséis años iba envuelta en una armadura de batalla tan brillante que podría cegar a un cometa. Llevaba la barbilla en un ángulo que sugería que había practicado el desdén frente al espejo.

Evira hizo un gesto displicente con la mano. —Veo que hoy has salido a recibirme. Lo apruebo —declaró, con la voz rebosante de arrogancia—. Ahora no perdamos el tiempo, he vuelto para reclamar lo que es mío. Entrégame la abeja reina.

Sienna se cruzó de brazos. —Princesa, debe de estar sonámbula. De lo contrario, ¿cómo puede venir tan campante a exigirme mi abeja? ¿La abeja que solo me obedece a mí? ¿La que pica cuando se lo ordeno? ¿La que arriesgué mi vida para traer de vuelta?

La princesa resopló. —Es un pariente real. Su lugar está en el palacio, no en tu… rústica colmena.

Sienna ladeó la cabeza, fingiendo pensar. —¿Rústica? Qué curioso, personalmente creo que es funcional. Sabes lo que significa la palabra «funcional», ¿verdad?

La princesa se erizó. —Te burlas de mí.

Sienna sonrió con dulzura. —En absoluto. Admiro tu confianza. Hay que tener mucho valor para exigir una abeja cuando no has plantado ni una flor en tu vida.

Los guardias de Evira se movieron, incómodos. Sonaba como si Sienna estuviera lanzando amenazas. Evira pataleó. —¡Se lo diré a mi hermano y haré que te arrepientas de esta insolencia!

Sienna se acercó a la adolescente y, bajando la voz hasta convertirla en un susurro conspirador, dijo: —¿Dime, princesita mocosa…, sabes siquiera cuál es el papel de una abeja reina en una colmena?

La chica titubeó. —Es la reina, así que hace cosas de reina. ¿No es gobernar?

Sienna se rio entre dientes. —Casi. Trabaja. Constantemente. Pone huevos, mantiene el orden, asegura la supervivencia. Ser reina no es solo sentarse en un trono y darles paseos a las niñitas. Si crees que miento, adelante. Haz lo que quieras. Pero te lo advierto: las abejas no se inclinan ante los hombres bestia ni ante la realeza.

La princesa se puso roja como un tomate. —¿Cómo te atreves…?

Sienna la interrumpió con una sonrisa ladina. —Me atrevo a todo. Y te aviso, Trueno de Miel no tiene muy buen carácter. Si te la llevas, el enjambre la seguirá.

Como si fuera una señal, Trueno de Miel zumbó desde su colmena, un sonido que dominó el espacio aéreo sobre ellos. La Princesa Evira chilló, tropezando hacia atrás. Sus guardias intentaron hacerse los valientes, pero el sonido los asustó. El veneno de la abeja reina podía matar, incluso al hombre bestia más fuerte.

—Princesa, quizá deberíamos irnos —sugirió uno.

Sienna alzó la voz lo suficiente para que la multitud la oyera. —Cuidado, Princesa. A las abejas no les importan los títulos. Les importa el respeto, y usted no me ha mostrado ninguno, así que la abeja reina va a descargar su ira sobre usted. Un poco de veneno la dejará fea para el resto de su vida.

La Princesa Evira jadeó, con los ojos desorbitados por el horror. Se cubrió la cara con las manos, se dio la vuelta y huyó. Las lágrimas surcaban sus mejillas y sus estandartes de batalla ondeaban en su retirada. Detrás de ella, el enjambre se abalanzó, persiguiendo a la princesa y a sus guardias por el camino en una caótica procesión de zumbante justicia.

La señora Abernathy se acercó a Sienna y se cruzó de brazos. —¿Por qué tienes que convertirla en tu enemiga?

—¿Quieres decir que debería haberle permitido llevarse a mi abeja reina? —preguntó Sienna con brusquedad.

La institutriz frunció los labios. —No es eso lo que quiero decir. Solo creo que había otras formas de haber manejado la situación. Créeme, esta no será la última vez que oigamos hablar de la Princesa Evira.

Sienna resopló con desdén. —Es una niña a la que solo unos pocos se han atrevido a decirle que no. Como Eli, lo que necesita es aprender buenos modales. Si hubiera venido y hubiera pedido amablemente un paseo, le habría pedido a Trueno de Miel que se lo diera. Pero en lugar de eso, vino con exigencias, actuando como si le debiera algo…

JA, JA, JA… La sonora carcajada de Soren interrumpió a Sienna. —¿Habéis oído lo que ha dicho? ¿Ha llamado a Trueno de Miel un pariente real? ¿Desde cuándo están emparentadas las abejas y los hombres bestia león?

Alguien se rio entre dientes.

La abuela Byra agitó las manos. —Vale, se acabó el espectáculo. Todos tenemos trabajo que hacer, así que, dispersaos.

Los sirvientes y los guardias se fueron, pero Geo no. Se acercó por detrás de Sienna y dijo con una sonrisa burlona: —Esta vez ni siquiera has lanzado nada.

Sienna sonrió con ironía. —¿Por qué iba a mover un dedo para lidiar con una chica de dieciséis años? De hecho, si la historia sobre nuestra disputa se hace pública, me pintarán a mí como la abusona. Imaginé que las abejas hablarían por sí solas, ya que venía a por ellas. Trueno de Miel es mejor que yo para la mofa. La abeja reina se había negado a dar un paseo al Rey y a la Reina bestia. ¿Cómo iba a doblegarse ante una princesa?

Trueno de Miel se acercó y aterrizó junto a Sienna. Ella acarició suavemente las alas de la abeja. —Bien hecho, Su Majestad —susurró—. Ha defendido su independencia y su trono sin una sola picadura.

La abeja zumbó en respuesta, como enorgulleciéndose de haber ordenado a su enjambre que pusiera en fuga a un grupo de invasores.

Y en algún lugar de la playa, la tía Numia estaba a punto de aprender por las malas que convertirse en pariente de la realeza era mucho más difícil que una princesa exigiendo una abeja.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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