Transmigrando en la antiguedad. - Capítulo 44
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44: Capitulo 44: Descanso 44: Capitulo 44: Descanso El lugar al que habían llegado era una pequeña cueva alojada en una montaña mediana.
La cueva, o más bien grieta, era de un tamaño muy pequeño, apenas suficiente para que dos niños como ellos pudieran apretujarse en el interior.
Las paredes eran de tierra, y Monarca temía que en cualquier momento pudiera derrumbarse sobre ambos; sin embargo, no tenían otra opción.
El exterior era peligroso, y acababan de escapar de un grupo de desgraciados salvajes: solo podían buscar un lugar lo más seguro posible.
La entrada de la cueva, que no era superior a los dos metros, estaba cubierta con dos ramas de árbol largas y tapeada con barro y heno, sirviendo para mantenerlos calientes durante la noche.
Guiados por Leona, ambos llegaron al frente de su cueva justo cuando dejaron caer al jabalí sobre un trozo de pasto amarillento.
En el momento en que soltaron su presa, los dos cayeron al suelo, completamente exhaustos.
Monarca se golpeó los muslos, sintiendo que estaban hinchados y rígidos.
Por suerte, mantenerse en una caminata constante había mantenido su calor corporal, y ahora el sudor que tenía cuando cazó al jabalí había desaparecido.
*Bendito cuero no absorbente…* Dijo Monarca, frotándose el hombro.
Ante su voz, Leona lo miró de reojo.
La cicatriz en su mejilla fue iluminada por el sol, dándole una apariencia algo feroz.
Monarca negó con la cabeza, dando a entender que no le hablaba a ella.
La joven salvaje dejó de mirarlo, cerrando los ojos para descansar.
Monarca suspiró.
Desde que habían sido expulsados del valle hacía una semana, su nivel en la jerarquía de la manada había caído al segundo lugar.
Tal vez, dentro de la cueva y en un lugar estático, sus ideas y capacidad de creación le habían permitido tomar la iniciativa, y Leona solo pudo seguirle el ejemplo.
Pero ahora, volviendo al método antiguo de ser nómadas, Monarca, quien fue una vez un amante del sedentarismo excesivo, solo podía quedar relegado a la parte trasera del grupo.
Claro, podía caminar, tenía buena puntería y se recuperaba rápido; sin embargo, su capacidad de orientación, rastreo y vigilancia no era comparable a la de alguien como Leona.
Por esa razón, solo podía suspirar y aceptar que ahora era prácticamente el seguidor de la joven salvaje.
Por otro lado, Leona se tomaba su posición de alfa muy en serio.
Aunque aún confiaba en las habilidades de Monarca y por alguna razón parecía respetarlo, ella seguía instándolo a trabajar duro en todas partes.
En ese momento, Leona se levantó y comenzó a tratar con el jabalí.
Monarca también se levantó, tomando los palos de su lanza.
Como alguien joven y de cuerpo pequeño, solo podía utilizar la ayuda de algunos artículos para ejercer mayor poder de ataque.
En este caso, usaba la lanza con palanca.
Era una suerte que su puntería con onda o lanza fuera potenciada gracias a la voluntad humana; después de bastante práctica había logrado una competencia aceptable.
Después de tomar las lanzas cortas, las limpió de las manchas de sangre y piel adheridas entre sus partes ásperas.
Para ese momento, Leona ya había comenzado a tratar el jabalí.
Monarca se acercó para ver si la piel podría servir de algo, pero solo pudo suspirar.
La piel tenía un corte largo por la zona del muslo, dos grandes orificios en la espalda y estaba raspada por muchas partes.
Aparte, el tamaño del jabalí era pequeño; apenas serviría para hacer una mochila o un bolso no muy grande, dejando de lado las zonas rotas.
Como no tenía mucho uso, Monarca decidió aprovechar el espacio no dañado y hacer guantes o algo similar.
Con ayuda de Leona, cortaron primero una pierna gruesa del jabalí.
En una esquina de la pared tenían una pequeña fogata hecha con brasas remanentes.
Monarca se adelantó para encender el fuego y, en poco tiempo, las llamas ardieron.
Tras agregar madera y con la pierna del cerdo aún cubierta de pelo, Monarca simplemente ató la pezuña a un palo y, con la ayuda del fuego, quemó el pelaje.
De pronto, la pierna ardió como una antorcha y el olor acre del pelo quemado llenó el lugar.
A Monarca no le importó mientras esperaba que el pelaje se chamuscara.
Con el paso del tiempo, quedó solo un músculo cubierto de ceniza caliente.
Monarca retiró la pata del fuego con ayuda del palo y, junto a Leona, retiraron la piel quemada poco a poco.
La piel se arrojó a un lado, y esta vez volvieron a meter la carne al fuego, aunque con más cuidado.
Ataron un palo largo a los extremos de la pata y comenzaron a darle vueltas lentamente.
Por otro lado, en una olla pequeña dejaron caer el corazón del jabalí, ya lavado, junto con algunas verduras silvestres para hervirlo.
Monarca se acuclilló cerca de la fogata, teniendo que girar la pata mientras Leona metía el resto del cerdo dentro de la cueva para tratarlo más tarde.
El olor del cerdo asado llegó a ambos lentamente, y sus estómagos rugieron.
Llevaban un par de días sin probar carne.
Para dos jóvenes en crecimiento, aquello era una tortura.
Leona finalmente regresó arrastrando la soga de lianas con la que habían atado al jabalí.
De la misma forma que Monarca le había enseñado, desató la cuerda trenzada, que se había descompuesto en el camino, y volvió a trenzarla, ahora más apretada que antes.
Monarca tomó el otro extremo de la cuerda y la mantuvo tensa.
Ambos guardaron silencio, atentos a los alrededores.
Con el olor de la carne asada, Leona comenzó a tragar saliva y Monarca tenía el estómago rugiendo, pero ambos se mantuvieron alertas.
En ese momento, los ojos de Monarca —uno azul y otro dorado— brillaron con un tono amarillento.
Su visión se volvió completamente azul, y un rango de cincuenta metros a su alrededor quedó claro ante él.
Leona estaba teñida de amarillo; las huellas de sus pasos brillaban en el suelo, y no muy lejos —quizá a cuarenta metros— una mancha rojiza parecía ocultarse entre los arbustos.
La visión volvió rápido a la normalidad, haciéndolo respirar agitado.
Su brazo se tambaleó por girar la pata, pero tras un rato se acostumbró.
Leona lo notó enseguida.
Con calma, enrolló la cuerda, la atascó en una piedra, tomó su onda y sacó una roca.
Monarca miró hacia donde había visto la presencia roja, y Leona asintió.
La chica se levantó, ajustó su onda y comenzó a girarla.
El sonido del viento rompiéndose retumbó cuando Leona lanzó hacia la zona.
Con un latigazo, la roca golpeó de lleno un tronco lejano.
Monarca la miró con ojos apagados.
La pose de Leona era genial… pero había dado a unos veinte metros del objetivo.
Por suerte, para su visitante no parecía necesario un segundo aviso: un gruñido felino se escuchó y la presencia se retiró rápidamente.
Leona lanzó otra roca por si acaso, pero era obvio que la criatura ya se había ido.
Monarca activó nuevamente su vista de águila y no detectó nada.
Con un suspiro, se recargó contra la pared, sintiéndose exhausto.
Leona confirmó que ya no había nada alrededor y, satisfecha, retomó su trabajo.
Monarca también continuó.
No estaban sorprendidos; no sabían cuántas veces habían tenido que hacer eso en la última semana.
Los alrededores eran peligrosos, pero solo para presas fáciles.
En esa corta temporada de calor, las presas abundaban.
Los depredadores, llenos, no tenían muchas ganas de cazar presas que podían defenderse.
Por eso, hacer ruido, blandir fuego o lanzar una roca era suficiente para ahuyentarlos.
Cuando Monarca sintió que su brazo estaba a punto de caerse, finalmente era momento de comer.
Ambos se acuclillaron en la entrada de la cueva, repartieron la sopa simple con el corazón hervido y comieron la carne como si fuera el manjar más grande del mundo.
Sin sal ni pimienta, solo carne grasosa… aun así, sus cuerpos se sintieron increíblemente satisfechos.
Ambos devoraron una pierna entera en una sola sentada.
Después de comer llegó el descanso.
Leona metió la cuerda rehecha en la cueva, y Monarca comenzó a borrar rastros: enterró la sangre y cubrió las brasas con una roca para protegerlas del agua y del viento.
Entraron a la cueva, se apoyaron en las paredes, inhalaron el olor a tierra y se envolvieron con restos de pieles viejas para relajarse sin dormir.
Mientras sus cuerpos digerían la comida, Monarca levantó su mano.
Leona puso la suya encima, sin preguntar.
Él activó su mano de Midas, ayudando a que sus cuerpos digirieran mejor.
Un momento después separó su mano.
El proceso fue suave; si lo intentaba con fuerza quedaría exhausto, pero a largo plazo, quizá en una semana, un mes o un año, tendría un poder increíble.
Luego trabajó en sí mismo y, sintiéndose somnoliento, tomó de su bolsa su raíz de papa-zanahoria.
Usó el último rastro de energía para mejorarla una vez más, y finalmente cerró los ojos, en un estado entre sueño y vigilia.
Este había sido su estado durante los últimos días, esperando que pronto pudiera dejar esa alerta constante y descansar de verdad.
Como fuese, solo podía mantenerse así.
Sin saberlo, su mente se volvió borrosa y la oscuridad lo envolvió, apagando su cuerpo y mente, dejándolo abrazarse por el calor de las brasas cercanas y del cuerpo de la chica a su lado.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Antonio_Martines Votos y comentarios, Porfavor!
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