Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Transmigrando en la antiguedad. - Capítulo 47

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Transmigrando en la antiguedad.
  4. Capítulo 47 - 47 Capitulo 47 Comer
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

47: Capitulo 47: Comer 47: Capitulo 47: Comer El sol subió por el horizonte, iluminando el cielo cubierto de nubes blancas.

La vista de los cúmulos que parecían llenar el cielo, dejando ver entre sus grietas los rayos de luz matutina, era realmente pintoresca.

El viento frío agitó el cabello de Monarca, quien se paró en la cima de la colina donde se refugiaba con Leona.

Desde lo alto pudo ver más allá de lo que muchos árboles le permitirían avistar desde el suelo, y dejó que el paisaje se expandiera hacia el horizonte lejano.

La temporada de lluvias estaba a punto de comenzar.

No podían esperar más y necesitaban moverse; sin embargo, entre la precaución de Monarca y su estado mental de querer asentarse en un solo lugar, lo había retrasado por algún tiempo.

Tenía que admitirlo: aunque ahora realmente pareciera alguna especie de salvaje, solo llevaba en este mundo algunos meses.

Su corazón seguía estando en ese mundo anterior, con una cama acolchonada, calefacción, internet que solucionaba cualquier duda, información masiva que le hacía retumbar el cerebro e inteligencias artificiales que facilitaban cada tarea.

Pero era hora de moverse.

Al final de todo, tenía que tomar una decisión.

Entonces, estaba aquí.

Había decidido comenzar el viaje, aunque para eso primero debía saber hacia dónde dirigirse.

La zona que estaba viendo era cerca de la entrada del Gran Valle.

El río que serpenteaba desde este estaba conectado al gran río Madre en el este.

Este río Madre es un gran afluente que se conecta con cientos de pequeños ríos y riachuelos que parecen venas que suministran agua hacia todas partes de la tierra.

Cuando Enkha viajaba con la tribu de los Alas Grises, el anciano mencionaba que el río Madre era el punto central del mundo.

Claro, Monarca no creía esto, pero se podía entender la importancia de tal lugar.

Monarca no recordaba el tamaño exacto, pero era sin lugar a duda tan grande como alguno de los ríos más famosos de la Tierra, comparable al Nilo o el Amazonas.

Y ese río, desde lo alto de la colina, apenas era visible a lo lejos.

Monarca miró el lugar donde estaban, grabando la imagen e intentando hacer una especie de mapa en su cabeza.

Sacando un pedazo de piel vieja que tenía, la extendió en el suelo y con un trozo de carbón dibujó un mapa simple.

Estaban a unos kilómetros del Gran Valle.

Si seguían el río, tendrían que atravesar colinas y un bosque, el cual ya se había dicho antes que era realmente peligroso.

Sin embargo, no quería correr riesgos, por lo que pensó en rodear el bosque hacia una zona más alejada, contactar otro río y seguirlo… Monarca suspiró.

Esto era lo malo de no tener siquiera un catalejo.

Borró la opción de rodear el bosque: era simplemente irreal y tardado.

Talló líneas en el cuero y formó un boceto simple de lo que veía, aunque tuvo que pararse varias veces, volver a mirar a lo lejos y comparar datos una y otra vez.

A lo lejos estaba Leona.

Ella estaba sentada, vigilando con cuidado los alrededores.

De vez en cuando su mirada se posaba en Monarca, quien estaba en cuclillas tallando en un pedazo de piel.

Tenía el ceño fruncido, preguntándose qué estaba haciendo.

Sin embargo, ya era algo normal encontrarse con que él hacía cosas incomprensibles de vez en cuando, por lo que podía decirse que estaba acostumbrada.

Solo era molesto tener que seguirlo a todas partes, ya que ella no podía dejar de lado al hijo del fuego.

Suspirando, pateó algunas rocas pequeñas con sus sandalias simples.

La roca traqueteó, rodó y finalmente cayó por la ladera de la colina hasta el suelo, donde estaba su cueva.

Leona miró hacia lo lejos y, en ese momento, se detuvo y frunció el ceño.

En el horizonte, una nube negra extraña parecía moverse y agrandarse.

Monarca seguía tallando y buscando alguna forma de encontrar un camino seguro hacia el norte cuando, de pronto, escuchó a Leona gritar: —¡Enkha!

¡Monarca!

Monarca volteó a verla, con la mano ya puesta sobre su lanza.

Sin embargo, Leona estaba frente a él, retrocediendo.

Monarca esquivó la figura de Leona, mirando lo que la había asustado así.

Cuando lo miró, se sintió erizado por todas partes.

Una nube negra.

Un enjambre.

No, una *parvada* de cosas que parecían aves, volando a gran velocidad.

Monarca vio cómo una docena, a lo lejos, se zambullía hacia el bosque lejano y de pronto se alzaban con un animal cuadrúpedo entre todas.

El corazón de Monarca tembló.

Estaban tan lejos, pero incluso así podía notar sus rasgos desde tal distancia.

¿Cuánto medirían?

Tal vez dos metros de alto, o posiblemente tres, con envergaduras de ala a ala de más de cinco metros.

Monarca se sintió aturdido.

¿Realmente podían haber pájaros tan grandes en este mundo?

—Monarca… —Leona tomó su brazo, con las pupilas apretadas como un pequeño punto.

Él también la miró y, en un instante, ambos llegaron a una conclusión clara.

Correr.

Se dieron la vuelta y comenzaron a correr.

Su objetivo era la cueva.

Mientras escapaban, Monarca vio con el rabillo del ojo cómo desde el bosque detrás comenzaban a salir corriendo docenas de animales: jabalíes, felinos, aves, criaturas con cuernos.

Una estampida de animales que querían vivir.

Pero las aves gigantes eran más rápidas, bajando en grupos y tomando animales grandes entre varias.

Trabajaban en equipo: garras enormes, cuerpos de plumas grises, picos ganchudos y afilados.

Aves depredadoras sin duda.

Leona y Monarca bajaron la colina a toda prisa, escuchando cada vez más cerca los grasnidos.

Al llegar al suelo, entre tropiezos y adrenalina, el cielo comenzaba a llenarse de sombras veloces.

Él tomó la mano de Leona y siguió corriendo, pero en ese instante ambos parecían haber sido vistos y catalogados como presas.

Una de las aves en el cielo soltó un grasnido feroz, entre halcón y rebuzno, y se dejó caer en picada.

Monarca sintió un escalofrío.

No tuvo que pensarlo mucho para saber que los habían visto.

Apretó la lanza cuando sus ojos se iluminaron con un tono dorado.

El mundo se ralentizó suavemente.

Los alrededores se cubrieron con una capa azulada; Leona era un tono amarillo casi dorado, y sobre sus cabezas varias figuras de un rojo sangre parecían a punto de tocarlo.

Sintió la nitidez de sus garras: afiladas como puntas de lanza, capaces de atravesar piel y clavarse en huesos.

Los picos parecían guadañas de la muerte.

Monarca sintió la mirada de la parca por un segundo, y todo su cuerpo se impulsó hacia adelante.

Apretando la mano de Leona, saltó y los obligó a tirarse y rodar entre barro y rocas.

Dos aves pasaron volando, casi raspando sus cráneos con las garras.

Monarca se levantó del suelo, escupiendo barro y con dolor por todas partes, pero no podía detenerse.

Leona agitó la cabeza, aturdida.

Ambos miraron el cielo, ahora cubierto por estas aves gigantes.

Sus gritos eran aterradores, como arpías de mitología.

Estaban cerca de un árbol enorme.

Monarca se apoyó con Leona junto al tronco, ambos alertas.

Estaban cerca de su cueva.

Fue fortuna no haber ido muy lejos; entonces solo necesitarían correr entre los troncos y llegar a la cueva.

Fue una lástima no poder explicarle bien el plan a Leona.

—Cueva… techo… seguro… troncos —dijo en idioma nativo, mezclado y poco claro.

Leona frunció el ceño, pero asintió.

El cielo estaba cubierto.

Por alguna razón, no se fueron de inmediato.

Comenzaron a girar, creando un ojo de huracán con sus cuerpos.

Monarca tomó la mano de Leona y corrió cerca de los troncos, usando los doseles como cobertura.

En medio del camino, una ave más pequeña saltó hacia ellos.

Leona apretó la lanza y gritó, apuñalando hacia arriba.

Monarca hizo lo mismo.

El ave escapó, aunque no parecía herida.

Finalmente, llegaron cerca de su cueva.

Pero había un problema: entre ellos y la cueva, había casi 50 metros de zona abierta.

Monarca entendió por qué las aves habían detenido su ataque.

En el punto donde giraban, docenas —o cientos— de aves jóvenes salieron volando.

Les estaban enseñando a cazar.

Monarca maldijo.

Nunca había visto algo así.

Era su oportunidad: si bajaban las jóvenes, no enfrentarían a las adultas.

Pero maldijo de nuevo al ver que varias aves aún más grandes volaban alrededor y descendían con fuerza.

Vio cómo tres de estas levantaban lo que parecía ser un tigre sin rayas, de color marrón amarillento.

El tigre rugió, arañó y se retorció.

Una de las aves resultó herida, pero otra la reemplazó y los picos desgarraron al felino.

La escena de desmembramiento fue brutal.

Luego otras aves comieron y dejaron caer los huesos.

Desde los alrededores, varios animales grandes fueron levantados y devorados.

Lo más terrible fue ver a un oso de tamaño mediano ser levantado por cuatro aves y tirado al suelo.

Parecían deshacerse de las presas grandes para dejar las pequeñas a sus crías.

Y mirando esas presas, Leona y él entraban justo en esa categoría.

Tenían que moverse o terminarían como el tigre.

Volteó a ver a Leona.

Ambos intercambiaron una mirada clara.

A las tres.

Dos.

Uno.

Salieron corriendo a toda potencia.

Un grito cayó desde arriba.

Monarca no volteó.

Su vista de águila se encendió de nuevo.

Sentía que veía todo, pero el cansancio aumentaba.

Su mente giró a toda potencia cuando algo hizo *click*.

La visión azul se apagó.

Solo un segundo.

Pero vio la realidad: Dos aves enormes estaban encima de ellos.

Ya no llegarían a la cueva antes de ser atrapados.

La mente de Monarca se quedó en blanco.

Pero no podía quedarse así.

Sus piernas se hincharon de esfuerzo.

Sus dedos pisaron la tierra con toda su fuerza para desviarse.

El tiempo se ralentizó.

Entonces… Con un empujón tiró de Leona hacia abajo y se lanzó sobre ella.

Las dos aves pasaron justo a los lados, a centímetros, y ambos rodaron en el suelo.

Las aves perdieron sus objetivos y se descontrolaron unos segundos.

Monarca sentía que el mundo giraba.

El suelo estaba arriba y su cabeza aturdida.

Quería moverse, pero el mareo no lo dejaba.

Entonces una mano pequeña lo tomó del tobillo.

Leona lo arrastró con fuerza los últimos metros hacia la cueva.

—¡Graa!

Ella se impulsó con todas sus fuerzas, y finalmente ambos entraron.

Una arpía bajó queriendo atacarlos, pero la abertura era pequeña; solo pudo arañar.

Leona y Monarca apuñalaron con sus lanzas.

Las lanzas de dos metros eran más largas que las patas del ave; finalmente, ante el dolor, se alejó.

Ambos miraron cómo se perdía en el aire, jadeando y exhaustos.

Afuera, los gritos desagradables seguían.

El sonido de carne despedazada.

Animales que no querían morir.

Un festín salvaje se llevaba a cabo ahí afuera.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Antonio_Martines Voten y comenten!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo