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Transmigrando en la antiguedad. - Capítulo 50

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  4. Capítulo 50 - 50 Capitulo 50 Caminar no es tan facil
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50: Capitulo 50: Caminar no es tan facil.

50: Capitulo 50: Caminar no es tan facil.

La noche fue inesperadamente fría.

El viento húmedo llegaba desde el cielo y respiraban un aliento vaporoso.

Incluso ocultarse dentro de sus ropas apenas los mantenía con calor.

Monarca no se había dado cuenta de lo útil que era una simple cueva, incluso si esta era solo un pozo en una montaña; realmente era indispensable para su grupo.

Lástima que ahora solo podían juntarse e intentar no congelarse a la intemperie.

La noche fue dura, ambos casi queriendo fusionarse con el fuego para calentarse.

Claro, no podían hacer esto y solo pudieron pegarse y compartir el calor entre sí.

Cuando salió el sol por la mañana, ambos se sentían con las extremidades rígidas y el cuerpo adolorido por estar acostados en el suelo.

Monarca se levantó, aún temblando y con una ligera escarcha en el cabello.

Sacudiéndose, se preguntó si con la cantidad de calor que obligó a su cuerpo a producir por la noche habría bajado las calorías que acababa de ganar con su cena.

Suspiró, agachándose y haciendo calentamiento en el lugar.

Lo suficiente para hacer circular la sangre en su cuerpo, pero no lo suficiente para sudar.

Leona miró esto por un tiempo, pero Monarca lo pensó un momento y la instó a intentarlo.

Evidentemente no quería hacerlo, pero después de insistir varias veces, Leona finalmente hizo un calentamiento simple.

Ambos se pararon ante el brillo de la luz del sol, haciendo sentadillas en el lugar, luego saltos con las puntas de los pies y algunas lagartijas.

Cuando terminaron, Monarca se sentía excelente, con el cuerpo volviendo a ser ágil y ya no tan torpe.

Por otro lado, Leona no parecía sentir mucho, simplemente resoplando, como preguntándose por qué gastar energía de tal forma.

Al menos ambos parecían mucho mejor, recuperando las cosas dejadas atrás.

Desayunaron otra sopa silvestre y bebieron agua, casi gastando la que tenían en sus cantimploras.

Monarca buscó el trozo de brasas más grande y duradero, volviéndolo a meter en su pequeño bote transportador.

El resto fue cubierto con la tierra circundante, apagado y evitando incendios forestales.

Cuando todo estuvo listo, ambos volvieron a ajustar su dirección y comenzaron la caminata.

El tiempo avanzó lentamente.

Habían llegado a una zona de campo abierto, con el suelo cubierto de rocas y pozos dispersos.

No era un lugar adecuado para que un auto pasara, solo adecuado para algunos animales ágiles.

Por suerte, ambos no eran realmente torpes.

Aunque tenían que tener cuidado con varias grietas en el suelo y zonas donde podría esconderse alguna bestia grande, todo lo demás estuvo bien.

Monarca se subió encima de una roca grande, de unos 2 metros de alto, y miró a su alrededor como alguna especie de suricata.

Su vista de águila usada rápidamente le hizo notar que no había animales salvajes alrededor.

De hecho, este lugar era inesperadamente inhóspito, apenas con algunos insectos escabulléndose entre las rocas.

Después de comprobar que no había muros en la costa, continuaron avanzando, principalmente tomando un rumbo más o menos plano, aunque tenían que estar saltando por aquí y por allá algunas veces para poder cruzar rocas grandes.

Sinceramente, al principio fue divertido, pero más tarde fue cansado.

Los talones dolían, se sentían agotados.

Habían cruzado la mitad del recorrido que se suponía habrían logrado atravesar el día anterior en el bosque, y ni siquiera habían alcanzado la zona donde estaba la conexión con el gran río Madre.

Tras un largo tiempo, ambos finalmente llegaron a un punto medio donde pudieron descansar para comer.

Como se habían quedado casi sin agua, se dirigieron hacia el río.

Caminando entre las rocas, el sonido del agua chocando era bastante llamativo.

El río era una vertiente densa, con un ancho de unos 20 metros y una profundidad desconocida.

Solo sabían que no era muy seguro en tiempos de lluvia por sus desbordamientos y rápidos intensos.

Monarca recordó una escena del pasado de Enkha.

Normalmente, la tribu de alas grises cruzaba por una zona circundante, más corta pero peligrosa, ya que seguían a los caribúes y atravesaban el río a nado.

En una de las ocasiones en que el grupo viajaba, hubo una tormenta repentina.

Los caribúes grandes y fornidos cruzaban el río con tranquilidad; sin embargo, de pronto una ola gigante se alzó, llevándose alrededor de cinco grandes animales.

Estos desaparecieron; solo el agua pareció teñirse de rojo hasta que se desvaneció entre la corriente.

Monarca pensó: si la zona de tierra estaba tan llena de rocas, ¿cómo estaría el fondo del río?

¿Con más rocas afiladas y erosionadas por el tiempo?

Chocar contra ese lugar era como saltar a un río de navajas que te abrirían en pedazos.

Desde entonces, la tribu se aseguraba de cruzar solo cuando había buen tiempo, incluso si se alejaban de los caribúes.

Recordando esto, Monarca suspiró ante la fuerza de la madre naturaleza.

Caminando junto a Leona, ambos primero pincharon el agua con cuidado usando sus lanzas; al confirmar que no había ningún animal alrededor, se agacharon para llenar sus cantimploras.

Esta vez, sin madera a mano ni en las cercanías, solo podían dejar de lado el pensamiento de comer algo caliente y sentarse en una roca para recuperar fuerzas.

Mientras comían, Monarca decidió volver a dar clases de español.

Mirando a Leona, la instó a acercarse para estudiar.

—Vamos a estudiar.

Ante estas palabras, la expresión apática de Leona se congeló.

Al final, tras un rato de convencerla, aceptó de mala gana.

Entonces… Monarca tomó una piedra del suelo.

—¿Cómo se llama esto?

Leona miró la cosa, pensando un momento.

Pareció recordar el pasado, cuando un destello le llegó a la mente.

—Roca.

Monarca asintió.

—Sí, es una roca… Entonces, ¿qué es esto?

Dio una palmadita a la roca gigante donde estaban sentados.

Leona la miró, confundida.

—¿Roca?

Monarca asintió, pero luego negó con la cabeza.

Levantó la mano, haciendo un gesto pequeño con los dedos.

—Roca pequeña.

Luego apuntó a la roca donde estaban sentados.

—Roca grande.

—Pequeño, grande.

Roca pequeña, roca grande.

Monarca hizo que Leona repitiera las palabras por un tiempo, pareciendo hacerla entender el concepto.

Pero llegó un problema.

Ella apuntó a la roca en la mano de Monarca.

—Roca pequeña.

Luego apuntó a un guijarro adherido a la piedra y lo levantó.

—¿Qué es?

Ante sus palabras torpes, Monarca quedó sin palabras.

—Uh… Rascándose la cabeza, dijo: —¿Roca más pequeña?

Entonces, Leona apuntó a una roca más lejos, evidentemente más grande que aquella en la que estaban sentados.

—¿Qué es?

Monarca suspiró, notando la mirada astuta en los ojos de Leona.

—Roca más grande.

Muy grande.

De hecho, que no tuvieran lenguaje no hacía estúpidos a estos tipos.

Monarca aún recordó cuando acababan de llegar y esta chica astuta fue quien decidió repartir la comida por su cuenta en el grupo de dos inválidos… Leona continuó cambiando, tomando más opciones.

Monarca tuvo que ir dando nombres.

Roca diminuta, roca pequeña, roca mediana, roca grande, roca muy grande, roca enorme, roca gigante.

Solo cuando se quedó sin palabras y no podía decir “roca king size” o “roca plus ultra”, finalmente Leona lo dejó.

De esta forma, otra clase de español había terminado.

Ambos continuaron comiendo durante un rato más.

Sin ninguna cosa como frutos o raíces, ambos se sintieron algo insatisfechos, pero no se podía hacer nada.

Rellenaron sus cantimploras y continuaron adelante.

… Uno de los problemas de caminar entre tantas rocas era que la presión en los tobillos era mayor.

Monarca tuvo cuidado, sabiendo que si no tomaba precaución podría terminar con un esguince y torcerse el tobillo, por lo que fue especialmente cuidadoso, pinchando el suelo a menudo con su lanza.

En una de las ocasiones, saltó sobre una roca grande que parecía resistente, solo para que esta se tambaleara y lo hiciera tropezar sobre un montón de rocas puntiagudas.

Por suerte, Leona lo atrapó del cuello antes de que fuese demasiado tarde, salvándolo de una grande.

Como agradecimiento a Leona, le cantó una canción de dominio público.

—¡Ou!

Porque es un buen compañero, porque es un buen compañero… No le gustó, pero al menos expresó su gratitud.

En ese momento, ambos lograron cruzar una zona rocosa amplia cuando sintieron que el día estaba a punto de acabar.

Monarca se levantó de una roca, mirando alrededor.

Estaban más cerca del gran bosque y el río Madre, pero por esta noche tendrían que quedarse entre esas rocas.

Tras una búsqueda rápida, Monarca no encontró una roca sólida alrededor, pero sí una escena peculiar.

A lo lejos, se podía notar una zona cubierta con rocas rojas.

En un principio pensó que podría ser mineral de hierro o arenisca roja, pero tras verlo con cuidado solo sintió un escalofrío.

El lugar, cubierto de rocas densas, estaba bañado en lo que parecía ser sangre.

El olor era potente, con rastros de animales carroñeros habiendo llegado para tomar un sorbo.

Plumas marrones familiares estaban alrededor y huesos grandes estaban salpicados por todas partes.

Esta fue la escena que encontraron al acercarse un poco.

Parecía que realmente habían seguido bastante bien el rumbo de esas aves gigantes.

Ambos se pararon algo lejos; aunque no había muchas moscas en aquel lugar tan gélido, Monarca no quería enfermarse de algo como la peste en un mundo sin penicilina.

Solo lo vieron desde lejos, pero aun así el olor era potente.

Era un paisaje digno de pesadillas.

Pensó Monarca, viendo cómo a lo lejos parecían haber pequeños animalillos que roían los huesos y carne que no estaba totalmente podrida gracias a las bajas temperaturas.

Eran una especie de hurones, cubiertos con piel marrón grisácea y con cabezas particularmente grandes.

Eran sinceramente lindos, pero cuando abrían sus bocas, varias filas de dientes agudos se mostraban y mordían la carne restante como si fuese un manjar.

No parecían tan amigables tras ver eso.

En ese momento, Leona pareció ver algo, golpeándole el hombro.

—¿Qué pasa?

Monarca miró donde Leona había apuntado.

Al principio no logró ver mucho, solo un montón de esqueletos y sangre dispersa.

Sin embargo, de pronto encontró algo extraño.

—Humanos —dijo Leona, usando la palabra que él le había enseñado.

Ambos miraron una escena de pesadilla.

Entre un montón de esqueletos y trapos andrajosos, había docenas de restos pertenecientes a seres humanos.

Era fácil distinguirlos: los cráneos no eran suficientes, pero las lanzas medio rotas y las ropas de piel rasgadas eran sin duda reconocibles.

El silencio se hizo entre los dos.

Una imagen no pudo evitar aparecer en la cabeza de Monarca.

Si ellos no hubieran podido escapar al último momento de esos pájaros, ¿habrían terminado así?

Los dos no se acercaron, solo miraron desde lejos.

*suspiro* Monarca negó con la cabeza, sintiendo cada vez más que este mundo no era realmente amigable.

—Vámonos.

dijo esto, dándose media vuelta y planeando alejarse de tal lugar sangriento.

Sin embargo, antes de dar un paso atrás, Leona lo miró con sus grandes ojos felinos.

[Monarca.] Monarca se congeló en su lugar, mirándola confundido.

Leona apuntó a los cadáveres lejanos y luego apuntó hacia él.

[–||–||–||] Ella no habló el idioma español, sino el idioma tosco y antiguo.

Monarca tuvo que esforzarse para entender el significado.

[Aire, espíritu, alabanza.

Chamán tú.] Después de reformular las palabras varias veces, finalmente entendió lo que ella quería decir.

Con una ceja alzada, preguntó: [¿Tú quieres que rece para calmar sus espíritus?] Leona lo miró confundida; tampoco parecía entender tantas palabras nuevas, pero continuó diciendo: [Tú, hijo de fuego, chamán… –|||—||… calmar espíritus.] Su voz era firme, más seria de lo normal.

Evidentemente, lo decía en serio.

Monarca se quedó sin palabras, recordando que, de hecho, desde que se había obligado a quemar la mano usando Mano de Midas y no le pasó nada, parecía tener un aura nueva, más bendita… Mirando a Leona, Monarca se sintió algo confundido.

¿Esta chica lo tomaba realmente como alguna especie de chamán?

Pues parecía que sí.

Tras confirmarlo varias veces y no lograr irse, finalmente tuvo que quedarse en tal lugar, recordando furiosamente cuál era el procedimiento de un ritual funerario en este mundo.

Monarca se sentó en una roca, pensando furiosamente mientras Leona lo miraba con cuidado desde un lado.

Se seguía haciendo de noche, por lo que tenía que ser rápido.

Un Padre Nuestro rápido no sonaba tan bien… tampoco si lo convertía en un *Pater Noster* estilo latín… Después de pensarlo bastante, finalmente se decidió por algo familiar.

Monarca miró a su alrededor, buscando debajo de varias rocas y extrayendo las hierbas secas y musgo que crecían entre ellas.

Instó a Leona a que trabajara también, ya que ella era la de la idea.

Ante esto, ella no lo rechazó inesperadamente.

Tras un rato, se había juntado una pequeña pila de heno verde y amarillento.

Monarca no terminó ahí.

Buscó alrededor algo como comida… Puso su mirada rápidamente en aquellos animales roedores.

No eran muchos, pero eran visibles.

Tomando una roca del suelo, miró al que estuviera más alejado del grupo.

Entonces, con un sonido de latigazo en el aire, aquel animal murió de forma limpia.

Tras traerlo de vuelta, Monarca dejó que Leona lo despedazara.

—Recuerda usar una roca, no tu navaja— Dijo esto, a lo que Leona asintió y continuó el trabajo.

Finalmente tomó algunas ramas pequeñas de los alrededores; hizo varias pequeñas antorchas que se veían bien, pero no servirían ni para iluminar o calentarse mucho tiempo, y ya estuvo listo para el ritual.

Desde un lado, Leona miró tal escena con curiosidad.

Monarca se sentó frente a lo que parecía ser una especie de altar tosco.

Se basó en los altares del Día de Muertos.

Velas, comida, esqueletos y algo de decoración sangrienta en la roca.

En realidad, usó la sangre del roedor para pintar en la roca un sol tosco y lo que parecían ser esqueletos humanos.

Tampoco era un excelente pintor, por lo que ya era bastante bueno.

Monarca miró a Leona, parada detrás de él.

De pronto, sintió que esta podría ser una buena oportunidad para molestarla.

[Canta conmigo.] Dijo en voz alta, a lo que Leona, aunque no le gustaba cantar canciones raras, realmente aceptó hacerlo en esta ocasión.

Monarca recordó todas las canciones en su memoria, encontrándose con algunas adecuadas para el momento.

Solo tenía que empezar con una cosa.

Primero, miró el montón de heno medio seco que estaba frente a él.

Estiró su mano y decidió usar su Mano de Midas.

Al igual que en el pasado, intentó hacer que una roca decidiera su futuro, haciéndola parecer algo que guiaba la suerte; esta vez volvió a hacer algo similar.

“Que el fuego y el humo purifiquen los espíritus”, si es que había alguno… Monarca no se molestó siquiera en gastar mucha energía, solo lo suficiente por si acaso esos espíritus realmente existían y debían soltarse.

Tras terminar esto, sacó la botella de su espalda, donde estarían las brasas del fuego del día anterior.

Tomó algo de musgo y, tras soplarle, una llama cálida se encendió.

Rápidamente dejó que la pira de hierba suelta se encendiera y prendió las supuestas antorchas circundantes.

Para ese momento, la luz del sol ya se había apaciguado bastante, iluminando el lugar con un tono naranja.

Se encendieron las antorchas pequeñas, y el ritual ya estaba hecho.

Tomando las cenizas del bote de brasas, Monarca se talló las mejillas y comenzó a cantar.

Con una voz ronca, como un animal, parecía exhalar aire imitando el grito de un oso desde la garganta.

[El espíritu se va, alejándose está, guiado por la luz del sol.] El ritmo era suave y poderoso.

Al principio Monarca no estaba acostumbrado, ya que este tipo de canto necesita cierta técnica; sin embargo, fue una suerte que en su vida pasada hubiera practicado este tipo de canto budístico desde la garganta para, en algún momento, sentirse genial al cantar en alguna catedral o algo del estilo.

Aunque claro, el ritmo de la canción no tenía nada que ver con el budismo y más bien copió el tono de *Joice of the Colors*, mientras le cambiaba la letra.

En fin, ¿aquí quién se atrevería a demandarlo por derechos de autor?

[Yohoo, espíritus, caminen al más allá, todos unidos, paz y tranquilidad.] El humo creado al quemar musgo medio verdoso era bastante denso.

El lugar se llenó rápidamente con esto, haciendo que oliera bastante mal.

Las antorchas pequeñas ardían con una llama débil, quemándose rápidamente y dejando que los palillos traquetearan constantemente.

El viento frío sopló, esparciendo humo y brasas al aire.

Desde atrás de él, Leona parecía muy seria, intentando seguir el ritmo del canto de Monarca, aunque evidentemente no podía hacerlo.

Escucharla intentar crear ese mismo tono de voz fue tan gracioso que Monarca casi se echa a reír.

Sin embargo, pronto se puso serio, ya que el asunto de que humanos murieran tampoco era algo para burlarse.

Hacerle una broma simple a Leona era suficiente.

Después de todo, ella quería hacer tal ritual.

Monarca cerró sus ojos y se concentró en su canto.

Sinceramente, para que esto sonara mejor, sería de más utilidad si fuese un hombre adulto de voz grave.

Su voz era bastante infantil y, al no estar acostumbrado a carraspear su garganta, comenzaba a sentir dolor.

En fin, la broma a Leona le costó consecuencias.

A mitad del trabajo, echó al fuego la carne del animal roedor, haciendo que el lugar se llenara con aroma a comida y posteriormente a carne quemada.

Tuvo cuidado de no quemarse; su cabello era bastante inflamable y con tantas brasas volando era problemático.

Pero por suerte, esto no duró mucho.

Al final, no estaba quemando madera; el material se consumió rápido.

Entonces, con el último rayo de luz desde el horizonte, todo se volvió más oscuro, haciendo que el fuego pareciera brillar mucho más.

Monarca abrió los ojos, satisfecho con el ritual simple.

No esperaba tener que hacerlo algún día, pero sintió que tampoco estaba mal.

Volteando la cabeza, miró a Leona.

[¿Nos vamos?] Leona finalmente asintió, pareciendo satisfecha.

Tenían que buscar un lugar para quedarse y prender nuevo fuego, por lo que dejaron las cosas en el lugar y rápidamente se movieron.

Monarca suspiró, tallándose la ceniza de la cara.

Pensó que en el momento quedaba bien, pero ahora solo se sentía sucio.

Mientras se alejaba y tallaba la cara, varias brasas flotantes parecieron bajar del cielo al que habían sido alzadas, flotando a su alrededor.

Las miró por un momento, deteniéndose para observarlas.

Pero al seguirles la pista, estas ya se habían apagado y desvanecido en algún lugar.

[Hijo de fuego.] Habló Leona, mirándolo con cuidado.

Monarca levantó una ceja, confundido.

[¿Sí?] Leona solo lo miró con cuidado, luego volteó hacia atrás donde quedaba aquel sangriento campo de caza y finalmente siguió adelante.

[Vamos.] Dijo ella, dejando a Monarca confundido por todas partes.

[Oye, yo soy el que dice “vamos”.] Se quejó, dejando el asunto de lado y siguiendo adelante.

Aunque… En realidad, lo que Leona había visto fue un total de dieciocho pequeñas esferas de fuego aparecer de pronto alrededor de Monarca, rodeándolo y sumergiéndose en su cuerpo en un solo instante.

¿Tal vez eran los agradecimientos de esos espíritus?

Ella nunca había visto al chamán de los Alas Grises hacer tal acto… eso demostraba que Monarca era realmente el hijo del fuego.

Con el espíritu en alto, ella realmente se sintió más inspirada.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Antonio_Martines Votos y comentarios!

porfavor!!!

vamos comenten por lo menos un punto!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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