Transmigrando en la antiguedad. - Capítulo 68
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Capítulo 68: Capitulo 68: Tigre
Ambos entraron en un espacio oscuro y cubierto de un extraño olor a hierbas.
El suelo estaba cubierto de algo de paja, aunque era más la tierra seca en la zona.
El sonido de la lluvia traqueteando contra el techo y un leve sentimiento de frío.
Monarca no lo había notado antes, pero ahora solo se dio cuenta de cómo estaba construida la choza.
Eran varios palos largos que se amarraban con lianas, luego se ponían pieles sobre estas y se terminaba poniendo paja encima de todo, con algo de barro para pegar zonas importantes.
Cuando ambos entraron, rápido se dieron cuenta del tigre recostado en el suelo frente al humero.
Monarca entrecerró los ojos; el ojo del tigre que antes estaba abierto ahora estaba cerrado.
Desde su lado, sin ver el otro ojo apuñalado por Leona, parecía como si el tigre se hubiera quedado dormido.
Esto hizo que ambos sintieran como si la cosa pudiera despertar en cualquier momento y lanzarse sobre ellos.
El aura que emanaba, incluso muerto, era bastante aterradora.
Los colmillos largos sobresalientes de la boca y los músculos tensos emitían una presión extraña sobre ambos.
Monarca se preguntó cómo carajo había logrado asesinar tal criatura y había sobrevivido.
Este animal, ¿no sería el depredador natural de los humanos, verdad?
Es decir, cada animal tiene un depredador selecto.
Los antílopes, ñus y cebras tienen a los leones.
Los alces, caribúes y ciervos tienen a los lobos.
Las gallinas, conejos y ratones, a los zorros.
Podría seguir y seguir.
Recordó uno de esos documentales en la televisión donde los leopardos, cheetahs y jaguares cazaban simios.
Los chimpancés no eran muy diferentes a un humano, incluso solían ser más fuertes que un humano, pero aun así terminaban siendo devorados por esos felinos.
Mirando este animal, con el cuerpo estilizado y colmillos largos, siempre sentía que, si no era el depredador natural de los humanos, entonces no estaba muy lejos de eso.
Aunque ambos se detuvieron al ver al tigre, todavía caminaron hasta llegar frente a este.
Cuando se detuvieron, finalmente encontraron en el fondo más oscuro a la anciana Nat-Lana.
La anciana, sentada sobre un montón de hierbas y una piel de algún animal de pelaje blanco, los miró por un tiempo.
Ella cargaba su casco de cuervo, mientras que el bastón con forma de garra huesuda se posaba sobre su regazo.
Leona y Monarca se miraron, preguntándose si simplemente deberían tomar al tigre y largarse.
Sin embargo, era obvio que eso no funcionaría.
La mujer los miró desde lo oscuro de su casco y finalmente asintió.
Levantando una mano marchita, la señaló para que ambos se sentaran en su lugar.
Ambos lo aceptaron (no tenían otra opción).
Fue una suerte que el suelo estuviera seco, incluso si era simple tierra.
Con ambos en tal lugar, la voz de la mujer finalmente sonó:
—El espíritu del tigre se ha calmado.
Su voz era ronca, vieja y seca, como la de una anciana fumadora.
Monarca sintió que era normal; ante tanto humo revolviéndose en la pequeña carpa, sentía que estaba inhalando cincuenta cigarrillos de una vez.
La anciana no prestó atención a la incomodidad de las dos personas y continuó su conversación de forma lenta y constante, sin prisas.
—El tonayi emanado afecta la carne. Bestia que emana poder violento puede aumentar fuerza, pero puede afectar la cabeza. Las personas se vuelven animales y no despiertan.
La mujer abrió su manga, mostrando una cicatriz en su muñeca.
Esta cicatriz era rojo oscuro, con cuatro líneas verticales. Parecía haber sido cortada por un cuchillo afilado o causada por un zarpazo.
La anciana dijo:
—El tigre sigue con furia ante la muerte. Necesita apaciguarse e ir a la tierra, donde termina el sol.
Monarca ya sospechaba. Si la anciana les pedía que, para quitar la maldición del espíritu, tenían que buscar a otros dos amigos e introducirlos a la fe, se sentiría estafado. Incluso cobrar dinero era malo.
Por suerte, los conceptos de estafa piramidal aún no estaban de moda.
La anciana dijo:
—Rezaréis conmigo y purificaréis las energías del tigre, tomando su fuerza y llevando una voluntad fiera.
En pocas palabras:
¿Estaban haciendo un trato?
Algo como que el tigre los dejaría, a cambio ellos tenían que seguir la voluntad fiera del tigre.
Monarca dudó de si había algo extraño en este trato, pero finalmente, al pensarlo, aceptó.
—Está bien.
Leona también asintió, su expresión pareciendo más desinteresada.
Después de todo, ¿quién era más fiera que un tigre? ¡Leona!
La anciana Nat-Lana asintió, diciendo:
—Ahora, sigan mi música y tomen los amuletos. Canten ante el espíritu.
Un momento después, ambos, Leona y él, estaban frente al humero, con una mano estirada donde tenían puestos en las palmas abiertas los atrapasueños que habían usado la noche anterior.
Monarca no supo si sirvieron; es decir, ni siquiera soñaron nada. Aunque eso no significaba que estos no hubieran cumplido su función.
La anciana Nat-Lana asintió y entonces arrancó un mechón del pelo del tigre, lo mezcló en un plato y finalmente tomó los bigotes del tigre.
—Sigan mi canto.
La mujer soltó un ruido profundo desde la garganta.
El pecho era como el sonido de los esquimales, jadear un sonido desde el pecho hacia la garganta y usar vocales distintas.
—¡Juheh! ¡Juheh! ¡Juhah!
Leona y Monarca lo siguieron.
—¡Joahohi! ¡Gajoji! ¡Ga! ¡Ga! ¡Ga!
Monarca sintió que debía haber tomado más agua durante la mañana.
Continuaron los sonidos.
El trío resonó extrañamente en este lugar, incluso si no debería existir eco en una sala de pieles y paja.
El sonido de los traqueteos de la lluvia aumentó.
Sonaron como una cascada y el viento arreció.
Parecía que la lluvia solo se había detenido lo suficiente para que ellos se movieran un poco en el exterior, porque al entrar regresó, y a cántaros.
El interior se cubrió con humo.
La anciana Nat-Lana tomó el menjunje en el plato que combinaba pelo, hierbas, polvos y bigotes de tigre y lo lanzó al humero.
De pronto, una llama intensa se levantó y el humo salió a bocanadas.
Monarca pensó que debería haber apestado a pelo quemado, pero en realidad solo olía a humo de palo santo, bastante agradable.
Sin embargo, mientras continuaba el sonido, sintió la extrañeza en su entorno muy rápido.
De pronto, en el humo, juró ver el espíritu de un ser en cuatro patas.
(Genial, más droga en humo).
Maldijo cuando agachó la vista y se encontró con que el único ojo del tigre que estaba cerrado se había abierto.
La pupila afilada se fijó en él, causándole un escalofrío en todo el cuerpo.
Sacudió la cabeza, volviendo a ver al tigre, pero su pupila seguía cerrada.
Monarca maldijo el uso de drogas alucinógenas en su joven cuerpo.
Sin embargo, no notó que en el centro de las llamas ardientes pequeñas brasas flotantes que brillaban rodaron suavemente con el humo.
De hecho, nadie pareció notarlo, estando tan entremezcladas con el humo que fue invisible.
La anciana levantó las manos; sus ojos se pusieron en blanco mientras temblaba.
—¡Hah! TONAYIN ZTEPL! FENBUL TONALIC! ¡JUGAHA!
Entonces, desde el humo, una maldita sombra de tigre apareció.
El tigre saltó hacia el suelo.
Sus rasgos eran únicos, con cicatrices oscuras donde había sido dañado por Leona y él.
El tigre se posó sobre el suelo; sus pasos levantaron polvo como si su entidad fuese real.
La anciana lanzó un polvo que aumentó el humo.
De la nada, Monarca ni siquiera podía ver su nariz; sin embargo, no se estaba ahogando por el humo, sintiendo solo una brisa cálida ligera.
Leona, a su lado, estaba en un estado desconocido.
Monarca estaba confundido.
Intentaba mantener su mente racional todo el tiempo, pero se preguntaba: si una alucinación solía ser bastante aleatoria y afectaba la psique, entonces, ¿por qué su subconsciente atraía al tigre frente a él?
No era que le tuviera particularmente miedo. Si le temía a algo, eran esos lobos, aquel oso, esas arpías.
El tigre fue algo que le causó impresión y temía, pero no estaba en el top tres de sus miedos.
¿Habría sido control subliminal? Estaba frente al cadáver del tigre y pensó en esto de forma natural.
No, pero si comenzaba a pensar de tal forma, ¿no se habría roto la alucinación y pensaría en otras cosas? Entonces, ¿por qué?
Monarca miró frente a él.
Justo a una palma de su cara, había una gran cara de tigre hecha de humo denso.
El tigre lo miró fijamente: hostil, hambriento, despiadado, cazador, juguetón.
Una rabia inmensa que parecía emanar de su cuerpo, mirándolo como una simple presa.
Monarca lo miró con aturdimiento.
¿Esta cosa era real?
El tigre se acercó paso a paso, más cerca.
Escuchó el ronroneo típico de los gatos, sus pasos rompiendo la paja del suelo, el aliento caliente y apestoso a pescado y sangre.
Monarca sintió miedo.
Tener un perro furioso ladrándote en la calle es algo que te afecta; ahora, ¿un tigre? Incluso si no ladraba, la simple presencia eran docenas de perros juntos en uno solo.
Monarca respiró profundo; su mirada se posó en el único ojo del tigre.
Ambos se miraban, cada vez más cerca, hasta que:
—¡Ahora! ¡Arrójenlo!
Monarca reaccionó; su mano estirada soltó lo que tenía en ella.
El supuesto atrapasueños cayó, no sabía dónde.
Estaba seguro de que no caería en el fuego; es decir, estaba demasiado lejos y su acto torpe de soltarlo seguramente lo dejó caer al suelo.
Pero no fue así.
De pronto, desde su pecho llegó esa sensación cálida familiar.
El pánico que había sentido no hace mucho se calmó ligeramente.
Monarca parpadeó, dándose cuenta de que estaba realmente aterrado ahí.
Su voluntad no era suficientemente buena todavía.
Miró fijamente al tigre.
El silencio se hizo entre los dos.
Monarca pensó por un momento, cuando recordó la necesidad de este ritual.
El tigre abrió sus fauces; un rugido insonoro se formó en los alrededores. Monarca se estremeció, pero no se inmutó y se golpeó el pecho mientras hablaba:
—Oye, Toño, no te enojes, llevaré tu voluntad conmigo. Incluso si no creo del todo en esta alucinación, prometo que actuaré con la ferocidad de un tigre hasta el final, incluso si muero peleando como tú, lo haré.
Entonces la figura del tigre se congeló.
Cerró la boca, mirándolo un par de segundos.
Finalmente pareció haber un rastro de aceptación en el único ojo.
Entonces, el espíritu corrió y atravesó el cuerpo de Monarca.
Este sintió el calor del humo golpeándolo en el pecho.
Y despertó.
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