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Transmigrando en la antiguedad. - Capítulo 76

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Capítulo 76: Capitulo 76: Ritual

El gran ritual comenzó varias horas más tarde.

Fue realmente una lástima, puesto que, al mismo tiempo que el ritual comenzaba, Monarca fue empujado junto al grupo que estaba escapando.

Era medianoche. El cielo negro parecía querer tragarse cualquier rastro de calor, dejando caer aguanieve que solo causaba dolor en la piel y la nariz.

El cambio repentino de estación fue demasiado rápido y, en poco tiempo, las nubes simplemente llenaron el horizonte.

Desde lejos, Monarca logró ver solamente cómo la enorme pira de madera se prendía en un fuego ardiente.

Un fuego tan brillante que iluminó toda la gran planicie en la oscuridad, y los gritos de los guerreros que estaban a punto de empezar la pelea llegaban a sus oídos.

Cargando su mochila, cubierto con una piel gruesa en la espalda, Monarca miró el bosque de cabezas que los rodeaban.

El grupo de escape había comenzado la movilización justo antes de que se hiciera totalmente oscuro.

El plan era rodear la zona hasta el amanecer y, después, adentrarse en el bosque, caminando cerca de una gran montaña que era conocida por ser un camino más o menos seguro si se iba en grupos.

En ese momento, Monarca miró a Leona a su lado.

Se encontró con el par de ojos brillantes familiares debajo de una capucha hecha de cuero grueso y duro.

La piel de un lobo feroz que tenía pelaje gris servía como impermeable para mantenerla caliente.

En cambio, él tenía una piel anaranjado-marrón con tenues rayas oscuras.

La piel del tigre asesinado, antes de que Metla-na hubiera desaparecido del todo, llegó junto a Zetla-na. Estos tipos le agradecieron por la carne de tigre y dijeron que, gracias a este tónico, ahora se sentían tan poderosos como verdaderos tigres, por lo que el viejo hombre Morza utilizó todas las formas posibles para mantener lo mejor posible la piel de tigre.

Ahora Monarca la estaba cargando.

Tenía que admitirlo: aunque no se había logrado refinar la piel en un artículo de alto valor, toda la piel había sido retirada con exquisitez del cuerpo del tigre. La piel estaba tallada y casi no olía a sangre.

Monarca la recibió con gusto, siendo cubierto rápidamente por esta como una capa que lo ayudaría para su próximo viaje.

Después de esto, ayudó a ambos tipos un poco con un pequeño impulso de Mano de Midas; al menos esperaba que, si no morían apuñalados, no murieran de una infección o enfermedad.

Era todo lo que podía hacer.

Entonces se separó.

Bed-lana también se separó de ellos, ya que tendría que pelear.

Su hija fue dejada a una mujer fornida que parecía ser algo así como una matrona.

Esta mujer cargaba dos bebés en la espalda, así como estaba rodeada de algunos niños.

Esta mujer se llamaba Rod-Lana, una mujer con gran instinto materno y que parecía ser el sujeto de confianza para dejar los hijos de muchas personas.

Su trabajo era muy respetado y, por su robustez, debía ser bien remunerado.

Monarca suspiró, levantando el pliegue de su capucha improvisada de piel de tigre, mirando el fuego lejano que se volvía cada vez más pequeño.

Solo podía desear la mejor suerte a esas personas que apenas había conocido durante un par de días, pero que ya sentía como buenos amigos.

Leona y Fae, a su lado, hicieron lo mismo, pero pronto todos voltearon hacia adelante, caminando sin dudar.

En la base de la colina más alta, bajo la lluvia densa, los tres chamanes de las tribus más fuertes se unieron para cantar alrededor del fuego.

Debajo de ellos, un grupo de docenas de otros chamanes de otras tribus pequeñas cantaban ritos oscuros que alababan a la Madre Tierra, la Madre Bestia y el Gran Fuego del Cielo, esperando obtener sus regalos de fuerza como montañas, la valentía de las bestias y el calor ardiente del sol en sus cuerpos.

Los cantos agudos y graves eran repetidos por todos los individuos de abajo, un gran grupo de guerreros que estaban dispuestos a dar sus vidas.

Los cantos resonaron una y otra vez, las personas tomadas de las manos, rodeando el gran fuego que parecía querer ser apagado por el agua helada.

Normalmente, el fuego ni siquiera debería haber comenzado, pero, de alguna forma, se mantuvo, peleando de forma reñida contra la naturaleza y apenas sosteniéndose ante las ventiscas tempestuosas.

En ese momento, los tres chamanes —la vieja Nat-Lana, la anciana de la tribu Cuervos Blancos; el anciano Pájaro Rojo; y el anciano de la tribu Árbol— se pararon ante el fuego, cantando y arrojando polvos densos sobre las llamas, que impulsaban llamaradas que ardían con un humo espeso.

En las llamas parecieron arder personas, aves, perros y las plantas que crecían de la nada hasta marchitarse en cada oleada.

El brillo hizo incandecer las apariencias de cada miembro de la tribu que rodeaba la zona.

—¡Oh, espíritus antiguos que nos protegen, danos fuerza, otorga fuerza!—

gritó el viejo Pájaro Rojo, un anciano con sienes aún de mechones oscuros entre su mata de cabello blanco.

Con un ojo igualmente blanco, soltaba alaridos potentes con cada llamarada.

—¡Valientes guerreros, corazones de bestias gigantes y con el poder de las montañas! ¡Venzan contra las bestias gigantes y que sus lanzas atraviesen la defensa de cualquier enemigo!—

gritó la anciana Cuervo Blanco, con su cuerpo flacucho temblando con violencia.

—¡Que sus pies se planten firmes contra el suelo y no caigan ante las armas enemigas! ¡Que sean valientes y poderosos!—

terminó el viejo de la tribu Árbol, que golpeó una corteza de árbol dura contra el fuego y añadió un montón de polvos densos.

Estos polvos hicieron que el fuego se elevara como una explosión hacia el cielo.

Las tres figuras rodeaban el fuego, bailando y rodando.

—¡Espíritu, sangre, poder, fuerza, resistencia!—

Mientras tanto, los guerreros circundantes se movían lentamente, cantando bajo la lluvia, con voces potentes resonando en la oscuridad.

El espíritu de los guerreros se elevaba.

Mirando el fuego, se preparaban mentalmente para ir y no volver.

Sostenían sus lanzas de madera con las manos callosas y frías.

Entonces, las personas comenzaron a moverse en círculos.

Rodeando el gran fuego, giraron mientras continuaban sus cantos.

Eran empapados por agua combinada con hielo, pero sus cuerpos se sentían calientes.

Ante ellos, los ancianos chamanes rezaban a los ancestros por sus vidas. Los que pensaban que sus antepasados habían sido verdaderos guerreros se sentían cada vez más valientes en sus pechos.

El movimiento y la multitud elevaron la temperatura; parecían bailar lentamente en un gran círculo.

Entonces, en medio del ritual, algo ocurrió.

Sonó un trueno desde el cielo, tan potente que parecía como si las serpientes que nadaban entre las nubes quisieran asomarse y atacar la tierra.

De pronto, el fuego de debajo también explotó y una onda de calor rodeó toda la hoguera.

Las llamas ardientes se alzaron con gran energía, alcanzando casi el cielo.

Viendo esto, todos sintieron como si el cielo les hubiera respondido. Los chamanes estaban atónitos y, tras pensarlo, solo tuvieron este pensamiento:

Realmente eran bendecidos.

El fuego de pronto se tiñó de un color rojo, seguido de uno verde y, finalmente, un claro y brillante blanco.

Todos se detuvieron, estupefactos.

Por debajo, los gritos y alaridos resonaron.

Los chamanes miraron el fuego con ojos penetrantes cuando el viejo chamán Pájaro Rojo dijo:

—Colores como sangre, como árboles y como el hueso. ¿Son los ancestros de nuestras tribus los que nos bendicen?—

Cuando esta idea llegó ante todos, fue como una revelación.

El fuego se elevó con fuerza, el calor quemó las cejas de los más cercanos y parecía poder evaporar el hielo que caía, compitiendo contra el cielo.

No se supo de dónde, pero un grito como un alarido resonó desde la multitud.

De pronto fue otro, uno tercero y uno cuarto.

Gritos y alaridos. El ritual antes pacífico se volvió caótico y lleno de gritos de guerra.

Las personas miraron el fuego con esperanza y fanatismo.

Los ancestros realmente los bendecían.

No se sabía cómo, pero cada uno sintió como si una energía ardiente los llenara desde el pecho.

Una energía infinita que los hacía sentir tan fuertes como osos, ágiles como caribúes y feroces como tigres.

La confianza había alcanzado una nueva alza.

votos y comentarios, ¡perfavore!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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