Transmigrando en la antiguedad. - Capítulo 78
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Capítulo 78: Capitulo 78: Amanecer de sangre
Los cuervos blancos atravesaron como una flecha el campo de batalla.
En la parte delantera estaban los guerreros de las tribus pequeñas, con tres pilares de fuerza a izquierda y derecha, así como en el centro.
En el lado más oriental estaba el grupo de cuervos blancos, atacando como una punta de lanza y atravesando el grupo enemigo con valentía.
En el lado occidental estaba la tribu de aves rojas; ahí se escuchaban los ladridos y gritos de guerra de los guerreros, que eran acompañados por sus perros, pareciendo un mazo que machacaba todo a su paso sin detenerse y actuando como cortadora.
En el centro, del lado más septentrional, estaban los de la tribu Árbol, avanzando lenta y firmemente, pareciendo tener una especie de línea de batalla y protegiéndose con ayuda de las tribus aliadas del centro.
Finalmente, del lado más meridional, estaban los de la tribu de osos.
Era casi un sándwich de tres fuerzas: la alianza, los osos, así como los esclavos y las tribus de la alianza que chocaban en una batalla más feroz en el centro.
Bajo el torrencial lluvioso, realmente parecía como si toda la suciedad del mundo quisiera limpiarse; sin embargo, esta zona estaba manchada de un color rojo sangriento que no podía despintarse.
Tras un largo período de tiempo, finalmente la batalla se detuvo.
Bajo el viento poderoso que llegaba desde el norte, la tribu de osos se retiró lentamente.
En el campo de batalla, los gritos de victoria resonaron con gran pasión y los supervivientes se regocijaron.
Como si hubiera sido una señal, desde el horizonte un rayo de luz también se elevó de forma constante y los primeros rayos iluminaron las copas de los pinos más altos.
Empujadas por el viento, las nubes se recorrieron y la lluvia se volvió ligera.
En ese momento, Bed-Lana se recostó sobre el tronco de un árbol, jadeando sin parar; la mano le pesaba al punto de sentir que se caía de su cuerpo y su palma parecía fusionada con su maza, la cual había perdido la roca atada en su punta hace mucho tiempo.
Aun así, ella no pudo evitar sonreír.
Seguía viva.
Con la luz, pudo ver alrededor: un campo de batalla lleno de cadáveres.
Más de dos mil personas se unieron en ese lugar; casi una cuarta parte había caído.
La escena era espantosa.
Bed-Lana nunca había visto nada igual.
Era normal una pelea con pocas personas: dos tribus que luchan, luego una asesina a un par, vence al resto y se fusionan; nunca más de una docena de muertes.
Pero ahora el número excedió con creces lo que era una pelea real.
Ella se sentía exhausta, pero al menos aún podía sostenerse de pie.
Mirando alrededor, había personas arrodilladas o simplemente tiradas al suelo sin querer levantarse.
Todos estaban exhaustos, heridos, sangrantes, hambrientos y con frío.
Bed-Lana miró al horizonte, pareciendo pensar en la razón de tanta muerte.
Ella estaba cansada, pero notó un grupo que no lo parecía tanto.
Algo lejos, apenas cubiertos por la tribu de Árbol, estaban los guerreros que parecían bastante más relajados.
Ella frunció el ceño.
Esos tipos, aunque manchados de sangre y heridos, no parecían tan heridos como ellos o la tribu de aves rojas. Simplemente parecía que no se habían esforzado demasiado.
Bed-Lana frunció el ceño, pero decidió descansar primero antes de querer quejarse.
Para ese momento, sinceramente, ni siquiera quería hablar.
Miró a lo lejos a su marido, el líder cuervo blanco Rafla-Na, descansando al igual que ella.
Este estaba sentado en una gran roca, curando la herida sangrante que tenía en su pecho.
Bed-Lana miró la herida y rápido se levantó.
Miró a su alrededor en busca de un chamán, pero era obvio que en este lugar no habría nada como eso.
Ella se acercó a ayudarlo; el grupo de cuervos blancos también lo hizo y ella pronto ordenó que se unieran personas para beber agua y recuperarse.
Como no había chamanes, solo podían dejar que el líder limpiara la herida y rezara a los ancestros y a la Madre Tierra por ayuda.
Mientras su grupo se encargaba de esto, en una esquina los grupos de aves rojas también parecían estar exhaustos, aunque, a diferencia de las hambrientas aves rojas, tomaron a sus perros muertos y los despellejaron en el lugar, pronto destripándolos y convirtiéndolos en carne comestible.
En cuanto a los de las otras tribus, estos tenían sus propios objetivos, saqueando buenas pieles o reemplazando sus armas rotas por nuevas.
El líder también ordenó recolectar las pieles útiles y el reemplazo de armas para mantenerse seguros.
El grupo grande de personas se dispersó.
En una esquina, Zetla-Na miró al viejo que tenía a su lado.
[¿Estar bien?]
Ante su pregunta, el viejo Metla-Na se apoyó contra un tronco de árbol, jadeando un poco, sosteniendo a duras penas su cuerpo herido.
Sentado, movió su mano como si no pasara nada.
[Solo descanso un poco… herida con dolor.]
El viejo Metla-Na, con un bigote de morsa manchado de sangre, se había convertido en una bestia furiosa en la batalla, cargando con dos casi martillos en cada mano y convirtiéndose en una amoladora.
Sin embargo, su intrepidez le costó perder la defensa, siendo bastante herido cuando las rocas atadas en los palos se zafaron ante el golpeteo continuo. En ese momento había sido golpeado y apuñalado.
Fue una suerte que Zetla-Na pudiera llegar a tiempo para salvarlo, usando una lanza larga para separar a sus agresores.
Todavía, aun así, fue herido.
Metla-Na se recargó contra el árbol, jadeando un poco y con sudor corriendo por su frente.
Zetla-Na frunció el ceño, pensando que deberían buscar a la anciana cuervo blanco, pero ella se había quedado en la parte trasera tras el ritual; no podían hacer mucho aparte de esperar.
Zetla-Na le entregó un pedazo de piel medio seca al viejo Metla-Na para que al menos no se enfriara demasiado y luego se apartó en una esquina, continuando la recolección de ganancias de guerra.
Metla-Na se mantuvo en su lugar, descansando al igual que otros miembros de la tribu heridos.
Jadeando, se sintió algo mareado.
Cuando abrió su túnica, solo se pudo ver una mancha sangrienta que parecía comenzar a coagularse y volverse pegajosa.
Suspiró, rezando a sus ancestros para que le dieran fuerza para lograr vivir.
Se sentía bendecido; la imagen de la noche anterior, con el fuego milagroso, realmente hizo que sintiera una energía abrumadora rodeando sus brazos, que se movían como los cuernos de un mamut feroz.
Pero después de todo, no era un mamut y resultó herido.
Miró al cielo, que se despejaba lentamente.
Era tan azul y brillante, sin los rastros de lluvia que habían durado dos días enteros.
Con el gran fuego del cielo, se sintió cálido y ligeramente ardiente.
Tocando su cuerpo, realmente parecía un poco ardiente.
Miró alrededor, sintiendo que tal vez el fuego había llenado su cuerpo.
Sus pensamientos divagaron, manteniéndose meditabundo, cuando notó algo extraño.
Mirando hacia el cielo, pudo notar pequeños puntos negros lejanos que se movían lentamente.
¿Eran aves?
Se confundió; parecían muy lejanas, pero también parecía poder notar cómo aleteaban sus alas.
O su vista fallaba o esas aves eran muy grandes.
Mientras miraba el cielo, confundido, sintió una extraña premonición que le encogió el corazón.
Miró alrededor a ver si alguien más había notado la rareza.
Todos se mantenían recogiendo sus premios y no parecían prestar atención a nada.
Solamente notó una anormalidad.
La tribu de cuervos blancos y aves rojas levantaban la riqueza del suelo, pero la tribu del Árbol parecía haberse retirado hacia la parte trasera lentamente.
Miró hacia esas aves de nuevo, notándolas más cerca.
Sin dudarlo más, se levantó y gritó:
[¡Aves en el cielo!]
Ante su voz profunda, varias personas se confundieron por un segundo; todos voltearon a ver lo que pasaba.
Pero entonces sucedió.
La tribu del Árbol pareció alborotarse ante su grito; entonces ellos también gritaron.
Con una violencia repentina y la ferocidad que no habían mostrado en la batalla anterior, sacaron sus lanzas, mazas y arcos y gritaron en un grito de guerra feroz:
[¡Matar!]
Entonces Metla-Na miró cómo una mancha oscura atravesaba el espacio y sintió un dolor repentino en el pecho.
Se estampó contra el tronco del pino donde estaba recargado.
Con ojos bien abiertos, se tocó el pecho, el cual había sido empalado por una flecha.
Sosteniendo la rama con plumas en la cola, maldijo cuando se dio cuenta.
[¡Traición!]
Todo sucedió demasiado rápido.
La tribu de cuervos blancos y aves rojas, así como las otras tribus, estaban exhaustas; ellos pelearon en verdad, pero había un traidor que se había mantenido estable y en la retaguardia, sin cansarse tanto ni perder energía.
La tribu del Árbol se retiró mientras disparaban flechas y apuñalaban con lanzas.
¡Peaak!
Desde el horizonte también se escucharon los gritos de aves; no aves pequeñas, sino criaturas aterradoras que parecían la muerte misma con alas.
En ese mismo tiempo, también escucharon los gritos de guerra desde el sur; las figuras de guerreros osos parecían comenzar a mostrarse acercándose desde lejos.
Fue solo en ese momento que las dos tribus de aves rojas y cuervos blancos se dieron cuenta: habían sido emboscados.
[¡Únanse!]
La voz del líder cuervo blanco resonó como el rugido de un tigre furioso.
[¡Levanten las armas y luchen!]
Gritó otra voz feroz como el sabueso más terrible.
Furia ardiente y la traición hicieron temblar a todos.
Tiraron las cosas del suelo y tomaron sus armas de nuevo.
Desde el norte y el sur, así como del aire, la punta asesina de la lanza de la muerte se aferraba a todos ellos.
Metla-Na también se levantó; tomó dos mazas gruesas que tenía cerca.
Su bigote sangriento se erizó y, aunque su herida le ardió cuando se volvió a abrir, esto solo despertó su ferocidad.
[¡UOOOO!]
Desde el cielo finalmente se vieron: un pequeño grupo de aves gigantes, arpías del tamaño de personas, con garras afiladas y picos que podían destrozar cráneos de un picotazo.
Rodearon el cielo en círculos.
Monarca frunció el ceño cuando miró el cielo.
En el lugar, miró una pequeña ave ser atrapada repentinamente por algo similar a un águila calva, la cual bajó en un instante y luego se levantó.
Frunciendo el ceño, se preguntó por qué tal escena parecía hacerlo sentir incómodo.
Se tocó el pecho, donde se mantenía su peto.
Esto le hizo recordar a Bed-Lana; solo esperaba que el peto que le había dado de improviso antes de que se fuera le sirviera de algo.
A su lado, Leona se levantó de estar acostada junto a Fae, aún somnolienta tras el único par de horas que habían podido tener de sueño.
Ella se frotó un ojo, de pronto frunciendo el ceño y mirando a su alrededor.
Ella lo miró con dudas.
[¿Raro?]
Monarca asintió.
De hecho, también se sentía algo extraño, como si pareciera haber algo incómodo en el aire.
Estaban dentro de un pequeño bosque, contra una roca alta que los protegía del viento y parte de la lluvia en la madrugada tras detenerse a descansar.
Monarca abrió su vista de águila como de costumbre, cuando se congeló.
Mirando alrededor, parecían estar rodeados de color rojo.
Los músculos de sus mejillas temblaron cuando contuvo el grito de exclamación.
Leona notó su anormalidad, de pronto entrecerrando los ojos y alcanzando el bate de hueso que tenía a su lado.
Monarca respiró hondo y la miró.
Sus pupilas se habían apretado en un punto diminuto y el brillo dorado pareció dejar de emitirse, volviendo al tono dorado y azul cielo.
Mirando a su alrededor, dijo en voz baja:
—Despierta a Fae y a la mayor parte de personas que puedas…
Notando la mirada algo estupefacta de Leona, Monarca maldijo en su mente y volvió a hablar en el idioma antiguo:
[Despertar a personas, en silencio…]
Leona miró los gestos de Monarca cuando finalmente entendió que el asunto parecía peligroso, por lo que asintió y se acercó lentamente a Fae y a otras personas para despertarlas.
Monarca miró a su alrededor, de pronto pensando:
¿Parece que estamos jodidos?
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