Tres de corazones - Capítulo 3
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3: Capítulo 2 3: Capítulo 2 Si alguien de mi pasado me viera colaborando con la policía, lo consideración un hecho imposible, casi inimaginable, pero Evelina no era así… yo no quería ser más, había prometido cambiar.
Por ese motivo, cuando me quedé sola en un desierto y pasó un auto, me puse en medio de la carretera rogando que parara, para que no me atropellara.
Quien conducía era una mujer anciana quien se asustó y preocupó cuando vio que tenía aún mis manos atadas en una brida, le pedí que me llevara a la estación de policía, pensé en contarles todo lo que había ocurrido, aunque sabía que no haría mucho por descubrir quienes habían asaltado el banco, pero quería hacer algo diferente, además que eran mi única opción para volver a casa.
Cuando llegamos a la estación de policía más cercana, me pidieron que esperara y me llevaron a otras oficinas en el centro de la ciudad para que pudiera hablar con alguien, me pidieron que llamara a un familiar o amigo que pudiera ir a buscarme, pero lamentablemente no podía hacer eso, puesto que no tenía a quien llamar.
Me pasaron a una habitación, una sala de interrogatorios, famosas por tener un único espejo, ser completamente cerrada por una única puerta, con una mesa en la mitad del espacio con dos sillas.
Al cabo de unos minutos entró un hombre, se le veía bastante alto con un rostro que uno ve por la calle y queda admirado por su belleza, pero no lo suficiente para pensar en ella todo el tiempo.
El hombre corrió un poco la silla para poder sentarme, me acomodé en mi silla esperando sus preguntas que contestaría sin problema y les diría con sumo detalle cada cosa que recuerdo.
—Buenas tardes, señorita Danesi.
—dijo el hombre.
—Soy el oficial Mauro Caronia, a cargo de la investigación del robo.
Antes de cualquier otra pregunta relacionada al robo, nos gustaría saber por qué no podemos acceder a su información.
No pude evitar que se me escapara una pequeña risa, solo les interesaba saber sobre mi información, claro, lo primero que habían hecho cuando llegué a la estación de policía fue quitarme mi identificación, buscaron que no tuviera antecedentes que pudieran ligarme o exonerarme con el robo, pero como no había pasado uno o lo otro, buscaban saber los motivos.
Con esa pregunta había hecho que mis ganas de colaborar fueran nulas, ¿por qué culpar a alguien que se entregaba a sí mismo?
¿Qué querían buscar entre mi información?
Por supuesto que conocía el motivo por el cual no pueden acceder a mi información, pero no podía hablar de ello, no sin mi oficial a cargo y un abogado presente.
—¿Es lo único que le interesa saber?
—pregunté en un tono divertido.
—Si.
—respondió él irónico.
—Dicen por allí, que el que nada debe, nada teme.
—¿Me acusan de algo?
—pregunté.
—No, pero… —Entonces, me retiró.
—dije interrumpiéndolo.
—Un momento, no hemos dicho que puede irse.
—Tampoco es que haya razones para quedarme.
—respondí.
Mauro quedó unos segundos en silencio, buscando palabras para argumentar mi comentario, cuando se le ocurrió algo y abrió su boca para responderme, tocaron a la puerta.
Él inmediatamente frunció el ceño y se levantó, cerrando la puerta tras de él, unos escasos minutos después, regresó con su expresión visiblemente molesta.
—Entonces, ¿no me puedo ir?
—pregunté de nuevo en un tono divertido, porque sabía lo que había pasado.
—Si, puedes marcharte.
—dijo resignado.
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