Tres de corazones - Capítulo 31
- Inicio
- Todas las novelas
- Tres de corazones
- Capítulo 31 - Capítulo 31: Capítulo 16_2
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 31: Capítulo 16_2
Milena agonizó frente a mí, sin poder hacer algo por ella hasta que su cuerpo dejó de moverse. El mismo hombre que le había cortado su cuello, la sacó de la habitación sin moverla de la silla dejando un rastro de sangre por el suelo.
Ciro, aún sentado a mi lado, tomó con fuerza mi mentón obligándome a mirarlo, con su mano limpió con delicadeza las lágrimas que salían de mi rostro.
—¿En serio estás llorando por esto? —preguntó con ironía.
—Déjame ir, ¿para qué me necesitas? —pregunté suplicando.
—No, Alessia, prometí cuidarte y es lo que haré.
—¿Así como cuidaste de Caterina? —pregunté con rabia.
—Las cosas con Caterina fueron diferentes y por ello debo cuidarte.
—Te lo suplico, Ciro, déjame ir. No soy feliz aquí. Si de verdad me amas como dices, siempre buscarás mi felicidad, ¿no?
—Te amo, Alessia, daría mi vida por ti y esto lo demuestra. —dijo señalando el charco de sangre de Milena. —Pero tu protección está primero y no estaré tranquilo sabiendo que yo no te protejo. Eres mi hermana, Alessia, pídeme lo que quiera que lo obtendrás.
—¡Quiero mi libertad, Ciro! —grité con furia. —¡No estar en esta maldita prisión pintada de una mansión!
—Eres libre aquí.
—No como yo quisiera.
—Afuera solo hay peligros, aquí hay muchos que pueden cuidar de ti.
—Señor. —dijo un hombre entrando a la sala.
No había notado cuando, en medio de nuestra discusión había entrado Anita, la señora que limpia todos los actos desenfrenados que cometía Ciro en lo que él llamaba casa.
—¿Qué sucede? —preguntó Ciro.
—Hay un hombre que pregunta insistente por la señorita Alessia. —dijo el hombre.
—¿Un hombre? —preguntó confundido, me dedicó una mirada que no supe descifrar y luego se marchó de la sala, dejándome sola.
Lloraba desconsoladamente, no sabía que hacer, en ese momento solo pensaba en la muerte, no veía otra salida a mi situación, pero con la vigilancia a la que me sometería Ciro, sería imposible poder realizar un acto de suicidio, no sería tan fácil.
Ciro entró casi corriendo a la sala donde me encontraba, sin importarle si pisaba o no la sangre que había todavía en el lugar. Con enojo tomó mi cabello y tiró de él para obligarme a mirarlo.
—Ciro, me lastimas.
—Necesito una explicación de por qué hay un hombre de Di Marino en mi casa preguntando por ti.
—No sé de qué me estás hablando. —respondí.
—¿Estuviste aliándote con Di Marino? —preguntó. —¡Respóndeme!
—Nunca hablé con Di Marino.
—¿No? ¿Entonces que hace él aquí?
Jaló con más fuerza mi cabello obligándome a mirar a la entrada de la sala, dos hombres aparecieron sujetando a un muy golpeado Perseo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com