Trono de la Arcana Mágica - Capítulo 291
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291: Todos esperan.
291: Todos esperan.
Editor: Adrastea Works Franz lo entendió totalmente.
Cuando se encontraba en mal estado de salud, seguía esforzándose muchas veces incluso más porque la pasión y la inspiración no podían cerrarse en ese momento.
Por lo tanto, Franz asintió con una sonrisa sincera.
—Ya veo, Señor Evans.
Haré todo lo posible por ayudarlo.
Cuando escuché por primera vez el cuarto movimiento de la sinfonía, el movimiento del coro, me sorprendió totalmente su belleza y grandeza.
¡Y la idea de añadir coros en una sinfonía es una gran innovación!
Es un gran placer ser parte de esto, de ayudarle a completar esta obra maestra.
Será una de las cosas más memorables de mi vida.
Con el fin de encajar el verso largo, para evitar aquellas partes que eran irrespetuosas con Dios, y para mantener su belleza lingüística original, Lucien y Franz habían invertido mucho tiempo e ideas.
Franz era un músico muy dedicado y un gran admirador de Lucien.
Delante de su ídolo, Franz alabó el movimiento con gran entusiasmo.
Lucien tosió con fuerza y entonces preguntó emocionado, lo cual fue un poco extraño.
—¡Gracias, Franz!
¡Nuestro trabajo está ahora casi terminado!
Después, el cantante principal y el coro empezarán a practicar y nos darán su opinión.
¿Crees que es…
demasiado difícil?
Franz meneó la cabeza.
—Es difícil, pero no diría que es demasiado difícil.
Cualquier cambio quitaría la belleza del movimiento.
Un gran cantante y un coro deberían ser capaces de lidiar con ello.
—Yo también lo creo —Lucien sonrió.
En ese momento, alguien llamó a la puerta de la habitación, y entonces la puerta se abrió con suavidad.
Era Víctor.
Lucien y Franz estaban en ese momento en la sala de piano de la Asociación de Músicos, en el cuarto piso.
—Señor Víctor, acabamos de terminar nuestro trabajo —Lucien sonrió.
—Elegí un buen momento.
Felicidades, Evans —Víctor sonrió.
Luego dio un paso a un lado y realizó una presentación—.
Este es el Señor Fabbrini, un gran cantante.
El Señor Fabbrini es el cantante principal del Coro de la Catedral Dorada.
Antes de completar Oda a la Alegría (Sinfonía Nº 9 en re menor de Ludwig van Beethoven), Lucien le pidió ayuda a Víctor para que le encontrara un gran cantante y un coro.
El Señor Fabbrini tenía poco más de veinte años, ojos azules y cabello rubio, parecía un ángel que servía al Dios de la Verdad.
A diferencia de la mayoría de los hombres, Fabbrini llevaba algo de maquillaje.
En su elegante ropa, el Señor Fabbrini tenía ese sentido de belleza femenina.
Lucien no estaba demasiado sorprendido, porque la mayoría de los músicos destacados eran castrati, por no mencionar a un cantante principal del Coro de la Catedral Dorada.
Lucien sonrió.
—Encantado del conocerle, Señor Fabbrini.
Espero que podamos trabajar bien juntos.
Ahí en ese mundo, los castrati eran muy populares.
Una condesa en Gusta amaba con locura su voz y una vez incluso inició una guerra por un castrato.
—Sr.
Evans, voy a reunirme con el coro y estaremos esperándole en la sala de conciertos.
No tiene buen aspecto, señor.
Por favor, cuídese —dijo Fabbrini con voz suave.
Después de que Fabbrini se marchara, Lucien empezó a toser muy fuerte, como si se le fueran a salir los pulmones.
—¿Estás bien?
Aún no te has recuperado, ¿verdad?
—Preguntó Víctor preocupado—.
Quizás podamos posponer el concierto hasta que te recuperes.
Lucien meneó la cabeza con firmeza.
—Está bien, Señor Víctor.
Soy un caballero, así que no debería ser un problema.
Quizás el hecho de que Lucien fuera un caballero consolara a Víctor, por lo que asintió con la cabeza.
—Ambos somos músicos, así que lo entiendo.
Pero como tu maestro, sigo creyendo que es necesario que venga un médico.
—Lo haré.
Gracias, Señor Víctor —Lucien confiaba en que podría engañar a un médico y hacer que el médico creyera que, aunque la lesión no podría curarse en breve, no sería un riesgo vital.
…
Después de más de una semana, a mediados del Mes de la Flor.
En la sala de conciertos situada en el quinto piso de la Asociación de Músicos.
—¡¿Cuántas veces tengo que decírtelo, Fabbrini?!
—Lucien fingió que estaba algo descontrolado—.
¿Por qué sigues cometiendo errores aquí?
Fabbrini observó el pálido rostro de Lucien y rápidamente explicó, con lágrimas en los ojos.
—Seño Evans…
Esta parte es demasiado compleja…
Necesito…
necesito más práctica…
—¡Pero hemos practicado un montón!
—Lucien agitó los brazos.
Fabbrini respiró hondo y dijo.
—Aún no es suficiente, señor.
Por favor, deme un poco más de tiempo, o quizás pueda modificar esta parte para que sea más simple —¡De ninguna manera!
¡Esto es perfecto, y nunca permitiré que se arruine!
Fabbrini, esfuérzate.
¡Creo que puedes hacer esto!
Podemos posponer el concierto unos días siempre que…
—Lucien empezó a toser de forma grave.
Y se puso en cuclillas al lado del escenario.
Franz le echó una mano a Lucien rápidamente.
Fabbrini también lo consoló.
—Me esforzaré todavía más, Señor Evans.
No le defraudaré.
Al final de aquel ensayo, cuando bajó del escenario, Fabbrini, con su camisa negra bordada con hilos dorados, miró hacia atrás, como si todavía pudiera ver al Señor Lucien ahí de pie, actuando como un loco, pero lleno de pasión.
…
—…Quizás en ese momento, el Señor Evans ya tenía el presentimiento, por eso fue tan agresivo y estricto, lo cual no se parecía en nada a lo que la gente comentada de que era cortés y amable —unos años más tarde, Fabbrini evocó lo que recordaba del Señor Evans al preparar el concierto—.
Era tan dedicado, tan trabajador y tan alocado…
como si tratara de explotar toda la energía y el resplandor que le quedaba en la vida para no arrepentirse.
Fui bendecido por Dios, así que tuve la suerte de conocer al Señor Evans en ese momento, y terminé la sinfonía con él.
Vi, como el músico brillante que era, su gran pasión por la música y su piedad hacia Dios.
…
Glinton, el comerciante que Lucien conoció en la ciudad de Massawa, se dirigió hacia el norte después de abandonar Aalto.
Vendió todos sus bienes en el Reino de Syracuse y luego compró de nuevo algunos bienes de Syracuse, listo para partir en dirección a la fortaleza en el norte de Violet.
Aquella mañana, cuando estaba tomando su grasiento desayuno, un rápido vistazo al periódico le impidió cortar la pechuga.
No podía creer lo que veía, y lo comprobó varias veces.
Estaba muy sorprendido, pero también un poco molesto.
No esperaba que el Señor Evans volviera tan pronto como dejara Aalto.
—26 de mayo…
el Salón del Salmo…
Concierto de “Regreso…” —Glinton murmuró.
Se preguntó si debería gastar dieciséis días en volver a Aalto.
En ese momento, ya era el 15 de mayo.
Dejando el cuchillo y el tenedor, dio unos pasos hacia adelante y hacia atrás.
Entonces tomó la decisión.
Se había perdido el primer concierto del Señor Evans, así que no había forma alguna de que se perdiera el segundo, por no mencionar el hecho de que el Señor Evans acababa de regresar de su viaje de tres años.
Glinton decidió irse en ese preciso momento y dejar los bienes a su mayordomo.
No iba a sentarse en un carruaje, sino que viajaría con varios guardias.
Si fuera lo suficientemente rápido, once días quizás serían suficientes.
Al conocer a bastantes nobles, Glinton confiaba en que debería poder conseguir una entrada.
Al menos, debería intentarlo.
…
Cuando Glinton llegó a Aalto, ya era 28 de mayo, trece días después.
No estaba molesto en absoluto ya que escuchó que el concierto había sido pospuesto para el 1 de junio.
Sin tomar un descanso, Glinton se dirigió al Salón del Salmo directamente.
—¿Qué?
¿Agotadas?
Pero…
¡pero todavía quedan cuatro días!
—Glinton estaba un poco enfadado— Conozco al Caballero Mitch de la familia Hayne, y…
Glinton empezó a enumerar.
El hombre sentado en la taquilla señaló a los muchos ciudadanos que estaban alrededor y dijo.
—Lo siento, señor.
Las entradas están agotadas.
Hay mucha gente esperando el concierto y, que yo sepa, ni siquiera el Caballero Mitch pudo conseguir una entrada.
Glinton estaba muy desanimado.
Al echar la vista hacia atrás, vio multitudes alrededor del Salón del Salmo.
En el rincón, un periodista del Semanal de Aalto escribió lo que vio en su cuaderno rápidamente.
«A excepción del Festival Musical de Aalto, nunca hemos visto un concierto como este que pudiera atraer a tantas personas a Aalto, como si hubieran olvidado el hecho de que las entradas para el Salón del Salmo no suelen ser para la gente común…
Lucien Evans se ha convertido en un ídolo por el que toda la ciudad o incluso todo el ducado se ha vuelto loco…
Esto se ha convertido en un fenómeno.
Quizás deberíamos crear una nueva palabra para esto…»
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