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Trono de la Arcana Mágica - Capítulo 851

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  4. Capítulo 851 - 851 Historia secundaria Vizconde Carendia
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851: Historia secundaria: Vizconde Carendia 851: Historia secundaria: Vizconde Carendia Editor: Adrastea Works “Crack”.

El sonido de la cerradura de la puerta al abrirse fue particularmente alto en la quietud de la noche.

Un muchacho azul de cabello y ojos dorados había estado tumbado en el sofá, medio dormido, pero se levantó en el momento en el que escuchó el ruido y, emocionado, corrió hacia la puerta.

Después de que la puerta se abriera, entró una mujer de cabello dorado, con un vestido de morado de la corte.

Era hermosa y alta, con un rubor que no era tan obvio en su rostro.

Había cierto encanto en su solemne sonrisa.

—Edward, ¿aún no te has dormido?

—La hermosa y madura mujer se sorprendió cuando el niño corrió hacia ella obviamente.

El chico sonrió tímidamente.

—Mamá, quería esperar hasta que volvieras…

De repente dejó de hablar pues vio a un hombre alto detrás de su madre.

El hombre tenía una cara esculpida y hermosa como un glaciar que jamás se descongelaría.

Además tenía un muy particular pelo corto plateado.

El hombre esbozó una sonrisa amable de repente, como la primavera fundiendo la nieve.

Alzó la mano de la dama de cabello dorado y la besó.

—Es un honor haberte conocido.

Te deseo un dulce sueño esta noche.

—Yo también estoy feliz de haberos conocido, vizconde —la mujer de cabello dorado respondió con una sonrisa y observó al hombre formalmente vestido.

—Mamá, ¿quién es?

—Por razones que desconocía, a Edward no le gustaba ese hombre.

—Bueno, es un vizconde extranjero que conocí hoy en el baile.

Se llama Carendia —la dama de cabello dorado trató de responder con tranquilidad, pero sus labios aún estaban curvados.

Entonces, se puso seria de repente—.

Edward, son casi las doce en punto.

Deberías estar en la cama desde hace dos horas.

¿Dónde está Adelin?

¡Voy a preguntarle por qué te permitió esperarme!

Eres el único descendiente de esta familia, y nunca deberías ser descuidado.

—Yo…

me escabullí de mi habitación.

Esto no tiene nada que ver con Adelin…

—Edward fingió estar asustado.

Sabía que su madre no lo castigaría en realidad.

…

—Joven amo, es posible que pronto tengáis un nuevo padre —le dijo una doncella a Edward, quien había mucho en estatura, en voz baja.

Edward, quien todavía no tenía la edad suficiente, estaba triste y nervioso.

Durante los últimos dos años, su madre y ese vizconde Carendia eran cada vez más cercanos y parecían una pareja en la actualidad.

Por consiguiente, tuvo mucho menos tiempo para hablar o jugar con su madre.

¡Qué hombre tan horrible!

—A pesar de que le ha sido difícil a su señoría mantener a la familia después de que milord fue invocado por el Señor, y ella debería ser bendecida por buscar su propia felicidad, debéis recordar que sois el único heredero del título y la herencia.

No podéis permitir que el vizconde Carendia transfiera la riqueza poco a poco —la doncella, quien era leal a la familia, le recordó a Edward la eventual crisis.

Edward, sin embargo, espetó.

—¿Se acercó a mi madre por el dinero y el título?

¡No, tengo que detenerlo!

Después de eso, el niño corrió hacia el vestíbulo, dejando a la doncella atónita.

—Fue…

Fue solo un recordatorio.

Definitivamente no quise decir eso.

—Buaah, Buaah, mamá, estaba equivocado.

¡No debería haber sido tan descortés con el vizconde!

—Enseguida, los lloros de Edward llegaron de la sala de estar.

Había sido apoyado contra el sofá y estaba siendo por su madre, y lloraba mucho.

La mujer de cabello dorado resopló y le pidió disculpas al vizconde Carendia.

—Perdóneme por no educar bien al niño.

—No es nada.

Todos los niños de su edad son traviesos —dijo el vizconde Carendia, con una dulce mirada.

—Edward, discúlpate con el vizconde —le inquirió la dama de cabello dorado.

Sollozando, Edward se disculpó.

Entonces, mientras su madre no lo miraba, pretendiendo hacerse el duro y dijo en voz muy baja.

—¡No permitiré que robes a mi madre!

El Vizconde Carendia tenía el mismo aspecto que antes, como si estuviera mirando a un gatito enfadado pero nada amenazante.

…

—Llamarás papá al vizconde en el futuro —le dijo la dama de cabello dorado a Edward con timidez.

Edward apretó los labios y trató de parecer normal.

—Sí, señora.

El Vizconde Carendia, quien estaba sentado al otro extremo de la mesa, cortó el ensangrentado filete y le dijo a Edward como la misma seriedad que su verdadero padre.

—Tu actual maestro de caballero no es lo bastante bueno.

A partir de mañana, te enseñaré en persona.

—Me esforzaré al máximo, sin duda —Edward apretó los puños y juró desahogar su furia contra ese condenado maldito hombre durante el entrenamiento.

…

“Paf.” Edward fue arrojado al suelo y lloró de dolor.

—¿Por qué necesitas una espada si las lágrimas ayudan?

—El Vizconde Carendia dijo sin la más mínima pena—.

Así pues, eres solo un niño, no un hombre.

Un hombre de verdad derrama sangre, no lágrimas.

Edward se levantó y lo fulminó con la mirada.

El Vizconde Carendia agitó su espada de madera.

—¿No me odias más?

¿No quieres deshacerte de mí?

¡Hazlo con la espada en la mano!

¿O quizás eres un cobarde que adora el fracaso?

Edward rugió salvajemente y cargó contra el Vizconde Carendia con la espada de madera en sus manos.

Fue golpeado una y otra vez, pero se levantó cada vez.

—¡No cederé!

—Pensó él.

…

En la plaza de la iglesia se había fijado una cruz, y una mujer hermosa y madura de cabello dorado estaba atada a ella.

—¡Mamá, mamá!

—A pesar de la sujeción de algunos escuderos de caballeros, Edward luchó por avanzar hacia la cruz, con lágrimas y pánico en todo el rostro.

Con la Insignia de la Santa Verdad en sus manos, el obispo se santiguó y señaló a la dama de cabello dorado.

—Es una noble, pero está corrompida por la oscuridad y degenerándola en la servidora de un vampiro, tratando de convertir los corderos del Señor en la comida del vampiro.

La mujer de cabello dorado parecía haber perdido su alma.

Miró al obispo sin decir una palabra, pero Edward refutó en voz alta.

—¡No!

¡No!

¡Mi madre jamás hirió a nadie!

El obispo ignoró por completo a Edward y continuó.

—Eres perversa e inmunda, pero el Señor es misericordioso y benevolente.

La purga es Su Bendición y tu camino al paraíso.

Déjame preguntarte.

¿Te gustaría arrepentirte y arrodillarte ante los pies del Señor de nuevo?

—Si…

Si me arrepiento, ¿Edward será perdonado?

Es solo un niño.

¡No sabe nada!

—La dama de cabello dorado pareció volver a la vida de repente.

El obispo siguió trazando la cruz.

—El Señor es el más justo de todos.

Siempre que Edward sobreviva al fuego, eso demostrará su inocencia.

La mujer de cabello dorado se rio miserablemente.

—Jajaja.

Entonces, déjame responderte.

¡Prefiero andar a tientas en el infierno que perderme en el paraíso!

—Pecadora, vete al infierno y arrepiéntete allí —con frialdad, el obispo liberó una luz sagrada y prendió el estrado.

—¡No!

—Edward gritó con un ruido ensordecedor.

Parecía ver los gentiles ojos mirándolo a través del ardiente fuego.

Después de mucho tiempo, Edward se desmayó llorando.

De repente, una voz resonó junto a sus oídos.

—Lamento haber llegado tarde.

Edward trató de abrir los ojos.

Vio al hombre que causó que su madre fuera quemada.

Él rechinó los dientes.

—¡Fue todo por culpa tuya!

¡Si no fuera por ti, mi madre no habría sido quemada!

—Lo siento.

Llegué tarde —el Vizconde Carendia parecía tan lúgubre como una montaña que acababa de sufrir una avalancha.

—¿Llegaste tarde?

—Dijo Edward con una sonrisa burlona que resultaba incomprensible para su edad—.

¡Qué gran motivo!

Entonces, escupió una palabra tras otra.

—¡Asesinaste a mi madre!

El Vizconde Carendia suspiró.

—Lo que tú digas, cuidaré bien de ti.

Agachó la cabeza y se acercó al cuello de Edward, sus cuatro dientes aumentaron repentinamente.

—A partir de hoy, serás el Vizconde Carendia.

Un pinchazo procedió de su cuello, y la cara de Edward se quedó adormecida, pero sus ojos aún estaban repletos de chispas de odio.

…

La gélida y onírica luna de plata pendía en lo alto del cielo, creando ondas plateadas en el lago que era tan uniforme como un espejo.

De cabello y ojos dorados, el Vizconde Carendia se paró frente a la ventana con una copa de vino en la mano, apreciando la vista.

—Mi señor, ¿recordando su pasado otra vez?

—Nied, su viejo mayordomo, entró desde fuera.

El Vizconde Carendia asintió inexpresivo.

—Nunca puedes olvidar el odio.

El viejo mayordomo no sabía qué decir.

Solo podía hablar desde un punto de vista práctico.

—Mi señor, usted solo es un gran caballero, y el antiguo vizconde se encuentra próximo a un caballero radiante de nivel ocho.

—¿De qué hay que tener miedo si incluso la muerte no puede intimidarte?

—El apuesto y musculoso Vizconde Carendia sonrió de repente—.

Un hombre así de irresponsable será asesinado tarde o temprano.

Mientras tanto, practicaré para ser un caballero radiante lo antes posible.

—No obstante, como su descendiente, no puede oponerle resistencia cuando se enfrenta a él —dijo Nied de nuevo.

El Vizconde Carendia suspiró y no siguió abordando la cuestión.

Se dio la vuelta y entró en una cámara secreta.

Mirando al hombre de cabello y ojos plateados en la pintura, dijo.

—Abuelo, si bien no te he visto mucho, puedo sentir tu amor.

Espero poder seguirte y recibir tus instrucciones…

Tras su “oración”, los ojos del Vizconde Carendia se enfocaron repentinamente, pues vio otra copa sobre la mesa.

Fluidos espesos y rojos flotaban en su interior, e innumerables símbolos ilusorios se movían desde arriba hacia abajo.

—¿Qué es esto?

—Preguntó sorprendido.

Los ojos de Nied prácticamente saltaban.

—Esto…

Esto es el Origen de la Sangre de los vampiros de primera generación.

¿Estuvo…

estuvo el viejo conde aquí?

—¿Abuelo?

—El Vizconde Carendia miró a su alrededor, solo para no encontrar nada, pero se echó a reír enseguida —Siempre que funda esta sangre, ya no tendré miedo de la supresión del linaje de ese hombre.

El viejo mayordomo dijo impotente.

—El viejo conde no ha cambiado su afición y su costumbre ni un poco.

¿Cómo puede ser divertida semejante tragedia?

—Camoray Cuke, ¿percibiste algo?

—Preguntó el Vizconde Carendia.

Un ruido sordo zumbó, haciendo temblar todo el castillo.

—No.

Es solo que…

me pica la nariz.

¡Achís!

Estornudó tanto que el cristal de la ventana estaba repiqueteando.

Tras un breve silencio, el Vizconde Carendia dijo en tono burlón.

—La mayor impresión que dejó el abuelo en mí es que le gusta observar todo en secreto.

Es como un voyeur.

“¡Achís!” Alguien en la montaña lejana estornudó de repente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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