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Tsuki no Namida - Capítulo 1

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  4. Capítulo 1 - 1 capitulo 1 Hijo de la luna
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1: capitulo 1: Hijo de la luna 1: capitulo 1: Hijo de la luna En lo profundo del cosmos existía un planeta singular, un mundo donde la fuerza lo era todo y los débiles no tenían lugar.

Sus cielos brillaban con auroras que danzaban sobre montañas de cristal y ríos de metal fundido, recordando a quienes lo habitaban que solo los poderosos podían sobrevivir.

Cada ciudad era una fortaleza y cada fortaleza un símbolo de supremacía, decorada con estatuas que celebraban la grandeza de los semidioses que la gobernaban.

Allí, la vida estaba regida por la ley de los más fuertes.

Los habitantes del planeta, todos semidioses, entrenaban desde su infancia para dominar cuerpos, mentes y energías que los hacían superiores a cualquier ser común.

Las guerras no eran excepcionales; eran eventos cotidianos que demostraban quién merecía gobernar y quién sería consumido por el olvido.

Incluso la belleza y la riqueza eran un reflejo de poder, no de fortuna.

En medio de ese mundo implacable nació Tsukihiko Haruto, hijo del rey, un niño destinado a aprender desde sus primeros días que la debilidad no tenía lugar.

Aunque era heredero, su posición no lo protegía de las reglas del planeta; cada jornada estaba llena de pruebas, entrenamientos y lecciones de supervivencia que lo forjaban en la dureza que marcaría su vida.

Los instructores y guerreros más fuertes del reino se encargaban de su educación, no con ternura, sino con disciplina y exigencia absoluta.

Cada error era castigado, cada signo de flaqueza observado y registrado.

Tsukihiko crecía rodeado de la violencia natural de su mundo: observaba cómo los débiles eran eliminados, cómo la guerra se celebraba como una forma de arte, y cómo la victoria era un placer que solo los poderosos podían disfrutar.

El rey del planeta, su padre, era un semidiós cuya fuerza superaba incluso a los más poderosos de su mundo.

No se trataba solo de poder físico, sino de una presencia que imponía respeto y miedo a cualquiera que osara desafiarlo.

Su historia estaba marcada por conquistas que se narraban como leyendas.

Se decía que había derrotado a tres ejércitos simultáneamente en la Batalla de los Cinco Cráteres, donde volcanes de cristal ardían y ríos de metal se solidificaban bajo su poder.

Sus enemigos caían antes de comprender que habían sido atacados; su fuerza y estrategia eran tan precisas que la guerra parecía una coreografía macabra en la que solo él marcaba los pasos.

El poder del rey no se limitaba a su planeta natal.

Con cada victoria, su ambición crecía, y pronto puso la mirada en mundos lejanos y fértiles donde los habitantes jamás habían conocido la fuerza de los semidioses.

Entre sus armas más temidas estaba Hoshigurai, el Devorador de Estrellas, un artefacto mítico capaz de absorber la energía vital de un planeta entero, dejando vivos solo a los de la raza superior.

Con él, las conquistas eran absolutas.

En estas campañas lo acompañaba Shisei Kagura, la número dos del rey.

Su sola presencia en el campo de batalla desataba terror: implacable, precisa, despiadada.

Con ella al mando, los ejércitos enemigos caían sin resistencia, sometidos por la supremacía de los semidioses.

Tras años de victorias, el rey decidió que había llegado el momento de que su hijo presenciara por primera vez la magnitud de la guerra y la devastación que la fuerza podía causar.

Quería que comprendiera no solo la gloria de la victoria, sino también el placer de someter a los débiles.

Por ello, ordenó a Shisei Kagura viajar a la Tierra junto a Tsukihiko, guiándolo en aquel mundo desconocido.

El viaje fue solemne, y aunque el niño aún era pequeño, comprendía el peso de cada paso.

Kagura lo conducía con la severidad de una guerrera, pero también con un afecto oculto, pues, pese a su crueldad, hallaba en él un lazo extraño que nunca mostró hacia nadie más.

En la Tierra, Tsukihiko presenció ciudades caer bajo la estrategia implacable de Kagura.

Cada ruina, cada grito y cada triunfo quedaban grabados en su memoria como lecciones vivientes de lo que significaba ser un semidiós.

Con el tiempo, los hijos de Shisei, Shirase Kaien y Hoshizora Rikuya, fueron testigos de la magnitud del caos que su madre desataba.

Incapaces de soportar más destrucción, traicionaron su linaje y entregaron parte de sus poderes a los humanos, encabezando una rebelión contra ella.

La guerra fue brutal: cielos incendiados, montañas desgarradas, continentes partidos en dos.

En medio de este conflicto, Shisei tomó una decisión: incapaz de luchar y cuidar de Tsukihiko al mismo tiempo, lo sumió en un sueño profundo, sellándolo lejos de la guerra para que permaneciera oculto mientras el destino del mundo se decidía.

El enfrentamiento final fue colosal.

Kagura desató toda su furia contra humanos y sus propios hijos, mientras ejércitos enteros se aniquilaban en ambos bandos.

Finalmente, tras un esfuerzo titánico, los humanos y los hijos traidores consiguieron lo imposible: sellar a Shisei Kagura en un sueño eterno, enterrando su poder en lo más profundo de la Tierra.

El mundo respiró, aunque el precio fue ciudades arrasadas y generaciones marcadas por la guerra.

Cinco siglos después, Tsukihiko despertó en una Tierra irreconocible.

El mundo estaba lleno de cicatrices: naciones rotas, bosques ennegrecidos por el fuego y pueblos divididos por el uso de los poderes heredados de los hijos de Shisei.

En medio de aquel paisaje devastado, el niño comenzó a caminar solo, sin rumbo ni guía.

Fue entonces cuando lo encontró: un perro flaco y tembloroso que lo observaba desde los árboles.

Tsukihiko se acercó con calma y, para su sorpresa, el animal no huyó.

En ese encuentro nació un lazo silencioso.

El niño compartía con él cada trozo de comida que encontraba, y el perro, al que llamó Shiro, lo guiaba por senderos seguros, alejándolo de las ruinas infestadas de soldados y bandidos.

Juntos aprendieron a sobrevivir.

Huyendo de batallas, resguardándose en la nieve, encontrando refugio entre cuevas o casas destruidas, Tsukihiko y Shiro se convirtieron en compañeros inseparables.

El niño lo cuidaba como si fuera parte de sí mismo, y el perro lo guiaba con instinto infalible, como si supiera que su misión era protegerlo.

En un mundo de caos y cenizas, donde la guerra aún rugía en los rincones más oscuros, Tsukihiko y Shiro encontraron en su mutua compañía un respiro de calma, un faro de luz en medio de la oscuridad que los rodeaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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