Tsuki no Namida - Capítulo 14
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14: ECOS DE SANGRES 14: ECOS DE SANGRES El eco del pasado resonaba en algún rincón oculto de la mente de Akihiko.Un niño que caminaba por calles vacías con un cuchillo en la espalda, buscando cualquier misión que le diera unas pocas monedas para comer.
Una casa diminuta lo esperaba al final del día, con paredes frías y un silencio más pesado que el hambre.
Por las noches, se recostaba mirando el techo, recordando aquella única imagen que no lo abandonaba: la de su padre, inmóvil, bajo la luna.
Ese recuerdo lo perseguía como una obra inconclusa, como un libreto que alguien había escrito solo hasta la tragedia.
El ruido del presente lo arrancó de ese abismo.
La batalla lo reclamaba.
El choque contra el muro de cemento hizo retumbar la aldea entera.
El polvo se alzó, y entre los escombros, la silueta de Akihiko emergió lentamente, intacta, como si el golpe no hubiera sido más que un murmullo en su piel.
Sus labios se curvaron apenas, y con voz grave dejó escapar unas palabras que helaron incluso el aire ardiente del magma: —Su vida fue mi escenario, su muerte, mi condena; y yo, el culpable sin papel escrito.
En un instante, desapareció de la vista.
Una ráfaga invisible lo catapultó contra Kurogane, y con un solo brazo lo lanzó a volar varios metros, como si todo el peso de su cuerpo no fuera más que una hoja seca.
Apenas el enemigo tocó el suelo, Akihiko ya estaba detrás de él, descargando un golpe que el guerrero alcanzó a bloquear con sus katanas ardientes.
El intercambio se volvió frenético: fuego y acero contra el ímpetu de un solo cuchillo.
Pero de pronto, Akihiko se detuvo.
No avanzó ni retrocedió, simplemente permaneció de pie, quieto, como si la batalla hubiera terminado para él.
Kurogane, irritado, se lanzó con toda su fuerza hacia esa silueta inmóvil.
Y fue entonces cuando escuchó, demasiado tarde, la sentencia: —Caíste.
De pronto, el mundo a su alrededor cambió.
No había plaza, ni ayuntamiento, ni nieve.
Solo un vacío oscuro que se cerraba como una prisión.
Columnas de sombras lo cercaban, convirtiéndose en barrotes, y luego en filosas estacas que lo atravesaron de pies a manos, inmovilizándolo por completo.
Genyo.El arte de la ilusión absoluta.El escenario ya no le pertenecía a Kurogane.
Akihiko caminó despacio hacia él, cada paso resonando como un juicio.
En su mano derecha giraba su cuchillo, reflejando un brillo opaco.
Lo levantó, listo para hundirlo en el corazón del enemigo.
Y en ese mismo instante, antes de que la sentencia final pudiera cumplirse…
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