Tsuki no Namida - Capítulo 15
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15: EL PESO DE LOS FUERTES 15: EL PESO DE LOS FUERTES La tensión aún vibraba en el aire.
Akihiko, con su cuchillo en mano, había logrado arrinconar a Kurogane dentro del Genyo, ese mundo ilusorio que convertía la realidad en una prisión.
El filo estaba a punto de atravesar su cuerpo cuando algo inesperado ocurrió.
Un destello de nieve, un batir de alas.
Yukihime apareció de la nada, interponiéndose entre el cuchillo y Kurogane.
Su cuerpo se abrió en un instante, su sangre helada manchando la escena como cristales rotos.
El tiempo pareció detenerse.
Kurogane observó incrédulo cómo su compañera, aquella con quien apenas compartía más que batallas, había entregado su vida sin dudar.
No pronunció palabra alguna.
No hubo agradecimiento ni lamento.
Solo un silencio brutal.
Y luego, una furia ciega.
Con un rugido, Kurogane liberó un torrente de magma, rompiendo las paredes ilusorias del Genyo.
Las llamas devoraron el suelo, destruyeron casas, y el aire se volvió un infierno sofocante.
Yukihime cayó sin vida a sus pies, pero él no se detuvo.
—Los débiles caen y los fuertes se alzan… esa es la ley de la vida.
—Su voz retumbó como un martillo sobre el hierro.
Akihiko permanecía inmóvil, sus ojos reflejaban algo más profundo que furia o tristeza: determinación.
El peso de los Shinsei no era fuerza bruta, sino estrategia, paciencia y voluntad inquebrantable.
La batalla continuó, cada golpe siendo capaz de arrasar con media aldea.
El choque de sus poderes levantaba columnas de fuego y fragmentos de hielo.
No había espacio para errores.
Akihiko decidió adelantarse, lanzando un ataque que parecía abrir una brecha en la defensa de Kurogane.
Pero aquello era lo que el enemigo había estado esperando: una trampa.
El aire se distorsionó y, sin previo aviso, Akihiko fue atrapado en un contra-Genyo.
—Te tengo —gruñó Kurogane, mientras el filo de sus katanas se hundía hacia él.
Pero el cuerpo que se desmoronó en el suelo no era más que un clon.
El verdadero Akihiko siempre había estado en lo alto de un árbol, observando, esperando el momento.
Su voz descendió con calma desde las alturas: —Su vida fue mi escenario, su muerte, mi condena; y yo, el culpable sin papel escrito.
Se lanzó con una velocidad inhumana.
El impacto de su embestida mandó a volar a Kurogane, rompiendo muros de piedra.
Apenas tocó el suelo, Akihiko ya estaba detrás de él, listo para descargar otro golpe.
Kurogane logró bloquearlo, pero fue arrastrado como si se enfrentara a un huracán.
Cada movimiento de Akihiko era furia calculada, precisión disfrazada de caos.
Y entonces, de pronto, se detuvo.
Quieto.
Inmóvil.
Kurogane sonrió con soberbia, creyendo haber encontrado su oportunidad.
Se lanzó de lleno hacia él.
—¡Caiste!
—dijo Akihiko con frialdad.
El Genyo se cerró una vez más.
Ya no era un escenario, sino una jaula de estacas que atravesaban el espíritu del guerrero.
Kurogane gritó de dolor, sus katanas se apagaron, y el mundo ilusorio lo encerró sin escapatoria.
Frente a él, Akihiko lo observaba, cuchillo en mano.
Su voz fue sentencia: —Los débiles caen… y los fuertes cargan con el peso de su caída.
El filo descendió, sellando el destino de Kurogane.
El silencio se extendió.
Sin embargo, antes de que la oscuridad lo reclamara, Kurogane murmuró con un hilo de voz, apenas audible para sí mismo: —Yo… tal vez no pueda acompañarte a donde tú vas… pero al menos estaré tranquilo sabiendo que descansas en paz.
Una última lágrima, más ardiente que su magma, rodó por su rostro.
Y con ella, Kurogane se apagó.
La aldea quedó en calma, como si el viento hubiera guardado silencio en respeto.El eco de la batalla se disolvió en la noche, como si todo hubiera sido un mal sueño.
Akihiko permaneció de pie, con el cuchillo aún goteando en la oscuridad.No hubo celebración.
No hubo júbilo.Solo la sombra de un Shinsei, solitario, escribiendo con cada paso el fin de una era y el inicio de otra.
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