Tsuki no Namida - Capítulo 16
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- Capítulo 16 - 16 BAJO LA SOMBRA DE KAZEMURA
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16: BAJO LA SOMBRA DE KAZEMURA 16: BAJO LA SOMBRA DE KAZEMURA El silencio pesaba sobre ellos cuando los tres jóvenes regresaron a la aldea.
Tsuki y Rikuya apenas podían sostenerse en pie; las heridas que arrastraban de la batalla todavía ardían como brasas bajo la piel.
Ayame, agotada pero firme, no se separaba de su lado.
Fueron llevados directamente al hospital del distrito central.
Allí, entre sábanas blancas y un aire impregnado de hierbas medicinales, permanecieron varios días.
Rikuya, que había estado al borde del colapso, despertó lentamente, con la mirada fija en el techo como si buscara una respuesta en las grietas.
Tsuki, por su parte, se mantenía inquieto, ansioso de volver a moverse, como si el reposo fuera un castigo peor que las heridas.
Al cabo de una semana, cuando por fin recibieron el alta, los tres caminaron juntos hacia el gran salón de la ciudad.
Kazemura, la capital que se erguía como símbolo de poder y control, los envolvió con su bullicio de comerciantes y aventureros.
Pero la alegría de las calles quedaba en segundo plano ante la tensión que los esperaba dentro.
En el salón, Raizen ya discutía con un hombre de porte severo y mirada calculadora: Arashi Kazemura, líder de clan y figura imponente de la ciudad.
La atmósfera se volvió densa apenas entraron.
—Es una locura —bramó Raizen, con el ceño fruncido—.
Mandar a niños a explorar ruinas donde se detecta energía mágica es condenarlos a la muerte.
Arashi no levantó la voz; no lo necesitaba.—Si no pueden sobrevivir a una simple misión, entonces no están destinados a ser Shinsei.
La fuerza se forja en el filo de la incertidumbre.
El choque de ideales encendió la sala.
Tsuki apretó los puños, conteniéndose, mientras Ayame se mordía el labio.
Rikuya, aunque callado, mantenía la mirada fija en Arashi, como si intentara memorizar cada una de sus palabras.
La tensión fue cortada cuando uno de los administradores colocó una bolsa de cuero sobre la mesa.—Por el informe y la eliminación de la amenaza en la aldea: 105.000 zenis.
—El hombre hizo una pausa—.
Veinticinco mil corresponden al contrato con la aldea.
Los otros ochenta mil, por la cabeza de Yukihime.
El sonido de las monedas al caer retumbó en el silencio que siguió.
Ninguno de los tres esperaba tanto.
Con el pago en mano, y tras despedirse de Raizen —quien aún seguía discutiendo con Arashi—, salieron a las calles de Kazemura.
Las luces de las farolas y el bullicio de los mercados nocturnos los recibieron.
Rikuya fue el primero en detenerse frente a un herrero.
Tras un largo intercambio de palabras y pruebas de peso, eligió una espada de doble filo, de acero oscuro, que parecía hecha para él.
Ayame, en cambio, recorrió una botica.
Compró medicinas, hierbas curativas y vendas finas.
No eran solo para ella, sino para todos.
Sabía que su papel era mantenerlos de pie cuando todo lo demás fallara.
Tsuki, por su parte, se dejó llevar por instinto.
Eligió dos espadas ligeras y un conjunto de cuchillos de lanzamiento.
Cuando los sostuvo, una extraña calma se reflejó en su mirada; como si esas armas hubieran estado esperándolo desde siempre.
Al final, después de las compras, de los 105.000 zenis aún les quedaban 85.000.
Caminaron por la plaza central, exhaustos pero más unidos que nunca, bajo las estrellas que se alzaban sobre Kazemura.
Ese dinero, esas armas, esas decisiones… eran el inicio de algo más grande.
Una calma aparente, bajo la sombra de un líder que los observaba desde lo alto, calculando su próximo movimiento.
Y sin saberlo, con cada paso, se acercaban al verdadero inicio de su destino.
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