Tsuki no Namida - Capítulo 18
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18: GARRAS EN LA PENUMBRA 18: GARRAS EN LA PENUMBRA El rugido de los kaijus retumbó en lo más profundo de la cueva.
La oscuridad se iluminaba solo por el fulgor de sus ojos y el vapor de su aliento.
Por un instante, el peso de aquel ejército pareció aplastarlos… hasta que Tsuki dio un paso al frente.
Con ambas espadas firmemente sujetas, su silueta se desvaneció en un salto imposible, y al caer, los filos desgarraron la carne de un kaiju mayor, una criatura con escamas que parecían acero.
La bestia cayó de rodillas antes de soltar un alarido ensordecedor.
—¡Vamos!
—gritó Tsuki, con la mirada fija, tan filosa como sus espadas.
Rikuya no se quedó atrás.
La espada de doble filo brilló con un resplandor pálido mientras cortaba a través de los más pequeños y veloces, que atacaban en manadas.
Sus movimientos eran precisos, limpios, como si cada golpe estuviera escrito de antemano.
—No dejes que te rodeen, Tsuki.
Yo me encargo de los bordes.
Ayame mantenía la distancia, canalizando su energía para curar cada corte y herida que los dos recibían.
Sus manos brillaban como faros en medio de la penumbra, y su voz, aunque temblorosa, mantenía a sus compañeros en pie.
La pelea se prolongó como un huracán.
Tsuki saltaba entre las paredes, descendía como un rayo y cercenaba cabezas gigantes con la fuerza de un guerrero adulto, aunque cada golpe le consumía el cuerpo.
Rikuya, en contraste, se movía bajo, rápido, cazando a las bestias menores con una calma casi fría, protegiendo a Ayame en cada giro.
El eco de sus espadas se mezclaba con los rugidos y el crujir de huesos.
Uno tras otro, los kaijus caían, y aunque parecían interminables, poco a poco la cueva quedó cubierta por cuerpos inmensos, como montañas muertas.
Al cabo de horas que parecieron segundos, solo quedaba el silencio.
El vapor caliente se elevaba del suelo, y los tres respiraban con dificultad, empapados de sudor y polvo.
—Demasiado fácil… —murmuró Tsuki, limpiando una de sus espadas.Rikuya entrecerró los ojos.—No.
Esto fue solo la entrada.
Avanzaron con pasos cautelosos hacia el fondo de la cueva.
La roca se volvió más lisa, más trabajada, hasta convertirse en pasillos artificiales.
El olor a humedad se mezcló con algo metálico, frío, artificial.
Y entonces lo vieron.
Un laboratorio oculto bajo la tierra.Cápsulas de cristal se alineaban en hileras interminables, cada una conteniendo kaijus en distintas etapas de crecimiento.
Algunos eran apenas crías, acurrucadas y dormidas en líquido verdoso; otros, enormes y deformes, golpeaban el cristal como si intentaran romperlo.
Ayame dio un paso hacia adelante, su expresión llena de horror.—¿Quién haría algo así…?
El silencio no respondió.
Solo las máquinas, que zumbaban en la penumbra, como corazones artificiales latiendo en sincronía.
La misión de rango D había terminado.
Lo que tenían frente a ellos ya no era exploración: era un secreto que nunca debió salir a la luz.
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