Tsuki no Namida - Capítulo 19
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19: ECOS EN EL ABISMO 19: ECOS EN EL ABISMO La oscuridad del laboratorio se extendía como un pozo sin fondo.
Tsuki y Rikuya avanzaban con cautela, revisando cada habitación que se abría ante ellos.
El eco de sus pasos chocaba contra las paredes metálicas, reverberando como si el lugar mismo los observara.
Había cápsulas quebradas, restos de herramientas oxidadas y manchas extrañas que el tiempo no había borrado.
Ayame, nerviosa, se aferraba a sus medicinas mientras iluminaba con un tenue brillo el camino.
Tras varios pasillos, llegaron a una sala inmensa.
El aire era tan frío que calaba hasta los huesos, y en el centro, como si fuera un altar, yacía un cadáver enorme.
Su silueta estaba cubierta de cicatrices, y aunque el tiempo había reducido su carne a un cascarón, su sola presencia transmitía un peso indescriptible.
Tsuki dio un paso al frente.
El corazón le palpitaba con fuerza.
Reconocía esa forma… o al menos, lo que alguna vez había sido.
El recuerdo se incrustó como una daga en su pecho, pero antes de poder descifrarlo, un sonido metálico interrumpió el silencio.
—Toc, toc… —una voz resonó desde las sombras, grave y burlona.
De entre la penumbra emergió una figura.
Su andar era tranquilo, demasiado confiado, como quien sabe que domina el terreno.
Llevaba un arma colgada a la espalda, pero no necesitaba mostrarla: la presión que ejercía con solo estar allí era abrumadora.
—Así que ustedes fueron los que atravesaron la horda de bestias… —dijo la figura, con una sonrisa torcida—.
Niños jugando a ser guerreros.
No hubo más palabras.
El choque fue inmediato.
Tsuki se lanzó al frente con sus dos espadas, iluminadas por chispas de relámpago.
Rikuya cubría su espalda, moviéndose entre los ángulos, copiando y contrarrestando cada intento de ataque que recibían.
Ayame, desde atrás, sanaba heridas rápidas y lanzaba ráfagas de luz para desestabilizar la presión del enemigo.
La figura misteriosa era abrumadora.
Sus movimientos parecían calculados al milímetro, y aunque los niños se coordinaban con una precisión admirable, apenas podían arañar la superficie de su defensa.
Cada ataque era respondido con una brutalidad que los dejaba tambaleando.
Un tajo logró abrir el brazo de Tsuki, la sangre resbalando hasta su mano.
El dolor ardió, pero no lo detuvo.
—¡No te detengas!
—gritó Rikuya, lanzándose con todo lo que tenía.
Durante minutos que parecieron eternos, la sala retumbó con el eco del acero, los estallidos de relámpagos y los rugidos de esfuerzo.
El enemigo retrocedía por momentos, pero siempre volvía con más fuerza, como un muro que se negaba a caer.
Al final, en un instante de coordinación perfecta, Tsuki y Rikuya lograron abrir una brecha: uno distrajo, el otro cortó.
La figura cedió por primera vez, cayendo de rodillas.
La respiración de los tres niños era pesada.
Las manos de Ayame temblaban, aún brillando con su técnica de sanación.
El hombre levantó la cabeza.
Una sombra extraña cruzó su rostro, y entonces, con calma, habló por primera vez de sí mismo: —Supongo que merecen al menos saber el nombre de quien casi los mata… —sus labios se curvaron en una sonrisa siniestra—.
Soy Daichi Horo.
Las paredes del laboratorio parecieron temblar con ese nombre.
Y así, el silencio volvió a dominar la sala, presagiando que aquello apenas era el comienzo.
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