Tsuki no Namida - Capítulo 2
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2: CAPITULO 2: 2: CAPITULO 2: Tsukihiko y Shiro recorrían las montañas en busca de un lugar seguro, cuando de pronto, la tierra tembló.
Un estruendo retumbó bajo sus pies y, antes de poder reaccionar, una parte de la ladera se desprendió.
Rocas y tierra se desplomaron como un rugido furioso de la naturaleza, arrastrando todo a su paso.
Tsuki intentó resistir, pero el golpe de las rocas lo dejó gravemente herido y cayó inconsciente.
Cuando abrió los ojos, se encontraba dentro de una cabaña de madera cálida e iluminada por el fuego de una chimenea.
Frente a él, un hombre de aspecto fuerte, con las manos curtidas por años de trabajo, lo observaba con serenidad.
Era un leñador que lo había encontrado entre las piedras y lo había llevado a su hogar.
La mujer del leñador, amable y protectora, lo cuidaba con dedicación, atendiéndolo como si fuese su propio hijo.
Tsuki, aunque sabía por experiencia que la naturaleza humana no siempre era de fiar, percibía algo diferente en aquel lugar.
Esa familia irradiaba una bondad sencilla y honesta.
Allí, por primera vez desde su despertar, sintió que pertenecía a un hogar.
Los días comenzaron a transcurrir en paz.
El leñador, con paciencia, le enseñaba a Tsuki tareas de la vida cotidiana: cómo cortar leña, encender un fuego o defenderse con herramientas sencillas.
Con el tiempo, también lo entrenaba en técnicas de combate básicas, queriendo darle la capacidad de sobrevivir en un mundo que aún era cruel y despiadado.
Tsuki, agradecido, lo escuchaba siempre con atención, y poco a poco empezó a verlo como a un verdadero padre.
La mujer, por su parte, lo llamaba cariñosamente Tsuki, igual que su esposo, y lo trataba con un amor maternal inquebrantable.
Era ella quien lo cuidaba cuando el leñador salía por largos periodos a recolectar madera.
En esos momentos, Shiro, el perro que nunca se separaba del niño, acompañaba a Tsuki y llenaba la casa de juegos y ladridos.
La mujer también desarrolló un cariño especial por Shiro, al que trataba como un miembro más de la familia, alimentándolo y acariciándolo con ternura.
Sin embargo, mientras la calma lo envolvía, Tsuki no podía olvidar su pasado.
Dentro de él latía la memoria de un mundo lejano, un planeta gobernado por su padre, el gran soberano de los semidioses.
En aquel lugar, tropas innumerables servían como guardianes de su estirpe.
Eran los Shukumei no Ban’ei (宿命の番影, “Sombras del Destino”), guerreros alienígenas inferiores cuya fuerza superaba con creces la de cualquier humano, aunque no poseían habilidades únicas.
Si los humanos normales representaban un 100, ellos eran un 163: un poder que los convertía en cazadores implacables.
Mientras vivía con la familia, Tsuki también recordaba su habilidad más característica: la teletransportación.
Era una técnica secreta de rayo que le permitía intercambiar lugar con cualquier cosa o persona, sin necesidad de tocarlos.
Sin embargo, si llegaba a tocar algo, podía teletransportarlo junto a él.
Cuanto más pequeño fuese el objeto, menos energía mágica consumía.
Aunque después de su largo sueño de quinientos años había perdido gran parte de su fuerza y maestría, sabía que debía volver a entrenarla.
Era la técnica que lo definía y la que siempre había sido parte de su identidad.
Pero la tranquilidad nunca dura demasiado.
Los Shukumei no Ban’ei habían recibido órdenes en su planeta natal y pronto descendieron a la Tierra.
Su misión era encontrar a Tsukihiko, el hijo del soberano, y devolverlo a su mundo.
En el gran salón del soberano, los siete más destacados de entre ellos habían partido, sin descanso, hacia el planeta donde Tsuki intentaba rehacer su vida.
El destino se tornó oscuro.
Una noche, tras haber pasado dos semanas de paz con la familia, Tsuki y Shiro jugaban afuera, riendo y corriendo bajo el cielo estrellado, hasta que el cansancio los obligó a regresar.
Shiro se quedó echado en la entrada, mientras Tsuki se recostaba en su cama dentro de la cabaña.
Aquella noche, su sueño no fue tranquilo: visiones de su pasado, del soberano y de los Shukumei enviados en su búsqueda, lo atormentaban como presagios inevitables.
Se despertó de golpe al escuchar a Shiro ladrar con desesperación, rascando la puerta y mirando hacia el bosque.
Tsuki, aún somnoliento, sintió un nudo en el pecho.
Algo había ocurrido.
Shiro insistía, apuntando hacia el sendero que el leñador solía recorrer.
En ese mismo momento, el leñador estaba siendo atacado.
Los Shukumei no Ban’ei lo habían interceptado, exigiéndole con voz fría que revelara el paradero del niño.
Al negarse, comenzaron a golpearlo sin piedad, destrozando su cuerpo hasta dejarlo moribundo en el suelo.
Pero ni un solo nombre salió de sus labios.
Mientras tanto, Tsuki se levantó, decidido a ir tras él.
Su madre intentó detenerlo, alarmada por verlo con el perro a esas horas.
Le ordenó regresar a la cama, pero Tsuki, con el corazón desbordando temor por lo que podía haber sucedido, no la escuchó.
Con Shiro a su lado, corrió en la oscuridad, siguiendo los ladridos del animal, hacia donde presentía que el leñador se encontraba.
El aire era pesado, el silencio aterrador, y en su interior algo le decía que aquella noche cambiaría su vida para siempre.
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