Tsuki no Namida - Capítulo 21
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21: DOLOR 21: DOLOR El aire del laboratorio estaba cargado, pesado como si la atmósfera misma temiera lo que estaba por venir.Las luces parpadeaban débilmente, bañando los muros con reflejos rojos y blancos.El cuerpo de Daichi permanecía inerte a unos metros, y pese a la aparente victoria, el silencio que los rodeaba no traía alivio.Solo una calma tensa… un vacío previo a la tormenta.
Tsuki respiraba con dificultad.
Su cuerpo dolía, la adrenalina comenzaba a disiparse, y en su mente solo quedaba la urgencia de salir de ese lugar.Rikuya observaba las cápsulas donde los kaijus dormían dentro de sus frascos de cristal.
Había algo en esos cuerpos inmóviles que lo inquietaba.Ayame, agotada, trataba de curarles las heridas, pero la energía mágica en el ambiente interfería con su poder.
Entonces, un leve sonido, casi imperceptible, atravesó la quietud.Un eco de pasos.Lentos, constantes, demasiado seguros para pertenecer a alguien herido o perdido.
De entre las sombras, una figura emergió.Alto, cubierto con una capa gris que rozaba el suelo, el rostro oculto tras una máscara sin expresión.El aire pareció detenerse.
Tsuki instintivamente levantó sus espadas, y Rikuya dio un paso adelante, formando un sello con las manos temblorosas.Ayame, pálida, se colocó detrás de ellos, su luz curativa parpadeando como una llama débil.
El desconocido se detuvo a pocos metros.
No dijo palabra alguna.Solo levantó una mano.Una corriente de energía invisible los golpeó a los tres, lanzándolos en direcciones opuestas.El suelo tembló.
Tsuki se levantó de inmediato, gritando de rabia, y corrió hacia él.Sus espadas cortaron el aire en una danza frenética, veloz, precisa… inútil.El enemigo detuvo una de las hojas con dos dedos, la giró, y con un movimiento casi delicado, la rompió.Tsuki fue derribado con una simple patada al estómago que lo dejó sin aire.
Rikuya no dudó: creó tres clones a su alrededor que atacaron desde distintos ángulos.El hombre los atravesó sin moverse del sitio.Y antes de que Rikuya pudiera reaccionar, una estocada —tan rápida que el ojo no pudo seguirla— le atravesó el pecho.El sonido del metal atravesando carne resonó como un eco imposible de borrar.
—¡Rikuya!
—gritó Ayame, corriendo hacia él.
La sangre se deslizaba por su uniforme, cálida y pesada.Ayame presionó la herida, intentando curarlo, pero la energía del enemigo anulaba su magia.
Cada intento se deshacía como humo.
Tsuki volvió a ponerse de pie, tambaleante.Su respiración era irregular, su mirada desbordaba furia.Se lanzó de nuevo, una y otra vez, con ataques rápidos, desesperados, incontrolables.El enemigo lo esquivaba con la naturalidad de quien simplemente da un paseo bajo la lluvia.
El laboratorio se sacudía con cada impacto, pero el resultado era el mismo: Tsuki cayendo una y otra vez al suelo.Ayame gritó su nombre, impotente, mientras trataba de no soltar a Rikuya.
El hombre avanzó despacio, su presencia llenando cada rincón de la sala.No había odio en su mirada, ni arrogancia; solo una serenidad imposible.Cuando habló, su voz fue grave y profunda, como si saliera del corazón de la tierra.
“Solo quienes conocen el dolor podrán encontrar la paz.” Tsuki alzó la vista, furioso, intentando levantarse una vez más.El hombre inclinó levemente la cabeza, observándolo con una calma inquietante.El silencio se prolongó.
Ni un paso atrás, ni una retirada.El desconocido permaneció frente a ellos, inmóvil, con la espada aún en su mano derecha y una expresión imposible de descifrar.Los tres jóvenes, derrotados, respiraban con dificultad, sin saber si estaban frente al final… o al inicio de algo mucho peor.
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