Tsuki no Namida - Capítulo 22
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22: LUZ DE LUNA 22: LUZ DE LUNA El eco del derrumbe retumbaba como un rugido contenido por siglos.La cueva se agitaba en su propia agonía; los muros temblaban, el aire ardía.Entre los escombros, Raizen emergió de entre la penumbra, su capa hecha jirones y la mirada clavada en aquel ser que permanecía inmóvil, envuelto en una calma casi divina.
El enemigo —aquel hombre de mirada insondable— dio un paso hacia él.Cada movimiento suyo distorsionaba el aire, como si su sola existencia pesara más que la realidad misma.
—No puedes protegerlos y luchar al mismo tiempo —dijo el hombre, su voz grave y serena, como si no hablara, sino dictara una ley.
Raizen no respondió.El silencio fue su única declaración de guerra.
Su espada se alzó, la hoja tembló por un instante, y luego los dos se lanzaron el uno contra el otro.El choque fue un estallido.La luz del impacto iluminó la cueva, rasgando las sombras con un brillo tan intenso que pareció un amanecer forzado.Cada golpe creaba ondas de energía que partían la roca y hacían vibrar el aire.Pero Raizen, aunque veloz y preciso, no podía avanzar.El hombre bloqueaba cada intento con una naturalidad insultante.
Y entonces, el suelo se abrió bajo ellos.
Raizen cayó de rodillas un instante.
El polvo lo cubrió todo.Detrás de él, los chicos: Ayame, exhausta, protegiendo a Rikuya, que sangraba por el pecho; Tsuki, aún inconsciente, su cuerpo envuelto en un leve resplandor verde.Raizen lo vio todo con un solo vistazo.En ese instante, entendió que no podía continuar.
“Si sigo peleando… ellos morirán.” El enemigo bajó su guardia apenas un segundo y sonrió, como si leyera sus pensamientos.Raizen apretó la empuñadura con fuerza, la decisión grabándose en sus ojos.Su energía se condensó, no para atacar, sino para crear una barrera de contención, una esfera de luz que empujó a todos hacia la salida con una onda expansiva.
La cueva rugió.Piedras del tamaño de casas cayeron desde el techo.Raizen corrió entre los escombros, tomó a Tsuki sobre su hombro y gritó: —¡Ayame, muévete!
¡No mires atrás!
Ella obedeció.El aire se llenó de un estruendo final, el sonido del mundo cayendo sobre sí mismo.Aún así, Raizen miró hacia atrás una vez más… y vio al enemigo de pie, inmóvil entre el polvo, mirándolo en silencio.
—Salvarlos hoy…
será tu condena mañana —dijo el hombre, antes de que una pared de piedra lo cubriera por completo.
El brillo de la explosión final borró toda forma, y el mundo se volvió blanco.
Cuando el silencio regresó, la primera luz del amanecer bañaba la entrada de la cueva colapsada.Raizen, Ayame y Rikuya estaban de rodillas frente a ella, respirando con dificultad.El aire olía a tierra y a hierro.El cuerpo de Tsuki yacía a un lado, aún inconsciente, su aura alienígena extinguiéndose como una vela al final de su llama.
Raizen miró el horizonte, su espada quebrada entre las manos.El viento sopló, arrastrando el polvo del desastre.
—A veces, para proteger la vida…
—susurró— hay que cargar con la culpa de dejar vivir al enemigo.
El sol se alzó, pero su luz no trajo consuelo.Solo una certeza amarga: el enemigo seguía vivo.
Y desde las profundidades, entre los restos del derrumbe, una silueta aún se movía.Su sombra se alzó lentamente, como si despertara de un sueño eterno.
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