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Tsuki no Namida - Capítulo 23

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  4. Capítulo 23 - 23 TIEMPO
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23: TIEMPO 23: TIEMPO El amanecer no trajo calma, solo cansancio .A las afueras de la cueva, el aire olía a hierro y piedra húmeda, un aroma espeso que se mezclaba con el eco de los temblores que habían devastado la montaña.

Raizen se mantenía en pie, observando los restos del derrumbe con una serenidad extraña.

A su lado, Tsuki permanecía inconsciente, su cuerpo marcado por una energía verdosa que todavía chispeaba débilmente.

Rikuya, con el pecho vendado, trataba de mantenerse firme, y Ayame lo ayudaba con gestos temblorosos, demasiado exhausta para llorar, demasiado viva para detenerse.

El sol apenas despuntaba, y los primeros rayos iluminaron la piel de los muchachos cubiertos de polvo.

La batalla había terminado, pero en sus ojos no había victoria, solo silencio.Raizen los miró con una leve sonrisa, esa sonrisa que uno da cuando sabe que el dolor vendrá después.Habían sobrevivido, y eso, por ahora, bastaba.

Horas más tarde, los portones de Kazemura se abrieron para recibirlos.

La aldea los vio llegar como si fueran espectros que volvían del inframundo.Los aldeanos corrieron a ayudar, algunos por compasión, otros por miedo.Tsuki fue llevado en camilla, Rikuya sostenido por dos hombres, y Ayame, que se negaba a soltarlos, caminó detrás con la mirada perdida.

En el hospital, el aire olía a medicinas y cansancio.Raizen y Arashi se quedaron de pie en el pasillo, uno al lado del otro, sin hablar durante varios minutos.

Solo los sonidos de los pasos, los suspiros, el goteo de una lámpara parpadeante.Finalmente, fue Arashi quien rompió el silencio.

—No puedes seguir así, Raizen.

—Su voz era serena, casi paternal, pero había filo en ella—.

No todo puede salvarse, y tú lo sabes.Salvar a unos pocos para condenar a miles… no es justicia, es egoísmo.

Raizen apretó la mandíbula, y por un instante, su expresión dejó de ser la de un guerrero y se volvió la de un hombre cansado.El recuerdo lo golpeó con la fuerza de una ola: la noche que su madre cayó ante sus ojos, la figura de su hermana sosteniendo el arma con lágrimas que no pudo detener.Un solo disparo.Un solo instante.Y todo lo que alguna vez amó se volvió polvo en el aire.

—Si los dejo morir —respondió con voz quebrada—, ¿qué clase de mundo quedaría para proteger?

Arashi lo observó, y sus ojos se suavizaron, pero su respuesta fue tan dura como el viento del invierno.—Uno en el que al menos aún habría algo que salvar.

Raizen no dijo nada.

Solo bajó la cabeza, con el peso de un pasado que no se borra, y la certeza de que cada decisión que tomaba lo alejaba un poco más de sí mismo.

Días después, el gran salón del consejo de los clanes estaba repleto.

Las antorchas parpadeaban contra las columnas de piedra, y las voces llenaban el recinto como una tormenta contenida.El trono de Raizen estaba vacío.

El de Arashi también.Sobre la mesa se discutía el destino de la aldea y la autoridad de aquellos que aún creían poder mantenerla en pie.

—El Shinsei ya no es el mismo —dijo uno de los líderes, golpeando la mesa—.

Se ha vuelto débil, sentimental… sus decisiones comprometen el equilibrio.—Debemos actuar antes de que arrastre a todos los clanes con él —respondió otro.

Entre ellos, un hombre permanecía en silencio.Su rostro era delgado, los ojos hundidos, la voz aún más fría que la piedra.

Llevaba un abrigo gris oscuro y en el pecho un medallón con un círculo rodeado por tres espirales descendentes: el símbolo del Clan Jishin, los dominadores de la gravedad.Su nombre era Daigo Tenshuro, y su mera presencia pesaba más que las palabras de todos los demás.

No hacía falta que hablara; su silencio ya era una amenaza.Los demás lo miraban de reojo, sabiendo que su influencia se extendía más allá de los muros del consejo.

En el pasillo exterior, Akihiko escuchaba.No intervino.Sus pasos se detuvieron solo un segundo, lo suficiente para reconocer las voces que conspiraban.Sabía que algo oscuro estaba fermentando, y que Daigo era su raíz.Pero también sabía que hablar demasiado pronto era como encender una mecha con los dedos mojados: el fuego no prendería, pero el intento te dejaría cicatrices.Así que siguió caminando, con el rostro sereno y los pensamientos en llamas.

Esa misma noche, en una sala sin nombre, tres sombras se reunieron bajo la tenue luz de un tubo de cristal.Dentro flotaba una masa verdosa, una célula alienígena suspendida en líquido.

Su brillo era débil, pero su energía vibraba en el aire.

—Estas muestras son puras —dijo un hombre corpulento, de sonrisa torcida, que observaba el tubo con fascinación—.Si logramos replicarlas, los Shinsei caerán uno a uno… y los dioses no volverán a despertar.

A su lado, una figura encapuchada respondió con voz baja, casi inhumana:—El poder de los cielos pertenece ahora a la tierra.

No repitamos los errores del pasado.

Daigo Tenshuro avanzó hacia ellos, con la calma de quien mide su propia sombra.—Tranquilos —dijo, dejando caer su mano sobre la mesa—.Nada en el cielo podrá resistir la gravedad… ni siquiera ellos.

Una sonrisa helada recorrió el cuarto.El líquido dentro del tubo brilló con un resplandor verdoso, y por un instante, algo dentro pareció moverse.

En algún lugar, los chicos dormían sin saber que el verdadero enemigo ya había puesto sus ojos en ellos.Y que la paz, en Kazemura, estaba a punto de romperse una vez más.

(Subiré capítulos una vez a la semana)

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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