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Tsuki no Namida - Capítulo 24

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24: MESIAS 24: MESIAS Tsuki despertó sin abrir los ojos.

La luz era demasiado brillante, incluso a través de sus párpados, y el silencio de la habitación era un peso.

Olía a desinfectante y a una hierba medicinal que no conocía.

Intentó mover la mano, pero se detuvo.

Había algo diferente.

No era dolor; era una ausencia de límites.

Sentía el aire, no solo en su piel, sino atravesando su tejido.

Podía percibir el diminuto crujido de la madera en la cama bajo él, la resonancia metálica en la lámpara del techo, y lo más extraño: el pulso de la célula verde que le habían inyectado, latiendo suave y distante en su propio torrente sanguíneo.

Era un eco.

Cuando finalmente abrió los ojos, su primer pensamiento no fue en Rikuya o Ayame, sino en la intensidad del color.

El blanco de las sábanas era cegador, el azul del cielo visto por la ventana, casi violento.

Se llevó una mano al costado.

No había herida, pero sí el recuerdo punzante de la energía esmeralda.

Un ligero movimiento llamó su atención.

En la mesita de noche había una jarra de agua.

Al concentrarse en ella, no la vio, sino que sintió la estructura molecular del cristal.

Por un segundo fugaz, la jarra pareció vibrar, y una gota de rocío se condensó en la base, ajena a la temperatura de la sala.

La energía me cambió, pensó, pero no soy yo quien la domina; es ella la que me está mostrando el mundo.

Justo entonces, la puerta se abrió.

Raizen estaba sentado en el pasillo, su katana descansando sobre sus rodillas.

No había dormido.

Arashi apareció por el pasillo.

Esta vez, no había serenidad en su rostro, solo una fría determinación.

—El consejo ha emitido un ultimátum extraoficial —dijo Arashi sin preámbulos, parándose frente a Raizen—.

Quieren que te retires de la autoridad del Shinsei por un tiempo, para “reconsiderar” tu posición.

Daigo lo está orquestando.

—Lo sé —respondió Raizen, sin levantar la vista—.

Que lo hagan.

—¿Y entregarles todo?

¿Después de lo que pasó?

—La voz de Arashi se elevó, manteniendo un tono bajo pero cargado de veneno—.

¡Toda tu vida te has quemado para proteger a Kazemura, y ahora te rindes al primer murmullo!

—No me rindo.

Protejo.

Raizen por fin levantó la vista, sus ojos revelando la batalla interna que libraba.

—¿Crees que no entiendo el egoísmo?

Cuando rescatamos a Tsuki, no lo hice por la aldea.

Lo hice porque vi a mi hermana en él, Arashi.

Vi la misma luz, el mismo destino no merecido.

Si puedo salvar a uno que el mundo quiere romper, tal vez… tal vez pueda perdonarme.

—Ese niño —Arashi señaló hacia la habitación de Tsuki—, es un riesgo.

Esa energía verde no es Shinsei.

Es alienígena.

Si Daigo o la gente que lo rodea lo descubren, no habrá clemencia.

Lo usarán para justificar tu caída.

—Entonces los detendré.

—Raizen se puso de pie, su estatura imponente llenando el pasillo—.

No hay justicia en dejar morir a un inocente por miedo a los conspiradores.

Asumiré la responsabilidad de mi egoísmo.

Arashi lo miró.

La ira se desvaneció, reemplazada por una resignación cansada.

—Ya la has asumido.

Pero si vas a luchar contra Daigo, no lo hagas solo.

Él no solo quiere tu título; quiere tu cabeza.

Mientras Raizen y Arashi se separaban, Akihiko salió de la sala de suministros al otro extremo del pasillo, como si acabara de terminar de limpiar.

Llevaba el uniforme de conserje, pero sus movimientos eran los de un depredador.

No había escuchado toda la conversación, pero había oído lo suficiente: “alienígena” y “Daigo”.

Su mente, siempre un torrente de cálculos, ya estaba tejiendo la red.

Daigo no era estúpido; si conspiraba, lo haría con evidencia.

La única evidencia real de que Tsuki era una amenaza era la propia Tsuki.

Akihiko se dirigió hacia la salida.

Necesitaba moverse rápido.

Tenía que encontrar la fuente de información de Daigo, el origen de la tecnología verde que se rumoreaba, y silenciarla antes de que pudiera llegar al Consejo.

Se detuvo en la puerta.

Pensó en Raizen, el hombre que le había dado un lugar en esta aldea.

Pensó en Tsuki, el chico que no merecía ser la moneda de cambio.

Para proteger el equilibrio, a veces hay que ensuciarse las manos.

Su camino lo llevó a las afueras de Kazemura.

Al caer la noche, se deslizó hacia la vieja zona industrial, los almacenes abandonados que el Clan Jishin usaba para sus proyectos “privados”.

Encontró una puerta de servicio sin vigilancia.

Abrió la cerradura con un clic casi inaudible.

Dentro, no había maquinaria pesada, sino un laboratorio improvisado.

Sobre una mesa de metal, bajo una luz estroboscópica, había pilas de archivos.

Y en el centro, lo que Akihiko buscaba: un pequeño vial de cristal con un líquido iridiscente y una célula pulsante.

Era el mismo que Tsuki había absorbido.

Akihiko tomó el vial y se dispuso a irse, pero un sonido lo detuvo.

Voces.

—El Shinsei está en jaque.

El chico es la clave —dijo la voz de Daigo Tenshuro, entrando en la sala con el corpulento y la figura encapuchada.

—El niño de la profecía —murmuró la voz inhumanamente baja de la figura encapuchada—, solo es útil si está roto.

Daigo sonrió con frialdad.

—La gravedad lo romperá, y al mismo tiempo, nos entregará el poder de los cielos.

La purificación comienza mañana.

Akihiko se pegó a la pared, el vial escondido en la palma.

Había conseguido la prueba de la conspiración y la fuente del poder.

Pero la amenaza era mucho más inminente de lo que había creído.

Tenía que advertir a Raizen, y rápido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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