Tsuki no Namida - Capítulo 27
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27: ODIO 27: ODIO La verdadera lucha no comenzó con la explosión.
Comenzó después.
Cuando el humo se disipó, cuando los cuervos desaparecieron y Kazemura volvió a respirar, quedó algo peor que el miedo: la certeza de que aquello no había sido un ataque.
Había sido una confirmación.
Raizen encontró a Tsuki antes del amanecer.
El muchacho estaba de pie en uno de los patios interiores, bajo un cielo aún gris, con la mirada fija en el suelo de piedra agrietada.
La energía verdosa apenas se manifestaba, como un reflejo débil atrapado bajo la piel.
Raizen no habló de inmediato.
Esperó.
—Dime —dijo al fin—.
¿Qué es lo que te persigue?
Tsuki tardó en responder.
—Siempre dicen que el pasado no define el futuro —murmuró—.
Que podemos elegir.
Alzó la mirada.
Sus ojos no temblaban.
—Pero el mío no me deja elegir.
—Hizo una pausa—.
Me sigue.
El cuervo… lo que fui antes… todo me dice lo mismo.
El aire pareció tensarse.
—Que no hay salida.
Raizen cerró los ojos un segundo.
—Entonces dime —preguntó—.
¿En qué puedo ayudarte?
Tsuki soltó una risa breve, vacía.
—A menos que puedas entenderlo… no puedes salvarme.
Raizen lo miró con una honestidad brutal.
—Tienes razón —dijo—.
Yo no lo entiendo.
Giró ligeramente el rostro.
—Pero conozco a alguien que sí.
Tsuki sintió un nudo en el estómago.
—No te va a gustar —añadió Raizen.
Arashi estaba esperándolo.
No en una sala común, sino en el nivel más bajo del complejo, donde la piedra era antigua y el silencio absoluto.
No había armas visibles.
No había espectadores.
Solo él.
Su mirada era fría.
No juzgaba emociones.
Calculaba probabilidades.
Tsuki entendió algo de inmediato: Ese hombre no lo veía como persona.
Lo veía como un fenómeno.
—Él es el único —dijo Raizen—.
El único humano que sabe lo que eres.
Tsuki dudó.
Pero el recuerdo del cuervo rojo ardió en su mente.
—Acepto —dijo.
Arashi levantó la mano.
El examen comenzó.
El aire gritó.
Flechas surgieron desde todos los ángulos.
Tsuki desapareció y reapareció en destellos cortos, forzando su teletransportación hasta el límite.
Las flechas pasaban donde había estado un instante antes.
Luego, cuchillas.
Reales.
No advertencias.
Cortaron la piedra.
Cortaron el viento.
Tsuki cayó, rodó, volvió a desaparecer.
Entonces llegaron ellos.
Personas sin nombre.
Sin duda.
No atacarían para intimidar.
Atacarían para matar.
El tiempo dejó de ser una medida.
Se volvió un peso.
Tsuki golpeaba, desviaba, aparecía detrás, arriba, a los lados.
Pero siempre contenía el golpe final.
Siempre dudaba.
Una hora.
Una hora y media.
Un segundo más.
Su energía comenzó a colapsar.
El mundo se volvió lento.
—Tiempo —dijo Arashi.
Tsuki cayó de rodillas.
El latido dentro de él era un eco roto.
—Una hora, cuarenta y cinco minutos, diez segundos —continuó Arashi—.
Incluso los sujetos de prueba más débiles de tu especie superaban las dos horas.
Tsuki alzó la cabeza con dificultad.
—El noventa por ciento de mi energía vital se perdió en el estado de estasis —dijo—.
No sé cómo recuperarla.
Arashi lo observó en silencio.
Luego habló.
—A veces odiamos lo que somos —dijo—.
O por qué lo somos.
Avanzó un paso.
—Raizen me contó lo que te hicieron cuando eras niño.
—Su voz no era cruel—.
Pero gracias a eso, hoy sigues vivo.
Tsuki apretó los dientes.
—Te enseñaré algo —dijo Arashi—.
Ataca.
Tsuki reunió lo poco que quedaba.
Desapareció.
Apareció detrás de Arashi y lanzó una patada directa.
Arashi no se giró.
Con una precisión imposible, desvió el ataque como si hubiera leído el movimiento antes de que existiera.
—Continúa.
Tsuki atacó de nuevo.
Teleportaciones erráticas.
Golpes que desafiaban toda lógica.
Ángulos muertos.
Arashi no fue alcanzado.
Cada ataque pasó… al vacío.
Tsuki cayó por última vez.
Sin energía.
Sin aire.
Arashi se detuvo frente a él.
—Ahora entiendes —dijo.
Tsuki alzó la vista.
Y comprendió la verdad que helaba la sangre: No estaba siendo entrenado para ganar.
Ni siquiera para luchar.
Estaba siendo preparado para enfrentarse a algo mucho peor.
A sí mismo.
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