Tsuki no Namida - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 CAPITULO 3 EL PRECIO DE LA ESPERANZA
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3: CAPITULO 3: EL PRECIO DE LA ESPERANZA 3: CAPITULO 3: EL PRECIO DE LA ESPERANZA La noche era helada en la montaña, pero Tsuki no podía quedarse quieto.
A pesar de las súplicas de la mujer para que volviera a la cama, la inquietud lo consumía.
Los ladridos de Shiro y aquella sensación en el pecho no lo dejaban respirar.
Sin mirar atrás, salió corriendo entre la nieve, decidido a encontrar al leñador.
Cada paso que daba le traía recuerdos difusos, como destellos en su mente: el leñador enfrentando a extraños seres, los golpes cayendo sobre él, la voz fría exigiéndole una respuesta, su cuerpo cayendo al suelo.
Eran imágenes que lo perseguían como sombras que no podía ahuyentar.
Cuando por fin lo encontró, el hombre yacía en la nieve, ensangrentado y apenas respirando.
Al verlo, Tsuki sintió que el mundo se le partía en pedazos.
El leñador levantó la mirada, y a pesar del dolor, le regaló una sonrisa débil.—Deberías estar dormido, muchacho… —murmuró con voz entrecortada—.
Pero no me arrepiento de nada.
Ellos querían saber dónde estabas… y no lo dije.
Porque eres mi familia.
Aunque no compartamos sangre, yo daría la vida por ti.
Las lágrimas se agolparon en los ojos de Tsuki.
El hombre lo miró con firmeza, como si quisiera grabar sus palabras en el alma del niño.—Quizás te pido demasiado, Tsuki… pero espero que algún día seas un buen hermano mayor.
Tienes que proteger a tu familia… yo me voy tranquilo, porque sé que puedes hacerlo.
Con un último suspiro, cerró los ojos, dejando a Tsuki arrodillado en la nieve, con el peso de aquellas palabras cayendo sobre él como una losa imposible de cargar.
Pasaron tres días desde aquella noche.
Tres días en los que Tsuki no logró conciliar el sueño.
Las palabras del leñador lo perseguían sin descanso, clavándose en su mente cada vez que cerraba los ojos.
La idea de ser débil, de no poder proteger a nadie, lo devoraba por dentro.
Incapaz de soportarlo, salía de la cabaña en la madrugada, cuando todos dormían, y se internaba en el bosque para entrenar.
Allí, entre los árboles y la nieve, repetía una y otra vez los movimientos de su técnica de teletransportación.
Era su habilidad más característica, pero tras quinientos años de sueño su cuerpo había olvidado la fluidez y la precisión de antaño.
El frío cortaba su piel, el sudor empapaba su frente, y más de una vez terminaba desplomado en el suelo, jadeando, frustrado.
Intentaba, fallaba, volvía a intentar.
Cada caída lo hacía recordar al leñador: “Si no puedes ser fuerte, ¿cómo cargarás con la responsabilidad de proteger a tu familia?” Y fue en medio de esa lucha interna que, al borde del agotamiento, ocurrió.
En un instante de claridad, su mente y su cuerpo se alinearon con la determinación que lo quemaba por dentro.
Con un destello repentino, desapareció de un punto y apareció en otro, dejando tras de sí apenas un eco en el aire.
Se había teletransportado.
Cayó de rodillas, jadeando, con los puños apretados.
Una sonrisa rota se dibujó en su rostro.
No era perfecto, no era suficiente, pero era el inicio.
El recuerdo del leñador, su promesa y el peso de proteger a la mujer y al bebé que estaba por nacer le daban una nueva fuerza.
Con el tiempo, Tsuki comenzó a tomar responsabilidades que nadie le había pedido.
Viendo que la mujer apenas podía sostenerse en pie con el peso de su embarazo, se ofreció a trabajar en la casa.
Ella al principio se negó, diciendo que era demasiado joven, pero finalmente cedió.
Fue así como tomó el hacha del viejo leñador y comenzó a cortar madera en la montaña.
Día tras día, sus manos se endurecieron, su cuerpo se forjó y su voluntad se templó.
Pronto, comerciantes y viajeros escucharon sobre un niño que vendía madera y carbón de gran calidad, y empezaron a subir hasta la montaña para comerciar con él.
Tsuki no solo mantenía la casa: la sostenía con sus propias manos.
Por las noches, después del trabajo, volvía a entrenar en silencio, perfeccionando la técnica que lo definía, cada vez con más control, con más determinación.
Los meses pasaron y Tsuki ya no era el mismo.
La mujer, en cambio, estaba cada vez más débil.
Su vientre crecía y el cansancio se apoderaba de ella.
Tsuki guardaba cada moneda que ganaba, y al fin, tras siete meses de esfuerzo, reunió lo suficiente para pagar la cirugía que ella necesitaba para sobrevivir al parto.
Con esperanza y miedo en el corazón, la llevó a la gran casa del médico, quien le reveló que solo podría salvarla si conseguía la Shizumi no Hana, una flor que cobraba valor al marchitarse bajo la nieve.
Tsuki salió a buscarla en la tormenta, repitiéndose que debía encontrarla.
Pero entonces, un estruendo sacudió la montaña.
Volvió la mirada y vio humo, fuego y figuras extrañas que emergían de las llamas: los guardianes enviados por los semidioses.
Corrió con desesperación, con el ladrido de Shiro marcando el camino.
Pero al llegar, encontró solo ruinas: el médico muerto, su madre agonizando, y en sus brazos, la recién nacida.
Con el último aliento, la mujer lo miró a los ojos y susurró:—Protege… a tu hermana… Y el mundo de Tsuki se derrumbó bajo el peso de aquella promesa.
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