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Tsuki no Namida - Capítulo 4

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  4. Capítulo 4 - 4 CAPITULO 4 SANGRE BAJO LA NIEVE
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4: CAPITULO 4: SANGRE BAJO LA NIEVE 4: CAPITULO 4: SANGRE BAJO LA NIEVE Tsuki cayó de rodillas frente a los restos de la casa del médico.

El humo aún se alzaba hacia el cielo gris, llevando con él el eco de las últimas palabras de su madre:—Protege… a tu hermana… El niño temblaba.

El cuerpo de la mujer yacía frente a él, ya sin vida, mientras en sus brazos la recién nacida lloraba, ensangrentada pero viva.

El dolor lo atravesó como una lanza, y en ese instante algo dentro de él despertó.

Sus ojos se tornaron de un blanco resplandeciente, y su piel pareció brillar con una energía extraña, ajena a lo humano.

El lado alienígena de su sangre se reveló, y con él una fuerza que no había sentido nunca.

Los guardianes metálicos, enviados por los semidioses, se movieron para terminar lo que habían comenzado.

Sus cuchillos surcaron el aire y se clavaron en la espalda del niño… pero en lugar de atravesarlo, se quedaron incrustados en su piel, apenas dejando un rasguño.

Como si el cuerpo de Tsuki se hubiera endurecido más que el acero.

Con un grito cargado de rabia, Tsuki se abalanzó contra ellos.

Su velocidad era tal que los enemigos apenas lograron reaccionar.

Uno tras otro cayeron, destrozados por la fuerza de sus manos desnudas.

La nieve se tiñó de metal roto y energía chisporroteante.

Ninguno pudo siquiera tocarlo.

Cuando el último cayó, Tsuki quedó jadeando, con la hermana todavía en brazos.

Su mirada, ahora fría y furiosa, se clavó en el horizonte.

Sin mirar atrás, caminó con paso firme hacia el bosque.

Después de caminar durante horas, la ventisca comenzó a amainar.

Para su sorpresa, la nieve desapareció poco a poco, hasta que el suelo se tornó en tierra húmeda cubierta de hojas.

Tsuki frunció el ceño.

Desde que había llegado a la Tierra, nunca había visto un lugar sin nieve.

El bosque era extraño: los árboles eran altos, con raíces retorcidas, y el aire estaba cargado de humedad en lugar de hielo.

Pero pronto, la preocupación lo trajo de vuelta a la realidad.

La niña en sus brazos lloraba con debilidad.

Su pequeño cuerpo necesitaba calor y alimento.

Tsuki apretó los dientes, sabiendo que debía hacer algo.—Si quieres sobrevivir… tendrás que comer… —murmuró, como si hablara con ella, pero en realidad se hablaba a sí mismo.

Decidido, comenzó a cazar.

Se movía en silencio entre los arbustos, observando las huellas, escuchando los sonidos lejanos de los animales.

La disciplina que había entrenado durante siete meses ahora cobraba vida en cada movimiento.

El niño que alguna vez dependió de otros para sobrevivir ahora debía ser cazador, protector y hermano.

El bosque parecía interminable, y tras horas de avanzar con cautela, un rugido quebró la calma.

Tsuki se giró y vio la escena: un enorme oso se abalanzaba contra Shiro, que intentaba defenderse con fiereza.

El corazón de Tsuki ardió.

Sin pensarlo, colocó a la niña en un lugar seguro entre las raíces de un árbol y se lanzó contra la bestia.

El oso era gigantesco, con garras como cuchillas y un pelaje oscuro y enmarañado.

Sus ojos rojos brillaban con furia.

Tsuki se movió en círculos, esquivando cada zarpazo con rápidas teletransportaciones.

Aparecía y desaparecía, golpeando al animal en los flancos, debilitándolo poco a poco.

Con un salto, el oso trató de aplastarlo, pero Tsuki se teletransportó justo detrás de él y descargó un golpe tan fuerte que la criatura se desplomó, sin vida, con un rugido apagado.

Shiro lo miró con asombro.

Tsuki respiraba agitado, con la sangre aún caliente corriendo por sus venas, pero sabía que había demostrado lo mucho que había evolucionado.

Ya no era solo un niño: era un guerrero en formación.

Tsuki continuó su camino, cargando a la niña y con Shiro siguiéndolo de cerca.

El silencio se rompió cuando una voz grave resonó entre los árboles:—¡Tú!

Un hombre alto y robusto emergió del bosque.

Tenía una enorme espada en la espalda y un pañuelo que cubría gran parte de su rostro.

Sus ojos, oscuros y duros, se clavaron en Tsuki con desconfianza.—Eres el invocador de esa bestia, ¿verdad?

—dijo, señalando al lobo de sombras que se materializó repentinamente, abalanzándose contra el niño.

Tsuki reaccionó de inmediato.

Con la niña en brazos, se teletransportó varias veces para evitar al animal.

El hombre parecía convencido de que el lobo le pertenecía a él, y que estaba usando ilusiones para disfrazarse de un simple niño.

El lobo saltó de nuevo, pero Tsuki, con la mirada encendida, se plantó firme sobre su hermana.

Cuando la criatura estuvo a punto de caer sobre ellos, Tsuki lo miró fijamente.

En un segundo, el lobo se detuvo, retrocediendo con un gemido, intimidado por la fuerza invisible que emanaba del niño.

El hombre frunció el ceño, confundido.

Tsuki colocó a su hermana en el suelo, cuidando de que no le pasara nada.

El hombre, viendo su oportunidad, desenvainó la enorme espada, y el aire mismo pareció temblar bajo su fuerza.—No engañarás a nadie con tu disfraz —rugió el guerrero—.

¡Un invocador no merece vivir!

El combate comenzó.

El hombre lanzó técnicas de rayo que partieron árboles, ilusiones que distorsionaban la vista y ataques de fuego y tierra que sacudían el terreno.

Tsuki solo tenía su teletransportación y la fuerza de sus manos desnudas, pero era suficiente.

Desaparecía y aparecía, esquivando cada embestida, contraatacando con golpes certeros.

El suelo se convirtió en un campo de batalla, marcado por cráteres, quemaduras y destellos eléctricos.

Aunque el hombre era un guerrero experimentado, Tsuki resistía.

Y por primera vez, alguien lo estaba llevando al límite.

El combate parecía no tener fin, hasta que una nueva presencia se hizo sentir.

Una figura emergió de la ventisca del bosque: un hombre alto, vestido con ropajes oscuros y el rostro cubierto por una máscara.

En su brazo llevaba una banda con letras claras: Ikusa no Kami.

Con un solo golpe seco, derribó al guerrero robusto, dejándolo inconsciente en la nieve.

El silencio cayó sobre el campo de batalla.

Tsuki, con la respiración entrecortada, lo miró fijamente, todavía protegiendo a la niña.—¿Quién eres?

—preguntó, con la voz tensa.

El hombre enmascarado lo observó por unos segundos.

Finalmente, respondió con calma:—Me llamo Raizen.

La banda en su brazo ondeó con el viento, mostrando las palabras Ikusa no Kami.

Tsuki entendió en ese momento que no estaba frente a un enemigo cualquiera.

Ese hombre era alguien que podía decidir el rumbo de su destino.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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