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Tsuki no Namida - Capítulo 5

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  4. Capítulo 5 - 5 sonrisa apresurada
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5: sonrisa apresurada 5: sonrisa apresurada Raizen miraba fijamente a Tsuki, el brillo de su espada aún encendido por el choque reciente.

Su voz resonó grave, imponente, pero sin hostilidad.—Soy Raizen, rey de esta nación —dijo mientras su capa ondeaba con el viento del bosque—.

Y el hombre contra el que luchabas… era un criminal llamado Kage no Kiri, un traidor que llevaba tiempo escapando de la justicia.

Tsuki permaneció en silencio, con su hermana en brazos, mientras Raizen lo examinaba con detenimiento.

El rey se acercó y bajó el tono de su voz.—Dime, chico, ¿cómo te llamas?

Tsuki lo miró fijamente, dudando por un instante.—Me llamo… Tsukihiko, pero todos me dicen Tsuki.

Raizen asintió con calma.—Tsukihiko… un nombre fuerte.

El silencio se hizo pesado, hasta que Raizen lo rompió.—¿Y qué hace un niño como tú, cargando con una bebé, vagando por estos bosques?

Tsuki bajó la mirada.

En su mente pasaron imágenes fugaces: la cabaña ardiendo, su madre cayendo sin vida, la sonrisa agonizante del leñador que le había dado un hogar.

Trató de hablar, pero su voz se quebró.

Finalmente, con dificultad, relató lo sucedido: cómo había perdido a su madre, al leñador, y cómo ahora solo tenía a su pequeña hermana y a Shiro.

Raizen lo escuchó en silencio, sin interrumpirlo, con los ojos entrecerrados.

No era un relato lleno de detalles; Tsuki no mencionó su verdadera naturaleza alienígena.

Sin embargo, la tristeza en su voz era tan real que caló en el corazón del rey.

Cuando el niño terminó, Raizen apoyó una mano firme en su hombro.—Has soportado demasiado para tu edad.

No dejaré que sigas vagando sin rumbo.

Ven conmigo.

—Y con una leve sonrisa agregó—.

Mi ciudad puede ofrecerte lo que aquí has perdido.

Tsuki lo observó, con duda en su mirada.

Pero al ver la seriedad del hombre y sentir el hambre que lo devoraba, no solo a él sino también a su hermanita, decidió confiar.

Raizen los condujo fuera del bosque y, tras unas horas de viaje, las murallas de Tenshigawa aparecieron ante ellos.

Eran enormes, talladas en piedra blanca con grabados antiguos que brillaban débilmente bajo la luz de la luna.

Las puertas se abrieron al ver al rey y, al cruzarlas, Tsuki quedó sin aliento.

La ciudad era un espectáculo vivo: calles amplias iluminadas por faroles mágicos, mercados repletos de gente, aromas de pan fresco, carne asada y frutas que Tsuki jamás había visto.

Personas de todas las edades se inclinaban al paso de Raizen, murmurando su nombre con respeto.

Tsuki avanzaba en silencio, con la niña entre sus brazos y Shiro siguiendo fiel a su lado.

Su estómago rugió con fuerza, y Raizen lo notó.—Ven conmigo al palacio.

—le dijo—.

Comerán hasta saciarse.

El palacio real era majestuoso, con columnas negras y estandartes rojos ondeando en lo alto.

Dentro, los sirvientes se apresuraron a preparar comida mientras Raizen los guiaba hacia un salón amplio.

Mientras esperaban, el rey aprovechó para explicarles algo más de ese mundo.

—En este reino —comenzó—, las personas nacen con marcas.

Algunos llevan la marca de la guerra (戦争), otros la marca de la paz (平和).

Ambas definen sus dones y su destino.

Hay quienes nacen con ambas, y quienes nacen sin ninguna.

Tsuki frunció el ceño.—¿Y qué significa nacer con ambas?

Raizen lo miró con seriedad.—Quien carga las dos es un Shinsei.

Una élite.

Guerreros capaces de blandir armas y canalizar magia al mismo tiempo.

Su poder puede decidir batallas enteras.

Por un instante, el rey recordó a Kage no Kiri, aquel Shinsei traidor al que había perseguido por tanto tiempo.

Su expresión se endureció, pero la suavizó rápidamente para no preocupar al niño.

Tsuki, en silencio, bajó la mirada hacia sus manos.

Él no tenía ninguna marca… pero aún así había logrado pelear.

Raizen también lo había notado durante la lucha en el bosque, y aunque el pensamiento lo inquietaba, prefirió no mencionarlo aún.

Finalmente, la comida llegó: platos de carne caliente, arroz, pan y frutas.

Tsuki devoró cada bocado con ansias, mientras su hermanita reía feliz con un pedazo de pan en las manos.

Raizen los observó con una mezcla de ternura y preocupación: aquella criatura era más que un simple niño sin rumbo, y lo sabía.

Tras comer, Raizen decidió mostrarles un poco más de la ciudad.

Caminaron hasta un amplio edificio, desde donde se escuchaban gritos y explosiones de energía.

En el patio, un grupo de niños practicaba conjuros.

Bolas de fuego se elevaban, corrientes de agua se retorcían en el aire, y algunos esgrimían espadas que brillaban con energía mágica.

Tsuki los miraba con fascinación.—¿Qué hacen esos niños?

—preguntó.

—Entrenan para convertirse en hechiceros —respondió Raizen—.

Aquí, todos los que poseen un don deben elegir su camino.

Existen cuatro legiones.

El rey levantó cuatro dedos mientras caminaban.—Los Hechiceros, que dependen casi enteramente de su magia.—Los Caballeros, que luchan en grupos, usualmente junto a los hechiceros.—Los Sanadores, que no pelean, pero sostienen al ejército con su poder de curación.—Y los Shinsei, los que poseen ambas marcas.

Los más temidos y respetados.

Tsuki lo escuchaba con atención, impresionado por la organización de aquel mundo.

—El criminal que te atacó en el bosque… —añadió Raizen, con voz grave—.

Kage no Kiri era uno de ellos.

Un Shinsei.

Y también una amenaza que, por fin, ya no existe.

Tsuki no respondió.

Miró hacia adelante, a los niños entrenando, mientras pensaba en silencio: él no tenía marca alguna… pero aun así, ¿podría algún día alcanzar un poder similar?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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