Tsuki no Namida - Capítulo 6
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6: el pacto de un nuevo hogar 6: el pacto de un nuevo hogar Aquella noche, Raizen le ofreció a Tsuki y a su hermana descansar en el castillo.
Tras meses de vagar en frío y penurias, dormir en una cama mullida fue algo que Tsuki apenas podía comprender.
Abrazado a su hermanita, cerró los ojos con una mezcla de alivio y desconfianza, pues la desdicha le había enseñado que nada bueno duraba demasiado.
Al amanecer, un sirviente lo despertó con amabilidad y lo condujo al salón principal.
Allí, Raizen lo esperaba sentado en una mesa larga, cubierta de pan recién hecho, frutas, carne asada y sopa caliente.
El aroma llenaba la sala.
—Buenos días, Tsuki —dijo Raizen con una sonrisa firme—.
Ven, siéntate.
Tsuki tomó asiento con timidez, con su hermana en brazos, y comenzó a comer.
Mientras el pan crujía bajo sus dientes, la sopa le calentaba el cuerpo y la niña reía al probar la fruta, un recuerdo lo golpeó de improviso.
Su madre, aquella mujer de cabello largo y mirada dulce, lo llamaba a la mesa con voz suave, sirviendo comida aunque apenas alcanzara para ella.
Esa escena, tan parecida a lo que vivía en ese instante, lo hizo bajar la mirada con los ojos nublados.
Raizen, al notarlo, no dijo nada al principio.
Le dio tiempo para comer, hasta que finalmente habló.—Tsuki… necesito hacerte una pregunta —dijo con un tono mucho más serio—.
Ayer te vi luchar.
Vi cómo te movías y lo que hiciste… y sé que no tienes ninguna marca.
¿Quién eres en realidad?
El niño tragó saliva.
Por un instante pensó en mentir, pero luego recordó que aquel hombre lo había salvado y cuidado.
Decidió confiar.—No tengo marca… porque no soy como los demás.
—Sus manos temblaron mientras lo decía—.
Soy… un alienígena.
El silencio pesó en el aire.
Tsuki bajó la mirada, esperando ver en Raizen miedo, rechazo o repulsión.
Pero el rey se limitó a sonreír de manera tranquila.—Ya lo suponía —respondió con voz serena—.
No me interesa lo que seas, Tsuki.
Me interesa lo que hagas.
Y lo que quiero es que mantengas tu origen en secreto.
Si la gente lo supiera, no todos serían tan comprensivos como yo.
Tsuki levantó la mirada, sorprendido.
Raizen continuó:—Te propongo un trato.
Vivirás bajo mi protección.
Serás como un hijo para mí.
A cambio, te inscribirás en la academia de los Shinsei y jurarás proteger a esta nación como si fuera tu hogar.
Tsuki lo pensó en silencio.
No quería más cargas, ni más promesas que no pudiera cumplir.
Pero miró a su hermana, que reía inocente con un trozo de fruta en sus pequeñas manos.—Acepto… con una condición —respondió con firmeza—.
Que protejan a mi hermana.
Raizen sonrió, casi orgulloso.—Eso no tienes ni que pedirlo.
Está hecho.
El trato quedó sellado.
Ese mismo día, Raizen llevó a Tsuki a la academia de los Shinsei.
Al llegar, se presentó ante los maestros con voz solemne:—Este es mi hijo.
Entrenará aquí.
Nadie osó cuestionar al rey.
De esa manera, Tsuki obtuvo un lugar en la institución.
Las clases comenzarían en tres días, tiempo que pasó entrenando en los jardines del palacio, jugando con su hermana y hasta riendo junto a Raizen, que poco a poco lo trataba como si de verdad fuera su hijo.
Pero en la mente del rey había una preocupación constante: ¿cómo haría Tsuki para ocultar que no tenía marca alguna?
Tras meditarlo, ideó un plan.
Mandó a un artista del palacio a pintarle en la piel una marca falsa, un símbolo que imitaría a la de un Shinsei.
Solo así podría entrar sin levantar sospechas.
Tres días después, llegó el gran día.
Tsuki, vestido con el uniforme de la academia, ingresó al recinto con pasos firmes.
En los entrenamientos iniciales, no tardó en destacar.
Su velocidad y fuerza sorprendían a los maestros, y su manera de teletransportarse lo hacía único.
En ese entorno conoció a otros jóvenes como él.
El primero fue Renji Arakawa, un chico de sonrisa cálida y espíritu noble, considerado una de las mayores promesas del país.
Con él formó un lazo inmediato, casi como un hermano mayor.
También conoció a Daichi Akabane, miembro de uno de los clanes más poderosos e influyentes de la nación, orgulloso y competitivo.
Y por último a Kenshiro Saito, un niño rebelde que parecía disfrutar de las peleas, siempre buscando problemas con todos.
La primera lección estaba por comenzar.
El maestro, con voz autoritaria, dio la bienvenida a la nueva generación de aprendices.
Tsuki apretó los puños, decidido.
Sabía que ese sería el inicio de un nuevo camino, uno que no solo decidiría su futuro, sino el de su hermana y quizás, algún día, el del mundo entero.
Y así, con el corazón palpitante y los ojos fijos hacia adelante, empezaba la primera lección
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