Tsuki no Namida - Capítulo 7
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7: HERENCIAS DE SANGRE 7: HERENCIAS DE SANGRE El amanecer pintaba el cielo de tonos anaranjados mientras la academia abría sus puertas para recibir a los nuevos estudiantes.
Tsuki caminaba con paso firme, cargando todavía en sus hombros las dudas y los recuerdos de su pasado.
El ambiente estaba cargado de expectación: esa mañana aprenderían algo que marcaría sus vidas.
En el gran salón de instrucción, los maestros comenzaron a hablar sobre los Kesshō no Unmei (結晶の運命), dones únicos transmitidos por sangre o creados a partir de la unión de dos energías elementales, capaces de formar habilidades completamente nuevas.
No eran comunes, y mucho menos fáciles de controlar.
El profesor explicó cómo, desde tiempos antiguos, cinco clanes principales habían protegido y definido el rumbo de la nación: Ryū no Kage (竜の影): portadores del poder de dragones y criaturas míticas, maestros en invocaciones y hechicería.
Hyōsetsu (氷雪): dominaban los elementos invernales: hielo, nieve, neblina y tormentas gélidas.
Dokuyami (毒闇): guerreros envenenados que usaban toxinas como armas, incluso fusionándose con ellas.
Kurogane (黒影): expertos en manipular la sombra como arma, muchas veces convertidos en Shinsei de categoría estratégica.
Bakurai (爆雷): nacidos con la capacidad de generar explosiones o moldear energía vital en armas.
Tras la lección, los estudiantes comenzaron a mostrar sus habilidades.
Un chico del clan Kurogane lanzó estacas de sombra que se retorcían como serpientes.
Otro, del linaje Hyōsetsu, congeló el aire y creó un muro de hielo que reflejaba la luz.
Hubo uno capaz de entrelazar ilusiones con oscuridad, y otro que, leyendo las mentes de sus compañeros, predecía sus movimientos con una precisión aterradora.
También apareció un muchacho que alteraba la gravedad con un solo gesto, hundiendo el suelo bajo los pies de los demás.
Y por último, un joven callado que demostró un poder inquietante: podía copiar cualquier habilidad que presenciara, aunque con límites aún desconocidos.
El ambiente se encendió de emoción y nerviosismo.
Todos habían mostrado lo suyo… todos, excepto Tsuki.
El instructor lo llamó al centro.
—Es tu turno.
Tsuki respiró hondo y avanzó.
Durante unos segundos no hizo nada, lo que provocó risas nerviosas entre algunos estudiantes.
Pero, de pronto, desapareció.
En un parpadeo, apareció detrás del profesor, lanzando un golpe que fue detenido por el bastón del maestro.
El impacto resonó como un trueno, agrietando el suelo.
El murmullo de los alumnos se apagó.
—Así que ese es tu secreto… —sonrió el instructor—.
Demuéstrame más.
La sala estalló en una batalla imposible.
Tsuki se teletransportaba con una rapidez sobrehumana, atacando desde ángulos inesperados, mientras el maestro contrarrestaba con fuego, tierra y descargas mágicas.
El aire ardía, las paredes temblaban.
Nadie podía seguir con claridad los movimientos del muchacho.
El enfrentamiento culminó cuando Tsuki descendió desde lo alto con un golpe demoledor que el profesor apenas logró contener.
Una onda expansiva apagó las antorchas, sumiendo el lugar en penumbras.
Ambos quedaron en silencio.
Finalmente, el maestro bajó el bastón.
—Eres un monstruo —dijo con respeto—.
Un monstruo necesario.
Los alumnos quedaron helados.
Algunos temían, otros admiraban, pero todos comprendieron que Tsuki no era como los demás.
Aquella noche, al regresar al castillo, lo esperaba Raizen en el salón principal.
El rey lo observaba con gesto severo.
—¿Qué estabas pensando, Tsuki?
—dijo con voz dura—.
Dejaste a todos aterrados.
Levantaste sospechas y expusiste demasiado.
El chico bajó la cabeza, preparado para un castigo.
Sin embargo, Raizen suspiró, y en lugar de recriminarlo más, le desordenó el cabello con una sonrisa cansada.
—Aunque… no puedo negar que estoy orgulloso.
Recuerda: la fuerza sin prudencia trae ruina.
Es tarde.
Ve a dormir.
Al día siguiente, la academia le tenía preparado un nuevo destino.
El director presentó a su mentor: —Desde hoy entrenarás bajo Akihiko del Clan Ryū no Kage, conocido como el Hombre de las Mil Formas.
Akihiko apareció: un hombre alto, de cabello negro recogido, con una mirada fría y sabia.
Su fama era temida y respetada: podía dominar cualquier estilo de combate y técnica que existiera.
—Yo seré quien los forme —dijo con firmeza—.
Y ustedes demostrarán que valen mi tiempo.
A su lado se presentaron los compañeros de Tsuki: Rikuya, el Shinsei con la capacidad de copiar cualquier habilidad que veía, y Airi, una joven sanadora cuyo temple ocultaba una fuerza de voluntad indomable.
Su primer desafío llegó sin demora.
—Su primera misión será eliminar a un líder de la organización criminal Kage no Kiri.
Fallar no es una opción —sentenció Akihiko.
Los tres se miraron en silencio.
Tsuki sintió que un nuevo camino se abría frente a él.
Uno en el que, por primera vez, ya no caminaría solo.
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