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Un Bebé Secreto con el Multimillonario - Capítulo 28

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  3. Capítulo 28 - 28 Cena familiar
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28: Cena familiar 28: Cena familiar Llegó el día siguiente, era la noche de la cena.

Delfina llevaba puesto uno de sus mejores trajes, un vestido de color zafiro con los hombros al descubierto, y como único adorno, un par de pendientes de diamantes que colgaban de los lóbulos de sus orejas.

Ella y Dominic entraron con paso decidido en el salón de la mansión Silvestri.

Era la primera vez que estaba allí, así que su corazón se aceleró, sobre todo con el cambio de temperatura.

Su brazo estaba entrelazado con el de Dominic mientras él la sujetaba cerca y la conducía a la mesa del comedor donde su familia estaba sentada, como la pareja perfecta que eran.

Dominic cruzó la mirada con Caterina y una pregunta surgió al instante en su cabeza.

«¿Qué hace ella aquí?», se preguntó él.

—Vaya, mira quién se ha tomado su tiempo para llegar —comentó Carlo, con el ceño fruncido.

Dominic ignoró su comentario y le retiró la silla a Delfina para que se sentara antes de sentarse él.

—Te estábamos esperando, Dominic —añadió su madrastra—.

Queríamos empezar, pero tu padre tenía tantas ganas de conocer a tu prometida que hemos tenido que esperar.

—Entonces, su afilada mirada se posó en Delfina, haciendo que su corazón diera un vuelco por el miedo—.

¿Cuánto te ha pagado para que vengas y te hagas pasar por su prometida?

Delfina casi se atragantó con su propia saliva, pero se contuvo.

No habían pasado ni dos minutos desde que entraron, pero ya podía notar que algo no iba bien.

—Delfina es mi prometida, te guste o no —replicó Dominic.

—No creo que esa sea una decisión que te corresponda tomar, Dom —comentó la mujer, con una leve sonrisa dibujándose en un lado de sus labios—.

Ya ves que Caterina está aquí, y es ella la que me gusta a mí.

Caterina le sonrió a la mujer.

La había llamado para invitarla a una cena familiar, pero no esperaba que Dominic trajera a una desconocida.

—Entonces, ¿por qué no te casas tú con ella?

—replicó Dominic de forma tajante e instantánea, y el ceño de la señora Silvestri se frunció.

—Creo que ya es suficiente —intervino el señor Silvestri—.

Las discusiones no están permitidas aquí.

Cenemos como una familia como es debido.

Sin embargo, a Dominic y a Delfina se les había quitado por completo el apetito.

Los demás empezaron a comer, pero de vez en cuando, Carlo levantaba la cabeza para mirar a Delfina.

Ella se encontró con su mirada varias veces, pero él no decía nada, lo que la hacía removerse incómoda en su asiento.

A su lado había una mujer con un niño pequeño en su regazo al que le daba de comer con una cuchara.

Ella había hecho una rápida comprobación de los miembros de la familia y sabía que la mujer era su esposa y el niño, su hijo.

Su nombre era Marianna Santoro.

Tenía el pelo rubio y ondulado, peinado para que cayera sobre un lado de sus hombros, labios rojos y una piel preciosa.

Si se daba cuenta de que su marido miraba fijamente a otra mujer, no lo demostraba.

—He de decir que pensaba que ibas a venir solo, pero nunca esperé que vinieras con una mujer tan sexy a tu lado —comentó Carlo.

Y ahí estaba: la reacción.

La mano de Marianna se detuvo cuando estaba a punto de dar de comer al niño al oír las palabras de su marido.

Dominic levantó la cabeza para fulminarlo con la mirada.

—Me resultas familiar —dijo la señora Silvestri, mirando a Delfina.

Su oscuro delineador de ojos hacía que su mirada pareciera siniestra.

Mirarlos fijamente era como mirar un agujero negro que iba a absorberla si se movía.

—¿Perteneces a una familia o clase de élite?

—Soy la hija mayor de la familia Delamonte —respondió ella.

—Delamonte —saboreó el nombre la señora Silvestri—.

Cierto.

El cumpleaños de Beatrice fue hace dos días, ¿no es así?

Por desgracia, no pude asistir.

—Cogió su vaso de agua y bebió un sorbo—.

Menos mal que Dominic ha traído a una mujer con un buen origen familiar, y no a alguna sirvienta que avergüence a nuestra familia.

Delfina sintió que Dominic se tensaba a su lado.

La tensión en la mesa se triplicó, haciendo que fuera difícil respirar.

Delfina hizo una pausa, con los labios entreabiertos, mientras recorría la mesa con la mirada.

La señora Silvestri lucía una sonrisa de satisfacción al ver la expresión de Dominic.

Su marido tenía una mirada lánguida, como si no fuera la primera vez que se hacía un comentario así.

Delfina se aclaró la garganta antes de responder.

—No creo que se deba juzgar a una persona por su origen.

La señora Silvestri enarcó una ceja, pero Delfina continuó.

—La gente más rica no es la más amable que puedas conocer.

Pero te sorprendería ver lo mucho que una persona pobre está dispuesta a dar a pesar de no tener suficiente para sí misma.

—La mesa del comedor se quedó en completo silencio mientras seis pares de ojos la observaban.

—Los pobres solo siguen siendo pobres porque no paran de dar —contraatacó la señora Silvestri—.

Y si no tienen suficiente, roban.

—Se encaró a Dominic, que intentaba contenerse al otro lado de la mesa.

Luego, su mirada volvió a Delfina—.

¿Y tú qué sabes de los pobres?

—Sé que son humanos y que no se les debería juzgar solo porque tengan un estatus diferente al tuyo.

—Había un punto de aspereza en el tono de Delfina, pues ya se estaba cansando de la conversación.

La señora Silvestri no tardó en notarlo, lo que hizo que clavara las uñas en su propia piel, molesta.

Era obvio que la cena no iba bien y la comida ya se había enfriado.

La mujer mayor se quedó mirando su sitio, con una sonrisa en los labios.

—Nunca dejaré que Dominic se case con alguien como tú —le prometió.

Podía ver que Delfina sería una nuera difícil de controlar.

Caterina era una completa idiota, una tonta más fácil de manejar como una marioneta.

La madre de Dominic ya había sido una persona difícil de la que ya no tenía que preocuparse.

Pero ahora, ¿Delfina quería reemplazarla?

Delfina miró a Dominic antes de responder.

—¿No debería ser esa la decisión de Dominic?

La señora Silvestri montó en cólera.

La estaban cuestionando en su propia casa.

Abrió la boca para hablar, pero Dominic la interrumpió.

—Ya has dicho suficientes estupideces desde el principio de la cena, ¿no estás cansada?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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