Un Bebé Secreto con el Multimillonario - Capítulo 44
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44: Hermana 44: Hermana —¿Qué ha pasado?
—exigió Delfina en cuanto se estableció la llamada.
—Faltan fondos.
A Delfina se le heló la sangre.
—El señor Costa ha estado usando parte de los fondos de la empresa para apostar y obtener más beneficios, pero ha perdido.
Faltan unos cincuenta millones de dólares.
Delfina casi retrocedió tambaleándose por la cantidad de dinero que su topo mencionó.
Cincuenta millones de dólares era mucho dinero.
Ni un tonto usaría esa cantidad para apostar.
Y lo que es peor, ¿por qué iba Filippo a apostar con los fondos de la empresa?
—¿Está ahí mismo en su despacho?
—preguntó ella.
—Sí, aquí está.
—Voy para allá.
—Y colgó la llamada.
—¿Qué ha pasado?
—preguntó Lux, frunciendo ligeramente el ceño.
Delfina se guardó el móvil en el bolsillo antes de responder.
—Tengo que ir a la Empresa Costa.
Filippo tiene mucho que explicar.
Por suerte, estaban en un descanso, así que George no la buscaría por el momento.
Antes de que Lux pudiera hacer más preguntas, Delfina ya se había dirigido hacia el coche.
Navira la miró con una sonrisa maliciosa en los labios.
Hizo otra llamada, contactando a alguien para que estuviera preparado.
—Está a punto de irse.
De camino a la Empresa Costa, Delfina apretaba los puños sobre su regazo, mientras que con la otra mano se frotaba las sienes con frustración.
Según lo que Levi, su topo, le había dicho, el señor Costa no tenía ni idea de lo que tramaba su hijo.
Si se enteraba de las apuestas de Filippo, que le habían costado a la empresa cincuenta millones de dólares, no dudaría en sustituirlo por Ricardo, su hijo menor.
El plan de Delfina desde que regresó era destituir a Filippo como CEO y hacerle perder todo lo que una vez poseyó, pero si seguía despilfarrando el dinero de la empresa, no quedaría nada.
En medio de sus pensamientos, Delfina no se dio cuenta de que Lux miraba el espejo lateral de vez en cuando.
Sus cejas se fruncieron, formando un nudo.
Volvió a mirar el espejo retrovisor y su ceño se acentuó aún más.
Rápidamente, aceleró el coche, haciendo que Delfina se sacudiera hacia atrás en su asiento.
El impacto la devolvió a la realidad.
—¿Qué ha pasado?
—preguntó ella, con la voz cargada de alerta.
—Alguien nos sigue —dijo Lux.
Sacó su móvil e hizo una llamada mientras se concentraba en la carretera.
—No te preocupes.
Estamos siguiendo el coche en este momento.
Intenta atraer al conductor a un callejón y le bloquearemos el paso.
—Quien hablaba era uno de los guardaespaldas encubiertos que Dominic le había asignado a Delfina.
Lux colgó el teléfono.
—Abróchate el cinturón.
Esas fueron las únicas palabras que Delfina oyó antes de que su cuerpo se hundiera en el asiento cuando Lux aceleró.
El coche que los seguía hizo lo mismo, aumentando también su velocidad.
Salieron de la autopista y se metieron en una calle tranquila.
El coche los siguió.
Tal y como había dicho el guardaespaldas encubierto, Lux se metió en un callejón tranquilo y el conductor descerebrado los siguió.
Una sonrisa de suficiencia se dibujó en los labios del conductor cuando vio que su objetivo se había metido en un callejón sin salida.
Salió de su coche, y sus dos lacayos saltaron fuera tras él.
—Quédate aquí dentro —dijo Lux.
No esperó una respuesta y salió del coche.
—¿Dónde está la señorita bonita?
Hemos venido a por ella.
No a por ti —dijo el conductor, con un bate de madera apoyado en el hombro.
Ver el bate le trajo a Delfina recuerdos dolorosos, pero intentó centrarse en la situación.
—Me temo que vais a tener que cancelar cualquier asunto que tengáis planeado con ella —respondió Lux, posando una mirada displicente sobre los tres hombres de aspecto andrajoso que parecían no haberse duchado en una semana.
El conductor ladeó la cabeza, enarcando una ceja.
—Tenemos cosas que hacer, ¿así que vamos a empezar o no?
—cuestionó.
El conductor siseó antes de hacer un gesto a sus dos hombres para que atacaran a Lux.
Huesos crujieron y dientes volaron, acompañados de sangre.
En veinte segundos, los lacayos estaban acurrucados en el suelo, retorciéndose de dolor.
El conductor se quedó desconcertado.
Dio un paso atrás.
A diferencia de sus lacayos, no tuvo las pelotas de atacar a Lux después de ver lo que les había hecho a sus chicos.
Se metió en el coche, encendió el motor y se dispuso a marcharse, pero no pudo porque le habían bloqueado por detrás.
—Qué coj…
Dos hombres con trajes negros se adelantaron.
Uno de ellos le dio una palmada a Lux en el hombro.
—Tengo la sensación de que los ha enviado uno de sus enemigos —dijo, mirando hacia el coche donde Delfina estaba, a salvo.
Delfina se dio cuenta de que la situación había mejorado y salió del coche.
—No tiene que preocuparse, señora Silvestri.
Nos llevaremos a estos hombres…
—Espera —lo interrumpió ella.
Echó un vistazo a los hombres.
Por su arma, ya sabía quién los había enviado a por ella.
Navira.
—Quiero que hagáis que confiesen quién los envió.
Quiero que se grabe y quiero que me enviéis el vídeo antes de llevarlos a la policía.
Los labios de Lux se crisparon.
Si ella supiera que los matones no iban a ir a la cárcel…
En cuanto se fueran de allí y Dominic fuera informado de lo sucedido, no vivirían para ver el día siguiente.
Los guardias intercambiaron una mirada con Lux antes de asentir en señal de comprensión.
Delfina ya no podía ir a ver a Filippo.
Tenía que volver al set de rodaje.
Sin embargo, ya no vio a Navira allí.
Unas horas más tarde,
Navira estaba en casa.
Había vuelto pronto del rodaje tras afirmar que tenía un terrible dolor de estómago.
Pero todo era una excusa para celebrar después de que el matón la contactara y le diera la noticia que llevaba horas esperando.
Ya era la hora de la cena, pero no había recibido ninguna llamada.
Jazmín intentó hablar con su padre, pero Filippo no le prestó ninguna atención.
Se dirigió a su madre y ocurrió lo mismo.
La niña de tres años cenó en silencio.
El teléfono de Navira sonó de repente, y lo arrebató de la mesa tan rápido que Filippo la miró con una ceja enarcada.
El número que llamaba era desconocido, así que se excusó para contestar.
Al llegar a la cocina, contestó: —¿Quién es?
Hubo una larga pausa antes de que llegara una respuesta.
—Hola, hermanita.
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