Un bebé secreto para el multimillonario de corazón frío - Capítulo 37
- Inicio
- Un bebé secreto para el multimillonario de corazón frío
- Capítulo 37 - 37 CAPÍTULO 37
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
37: CAPÍTULO 37 37: CAPÍTULO 37 PUNTO DE VISTA DE BLAIR
—Sí, un poco.
—Jesús, Blair.
Es imposible que quisieras que esa mujer cuidara de Nath.
Te hice un favor al terminar la entrevista antes.
Y a mí mismo también me hice un gran favor.
No podía seguir soportando sus respuestas ridículas, sé sincera, ¿tú sí podías?
—No, pero esa no es la cuestión.
Necesito ser la única que tenga la última palabra.
No puedes quitarme eso.
Me dio dos golpecitos en los brazos, y me recordó a la forma en que golpeaba el ratón cuando estaba molesto conmigo.
—Tap, tap, tap, tap, cretino insensible, yo también estoy un poco molesto contigo.
—Tienes la última palabra, no discuto que no puedas hacerlo.
—El dedo con el que me había golpeado se deslizó por el interior de mi codo, de un lado a otro—.
Pero estuviste de acuerdo en que podía estar presente en la entrevista cuando llegué, ¿recuerdas?
—Cuando ya te habías presentado sin avisar siquiera —repliqué.
—No sabía que necesitaba avisar para aparecer en mi propia casa.
Resoplé.
—Pero podría haber estado desnuda.
Enarcó una ceja, pero esta vez no era con duda.
Más bien con picardía.
—Esa es una razón más para no avisarte de mi llegada.
Se me cayó la mandíbula, literalmente, y Ronnell se rio entre dientes.
—Cállate —mascullé.
—No estás enfadada, Blair.
—Lo dirás tú —dije con el ceño muy fruncido.
Volvió a reírse.
—Nunca había visto esta faceta tuya.
—Y yo nunca te había oído decir que quieres verme desnuda.
Ambos estamos aprendiendo cosas el uno del otro.
Ladeó la cabeza con una ceja enarcada.
—¿He dicho eso?
—Lo has insinuado.
—Mmm.
Si eso es lo que quieres pensar —dijo.
Puse los ojos en blanco; no pude evitarlo—.
Esa pequeña jugada hizo que echaran a Trina.
—No seas tan vago y no pondré los ojos en blanco.
La comisura de sus labios se curvó.
—Recuerdo cuando ni siquiera me respondías.
—¿Y ahora echas de menos los días en que era una ratita asustada a tu alrededor?
—Joder…
¿he dicho eso?
—repitió.
Su cabeza estaba inclinada hacia abajo, y la mía ligeramente hacia arriba.
Nos observamos, ambos con una sombra de sonrisa.
Todavía debería haber estado molesta con él, pero no era eso lo que sentía.
La conciencia de nuestra proximidad aceleró mi respiración.
Sus manos cálidas y anchas ahuecando mis codos y la intensidad de su mirada recorriendo mis facciones encendieron unas agradables ascuas crepitantes en mi estómago.
El timbre de la puerta rompió el momento, haciéndome dar un respingo.
Las manos de Ronnell se apartaron.
—Debe de ser la siguiente niñera —dije, girándome hacia la puerta.
Pero antes de que pudiera llegar a la puerta, los agudos lloros procedentes del monitor de bebés me detuvieron en seco.
Ronnell cogió el monitor de la mesa de un manotazo y comprobó la pantalla.
—Nathan está despierto y parece cabreado —dijo, yendo hacia las escaleras a toda prisa, como si no pudiera llegar a él lo suficientemente rápido si no corría—.
Yo iré a por él mientras tú dejas entrar a la niñera.
—Vale, gracias.
—Mi corazón hizo una cosa rara al ver a Ronnell Roman subir las escaleras de dos en dos para recoger a mi hijo.
Sin tiempo para descifrar lo que significaba el tornado dentro de mi pecho, corrí hacia la puerta.
Al otro lado había un hombre corpulento de ojos tiernos y pelo alborotado.
Su sonrisa tenía toda la calidez que le faltaba a Trina.
—Hola, tú debes de ser Peter.
Me ofreció la mano.
—Efectivamente, soy Peter.
Usted es la señorita Blair Damien, ¿correcto?
Su gran mano envolvió la mía mientras nos la estrechábamos.
—Por favor, entra.
Y llámame solo Blair.
—Hice un gesto hacia la gran entrada—.
Nathan y yo nos quedamos aquí temporalmente.
Puedes hacer «uh» y «ah», yo también lo hice la primera vez que la vi.
Con una sonrisa, giró la cabeza a izquierda y derecha.
—Uuuh.
Argggg.
Me reí a carcajadas, mientras el optimismo florecía en mí.
—Adelante.
Mi amigo Ronnell está yendo a por Nathan.
Acaba de despertarse de la siesta, así que también se unirá a nosotros para la entrevista.
—Genial.
Estoy deseando conocerlo —respondió.
Los lloros de Nathan nos recibieron en el salón.
El niño estaba claramente hambriento y enfadado por ello.
Le indiqué a Peter que se sentara y luego me reuní con Ronnell al otro lado de la habitación, donde estaba haciendo sonar un sonajero y meciéndose con mi hijo.
—Lo he cambiado, así que está más enfadado todavía —me dijo.
Se me cortó la respiración.
No sabía exactamente por qué, pero que Ronnell le cambiara el pañal a Nathan había hecho que se me formara un nudo en la garganta cargado de emoción.
—Muchas gracias.
Soltó una risa ahogada.
—Solo era un pañal, Blair.
Tú probablemente ya has cambiado más de cien.
—Sí.
Y siempre yo sola.
Su mirada se volvió casi tierna, comprensiva.
—De nada.
—¿Me lo devuelves, Ronnel?
En cuanto le quité a Nathan, empezó a buscar mi pecho.
Me moví para ir a sentarme a darle de comer cuando Ronnell me agarró del hombro.
—¿Por qué hay un hombre en mi salón?
—preguntó en un tono controlado y plano.
—Está aquí para su entrevista, por supuesto.
—Como no me soltaba, miré su mano y luego volví a mirarlo a él—.
Necesito darle de comer a Nathan.
Vas a tener que soltarme.
—Espera, a ver si lo he entendido.
¿Estás entrevistando a un hombre para que sea el niñero de Nathaniel?
—Es Peter.
Parece muy simpático.
Es mucho mejor que Trina, eso seguro.
—Me encogí de hombros, intentando que me soltara—.
Necesito darle de comer a Nathan ahora mismo o podría acabar alimentándose de mi alma si no lo hago ya.
Frunció el ceño.
Lentamente, dejó que su mano se deslizara por mi brazo hasta que la apartó.
—Iré a buscar tu cobertor de lactancia.
Mientras él subía corriendo a buscar el cobertor que tanto detestaba y que rara vez usaba, me senté frente a Peter, con Nathan chillando en mis brazos.
—¿Te importa que le dé el pecho?
Está a punto de organizar un motín por inanición.
Peter se rio y negó con la cabeza.
—Por mí no hay ningún problema.
He sido niñero para varias madres lactantes.
Coloqué una almohada bajo mi codo y me subí la camiseta.
Por suerte, llevaba una camiseta de lactancia debajo, lo que me evitó enseñarle mi estómago pálido y blando a Peter.
No es que estuviera mirando, de todos modos.
Había desviado la mirada hacia los papeles que había traído consigo.
Qué buen tipo.
Antes de que apareciera, no estaba muy segura de contratar a un hombre como niñero.
¿Qué podían saber de bebés?
Pero Peter me daba muy buena espina, y espero que no lo arruine.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com