Un grito de ayuda - Capítulo 1
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- Capítulo 1 - 1 Prologo el amanecer de un sobreviviente
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1: Prologo: el amanecer de un sobreviviente 1: Prologo: el amanecer de un sobreviviente El sol se abría paso a regañadientes entre los rascacielos, bañando de una luz anémica la cicatriz de asfalto y concreto que era la ciudad.
No era un amanecer que inspirara esperanza, sino uno que marcaba el inicio de otra jornada en la trituradora urbana.
Una metrópoli donde las estadísticas de crimen no eran números en un papel, sino un eco lejano de sirena que se llevaba, como mínimo, cinco almas cada día.
La desesperanza era el humo que todos respiraban.En el corazón de esta jungla gris, en un apartamento que desafía los estándares “humildes”, un joven se debatía entre las sábanas.
-¡Isaac!
¡Levántate ya!- El despertador era su propio instinto de supervivencia.
Isaac se incorporó, frotándose los ojos para alejar los vestigios de sueños que siempre olían a tierra mojada y a campo abierto, no a este aire viciado.
Con una estatura de 1.75 metros, pelo negro lacio que caía sobre sus ojos y una complexión que delataba una fuerza rural que la ciudad intentaba erosionar, Isaac era un contraste viviente.
A sus veinte años, llevaba dos batallando entre elsueño de un futuro brillante y la cruda realidad de un presente deplorable.
Su estudio, una carrera en Ingeniería Petroquímica en “La Real Academia del Estudio”, la universidad más prestigiosa, era el faro que lo guiaba.
Pero el precio era vivir en una caja de concreto con grietas que parecían mapas de sus propias preocupaciones.
La cocina era un monumento a la precariedad: un microondas que rezongaba, una estufa de gas con más óxido que metal y un lavaplatos que era el milagro que aún funcionaba.
El baño, irónicamente, era el santuario; el único lugar que, por comparación, se sentía casi lujoso.
Con un suspiro que era más costumbre que derrota, Isaac se apresuró en su rutina matutina.
Una ducha rápida, ropa cómoda y la salida hacia el frente de batalla.
La ciudad no daba tregua.
Su ritmo era una cacofonía de cláxones, pasos apresurados y el zumbido de la ansiedad colectiva.
Isaac se sumergió en las entrañas del metro, donde a las 6:30 AM se libraba la primera guerra del día: la lucha por un asiento.
Con la agilidad de quien ya conoce cada movimiento, se deslizó hasta un lugar junto a la ventana.
Las luces fluorescentes parpadeaban como neuronas agonizantes.
El vagón era un mosaico de cansancio: ejecutivos con corbatas flojas, estudiantes con ojeras y el llanto ahogado de un bebé.
Isaac cerró los ojos, se colocó los audífonos y dejó que una melodía tranquila lo transportara lejos de allí.
Por un instante, no olía a gente amontonada, sino a heno fresco.
No veía cemento, sino un horizonte infinito de su granja, de los días donde su familia era un todo y no un recuerdo fragmentado.
Un chirrido metálico y una voz robótica lo devolvieron a la realidad.
-Estación George Washington.
Tengan un lindo día.- Isaac frunció el ceño.
La ironía de desear un “lindo día” en ese infierno siempre le pareció cruel.
Al salir, el mundo cambió.
La zona norte de la ciudad era otra realidad: calles limpias, edificios imponentes y el aire, aunque no puro, olía a dinero.
Allí se alzaba “La Real Academia”, un edificio de cristal y ambiciones.
Su día de clases transcurrió entre apuntes y el esfuerzo consciente de esquivar a ciertas personas.
Específicamente, a Jack y su pandilla.
Los típicos matones cliché de football americano que creían que el mundo era su campo de juego.
Isaac había intentado encajar una vez, pero lo que vio detrás de su fachada de campeones lo hizo retroceder.
Ahora, prefería la soledad.
Aunque la soledad, en su caso, tenía un nombre y un rostro.
-¡Isaac!
¡Por fin!
¡Pensamos que te había devorado una grieta del metro!- Una voz alegre, como campanillas, cortó el murmullo del comedor.
Era Mei Ling, su cabello teñido de un rosa chicle que contrastaba con su piel de porcelana.
A su lado, Brianda, la rubia de sonrisa sincera y mirada astuta, y Robert, en su silla de ruedas, con sus anteojos y una inteligencia que podía cortar acero.
-Hola, chicos…- murmuró Isaac, con su tono apagado habitual.
-¿Otra vez con esa cara?
¿Nuestras caras te deprimen?- bromeó Brianda.
-Déjenlo, ya saben cómo es- intercedió Robert, su voz serena.
Pero luego clavó sus ojos en Isaac.
-Por cierto, faltaste a la sesión de ajedrez de ayer.
De nuevo.- Isaac sintió un pinchazo de culpa.
-Lo siento, Robert.
El trabajo…
ya sabes, las horas extras.- -Tu turno en la heladería empieza a las 4 PM- objetó Robert, directo como siempre.
-Una sesión de una hora no arruinaría tu agenda.
A menos que haya algo más.- -¡Vamos, Robert!- saltó Mei Ling.
-¡No lo presiones!- -Necesito las horas extra- se defendió Isaac, con un deje de exasperación.-Los exámenes, la colegiatura…
sólo dame un respiro.- Isaac era, en secreto, un prodigio del ajedrez.
Co-capitán del equipo junto a Robert, había encontrado en los 64 escaques un refugio y una oportunidad: La beca del 75% cubría las clases, pero no los libros, el material de laboratorio, ni por supuesto, el rentar una habitación en una ciudad tan cara.
Había abandonado el fútbol, su ticket inicial de popularidad, por este mundo de estrategia y silencio.
Pero ni 75 dólares diarios en la heladería “El Buen Hombre de Nieve” (más propinas y horas extras) eran suficientes para la ciudad que todo lo devoraba.
Robert, tras un momento de tensión, asintió de mala gana.
-Está bien.
Pero hoy nos muestras una nueva apertura.
Algo que valga la pena.- La sesión de ajedrez fue un respiro.
El salón del club era una cápsula del tiempo en medio de la universidad ultramoderna: muebles de madera oscura, un pizarrón de tiza y una alfombra verde que ahogaba los ruidos del exterior.
Isaac, frente al tablero, era otro.
Seguro, metódico.
Les enseñó el Gambito de Budapest, una apertura audaz donde se sacrifica un peón negro temprano por iniciativa y juego activo.
-D4, Caballo F6, C4…
y las negras juegan E5- explicó, moviendo las piezas con precisión.
-Un peón por un contraataque rápido.
Tiene veneno, así que cuidado.- La luz de la tarde se tiñó de naranja y luego de un rojo intenso, bañando el salón en una calma poco habitual.
Los demás se fueron, dejando a Isaac y Robert guardando las piezas en silencio.
-A todos les sorprende que estés aquí- dijo Robert de pronto, rompiendo el hechizo.
-Te ven más como un atleta.
Nunca me contaste por qué dejaste el football.
De verdad.- El ambiente se enfrió.
Isaac guardó un alfil con cuidado excesivo.
-Por cosas que no me gustaron.
Prefiero que así se quede.
Si hablo, literalmente me matarían.- -Si son tan graves, podrían ir a la cárcel- insistió Robert, su voz baja pero urgente.
-¡Basta!- la voz de Isaac retumbó en el salón vacío.
-No hablaré y punto.
No sermonees, Robert.- -Sólo digo…
una denuncia anónima…- -¿Y has visto lo que les pasa a los que hacen denuncias anónimas aquí?- lo interrumpió Isaac, con los ojos encendidos.
-Terminan en fosas.
Esta ciudad está podrida.
La mafia tiene el poder, el gobierno les lame las botas.
Prométeme que no dirás una palabra de esto.
Si los investigan, me matan a mí.- Robert palideció.
La ansiedad que siempre cargaba se hizo evidente.
Asintió, rápidamente.
-Está bien.
Lo prometo.- Sin otra palabra, Isaac salió, dirigiéndose a su turno en la heladería de aire ochentera.
Trabajó mecánicamente, sirviendo helados y cafés mientras su mente repasaba la conversación.
La noche cayó y, a las 9 PM, emprendió el camino a casa, anhelando sólo su cama.
Pero el destino, o más bien, la mala suerte, lo esperaba en una esquina.
Una camioneta negra, un clásico de los 60, se detuvo junto a él.
La ventana se bajó revelando la sonrisa burlona de Jack.
Alto, de 1.80, con una chaqueta de piel y una complexión que oscillaba entre musculoso y macizo, era el estereotipo perfecto del matón privilegiado.
-¿Qué quieren?- gruñó Isaac, sin disimular su fastidio.
-¿Así tratas a un excompañero?
Sólo pasábamos por aquí- dijo Jack, con una falsa cordialidad que erizó la piel de Isaac.
-Es curioso que me encuentren justo saliendo del trabajo- replicó él, seco.
-Vamos, no te pongas arrugado- se rió uno de los matones del asiento trasero.
Jack alzó una mano y el silencio fue inmediato.
-Bien, me pillaste.
Hay un trabajo.
Pagan bien.
Oí que necesitas dinero para la colegiatura.- Isaac lo odiaba.
Odiaba su sonrisa, su poder, y sobre todo, odiaba que tuviera razón.
El pago estaba a la vuelta de la esquina y su cuenta bancaria estaba llorando.
De mala gana, asintió.
-¡Excelente!- rugió Jack.
-Sube.
A la cajuela.- El viaje fue incómodo y humillante.
Cuando se detuvieron, estaban en Asiatown, un barrio que no cuadraba con los robos menores de animales que Isaac solía hacer para ellos.
Una punzada de ansiedad lo atravesó.
-Isaac, ¡baja!
¡Ahora!- ordenó Jack.
El trabajo era “simple”: robar un cerdo vivo de una pequeña bodega.
Isaac, con unas pinzas, rompió el candado.
Sabía el procedimiento.
Lo había hecho antes con gallinas o corderos para los banquetes de la mafia.
Pero esto se sentía diferente.
Más arriesgado.
Pues se encontraba con un Cerdo de unos 70 KG.
Isaac sabía que esto iba a ser desgastante.
Aunque Isaac en el pasado había sido granjero haciendo trabajos pesados y jugando fútbol americano con el viejo equipo de Jack, el problema de cargar un cerdo de 70 kg no era SENCILLO.
Para nada…
Isaac se plantó sobre el cerdo, el cual forcejeaba, peleaba y buscaba de cualquier manera salir.
El Cerdo empezó a chillar.
El grupo de Jack solo se acercó a reírse de él.
Lo odiaba, odiaba mucho el poder de Jack…
Pero dinero era dinero.
Después de un largo rato, y utilizando una cuerda para atarle las piernas como todo un cowboy, pudo subirlo y taparle la boca para que ya no hiciera tanto ruido.
Jack condujo velozmente y sin ninguna precaución hacia el almacén al que tenía que ir.
En el almacén del centro, la realidad se endureció.
No era solo robar, era matar.
Isaac, con manos que temblaban levemente, realizó el trabajo sucio.
Le sacó la sangre y colgó el cuerpo en un congelador industrial.
Se lavó las manos una y otra vez, intentando quitarse la sensación pegajosa que no era sólo sangre.Jack le entregó un fajo de billetes.
$1000 dólares.
El olor a dinero nuevo no lograba enmascarar el olor a muerte.
-Isaac.
¿Te apetece un extra?- preguntó Jack, con una sonrisa cínica.
-No mataré a otro cerdo- fue la respuesta automática.
-Tranquilo.
Sólo lleva un carro a una bodega en los barrios bajos.
Es pan comido.
Mira el lado bueno, llegarás rápido a tu casa y….- Pauso para sacar el dinero -Te pago por adelantado.- $200 dólares más por un simple mandado.
Era tentador.
Demasiado.
Asintió.
Jack le entregó las llaves de un Ford Anglia 1939, un clásico impecable.
-Es el auto de papá.
Si le pasa algo, pagas con tu vida.
¿Entendido?- -Mensaje recibido- murmuró Isaac, sintiendo el peso metálico de las llaves como una condena.
Condujo con extrema cautela.
El auto era una belleza, con modernizaciones que contrastaba con su carrocería vintage.
Ya cerca de los barrios bajos, en una calle solitaria, una figura se cruzó de pronto.
Isaac frenó en seco, el chirrido de los neumáticos desgarró el silencio.
El parachoques se detuvo a centímetros de una joven.
El corazón le latía a mil.
Bajó del auto, tembloroso.
-D-disculpa…
¿Estás bien?- La figura se volvió.
Era una niña, no mayor de quince años, demacrada y con la piel morena.
Llevaba un vestido rojo, raído y sucio.
Su cabello rojizo y corto estaba enmarañado.
-D-disculpe…
n-no fue m-mi intención…- tartamudeó, y luegorompió a llorar desconsoladamente.
Isaac se sintió paralizado.
La incomodidad lo inundó.
-Tranquila, no fue tu culpa.
Yo no vi…
¿Dónde vives?
Te llevo.- -N-no tengo h-hogar…- sollozó ella, y la confesión cayó como una losa sobre Isaac.
Casi atropellar a alguien era una cosa.
Casi atropellar a una niña indigente era un agujero moral del que no sabía cómo salir.
Su mente pensaba a mil por segundo.
No había orfanatos cerca, todos habían cerrado por la violencia de las pandillas.
El miedo, la pragmática y abrumadora necesidad de no complicarse más la vida, ganaron.
-O-oye…
lo siento…- titubeó, alejando la suavemente del camino.
Subió al auto y aceleró, mirando por el retrovisor cómo la pequeña figura en vestido rojo se reducía hasta desaparecer en la oscuridad.
Dejó el Ford en la bodega designada y caminó a su apartamento sintiendo que el dinero en su bolsillo quemaba.
Esa noche, la fatiga no pudo con él.
Cada vez que cerraba los ojos, veía dos cosas: los ojos vidriosos del cerdo muerto y los ojos llenos de lágrimas de la niña sin nombre.
La ciudad no solo estaba podrida allá afuera; estaba empezando a pudrir algo dentro de él.
Y el insomnio fue su castigo, un eco interminable de sollozos en la silenciosa oscuridad de su habitación.
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