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Un grito de ayuda - Capítulo 10

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  4. Capítulo 10 - 10 Capitulo 10 Hacia las sombras
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10: Capitulo 10: Hacia las sombras 10: Capitulo 10: Hacia las sombras El descenso terminó con un chirrido metálico que resonó en la oscuridad como el gruñido de una bestia antigua.

Las puertas del elevador se abrieron con un susurro neumático, revelando una vasta sala sumida en una penumbra absoluta.

Isaac y María se quedaron inmóviles, esperando que algo ocurriera, pero solo el silencio los recibió.

Isaac dio el primer paso, tentativo, y de inmediato, un suave clic recorrió la estancia.

Uno a uno, bancos de luces LED blancas y frías se encendieron en el techo alto, iluminando un espacio que les quitó el aliento.

Era un búnker, una ciudadela subterránea.

Filas de mesas con computadoras apagadas, estantes vacíos y consolas de control se extendían hasta donde alcanzaba la vista.

El aire olía a aire filtrado y a polvo estancado.

—¿Crees que tu exjefe estaba metido en algo más grande?— preguntó María, su voz un eco pequeño en la inmensidad del lugar, mientras se aferraba con más fuerza al brazo de Isaac.

—En esta ciudad, todos están metidos en algo turbio— respondió Isaac, con un tono de resignación.

—Me sorprendería quien no lo estuviera.— Caminaron por el pasillo central, sus pasos resonando en el silencio.

Todo estaba impecable, como si hubieran limpiado a fondo antes de irse, pero vacío.

Demasiado vacío.

—Es como un centro de mando…— musitó Isaac, su mirada recorriendo las estructuras metálicas.

—Si me dio este lugar, viejo…

¿por qué quería que lo vendiera?

¿Quería que alguien lo encontrara?— La curiosidad los impulsó a investigar.

Abrieron cajones de archivadores metálicos, solo para encontrarlos vacíos.

—¿Una central de la mafia?— aventuró María.

—Sería impensable dejar esto abandonado si lo fuera— razonó Isaac, frotándose la barbilla.

—Aunque en esta ciudad, todo está coludido…— —Aun así, es un escondite enorme— dijo María, dándole una palmada leve en la espalda en un intento de aliviar la tensión.

Se quitó la capucha y lo miró con una sonrisa coqueta que parecía fuera de lugar.

—Deberías comprarle algo de ropa a esta dama…

¿no crees?— Isaac se ruborizó levemente.

—Supongo que sí…— —¡Por favor, no cosas caras!— rió ella, aliviando el ambiente.

—Hay unos tianguis en Maracaibo…— El nombre del distrito hizo click en la mente de Isaac.

—¡Claro!— exclamó, los ojos iluminándose.

—Ahí podríamos encontrar pistas, y además estaríamos lejos de aquí un tiempo.— —¿Cómo?— preguntó María, confundida.

—Los carteles de Maracaibo no se llevan bien con las mafias, pero son cruciales para la ciudad— explicó Isaac, entrando en modo estratégico.

—Si algo entra, es por allí.

Tienen acceso directo al aeropuerto.

¡Cómo no lo pensé antes!— —¿Y me llevarías a vivir ahí?— preguntó María, con un atisbo de esperanza.

—Antes de eso, necesito resolver cosas aquí, pero sería más seguro…

a su manera— matizó Isaac.

—Pero Maracaibo es territorio de carteles— frunció el ceño María—.

¿No sería saltar de la sartén al fuego?— —En todas partes estamos expuestos— admitió Isaac—.

Pero allí la información circula diferente.

Los carteles y las mafias tienen una línea muy clara.

Si un mafioso pisa su territorio, los carteles se abalanzan.

Podríamos movernos con más libertad.— María cerró los ojos, forzando recuerdos que su mente había bloqueado para sobrevivir.

—Recuerdo…

que mi antiguo amo, el coreano, mencionaba a los carteles.

Hablaba de un tal ‘Juan Pérez’…

obviamente un alias.

Decía que era un nombre para no ser localizado.— Se volvió hacia Isaac.

—¿Es una pista útil?

Lo siento, no recuerdo mucho…— Isaac se agachó para estar a su altura.

—Descuida.

Ya me he dado cuenta— dijo suavemente.

—¿D-de qué?— titubeó ella.

—De que te estás construyendo una armadura— respondió él, con una sonrisa triste—.

Para dejar de ser una carga.

Hace días eras más inocente, más infantil.

Ahora actúas como si pudieras comerte al mundo.

No necesitas hacerlo.— —¿Como la armadura de distanciamiento que siempre has llevado tú?— contraatacó María, agarrándole de los hombros.

—Si me dejaste entrar a mí…

no dejes que alguien que genuinamente te quiere se aleje.— Su voz se quebró.

—No dejes que me aleje yo de ti…— La vulnerabilidad en sus palabras golpeó a Isaac.

—Tienes razón…

Esto ha sido una montaña rusa.

Pero tenemos que seguir.— Decididos, continuaron explorando el búnker.

Tras una puerta más pesada y resistente que las demás, encontraron una sala de reuniones.

En ella, una bandera desconocida colgaba de la pared: un fondo rojo sangre surcado por formas negras y angulosas que parecían desgarrar el centro mismo de la tela, y en medio, una cruz blanca, no religiosa, sino estilizada, como un símbolo de navegación o un objetivo.

—Nunca había visto esta bandera— murmuró Isaac.

Al fondo de la sala, otra puerta, esta sin picaporte, solo una ranura para una llave magnética.

A través de una ventana blindada, vislumbraron un interior con un escritorio y, crucialmente, armas en rack.

—Ay, jefecito…

¿En qué te metiste?— se preguntó Isaac en voz baja, conectando la huida repentina de su jefe con este descubrimiento.

Fue María quien, con mirada aguda, encontró una pesada caja de herramientas escondida bajo un asiento.

Entre los dos la arrastraron.

Tras probar varias llaves, un clic sonó al abrirla.

Estaba llena de munición.

Al vaciarla, descubrieron un falso fondo.

Dentro, un dossier.

Isaac lo abrió y el aire se le cortó.

Eran perfiles detallados de las facciones criminales de la ciudad: los italianos de Venancio (con foto y todos sus datos), las triadas asiáticas de un tal Lee Geon (el coreano, sin foto pero con ubicaciones), los carteles de un mexicano llamado Efraín “El Hierro” Mendoza (una sola foto de espaldas).

Y luego, un cuarto expediente, marcado con sellos de “PELIGRO EXTREMO” y “CLASIFICADO”.

Rayones y tachaduras censuraban la mayoría de la información.

La tasa de bajas de agentes que lo investigaban era aterradora: 47 agentes asignados, de los cuales 47 bajas confirmadas.

Tasa de éxito de la facción: 100%.

En efecto, cualquiera que se acercara a investigarlo era eliminado sin lograr dar algo de información.

Solo un nombre era legible entre las manchas de tinta y lo que parecían ser salpicaduras de sangre seca: —¿An Scáil?— leyó Isaac, la palabra sonando extraña y antinatural en su boca.

—¿Qué idioma es ese?— María se acercó, pero negó con la cabeza.

—Nunca lo oí.— Negó María, pero un escalofrío repentino recorrió su espalda.

—Pero suena a…

susurros.

A algo que se desliza en la oscuridad.

Ni siquiera el nombre del coreano conocía exactamente…

Solo lo llamaban ‘el Coreano’.— —Excepto los italianos y mexicanos— apunto Isaac con una risa nerviosa—.

Al parecer en eso se parecen.— Guardó los documentos con manos que levemente temblaban.

La munición era tentadora, pero dejarla era la decisión inteligente para no levantar sospechas.

—Puede que nos sirva en el futuro…

para lo que haya detrás de esa puerta— susurró para sí mismo.

De regreso en el elevador, el chirrido metálico era el único sonido.

—¿Crees que eran una resistencia?

¿O del gobierno?— preguntó María, rompiendo el silencio.

—Eso no me preocupa ahora— dijo Isaac, su voz grave.

—Me preocupa que haya un tercer bando, un fantasma, que es más peligroso que todos los demás.

Los verdaderos titiriteros son ellos.— Se giró hacia ella.

—Hay mucho de tu pasado que necesitamos entender.— La expresión de María se ensombreció.

—Lo…

lo intentaré.

Tengo recuerdos vagos, pero…

intentaré recordar.

No seré una carga para ti, Isaac.

— Apretó los puños con determinación.

Isaac puso una mano en su hombro.

—No te preocupes.

No te presionare.— La tensión se rompió.

María se abrazó a él con una fuerza desesperada, enterrando el rostro en su pecho.

Unos sollozos silenciosos sacudieron su pequeño cuerpo.

—Confío en ti— murmuró él, acariciando su cabello—.

Encontraremos la verdad.

Juntos.— El elevador ascendía, llevándolos de vuelta a la superficie, pero la sombra de “An Scáil” y los secretos del búnker descendían sobre ellos, más pesadas y oscuras que la tierra sobre sus cabezas.

El juego había cambiado.

Ya no se trataba solo de esconderse.

Se trataba de entender las reglas de una partida que jugaban sin saberlo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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