Un grito de ayuda - Capítulo 11
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- Capítulo 11 - 11 Capitulo 11 Rumbo hacia Maracaibo
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11: Capitulo 11: Rumbo hacia Maracaibo 11: Capitulo 11: Rumbo hacia Maracaibo El chirrido final del elevador resonó en la heladería vacía, sellando su regreso a la superficie.
Isaac aún sostenía la mano de María, un ancla en la marejada de incertidumbre que sentía.
Ella, por su parte, se aferraba a ese contacto como a un salvavidas, encontrando en él un consuelo que había olvidado que existía.
Las siguientes horas se dedicaron a una limpieza frenética.
Convertir “El Buen Hombre de Nieve” en un refugio temporal fue un trabajo agotador.
Barrieron polvo, reorganizaron muebles y, en la trastienda, improvisaron una cama precaria con cajas de cartón apiladas cerca del elevador secreto.
Cuando terminaron, el cansancio los venció.
Isaac se dejó caer contra una pared, exhausto.
María se desplomó en la “cama” de cartón, mirando el techo con ojos vidriosos.
—¡Dios!
¡Qué cansancio!— exclamó ella, y un bostezo enorme e involuntario le siguió, contagiando a Isaac de inmediato.
Un silencio cómodo se instaló entre ellos, solo roto por el lejano rumor de la ciudad a través de las paredes.
Isaac miró su reloj.
—Vaya, el tiempo voló— murmuró.
Eran las 6 de la tarde.
—Ay, sí, es tarde…— bostezó María de nuevo, estirándose como un gato.
—No me quiero mover.— —Tenemos que hacerlo— respondió Isaac con una risa cansada.
—Esto no es exactamente un hotel de lujo para una dama.— —Seré honesta— dijo ella, girándose para mirarlo—.
Es mucho más cómodo de lo que crees.
Antes solo tenía el piso…
y a veces ni eso.— Soltó una risa tímida.
—Es broma, no hay nada peor que el piso.— —¿Qué me dices de una cama de clavos?— replicó Isaac, tratando de aligerar el hambiente.
María lo miró con extrañeza.
—Bueno, eso me contó Jack una vez— se justificó Isaac, estirándose.
El rostro de María se ensombreció.
—Claro…
eso es real…— Isaac se puso de pie de un salto, decidido a cambiar el tema.
—Bueno, tenemos que reorganizarnos.— Encontró un viejo bloc de notas que su exjefe usaba para las finanzas.
Volteó una hoja y tomó un marcador.
—Necesitamos un plan.
Número uno: Esperar a que las cosas se calmen.
Mientras tanto, yo investigaré por mi cuenta con…— —¡Alto!— lo interrumpió María, incorporándose de golpe.
—¡Me estás dejando fuera!— —Pero…— —Nada de ‘peros’.
Sé que puedo ayudarte— insistió, apretando los puños.
Luego, con un esfuerzo visible, los soltó y su voz se suavizó, llena de una súplica vulnerable.
—Déjame serte de utilidad…— Sus ojos brillaban con lágrimas contenidas.
Isaac cedió.
Tachó el “Número 1” y escribió uno nuevo.
—De acuerdo.
Si vas a ayudarme, necesitas un cambio de apariencia radical.
Eso significa ir a ese tianguis y…
teñirte el cabello.— A María se le iluminó el rostro.
—¡Excelente!
¡Porque apenas va a abrir!— Saltó de la cama con una energía renovada.
Isaac la miró, sorprendido.
—¿No estabas cansada?— Ella, con una sonrisa pícara, dejó caer todo su peso contra él, fingiendo un desmayo dramático.
—Caaaaargameeeee— canturreó.
Isaac rodó los ojos, pero una sonrisa se dibujó en sus labios.
La cargó, y salieron del local, encapuchados y moviéndose con cautela en la penumbra del anochecer.
No vieron la figura encapuchada que los observaba desde la sombra de un edificio contiguo.
El espía levantó una radio.
—¿Pudiste entrar al local?— chirrió una voz distorsionada.
El espía bajó bruscamente el volumen, maldiciendo en voz baja.
Isaac y María, alertados por el sonido, se detuvieron y escudriñaron las sombras.
Al no ver nada, apresuraron el paso.
—¡Oye, idiota!
Te dije que esperaras— susurró furioso el espía en la radio.
—Casi me descubre un chico que acababa de salir.— —Es imposible.
Ese lugar debería estar abandonado.
¿Quién demonios es?— preguntó la voz desde el otro lado.
—¿Quieres preguntarle tú?— replicó el espía con sarcasmo.
—¡Por tu bien, será mejor que entres y veas si hubo una fuga de información!
¡RÁPIDO!— rugió la voz.
El espía, amedrentado, guardó la radio y se escabulló hacia la heladería con una llave maestra.
Mientras tanto, Isaac y María llegaron a la estación de metro.
La unusual calma los puso en alerta.
Un sábado por la noche debería estar bullicioso, pero solo había unas pocas personas dispersas.
—¿Habrá sucedido algo?— se preguntó Isaac en voz baja.
María se encogió de hombros.
—Quizá están de fiesta o algo…— Isaac sabía que no era así.
La ciudad respiraba miedo.
Caminaron con los sentidos en alerta máxima, cada sombra les parecía una amenaza.
En la plataforma, la tensión de Isaac era palpable.
Tan concentrado estaba en escanear el entorno, que no sintió la aproximación hasta que unas manos se posaron en su cintura.
Se giró de golpe, con el corazón en la garganta, listo para defenderse.
Una risa cristalina y familiar llenó el aire.
Era Mei Ling, su cabello rosa ahora recogido en dos moños esponjosos que parecían antenas de alegría.
Su energía era un rayo de sol en la grisura del metro.
—¡No sabía que ibas a ser tú!— exclamó, riendo.
¡Pero mira!
¡Por fin me puedo acercar sin que huyas!— María no pudo evitar reírse también.
Isaac, sin embargo, estaba paralizado, balbuceando sonidos incoherentes.
—¡Dios!
¿Qué te pasa, tontito?
Estás blanco— rió Mei Ling.
—Pensé que eras un fantas…— Se detuvo en seco al notar a María, que intentaba esconderse detrás de Isaac.
—¡Wow!
¡No me dijiste que tenías una hermanita!— Se abalanzó sobre María, levantándola y girando con ella en un abrazo entusiasta que dejó a la niña mareada.
—Vaya, no sabía que tu hermanita había venido de visita— continuó Mei Ling, depositando a una María tambaleante en el suelo.
—Por eso no has estado en la universidad.
¡Es muy tierna!— Se agachó.
—Pero estás algo flaquita…— Antes de que Isaac pudiera articular una explicación, otra figura se interpuso.
Brianda, con su elegancia serena, apartó suavemente a Mei Ling.
—Isaac, mucho gusto.
Espero que estés bien— dijo con una sonrisa sincera.
—Aunque, bueno, Mei tiene razón.
Tal vez por ella es que no nos has visto…— Su sonrisa se desvaneció un momento.
—Claro, también está la situación de la ciudad…— Isaac tragó saliva.
—No es mi hermana, es…— Se quedó en blanco.
María, con una rapidez mental admirable, intervino: —Su sobrina.
Me quedo con mi tío Isaac un tiempo para conocer la ciudad.— Le dio un codazo discreto a Isaac.
—¡Claro!— confirmó él, demasiado rápido.
—Eso.
Su sobrina.
Ya íbamos de regreso…— —¡Espera!— interrumpió Brianda.
—Hay que darle la bienvenida a…
¿María, cierto?— María asintió.
—¿Qué dicen si salimos?
Íbamos a Maracaibo.
Hay un tianguis…
clandestino, pero seguro.
Mi primo me habló de él.— Hizo una pausa, recordando.
—Oh, y lo siento por lo de la heladería…— —No te preocupes— dijo Isaac con una sonrisa forzada.
—El dueño fue generoso.— —¡Nuestro amigo es millonario!— saltó Mei Ling.
—¡Entonces nos invitas!— Brianda le tapó la boca con la mano, aunque los balbuceos alegres continuaron.
—Lo que quería decir— continuó Brianda, con paciencia— es que si quieren acompañarnos, les podemos mostrar.
Y…— miró su ropa gastada— …podríamos ayudarles a encontrar algo más…
adecuado.
María e Isaac intercambiaron una mirada.
Era una oportunidad inesperada y peligrosa.
Pero también era la cobertura perfecta.
Asintieron.
Dentro del vagón semi-vacío, el ambiente era extrañamente tranquilo.
Brianda explicó la nueva ruta circular automatizada del metro, lenta pero constante y gratuita.
—Bri, Mei— dijo Isaac, dirigiéndose a ellas.
María estaba a su lado, quieta.
—Nos gustaría pasar rápido por mi departamento a cambiarnos.
No estamos…
muy presentables.— Brianda los escudriñó con delicadeza.
—La verdad, no quería tocar el tema— dijo Brianda, escudriñándolos con una mirada que parecía ver más allá de la ropa gastada, hasta la ansiedad que palpitaba bajo su piel—, pero…
¿por qué iban vestidos como…?— —¡Como vagabundos!— completó Mei Ling, liberando su boca por un segundo antes de que Brianda volviera a taparla.
—…como si hubieran tenido un día difícil— corrigió Brianda con diplomacia.
Isaac buscaba una excusa cuando María intervino.
Bajó la mirada y, cuando la alzó, sus ojos estaban llenos de lágrimas genuinas.
—N-no tenía un centavo.
Vivía mal en el campo.
Pero gracias a mi tío Isaac…— Una lágrima solitaria recorrió su mejilla.
El efecto fue instantáneo.
El corazón de Brianda se derritió.
—No se preocupen— declaró con firmeza.
—Yo les ayudo.
Sé que tu tío es muy orgulloso— dijo, mirando a Isaac— pero no tomaré un ‘no’ por respuesta.
Les compro la ropa que necesiten.— —¡Eso, chica!— celebró Mei Ling, liberándose finalmente.
—No puedo aceptar, es demasiado— protestó Isaac, abrumado.
—Isaac— dijo Brianda, su voz suave pero imparable.
—Soy la adinerada del grupo, y me gusta ayudar a mis amigos.
Lo hago de corazón.
No me debes nada.— La sinceridad y la bondad en sus palabras golpearon a Isaac con la fuerza de un puño.
Era el mismo tono, la misma calma imperturbable en medio del caos.
De pronto, no vio a Brianda, sino a su propia madre…
‘Recuerda ayudar al necesitado, cariño.
Si el mundo se vuelve frío, nosotros debemos ser el fuego.’ Un nudo se le formó en la garganta.
María, perceptiva, le tocó el brazo.
—¿Estás bien?— preguntó en un susurro.
Isaac parpadeó, alejando el fantasma del pasado.
—Sí…
solo recordé algo lindo.— María le sonrió, comprendiendo, y le dio espacio.
Cuando el metro se detuvo en Niveles Bajos, Brianda se puso seria.
—Los esperamos en Maracaibo— anunció Brianda, y un leve frunciendo de su nariz delataba su disgusto instintivo por el olor a ozono y decadencia que emanaba del andén.
—No me gustaría quedarme aquí.— Isaac asintió, agradecido.
—Estos lugares no son…
tranquilos.— —Lo entiendo.
¿Te esperamos allá?
¿Me llamas si me necesitas?— —De acuerdo— aceptó Isaac.
Él y María bajaron, sumergiéndose de nuevo en la oscuridad familiar de su distrito, mientras el metro se llevaba a sus amigas hacia la siguiente estación.
La misión había cambiado: ahora tenían cómplices inadvertidas y un destino claro.
Maracaibo los esperaba, con sus secretos y sus peligros, y una oportunidad de desaparecer a plena vista.
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