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Un grito de ayuda - Capítulo 12

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  4. Capítulo 12 - 12 Capitulo 12 Mercado de sombras y recuerdos
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12: Capitulo 12: Mercado de sombras y recuerdos 12: Capitulo 12: Mercado de sombras y recuerdos El regreso al departamento fue una carrera contra el reloj.

Isaac buscó desesperadamente en su armario algo que no hiciera parecer a María una niña disfrazada de adulto.

Lo mejor que pudo encontrar fue una camiseta blanca grande y un pantalón de mezclilla holgado.

“Rayos, ni siquiera le va a quedar”, pensó, sintiendo una punzada de ineptitud.

El chirrido de la puerta del baño lo sacó de sus cavilaciones.

María emergió envuelta en vapor y una toalla, con el cabello húmedo pegado a su rostro.

—Vaya, esa agua me supo a gloria…— comenzó a decir, pero se detuvo al ver la ropa dispuesta en la cama.

Su mirada recorrió las prendas y luego se clavó en Isaac, quien solo pudo ofrecer una sonrisa nerviosa.

—Hey…— dijo, con un dejo de decepción juguetona— En serio tienes que comprarle ropa bonita a esta dama.— Le guiñó un ojo.

—Y de paso, algo para ti.

Tu estilo no precisamente grita ‘estudiante de una prestigiosa universidad’.— El comentario, dicho con tanta naturalidad, dejó a Isaac helado por un segundo.

¿Era tan obvio?

María lo empujó suavemente hacia el baño antes de que pudiera responder, tomando el control de la situación.

Bajo el agua caliente, Isaac dejó que los pensamientos se mezclaran con el vapor.

¿Era una locura confiar en Brianda y Mei?

¿Exponerse así?

Pero era la única jugada que tenían.

La ducha fue rápida, funcional.

Al salir, encontró a María transformada otra vez.

Había recortado el pantalón hasta convertirlo en una falda corta con picos rebeldes, y la camiseta blanca ahora le quedaba ajustada, anudada a la altura de la cintura.

Pero lo que realmente le detuvo el corazón fue lo que llevaba en la cabeza: un fedora negro, elegantemente gastado, con un listón blanco.

Era el fedora.

El de su tío.

Un flashback lo golpeó con la fuerza de un puño: La lluvia fría y lúgubre caía sobre el cementerio, empapando su ropa negra, demasiado grande para un niño de dieciséis años.

El ataúd de su madre ya estaba bajo tierra.

Y con ella, su hermanita nonata.

El vacío era un pozo negro dentro de él.

“¿Por qué?”, sollozó, sus puños apretados contra los costados.

“¿Por qué lo hizo papá?

¿Nos odiaba?” La rabia, pura y caliente, estalló.

“¡LO ODIO!”, gritó hacia las lápidas mudas, su voz quebrándose en el aire húmedo.

Su tío, un hombre joven y delgado de cabello rubio y tez pálida, estaba a su lado.

No llevaba paraguas para él, solo para Isaac.

En un gesto de profunda compasión, cerró el paraguas y se sentó en el barro junto a él, compartiendo su duelo.

—Sabes…— comenzó su tío, su voz un susurro ronco que competía con la lluvia— A pesar de todo…

no puedo odiarlo.— Isaac lo miró, incrédulo.

—Fue el amor de la vida de tu mamá.

Lo amó infinitamente.

Y fue un buen hombre…

hasta esa maldita guerra.

Nos cambió a todos.—* Su tío suspiró, mirando la tumba fresca.

—A veces eliges ser mejor…

o dejas que el mundo te consuma.

Pero hay que elegir.—* Luego, se quitó su propio fedora, ese sombrero que siempre llevaba con un aire melancólico de otra época, y se lo colocó a Isaac.

Le quedaba enormemente, cubriéndole los ojos.

—Cuídalo…

por favor.

Ten paciencia.

Quizá todo mejore.— El recuerdo se desvaneció, dejando el sabor amargo de la lluvia y la tierra en su boca y el vacío familiar en el pecho.

Isaac parpadeó, encontrándose de nuevo en su deprimente departamento, mirando el mismo fedora en la cabeza de María.

—Y-yo…— intentó explicar ella.

—Shhh— él interrumpió, poniéndole los dedos suavemente sobre los labios.

—Si no quieres hablar, no es necesario.— Isaac apartó su mano con suavidad.

—Este sombrero…

era de mi tío— confesó, la voz cargada de una emoción que rara vez permitía salir.

—En ese funeral, odié a mi padre con toda mi alma.

Mi tío me dijo que no lo hiciera…

y me costó años entender por qué.— Miró el fedora con una ternura que desarmó a María.

Luego, con un movimiento deliberado, se lo devolvió a ella.

—Te queda mejor a ti.— María lo tomó, una sonrisa triste pero cálida iluminando su rostro.

Sin decir una palabra, lo abrazó con fuerza, transmitiendo todo el consuelo que sus jóvenes brazos podían dar.

El momento se rompió con unos golpes en la puerta.

Al abrir, se encontraron con Heder, su vecina, que llevaba una USB en la mano.

Su expresión fue de sorpresa al ver a María, seguida de una mirada lasciva y sugerente.

—Oh, cariño.

Disculpa, no sabía que tenías…

compañía— dijo, con una sonrisa que a Isaac le erizó la piel.

—¡Soy su sobrina!— aclaró María rápidamente, antes de que Isaac pudiera hablar.

Heder se ruborizó, la decepción evidente en su rostro.

—¡Cariño!

¡Discúlpame!

No era mi intención.

Es que…

dejaste esto en mi departamento el otro día.— Le entregó la USB a Isaac.

—Me retiro.

¡Pásenla bien!— añadió, bajando la voz.

—Y tengan cuidado.

Hay…

pesadez en el ambiente.

Gente preguntando por un chico y una niña.

Cosas raras.— Heder bajó aún más la voz.

—Yo no les dije nada.

Pero los muros aquí tienen oídos.

Antes de que Isaac pudiera preguntar, ella se esfumó por las escaleras.

La USB era ligera, anónima.

La desconfianza de Isaac se encendió.

En su laptop del gobierno, accedió a una interfaz oculta—un sistema Linux modificado que usaba para navegar por los rincones más oscuros de la red—y conectó la USB a través de un programa de análisis que aislaba cualquier malware.

Estaba encriptada.

Con password.

—¿Entonces no es malo?— preguntó María, confundida.

—No lo sabremos hasta tener la contraseña— suspiró Isaac, guardando la USB.

—Tendré que preguntarle a Robert luego.— Dejaron el asunto atrás y se dirigieron a Maracaibo.

El viaje en metro fue una inmersión sensorial.

El aire quieto y tenso de los Niveles Bajos fue reemplazado por el ritmo vibrante de reggaetón, el aroma embriagador de comida callejera frita y el bullicio alegre de una multitud diversa.

Isaac mantuvo a María cerca, protegiéndola instintivamente del flujo humano.

Encontrar a Brianda y Mei fue fácil.

El cabello rosa de Mei era un faro en el mar de gente.

Estaban en un puesto, negociando con una vendedora amable de rostro redondo y sonrisa amplia.

—¡Isaac!— gritó Mei, abalanzándose sobre él con su energía característica.

Brianda la contuvo con elegancia.

—Andamos viendo cositas— explicó, con una sonrisa tranquila.

Mientras las chicas se distraían con baratijas para el hogar, un hombre—el esposo de la vendedora, con bigote tupido y una barriga prominente—se acercó a Isaac.

—Asombroso, chico— dijo, dándole una palmada en la espalda que hizo eco.

—Normalmente los chicos vienen escuálidos.— Su mirada era perspicaz.

—Hey, deja que las chicas se diviertan.

Tú también puedes ver juguetitos para hombres.— Le mostró una colección de cuchillos exhibidos en un felpudo: desde cuchillos de cocina hasta piezas tácticas.

—¿No son ilegales?— preguntó Isaac, con cautela.

El hombre puso una mano en el corazón, fingiendo ofensa.

—¡Por Dios, no!

Todo legal, amigo.— Su tono se volvió serio por un instante y luego recuperó la jovialidad.

—Échales un vistazo.— Isaac los recorrió con la mirada, su entrenamiento pasado reconociendo instantáneamente la calidad y el propósito de cada uno.

Su atención se centró en una karambit negra.

La reconoció al instante por su curvatura de garra, diseñada para desgarrar.

La tomó.

El agarre texturizado se moldió a su palma, el peso del pomo equilibrando la hoja con una precisión mortífera.

Era una extensión de su propia mano, un recordatorio silencioso de las habilidades que había jurado dejar atrás.

—Ah, la ‘Uña del Tigre’— comentó el vendedor.

—Formidable.— —¿Cuánto?— preguntó Isaac.

—$12.— Era un robo.

Isaac pagó sin dudar, sintiendo el metal frío contra su palma como una promesa de seguridad.

Brianda se acercó, observando la transacción.

—Pude haber comprado eso— dijo, con un leve reproche.

—Eres orgulloso— replicó Isaac, esbozando una media sonrisa.

—Y yo quería comprármelo.— La compra de ropa fue una expedición dirigida por Brianda y su tarjeta de crédito sin límites.

Para cuando terminaron, María tenía tantas bolsas que apenas podía cargarlas.

Brianda, con pragmatismo de clase alta, compró maletas en el acto y el grupo reorganizó todo.

Al final del tianguis, con el cansancio empezando a pesar, Brianda se plantó frente a ellos.

—Hey, escuchen— anunció.

—Mi primo me habló de un bar-restaurante con karaoke, familiar.

Y…

convenientemente, me dio las llaves de una de sus casas aquí, por si salíamos tarde.— Sostuvo un llavero con una sonrisa triunfal.

Isaac la miró, comprendiendo.

—Vaya, Brianda.

Ni yo me esperaba una pijamada planeada en la casa de tu primo.— Ella guiñó un ojo, sacando la lengua.

—Me atrapaste.

Siempre preparo un Plan B.

Miren la hora.— Eran las 11:46 PM.

El tianguis se desarmaba a su alrededor.

Isaac y María se miraron.

La tensión de los últimos días los había dejado exhaustos.

La oferta era una burbuja de normalidad en un océano de caos, tan tentadora como potencialmente peligrosa.

Un sí silencioso pasó entre ellos.

Por una noche, podrían bajar la guardia.

Podrían fingir, aunque fuera por unas horas, que eran solo un chico y su sobrina de paseo con sus amigas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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