Un grito de ayuda - Capítulo 13
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- Capítulo 13 - 13 Capitulo 13 Una noche necesaria
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13: Capitulo 13: Una noche necesaria 13: Capitulo 13: Una noche necesaria La casa del primo de Brianda era un refugio inesperado.
Acogedora, con muebles cómodos y una calidez que el deprimente departamento de Isaac nunca tuvo.
Tras arreglarse con la ropa nueva—un lujo que ambos necesitaban más de lo que admitían—, se miraron en el espejo del recibidor.
María era una visión de contrastes: una falda de cuadros rojos y negros, una blusa blanca impecable, una chaqueta negra que le quedaba un poco grande pero le daba un aire rebelde, los tenis Converse y, coronándolo todo, el fedora de su tío, que ahora parecía pertenecerle por completo.
Isaac, por su parte, se veía transformado.
Una camisa de leñador a cuadros que resaltaba sus hombros y su complexión atlética, unos jeans oscuros de buen corte y tenis blancos que parecían nuevos.
Se sonrieron en el reflejo, un entendimiento silencioso pasando entre ellos.
Por una noche, no eran un fugitivo y su protectora; eran solo dos jóvenes a punto de salir.
Al bajar las escaleras hacia la sala, Brianda y Mei los esperaban.
La expresión de Brianda fue de pura y genuina felicidad al verlos.
Mei, por su parte, se quedó boquiabierta.
—¡Se ven geniales, chicos!— exclamó Mei, rompiendo el hechizo con sus aplausos energéticos.
El rubor subió a las mejillas de ambos.
—Definitivamente necesitaban un cambio— añadió Brianda, con una sonrisa cálida y un poco juguetona.
Salieron a la noche de Maracaibo.
El aire era más fresco aquí, cargado con el aroma de comida callejera y el lejano ritmo de la música.
Las calles adoquinadas y las fachadas coloniales pintadas de colores desgastados por el sol les daban una sensación de pueblo dentro de la vasta ciudad.
—”El Rinconcito Musical…”— leyó Isaac en voz baja el letrero neón de un local en una esquina.
Parecía acogedor, no la típica trampa turística.
—¿Dejarán pasar a María?— preguntó Mei, mostrando un raro destello de sensatez.
—No fuman dentro— aclaró Brianda—.
Y aunque sirven alcohol, es un ambiente familiar.
De los pocos lugares así que quedan.— Isaac dudó, la protección que sentía hacia María chocando con el deseo de darle una noche normal.
Brianda, actuando como la “mala influencia” benevolente, insistió: —Vamos.
Es el lugar más tranquilo.
Mi primo sabe lo que hace.— Isaac miró a María, buscando su aprobación.
Ella asintió, una chispa de emoción en sus ojos.
Él cedió con un suspiro.
El interior era exactamente como lo había descrito Brianda: mesas de madera gastada por el uso, una barra larga iluminada con luces tenues que reflejaban en botellas de colores y un pequeño escenario.
El aire olía a cerveza derramada, madera vieja y el dulce aroma de los aperitivos.
El ambiente era bullicioso pero alegre…
Pidieron comida—hamburguesas gigantescas y papas fritas—y refrescos.
Por un rato, fueron simplemente un grupo de amigos.
Observaron cómo varios valientes—y otros no tanto—subían a cantar.
Algunos eran decentes, otros eran un desastre glorioso que hacía reír a todos, incluida María, que se tapaba la boca para disimular sus carcajadas.
Isaac la observaba de reojo, y cada risa suya le quitaba un poco del peso que cargaba en los hombros.
Luego, el animador—un tipo con chaqueta de cuero y aire de rockero viejo—tomó el micrófono.
—¿Cómo está mi gente esta noche?— rugió, y el lugar estalló en vítores.
—¡Eso me gusta!
Ahora, para calentar motores…
¡un pequeño concurso!
Cuatro valientes del público.
¡Yo elijo!— La mirada del animador recorrió las mesas.
Señaló a un hombre, luego a una mujer, luego a otro joven.
Su dedo, entonces, se detuvo en María.
El color se desvaneció de su rostro.
Negó con la cabeza con vehemencia, hundiéndose en su asiento.
El público, creyendo que era parte del juego, la alentó a gritos.
Isaac se irguió, listo para intervenir, pero Mei fue más rápida.
—¡Vamos, amiga!
¡Te vas a divertir!— la animó, empujándola suavemente.
Brianda intentó calmar a Mei, pero fue la determinación temblorosa en los ojos de María la que la hizo levantarse.
Caminó hacia el escenario como si fuera al cadalso, con Isaac conteniendo la respiración en cada paso.
La batalla fue desigual.
Los primeros dos concursantes cantaron reggaetón y vallenato con entusiasmo pero poca técnica.
Luego, una señora de unos cincuenta años, con una energía increíble, cantó un rock en español que arrancó aplausos sinceros.
Pero entonces, le llegó el turno a María.
El primer acorde de “Y…
qué Hiciste” de Eydie Gormé sonó, suave y melancólico.
María cerró los ojos un instante, y cuando los abrió, ya no estaba la niña asustada.
Era alguien más.
Su voz, clara, potente y cargada de una emoción que no parecía posible para alguien de su edad, llenó el salón.
¿Y a qué debo, dime entonces, tu abandono?
¿Y en qué ruta tu promesa se perdió?
Y si dices la verdad, yo te perdono Y te llevo de recuerdo junto a Dios…
Cada palabra era un puñal, cada nota una confesión.
El público quedó hechizado.
Isaac sintió que el aire le faltaba.
Era como si estuviera viendo una herida abierta en el escenario, sanando a través del dolor convertido en arte.
Esa última estrofa…
era un adiós, un perdón y una maldición todo en uno.
Sacudió la cabeza, sintiéndose casi un intruso en un momento tan íntimo, y se unió a los aplausos atronadores.
El animador bromeó sobre haber perdido una apuesta a su favor, haciendo reír a todos.
El ambiente era ligero, eufórico.
Luego vino la final: “Hombres vs.
Mujeres”.
El rival de María, un chico llamado Mauricio, eligió una canción de rap complexa y fracasó estrepitosamente, abandonando a mitad ante las risas amistosas del público.
—¡Gana nuestra campeona, María!— anunció el animador.
Pero la multitud no estaba satisfecha.
—¡Que cante!
¡Que cante otra!— coreaban, liderados por la misma señora a la que había derrotado.
El animador se volvió hacia María, con una sonrisa.
—La gente quiere más, estrella.
¿Los vas a dejar con las ganas?— María miró hacia su mesa.
Vio a Mei saltando de emoción, a Brianda sonriendo con orgullo y a Isaac…
Isaac la miraba con una expresión que nunca le había visto: asombro, admiración y algo más, algo tierno y protector que le hizo sonreír.
Asintió.
Los primeros acordes de “Sabor a Mí” comenzaron, suaves, íntimos.
María tomó el micrófono y su voz, esta vez más suave pero igual de conmovedora, envolvió el lugar.
“No pretendo ser tu dueña No soy nada, yo no tengo vanidad De mi vida, doy lo bueno Soy tan pobre, ¿qué otra cosa puedo dar?” Sus ojos se encontraron con los de Isaac y ya no se separaron.
El bullicio del bar se desvaneció hasta convertirse en un zumbido lejano.
Para Isaac, solo existía la luz tenue acariciando su rostro, la vulnerabilidad en sus ojos y esa voz que cantaba verdades que ninguno se atrevía a decir en voz alta.
Le cantaba a él.
Cada palabra…
parecía dirigirse directamente a su corazón.
Pasarán más de mil años, muchos más Yo no sé si tenga amor la eternidad Pero allá, tal como aquí En la boca llevarás sabor a mí…
Isaac se sintió paralizado.
Nadie, en toda su vida, le había dedicado algo así.
Era como si María estuviera desnudando su alma frente a todos, pero el mensaje era solo para él.
Un nudo de emociones contradictorias—deseo, ternura, miedo, una abrumadora necesidad de protegerla—se apretó en su pecho.
El público enloqueció, con una ovación de pie que hizo temblar las paredes.
La señora del rock lanzó un grito de júbilo, y Mei saltaba abrazada a un Brianda que, por una vez, había abandonado su compostura para aplaudir con lágrimas en los ojos.
María, sonrojada y sin aliento, finalmente rompió el contacto visual con Isaac para sonreírle a la multitud.
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