Un grito de ayuda - Capítulo 14
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- Capítulo 14 - 14 Capitulo 14 Una noche necesaria Parte 2
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14: Capitulo 14: Una noche necesaria (Parte 2) 14: Capitulo 14: Una noche necesaria (Parte 2) El regreso a la mesa fue una marcha triunfal silenciosa.
Los aplausos resonaban aún en los oídos de María, que caminaba con una mezcla de euforia y vértigo.
La ovación del público era tangible, un calor que la envolvía y la aclamaba como a una estrella.
Al sentarse, se encontró con las miradas de sus compañeros: Mei, saltando casi en su asiento con energía pura; Brianda, con una sonrisa de orgullo tan amplia que parecía iluminar la mesa; e Isaac…
Isaac la miraba boquiabierto, como si acabara de presenciar un milagro.
Brianda, con su elegancia innata, alargó la mano y cerró suavemente la mandíbula a Isaac con las yemas de sus dedos.
—¡Qué bien cantas, amiga!— estalló Mei, incapaz de contener su emoción.
—Eres increíble— añadió Brianda, aplaudiendo con una delicadeza que contrastaba con el estruendo general.
—¿Dónde aprendiste a cantar así?— Sus ojos brillaban con una admiración tan genuina que parecía a punto de derramar lágrimas de felicidad.
María se encogió de hombros, la euforia del momento nublando su usual cautela.
—Solo…
mi amo me dijo que cantara, y canté…— La frase cayó en la mesa con el peso de una losa.
La sonrisa de Brianda se congeló en sus labios, no desapareció, sino que se solidificó en una máscara de cortesía perfecta.
Sus ojos, sin embargo, se enfocaron en María con una intensidad nueva, analítica, como si acabara de reprogramar todo lo que creía saber sobre ella.
Mei y Brianda fruncieron el ceño al unísono…
Isaac reaccionó como si le hubieran aplicado una descarga eléctrica.
—S-su…— tartamudeó, buscando desesperadamente una salida.
—¡Su papá!
Vaya, ese viejo es un cascarrabias.
Le decían ‘JEFOTE’ porque se creía el dueño de todo.
Un bebé adulto, ¿sabes?— La risa nerviosa que soltó sonó falsa incluso para sus propios oídos.
Afortunadamente, el animador llegó en ese momento con el premio: una cubeta helada llena de botellas de cerveza.
Brianda, con una habilidad que delataba una práctica oculta tras su fachada de niña bien, agarró una botella y la abrió con el filo de una cuchara de un solo movimiento.
—Dios…
tenía ganas de una— suspiró, relajándose en su silla con una naturalidad que Isaac nunca le había visto.
—¿A que no te sabías esta faceta de nuestra dama elegante, eh, granjerito?— bromeó Mei, imitándola y abriendo otra botella.
Isaac declinó amablemente.
Su instinto de protector estaba en alerta máxima; alguien tenía que mantener la cabeza fría.
María se aferró a su refresco, observando la transformación de Brianda con curiosidad.
La noche se desarrolló con una calma surrealista.
Como ganadora, María tenía derecho a elegir canciones, y optó por un repertorio de boleros y baladas antiguas que llenaron el lugar de una melancolía nostálgica y bellísima.
Brianda y Mei, con los pómulos sonrosados por el alcohol, se divertían más que nadie, riendo y cantando con desenfado.
“Entonces me trajiste para cuidarlas…” pensó Isaac, con un atisbo de exasperación cariñosa.
Al final de la noche, el animador se acercó de nuevo, esta vez con un paquete de doce latas de cerveza.
—Al jefe le encantó tu actuación, pequeña— le dijo a María.
—Dice que cuando quieras volver a animar la noche, eres bienvenida.
Gracias a ti, la barra facturó el doble.— Isaac intervino rápidamente, poniéndose frente a María.
—Es mi sobrina.
Solo vino a divertirse.— El animador alzó las manos en son de paz.
—Tranquilo, colega.
Aquí somos familiares.
Nada de problemas.
Pero la oferta sigue en pie.— Le guiñó un ojo a María antes de retirarse.
La caminata de regreso a la casa fue lenta, con Brianda y Mei apoyándose mutuamente y tarareando canciones desafinadas.
Isaac tenía razón; la zona era sorprendentemente segura, incluso a altas horas de la madrugada.
Una vez dentro, Brianda, con la lengua ya pesada, logró articular: —T-tenemos que dormmmirr…— Isaac las guió a su habitación.
Tras cerrar la puerta, se escuchó un estruendo sordo seguido de un —¡ESTAMOSSS BIEEEEEEN!— gritado por Mei.
Isaac sonrió y bajó a la sala.
Allí lo esperaba María.
Ya vestida con una pijama, estaba acurrucada en el sofá, con el control de la tele en una mano y una lata de cerveza abierta en la otra.
La luz parpadeante de la pantalla iluminaba su rostro sereno.
Isaac abrió la boca para protestar, pero ella lo detuvo sin siquiera mirarlo.
—Sé lo que vas a decir.
Que no es correcto.
Pero créeme, esto ya lo puedo manejar.— Isaac, derrotado, alzó las manos en señal de rendición.
—Solo no tomes mucho— cedió, sentándose en el extremo opuesto del sofá.
—¿Por qué no me acompañas?— propuso ella, su voz suave pero desafiante.
La negativa murió en sus labios.
Con un suspiro, fue por una lata.
El silencio se instaló entre ellos, roto solo por los diálogos de una película de terror de bajo presupuesto pero con una trama sorprendentemente absorbente.
En un corte comercial, María muteó la TV.
—Vaya, pasan los años y aún anuncian esta película— comentó, tomando un sorbito.
Isaac, que iba por su tercera lata, notó que ella apenas había bebido la mitad de la suya.
No mentía sobre saber controlarlo.
—¿Desde cuándo…?— preguntó él, rompiendo el hielo con la pregunta que lo carcomía.
Ella abrió los ojos, que tenía semicerrados.
—¿El alcohol?
Desde los diez, más o menos.
Aquel viejo…
creía que era divertido verme beber hasta marearme.— Su expresión era de puro asco.
Isaac sintió que había metido la pata.
—Disculpa.
No debí preguntar.— María lo miró, y una sonrisa triste se dibujó en sus labios.
—Sabes…
eres un amor de persona.— Jugueteó con su lata, evitando su mirada.
El recuerdo de la canción, de la mirada que le dedicó en el escenario, golpeó a Isaac con fuerza.
Sabía lo que sentía, y sabía que no podía corresponderle.
Cuando alzó la vista para aclararlo, encontró que ella ya lo estaba esperando.
Sus ojos, en la penumbra azul de la pantalla, ya lo estaban mirando fijamente.
No era un mirar casual; era un escrutinio, un recorrido lento y doloroso de pies a cabeza, como si estuviera memorizando cada detalle de él, sabiendo que era lo más cerca que jamás estaría.
Esa intensidad hipnótica pronto se transformó en una tristeza y una resignación tan profundas que le partieron el corazón.
—N-no lo menciones ya— susurró ella, anticipándose a sus palabras.
—María, yo…— —No te disculpes.
Yo fui la tonta— lo interrumpió, su voz quebrada pero firme.
—En más de una ocasión…
pero fui ingenua al creer que podría haber algo entre nosotros.
Tú lo dejaste claro desde el principio.— Un silencio pesado, cargado de todo lo no dicho, se apoderó de la sala.
María, sin agregar nada más, subió el volumen de la televisión con un click seco, clavando su mirada en la pantalla.
Isaac no insistió.
La película terminó cerca de las 3:30 de la mañana.
María se acurrucó en el sofá, dando por terminada la conversación.
Isaac intentó levantarla para llevarla a la cama, pero ella rechazó el contacto con un movimiento brusco de la mano.
Él acató en silencio y se retiró a su habitación.
Pero el insomnio y la culpa lo acechaban.
Después de dar vueltas por un rato, salió de su cuarto decidido a no dejarla ahí.
La encontró dormida en el sofá, con el ceño aún fruncido.
Con una delicadeza infinita, la levantó en brazos—era tan liviana—y la llevó a su cama, arropándola con cuidado antes de salir.
Al cerrar la puerta con un clic suave y darse la vuelta, se encontró con una figura que lo hizo dar un salto hacia atrás, ahogando un grito.
Era Brianda.
Pero no la Brianda alegre y un poco borracha de antes.
Estaba pálida, y la línea de su boca era una delgada y tensa cicatriz en su rostro.
Sus ojos, ahora completamente lúcidos, lo fulminaban con una ira fría y controlada que era mil veces más aterradora que un grito.
No había rastro del alcohol en su sistema; parecía que se lo había quemado la misma furia.
—Ven conmigo— ordenó, su voz un susurro cargado de peligro.
Lo agarró del brazo con una fuerza que él no le conocía y lo arrastró a la habitación de invitados, cerrando la puerta con llave.
Una vez dentro, se pasó una mano por el rostro, como si intentara calmarse.
—Ay, por Dios, Isaac— exhaló, su voz temblorosa por la furia contenida.
—Me va a dar algo si la respuesta a la pregunta que te haré es lo que ya tengo en mente.— Isaac sintió cómo el suelo se abría bajo sus pies.
Su corazón comenzó a latir con tal fuerza que temió que ella lo oyera.
Brianda en ese estado era aterradora; parecía verlo todo, saberlo todo.
Finalmente, lo miró fijamente, clavándolo con su mirada.
—Dime de una vez…
¿quién rayos es esa chica?— La pregunta, directa y cargada de una certeza aterradora, dejó a Isaac paralizado.
El mundo se redujo a esa habitación, a la mirada incisiva de Brianda y al sonido ensordecedor de su propio pánico.
No había escapatoria.
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