Un grito de ayuda - Capítulo 16
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- Capítulo 16 - 16 Capitulo 16 El peso de la confianza
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16: Capitulo 16: El peso de la confianza 16: Capitulo 16: El peso de la confianza El silencio que siguió al abrazo entre Isaac y Brianda era denso, cargado de un pacto no dicho.
Se miraron con una determinación que no necesitaba palabras: Brianda estaba dispuesta a jugarse la vida por Isaac, y él, a su vez, por ella.
La pregunta era quién podría darles la información necesaria para llevar a María a un lugar realmente seguro.
Los padres de maría ya no eran una opción.
Isaac lo sabía mejor que nadie.
Decidieron mantener un perfil bajo, al menos por ahora.
Cada uno se retiró a descansar con la pesada conciencia de que la mañana siguiente traería consigo la urgente tarea de transformar a María en alguien irreconocible.
El amanecer encontró a María sola en la cama.
Un bostezo profundo escapó de sus labios mientras se debatía entre la comodidad de las sábanas y la realidad que esperaba abajo.
Miró el reloj colgado en la pared: las 9:00 AM.
Se llevó la mano a la sien, donde un dolor sordo recordaba las horas de sueño robadas.
—Auch…
—murmuró para sí misma, como si la habitación pudiera compadecerse.
Se levantó y se frotó los ojos con los nudillos, desprendiendo las últimas hebras de sueño.
Una melodía lejana, familiar pero no del todo reconocible, flotaba en el aire como un fantasma acogedor.
Al salir de la habitación y bajar las escaleras, se detuvo en el último peldaño.
La escena en la cocina era tan doméstica que le pareció casi surrealista: Isaac y Brianda estaban allí, inmersos en un caos matutino.
Brianda había encendido una radio antigua que raspaba Una mañana de José José, y la voz del artista llenaba el espacio con una nostalgia que contrastaba con el desastre culinario.
Isaac intentaba ayudar, pero sus movimientos eran torpes, casi violentos contra los ingredientes.
Brianda, con una paciencia que parecía infinita, le explicaba una y otra vez cómo batir la masa sin salpicar todo a su alrededor.
Isaac volteó al notar su presencia, y una sonrisa cansada pero genuina se dibujó en su rostro.
—Hola, Bella Durmiente…
—dijo, y el cariño en su voz era tan palpable que María sintió un calor repentino en el pecho.
Mientras ambos reían ante el fracaso culinario de Isaac, María tomó una escoba y un recogedor sin pedir permiso.
Comenzó a limpiar los restos de harina y cáscaras de huevo con una eficiencia que hablaba de años de práctica.
—Buenos días— saludó, todavía con la voz ronca por el sueño —Déjenme ayudar.
— Brianda rio con suavidad, un sonido que parecía derretir la tensión en el aire.
—Si no vas a hacer un desastre como Isaac, eres bienvenida.
— Él solo lanzó una mirada de falsa ofensa, y Brianda siguió riendo.
Las dos mujeres se sumergieron en una danza coordinada entre sartenes y utensilios.
Brianda era competente, pero María se movía con una naturalidad instintiva, como si cada movimiento estuviera programado en su memoria muscular.
Brianda no podía evitar lanzar miradas de asombro hacia Isaac, que se traducían en un claro “Sí que es buena…”.
Isaac, por su parte, acomodó la mesa para cuatro, reservando un lugar para Mei, quien aún no había descendido de su letargo.
—Creo que va a despertar algo tarde— comentó Brianda con un dejo de complicidad —A esta señorita le encanta dormir— añadió, y su risa fue tan cálida como el aroma a café que empezaba a dominar la cocina.
Sirvieron el desayuno: hotcakes esponjosos, huevos estrellados con el borde crujiente y tocino que crepitaba como promesas de un día mejor.
María eligió jugo; Brianda e Isaac, café negro.
Comieron en silencio al principio, luego rompieron el hielo con anécdotas de la noche anterior, evitando cuidadosamente cualquier mención al pasado oscuro que los perseguía.
Cuando los platos estuvieron vacíos y la satisfacción se apoderó del ambiente, Brianda dejó su taza sobre la mesa con un clic suave.
Su expresión se serenó, perdiendo por un momento su amabilidad característica para adoptar una solemnidad que hizo que el aire se espesara.
—María…— comenzó, cerrando los ojos como si buscara las palabras correctas en la oscuridad —Isaac y yo tuvimos una…
cierta plática anoche.
Más concretamente sobre ti, y sobre el…— María sintió que el mundo se estrechaba a su alrededor.
Una presión familiar se apoderó de su pecho, esa que siempre llegaba cuando el peligro acechaba cerca.
Brianda abrió los ojos y la miró directamente.
Una sonrisa amable, pero no ingenua, suavizó sus características.
—No te preocupes…
Tu secreto está a salvo conmigo.
— El suspiro de alivio de María fue audible.
Brianda continuó, su voz baja pero firme: —Si supieras cómo me enteré, créeme, estarías con miedo en cada esquina.
Pero ese no es el punto.
Lo que haremos ahora será darte un cambio que te ayude a pasar desapercibida.
Ayudarte con ciertas cicatrices que tienes.
Y por supuesto…
necesitas llenar un poquito esos huesitos— señaló con delicadeza las clavículas marcadas de María —No obstante, esta casa no es del todo segura.
Me gustaría tener una plática más a fondo con los dos.
En la mansión de mi papá…
claro está.
— Isaac y María intercambiaron una mirada cargada de incredulidad y temor.
—Aunque primero me gustaría hablar con papá antes de llevarlos — aclaró Brianda.
María no se encontraba conforme con esta respuesta, y Brianda notó cómo la respiración de María se volvía pesada, cómo sus piernas comenzaban a temblar levemente bajo la mesa.
El miedo a ser traicionada era un viejo conocido.
—Descuida.
Papá ama a Isaac— dijo Brianda, y su tono era tan convincente que María sintió cómo algo en su interior se relajaba —Quiero que ambos estén a salvo.
— Isaac irrumpió entonces, su voz áspera por la urgencia: —No obstante, pasará algo de tiempo para que eso suceda.
Por ahora tendremos que optar por el plan B.— —¿Plan B?
—arqueó Brianda una ceja—.
¿Cuál es su plan B?
María e Isaac se miraron, y una sonrisa cómplice nació entre ellos.
—”La heladería…”— comenzó María.
—¿El Buen Hombre de Nieve?
— La duda era evidente en el rostro de Brianda.
—¿Es acaso una mala idea?
—preguntó Isaac, desconcertado.
Brianda se sumió en un silencio pensativo, analizando cada ángulo invisible de la situación.
—Es solo que siento que algo no cuadra aquí…
¿Por qué ese señor se iría de la ciudad?
—Hizo una pausa breve, y sus ojos se abrieron un instante como si vislumbrara algo—.
Puede que haya tenido problemas con alguna mafia…— Isaac contuvo el impulso de revelar lo que había encontrado bajo la heladería.
Justo cuando María abría la boca para hablar, unos pasos estruendosos resonaron en las escaleras.
Mei irrumpió en la escena como un torrente de energía, gritando con alegría desbordada: —¡Comida!
— Se sentó junto a María y Brianda, balanceándose en su silla con euforia.
Brianda le sirvió un plato con indulgencia, y Mei comenzó a comer con una delicadeza que contrastaba absurdamente con su entrada.
María no pudo evitar sorprenderse.
—¿Sabes?
Que sea enérgica no quiere decir que sea un animal para comer— dijo Mei, limpiándose la boca con precisión teatral.
María soltó una risa incrédula.
La conversación derivó hacia los eventos de la noche anterior, elogiando el talento de María en el karaoke.
Cuando Brianda mencionó sus habilidades culinarias, Mei casi escupe su comida.
—¿¡Sabes cocinar!?— exclamó, con migas volando —Digo…
¿sabes cocinar?
— rectificó, avergonzada.
María asintió con modestia.
—Cocinas MUY bien, chica— Mei le guiñó un ojo.
Brianda interrumpió el momento de ligereza.
—Debemos ir a darte un arreglo total, cariño— dijo, mirando a María con determinación.
Mei, emocionada, devoró lo que quedaba en su plato.
—¿¡Qué esperamos!?— exclamó, llevándose a María del brazo hacia las escaleras con una velocidad vertiginosa.
Brianda se quedó sola con Isaac, y su sonrisa se desvaneció.
—Y tú deberías decirme por qué crees que es buena idea esconder a esta niña en la heladería…
Está casi frente a las garras de Venancio.
Tampoco digo que aquí sea cien por ciento seguro, pero las cosas afuera se están tensando— explicó, su voz grave.
Isaac se mordió el labio inferior, la duda grabada en cada línea de su rostro.
Brianda vio su lucha interna y asintió con comprensión.
—Mira, sé que dudas.
Y ya te lo he dicho más de una ocasión: siempre tendrás mi…— —Pero estamos metiéndonos en graves problemas— lo interrumpió Isaac, elevando un poco la voz — ¿Y si al final estalla una guerra y tu papá pierde todo el poder que ha tardado años en construir?
— Brianda guardó silencio.
No tenía una respuesta que sonara convincente incluso para sí misma.
—Quiero hacer algo bueno, por al menos una vez en mi vida— confesó, y su voz se quebró —Algo que…
algo que me haga decir que todo estará bien…— trato de no dejar que sus sentimientos se desbordaran de forma teatral.
—Mi familia ha hecho cosas terribles.
Esto es mi chance de redimirme, aunque sea un poco.
— Una lágrima escapó de sus ojos, y la limpió con rapidez, como si se avergonzara de su propia vulnerabilidad.
Isaac la miró, conmocionado por la emoción pura en sus palabras.
No supo qué decir.
—Algún día hablaremos más a fondo de esto— dijo Brianda, recuperando la compostura —Pero por favor, no dudes…— Isaac asintió en silencio.
Brianda se levantó, y su siguiente frase cortó el aire como un cuchillo: —Entiendo perfectamente que dudes, pero no deberías hacerlo con quienes han extendido su mano honestamente.
— Subió las escaleras sin voltear atrás, dejando a Isaac sumido en un mar de culpa y autorreproche.
Sabía que había herido a la única persona que siempre había creído en él, incluso cuando él mismo no lo hacía.
Después de un momento, se levantó y comenzó a recoger la mesa con movimientos mecánicos, buscando en el trabajo físico un alivio para su mente atormentada.
Mientras, arriba, María y Mei revisaban la ropa comprada el día anterior.
Brianda se unió a ellas poco después, su serenidad habitual restaurada como si la conversación con Isaac nunca hubiera ocurrido.
María se probó una blusa blanca, un pantalón de mezclilla y unos tenis blancos con detalles rojos.
Se miró al espejo y una sonrisa genuina iluminó su rostro.
—Es…
la primera vez que me siento cómoda en mucho tiempo…— Mei comenzó a aplicar una crema en sus brazos, sin hacer preguntas.
Sus dedos se detuvieron sobre una cicatriz particularmente marcada.
—Algo me dice que no será milagrosa esta crema…— murmuró en voz baja.
—¿Tú crees?— preguntó María.
Mei asintió con tristeza.
—Puede tardar…— se encogió de hombros.
Brianda observó la escena, y una idea comenzó a tomar forma en su mente.
—Mei, cariño, ¿aún tienes tu pintura negra?
— preguntó.
Mei hizo un puchero.
—Se supone que hoy me la iba a poner…
—Te la puedes poner en tu casa si quieres, te la pago…
Es más, te compro la más cara que me dijiste que querías…— Haciendo una pausa hasta que Mei miro a Brianda.
—sin problemas— ofreció.
Mei dudó por un instante, luego asintió con resignación.
Brianda buscó el tinte en la bolsa de Mei mientras esta seguía aplicando crema en los brazos de María.
—Luego pensamos en eso— dijo Brianda, sosteniendo el frasco de tinte negro —Ahora viene el cambio de pelo…— El futuro era incierto, pero por primera vez, María sintió que no estaba sola en la batalla.
Y eso, tal vez, era suficiente por ahora.
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