Un grito de ayuda - Capítulo 17
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17: Capitulo 17: La recompensa 17: Capitulo 17: La recompensa Después del tenso intercambio con Brianda, Isaac se sintió consumido por la culpa.
Terminó de arreglar la cocina y la mesa con movimientos automáticos, como si sus manos pertenecieran a otro.
Se desplomó en el sofá y encendió la televisión con el mando, buscando distraerse en el ruido blanco de la pantalla.
Las noticias de la mañana llenaron la sala de una luz azulada y fría.
Y entonces, justo en el momento exacto, el rostro serio de la presentadora se nubló con un gráfico llamativo: “RECOMPENSA: $5,000 DÓLARES”.
Isaac sintió que el corazón se le encogía hasta convertirse en una piedra helada en el pecho.
La imagen de una silueta femenina con un vestido rojo y cabello rojo brillaba bajo el texto.
“Una joven de tez morena, cabello rojo oscuro, aproximadamente 1.60 metros.
Última vez vista en los distritos bajos.
Sus padres, desesperados, suplican cualquier información…” La cámara cortó a una pareja de tez morena, vestidos con ropa humilde pero impecable.
Sus caras estaban surcadas por una preocupación que parecía genuina, pero Isaac, con su ojo entrenado para detectar mentiras, notó la falta de verdadero dolor en sus ojos.
No se parecían en nada a María.
Era una farsa, un señuelo para movilizar a las masas y saturar de pistas falsas a una policía corrupta.
El cerebro de Isaac aceleró hasta las 10,000 revoluciones por minuto.
Su mirada se perdió en la mesa de centro frente a él, pero ya no veía madera: veía un tablero de ajedrez.
Las piezas eran distritos, mafias, personas.
Movió mentalmente un peón (una llamada anónima), luego un alfil (desviar la atención hacia un tiroteo en otro sector), pero cada jugada abría un nuevo flanco de peligro.
Sacudió la cabeza, frustrado.
Provocar un caos mayor solo atraería más atención.
Se frotó la sien con fuerza, como si pudiera masajear las ideas intoxicadas, y se recostó en el sofá, derrotado.
Pero la mente no se detiene.
Empezó a hacer una lista mental de quienes sabían de María.
Y entonces, como un golpe bajo, recordó a Heder.
Su vecina.
La mujer del cabello rojo como el fuego y el tatuaje en el brazo que nunca había logrado descifrar.
¿$5,000 dólares?
¿Quién rechazaría eso en los Niveles Bajos?
Heder no era tonta.
Detrás de su fachada de vecina curiosa y coqueta, Isaac siempre intuyó una astucia fría, una supervivencia aprendida en calles mucho más duras que estas.
“Podría decir que solo es una coincidencia…” pensó, pero la idea sonó hueca incluso en su propia mente.
Heder no compraría una mentira tan débil.
Y entonces, como si un dios cruel hubiera decidido responder sus dudas con un recuerdo envenenado, su mente lo arrastró hacia atrás en el tiempo.
Flashback El aire olía a polvo, sangre y gasolina.
Estaban en un rancho abandonado más allá de los muros de la ciudad, un lugar donde los gritos se los llevaba el viento.
Isaac, con solo dieciocho años, se mantenía en la periferia, los nudillos blancos apretados contra los costados.
—¡POR FAVOR, DEJA A MI FAMILIA!
— rugió un hombre mayor, su rostro congestionado por el terror y los esfuerzos contra las ataduras.
Jack, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos muertos, golpeaba al hijo del hombre, un joven de unos veintitrés años que ya no podía ni gemir.
—¡Esto les pasa a los soplones!— escupió Jack, y el crujido del impacto resonó en el galpón desierto.
Isaac quería vomitar.
Le había advertido a ese chico que se olvidara de lo que vio.
Cuerpos enterrados en una fosa poco profunda.
Negocios de Venancio.
Pero el chico, con una ética estúpida o quizás valiente, había hablado.
La policía que trabajaba para la mafia ya había sido pagada, pero este acto de desafío no podía quedar sin castigo.
Era un mensaje.
—¡Apúrense, stronzi di merda!
¡Vamos a quemar esta mierda!
— Jack gritó desde la puerta, sosteniendo bidones de gasolina.
Sus matones, con sonrisas desdentadas y ojos brillantes de pura maldad, empezaron a rociar el líquido acre por todas partes.
El olor a bencina se mezcló con el miedo, creando un cóctel nauseabundo.
Isaac movió el bidón mecánicamente, su mente entumecida.
Al rociar una pila de paja seca cerca de una pared derruida, un leve movimiento lo hizo paralizarse.
Apartó un par de tablas podridas con el pie.
Ahí, acurrucada como un animalito asustado, estaba una niña.
No tendría más de ocho años.
Vestía un traje campesino sencillo y sus coletas estaban deshechas.
Sus ojos, enormes y llenos de lágrimas silenciosas, lo miraron con un terror que le cortó la respiración.
Sin pensarlo, Isaac pateó una tabla más suelta en la pared, creando una abertura apenas suficiente.
No dijo una palabra, solo inclinó la cabeza hacia la libertad.
La niña lo miró, confundida, y entonces, con una rabia súbita y animal, le golpeó la pierna con su pequeño puño y salió corriendo hacia la oscuridad.
—¿¡Qué pasó, pezzo di merda!?
— Jack apareció detrás de él, su aliento cargado de alcohol.
—Nada.
Una rata— mintió Isaac, su voz un hilillo áspero.
Salieron del granero y le entregaron el encendedor.
Sus dedos no temblaron.
No podían hacerlo.
Lo lanzó sobre el charco de gasolina.
Las llamas crecieron con un rugido voraz, ahogando los últimos alaridos de la familia atrapada en el interior.
Los gritos de los mafiosos, eufóricos, se mezclaron con el crepitar del fuego.
Un sonido que nunca abandonaría sus sueños.
Pero, sobre todo, recordaría el grito desgarrador de la mujer desde dentro, justo antes de que el techo se hundiera: —¡ISABEL!
¡HUYE!
— Isaac volvió al presente con un jadeo seco, la boca llena de saliva y el estómago revuelto.
Corrió al baño y vomitó el desayuno, el sabor amargo del café y la culpa quemándole la garganta.
Maldijo entre dientes, apoyando la frente contra la fría porcelana del inodoro.
—¿Por qué carajos recordé eso?
—le escupió a su propio reflejo pálido en el espejo.
Con un ligero temblor entre sus manos.
Y entonces, como si el recuerdo necesitara completarse, la imagen del tatuaje del granjero —el hombre al que habían quemado vivo— vino a su mente.
Una serpiente emplumada, enredándose alrededor de una figura que representaba la Tierra, clavando sus colmillos en el centro.
Un diseño único, intricado.
El mismo que Heder lucía en su brazo.
La conexión fue un choque eléctrico.
¿Eran familia?
¿Parte de la misma comunidad, el mismo grupo de resistencia…
o algo más?
¿Y la niña, Isabel?
¿Habría sobrevivido?
¿Sería Heder…?
Aunque algo tonto solo sacudió su cabeza por tal ultimo comentario.
Su mente, exhausta, se negó a seguir.
El hambre lo trajo de vuelta a la realidad.
Fue a la cocina, agarró un plátano del refrigerador y lo peló con manos que aún le temblaban levemente.
El sabor dulce le devolvió algo de calma.
Se sentó de nuevo, derrotado.
El mundo era un lugar podrido, lleno de crueldad y coincidencias siniestras.
Pero el recuerdo de la niña golpeándolo antes de huir, ese acto de desafío puro, reforzó algo en él.
No estaba protegiendo a María por lástima o por deber.
Lo hacía porque en un mundo que se empeñaba en apagar toda luz, ella era un rescoldo de esperanza que se negaba a morir.
Y él, aunque manchado de ceniza y sangre, sería el escudo que impediría que alguien más la apagara.
Solo entonces recordó con amarga claridad: aquel incendio no había sido un acto aislado de crueldad.
Había sido el detonante.
La chispa que encendió la mecha de la guerra fría entre mafias.
La muerte de los cinco funcionarios públicos había obligado a la policía a fingir una purga, arrestando a peones menores para calmar a la opinión pública.
Todo era una farsa grotesca, un ballet de sombras donde los verdaderos titiriteros nunca se manchaban las manos.
“Maldito infierno…
Aquí todos se devoran…”, pensó Isaac, y el sabor del plátano se volvió ceniza en su boca.
Su mente, buscando un ancla en el caos, volvió al tablero de ajedrez.
Asignó piezas mentalmente: la mafia italiana como el Rey y la Reina, moviéndose con poder absoluto pero con lentitud calculada.
Los yakuzas, una fuerza diversa y letal, eran las Torres y Alfiles, capaces de ataques diagonales y largas distancias.
Los carteles, impredecibles y tácticos, eran los Caballos, moviéndose en ángulos extraños que nadie podía prever del todo.
Y en un rincón, un solo Alfil aislado para la mafia rusa de Brianda, un jugador cuyo próximo movimiento aún era un misterio.
La conclusión fue clara y fría.
“Creo que tendré que decirle a Brianda que tendrá que quedarse María aquí…”, susurró para sí.
La heladería, con su búnker secreto, era un riesgo demasiado grande.
¿Y si ya lo habían descubierto?
El ruido que escuchó al irse…
¿habría sido solo su paranoia o algo más?
Un ruido en las escaleras lo sacó bruscamente de sus pensamientos.
Apagó la televisión con un movimiento rápido, borrando las noticias y la recompensa de la pantalla antes de que alguien más pudiera verlas.
Y entonces la vio.
María bajaba las escaleras.
Su cabello, antes un rojo vibrante que gritaba su origen, ahora era una cascada de ébano liso y pulido que enmarcaba su rostro y le daba un aire de madurez serena.
La transformación era impactante.
Isaac no pudo evitar quedarse mirando, embobado, hasta que las risas burlonas de Mei y Brianda, que bajaban detrás de ella, lo devolvieron a la realidad.
—¿Qué?— fue lo único que atinó a decir, sintiéndose torpe y expuesto.
Las risas aumentaron.
Isaac se raspó la nuca, forzando una sonrisa y tratando de desterrar cualquier rastro de la angustia que lo había consumido segundos antes.
Decidieron salir a los bazares de Maracaibo para completar el nuevo look de María y comprar productos de higiene, algo de lo que el departamento de Isaac carecía gravemente.
Mientras recorrían los puestos, entre el bullicio y los colores, María se detuvo en seco frente a un pequeño puesto de artesanías.
Allí, colgado con dignidad, había un traje típico hondureño.
Blanco y rojo vibrante.
“Marimba Usula…”, murmuró, casi para sí misma, con una voz cargada de una nostalgia tan profunda que era palpable.
Brianda, que no se separaba de su lado como una sombra protectora, la escuchó.
—¿Pasa algo, cariño?
—preguntó, su voz suave como la seda.
María titubeó, jugueteando con el dobladillo de su nueva blusa.
La necesidad de aferrarse a una raíz, a un pedazo tangible de su hogar, fue más fuerte que la pena.
—B-Brianda…— comenzó, sin atreverse a mirarla a los ojos —S-se que me has dado bastantes cosas y no soy mucho de pedir.
Y claro que me encuentro muy apenada por lo que voy a hacer…— Agarró el conjunto con manos casi reverentes —M-me gustaría…
y si es que puedes…
¿Podrías comprarme este atuendo?— La inseguridad temblaba en cada palabra —Es solo que…
me recuerda mucho a casa…— Brianda no dudó ni un segundo.
Su sonrisa fue tan cálida como el sol que bañaba el mercado.
—Por supuesto.
Entonces te concedo este lindo regalo— dijo, tomando el traje —Para que puedas llevarte un pedacito de casa a donde sea que vayas.
María miró el traje: la blusa blanca inmaculada, la falda larga de un rojo pasión que hablaba de fiestas patronales y de una tierra que ya no existía para ella.
Una sonrisa genuina, la primera completamente desprovista de miedo o dolor, iluminó su rostro.
Sin pensarlo, se abalanzó sobre Brianda.
—¡Muchas gracias, mami!— dijo, enterrando la cara en el hombro de la joven.
La palabra cayó entre ellas como una bomba de afecto.
Brianda sintió una punzada profunda en el pecho, una mezcla de dolor y un instinto maternal que no sabía que poseía.
No dijo nada.
Solo cerró los ojos y abrazó a la niña con una fuerza que prometía protección, prometía un hogar, aunque fuera prestado.
Isaac, observando desde la distancia, sintió que algo se le encogía en el interior.
Era un momento tan puro, tan humano, que contrastaba brutalmente con la crudeza de sus pensamientos anteriores.
Mei se acercó a su lado con su sigilo característico.
—Sí que la vida en la granja es dura…— comentó en voz baja, mirando la escena con una ternura inusual.
La palabra “granja” golpeó a Isaac como un latigazo, trayendo consigo imágenes de aquel trabajo que realizo, y que recordó más temprano ese día.
Su rostro se endureció por un instante, una máscara de insensibilidad que surgió por puro instinto de defensa.
—Sí que lo es…— respondió, con una voz tan plana y fría que hizo que Mei se estremeciera.
Ella lo miró de reojo, vio la sombra que cruzó sus ojos, y decidió no ahondar más.
Algunos campos, supo, estaban abonados con un dolor del que era mejor no hablar.
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